domingo, 15 de noviembre de 2020

Escribir en la Pandemia


 

Si Dios existe, debe estar muy enojado. Pero si bien cuando era estudiante de Filosofía leí a Descartes y sus pruebas discutidas (y blasfemas) de que Dios tiene que existir, lo cierto es que las añejas Meditaciones metafísicas se caen polvorientas, arrugadas, inútiles, mientras avanza un invisible enemigo llamado Covid 19.

Lo más notable del virus es que puede matarnos. Y lo segundo, y esto lo observo yo, es que priva de sentido a las cosas. A las Meditaciones Metafísicas cartesianas, pero también a mi palabra, al verbo escribir.

Escribir cada día, es luchar contra el virus y su denodada afición a despojar todo, pero todo, de sentido.

Cuando la OMS declaró la pandemia, yo no estaba en Buenos Aires, la ciudad donde nací, dónde vivo. Estaba en México y el día previo, el 11 de marzo, había presentado un libro. Al día siguiente la OMS hizo su declaración y para mí empezó una carrera contra el tiempo, específicamente contra el cierre de las fronteras. Estaba con Luis, mi compañero, entendiendo que a veces, un viaje de trabajo pasa a ser un gran aprendizaje.

Éramos nosotros dos y nuestros pasaportes argentinos que amenazaban con no servir para nada.

Hoy pasaron meses desde mi regreso a Buenos Aires de la hermosa, colorida, musical e indisciplinada ciudad de México, y a veces todavía me resulta increíble estar viendo las paredes de mi casa.
La noche anterior a tomar el vuelo AM 30 con Luis evaluamos todas las posibles opciones de alojamiento en casa de conocidos o directamente de contactos que teníamos en CDMX. Ya se estaban cancelando vuelos, las fronteras argentinas terrestres estaban cerradas, la oscura y diminuta habitación en que nos alojábamos oficiaba de oscuro presagio. Desde Buenos Aires, los mensajes de mis amigas Teresa y Mariana transmitían esperanza explicando la normativa argentina con absoluta claridad.
Sin embargo estando lejos la expresión "cierre de fronteras", suena diferente.
Las dos, tres, cuatro de la mañana. Una notificación de Google Calendar, que no recordaba haber usado nunca, hace un pequeño sonido. "Tu vuelo AM 30 está en horario", dice, más o menos.
Luis lo cree apenas. Seguimos barajando posibilidades.
Yo viajé a México el 7de marzo, pocos días después se declaró oficialmente la pandemia. Luis había llegado unos días antes. Viajábamos por separado, regresábamos juntos. Lo que era un viaje más o menos planificado, se convirtió en un mazo de naipes de "comodines", Jockers de extraña mirada.
Si realmente fue así y es buena la metáfora, el Jocker estaba de nuestro lado. El vuelo, a las cinco de la madrugada, estaba en horario. A las seis un taxista jovial nos recogió para ir al aeropuerto.
El alegre chofer de taxi daba curas insólitas pero de buena fe contra el Covid-19: un plátano por día, por ejemplo, previene los contagios, de acuerdo a la medicina del buen hombre mexicano.
En el Aeropuerto Benito Juarez confirmamos que el vuelo estaba en horario y encontramos un complicado método para facilitar el despacho de equipaje y otros trámites necesarios por medio de máquinas, que cómo todos sabemos, nos van a reemplazar algún día o eso dicen muchas novelas de ciencia ficción que lee Luis.
Fuimos a nuestra puerta de embarque, que en realidad era otra y a las nueve, en un penúltimo LAST CALL, abordamos un avión semivacío.
El vuelo fue angustioso, y matizado por el humor casi permanente de algunos pasajeros (un grupo de hombres regresaba tras un certamen de tiro y bromeaba sin pausa)
Hasta  esa repentina afición por las bromas en vuelo, dirigidas a todo el pasaje, de esos hombres, mostraba hasta qué punto el ánimo era más bien sombrío. Sus chistes eran disparos en el silencio.
Butacas vacías y el piloto, que habla en susurros, como muchos mexicanos, dice con su suave voz de galán latino que una pasajera se siente mal y han aplicado el protocolo de Sanidad.
Murmullos, alguna insolidaria queja.
Tras nueve horas de vuelo, aterrizamos en Buenos Aires.
Se aplica el protocolo de Sanidad y no podemos bajar. Nos quedamos sin luz y sin aire acondicionado.
El avión se ve extraño. Y no sabemos lo que pasa. Alguna queja intempestiva es callada con nerviosos chistidos.
En la oscuridad suben las personas de Sanidad. Hacen el control que deben, el bromista más conspicuo del grupo de bromistas convoca una risa unánime al decir "No escucho un estornudo, ni una tosecita",
Se festejó el chiste, a pesar de todo. Algunas veces antes en mi vida comprobé como un chiste puede cambiar todo de color.
Los hombres de Sanidad, astronautas por su aspecto, descienden. Al poco tiempo se enciende la luz, y se habilita el descenso del avión.
Me despedí para siempre del bromista, saludamos al personal de abordo, de una calidez y una profesionalidad increíbles.
Buenos Aires nos recibe. Buenos Aires es otra.

Las luces parecen neblinosas y la oscuridad de la noche un mensaje. Todo lo familiar de la ciudad se vuelve extraño.

Regresamos a pesar del cierre de fronteras. Estamos acá, llegando a nuestro hogar en un taxi que casi no nos acepta, con una división protectora entre los asientos.

Es el 16 de marzo y entre ese día (7) en que volé a México y esta noche hay un abismo.  

Una vez que supe que mis hijos estaban bien, mi primer preocupación fue mi hermana María.

María tiene cinco años menos que yo, y es una mujer alta, muy alta, de pelo castaño y largo. Hace muchos años que instrumenta en los quirófanos. Además es actriz de teatro. Nos criamos juntas, leyendo Mujercitas de niñas, soñando con ser Meg y Jo.

Respondió mi mensaje con la voz más grave que le escuché. “Lo mejor que te puede pasar, es estar en cuarentena” me dijo. “Acá en el hospital estamos muy asustados”

Ella es la lucha contra el Covid 19 y yo solo una cronista.

Hoy mientras intento escribir, a veces lo escrito parece sólo un intento, oigo las noticias. Hoy, 27 de setiembre, hubo 443 muertos en Argentina. 443 muertes, 443 agonías, 443 duelos.  Una noticia comunica que en Humahuaca todas las camas están ocupadas. En ese norte de altas montañas adustas, dónde los telares reproducen los colores de las laderas, ocres y rojas, no hay una cama más.

Humahuaca está en la frontera norte del país, en la provincia de Jujuy.

Recorrí Humahuaca en automóvil hace dos años. Sol, montaña, gente amable. Humahuaca me duele.

Hoy llueve fuerte en Buenos Aires. La lluvia hace más pesada la sensación de agobio sobre los hombros. Sin embargo soy de las que disfrutan la lluvia y en tiempos mejores salía a la puerta de casa, a mojarme en primavera con una sonrisa feliz.

 Hoy todo es diferente, ha mutado el significado de las cosas y las palabras.

Un millón de muertes por Covid19 en el planeta. Así comunican los medios hoy. Un millón de ausencias.

Podemos preguntarnos otra vez porqué escribir.

Veo una mujer mendigando en la esquina. Lleva muletas pero no barbijo. Y la gente, yo incluida, se aleja más. Y ella sigue mendigando, reclamando una piedad imposible, que depende de algo tan frágil como un barbijo de papel.

Al menos yo, escribo por ella. Por esa figura trágica. Escribo para dejar testimonio.

domingo, 14 de junio de 2020

The Devil in Love


The Devil in Love

 

Paula Ruggeri



                        What shall man’s choice be, a God who dies for him or a devil who lives for his sake? What man’s choice is, a father who shows him the way or a woman who goes through it with him, sharing whatever befall him?
                                                                                   Paradise Reborn

He will reign upon earth, after he has defeated all his enemies.           

King Arthur’s Knights




            The old King understood the treason. He saw the battlefield, covered with dead bodies, and his men swiftly flying away from him.
            “To me!”, he shouted, raging.
            Then he vanished.

            When he awoke sir Modred was at his side, looking concerned.
            “Traitor,” he said, almost fainting. He saw the blood, all over his own body.
            “I have not betrayed you.” That voice was not Modred’s. “You had to die now and I had to be with you- you know I never elude duty.”
            Arthur looked at him intently. Under the mask of Modred he saw Merlin’s face.
            “Traitor,” he muttered, for the second time.
            “You do not understand,” Merlin moved his head achingly, melancholily. “It was written. Now pay attention. You shall die. But before dying, you shall be paid a visit. “
            “Traitor,” Arthur said for the third time. He felt life breathing away from his lips with every word. “Nevertheless, I bid you do one last errand. You shall take my sword and throw it into the lake. Someone shall seize it... “
            His voice ceased.
            “It shall not be necessary,” Merlin said bitterly. He closed the King’s eyes.
            And he went away, for he himself had to die.

                                               Here lieth Arthur, who was King and shall be again


            “Stand up, Arthur.”
            The sleepy old king opened his eyes and saw a blurred, feminine shape in front of him. A golden-bladed sword, which he recognized as his own, hung from her hands. 
            The shadow leaned over him and the black, wet hair brushed him about.
            “I am the Lady of the Lake,” she whispered. “And I come to bring you your sword and guide you to a place where you shall need it and I shall need you. Come, Arthur, stand up.”
            “Guinevere,” Arthur whispered.
            “Dead. She died in love with another man, as she had lived.”   
            “Camelot.”
            “Dead, dead for a myriad years. Dead like other cities and kingdoms that your imagination could never have dreamed. Do come with me, you shall be king again.”
            “Who are you?”
            “I am,” she repeated slowly, “the Lady of the Lake. But I have another name. And you have another name than the one you know.”
            The old king got painfully up. He noticed the dry blood on his neck and chest. He felt helpless and tremulous.
            She led him to the shore of a river he had never seen there. A wooden boat and two oars had been waiting for them. He sighed. Before embarking, he glanced back and saw thick smoke columns plunging up the sky.
            “Is Camelot burning?” he asked.
            “Troy is burning!” she laughed.
            “Troy?” he repeated, for he did not know the word.
            “Babylon,” the Lady of the Lake said in a sigh. “You do not understand a word of all this, you shall never understand, but I do not need you to understand. We need the strength of your arm and your courage.”
            The old man looked at her, puzzled.
            “You shall be young again,” she said, staring at him with her big eyes. “young and strong. You shall be beautiful, beautiful for me.”
            She grasped the oars and they sailed down the still stream. They sailed all day long. She rowed and he did his best to help her. But the weariness and wounds overcame him.
            “He sleeps,” she whispered, lovingly. “You will soon forget everything about sleep.”
            And she looked at him bitterly and fearfully.
            She rowed all night long and she was still rowing when he woke up in the morning.
            “Whither are we going?”
            “Southward. Look at the sky, where the sun cannot reach. What do you see?”
            He looked and then he closed his eyes, amazed. Whither she was pointing out the Night unfolded, though it was day.
            “It is thither we are going, to enter in the Night. Do not be afraid. I need all of your courage. Do you see that star there?”
            There was a star which was brighter than all the others.
            “It is she who guides us. Her name is Sirius. She is a star from the South, and we shall follow her.”
            “Whither?” Arthur asked her.
            But she would not answer any more.
           
            They sailed for days and days with the Night on the horizon ahead. At nights they sailed in the uttermost darkness, except for the light of the one star she called Sirius. 

            Until one morning they began to see villages and hear laughing and singing. Men and women came to the rivershore to see them pass, looking at them curiously. Arthur felt he was growing stronger and amazingly strong. His hair grew brown as it had been. His hands were strong again and he rowed fiercely. Wherever he was going, he wanted to arrive soon. From time to time he saw the woman looking at him with strange eyes, mixing love and fear. But then she smiled and that feeling disappeared. 
            “Those people look so strangely glad!” Arthur cried.
            She replied laughing loudly. “That is because we are in Heaven!” Then she spoke on, very slowly, almost whispering. “They are all dead. Now they are going through a kind of dream by which I managed to spellbind the ultimate gate to Eternity. But you must play your part for the dream to enter also in it.”
            “I do not understand a word,” he sighed. “Dream, Eternity? I must play my part? I am a King, not God.”
            “Kings are men just like the rest. And men are sons of God. The time is coming for them to try to be a little like their Father.”
            He looked deeply into her, but was blind before her and admitted so.
            “Who are you?”
            “I am me. I cannot say more than that. I am a soul for whom a whole God has been a prison, and who has paid a high price for freedom. Loneliness. Endless pain. I have charmed it all with a dream. But to prevent them from vanishing and turning into dust and ashes, into stone and mire, I need you. “
            “Me?”
            “I have done what I had to do. I have fought and bled. I have suffered, Arthur. I have been hurt, abused, misused. I have endured measureless pains, I, who cannot endure any pain, who cannot know any reason but love. I, who only understand joy, have known grief.
            “Answer me one more question. Was I dead?”
            “Yes,” she replied in a still voice.
            “And you gave me back life and youth?”
            She looked deeply into him. Her eyes wept, her mouth smiled.
“Yes.”
            “You are God!” he cried.                  
            She smiled sadly.
            “No, I am not your God. Your God and I fought for a long time and He is finally dead. I overcame and found myself alone, on the world’s summit, on my own, seeing you men and women loving each other, killing each other and dying in hideous agonies, and I without anyone to fight, anyone to love. Then I decided to do what He would have done, to build this Paradise, whose idea He had loved so much; but I would do it with the knowledge of men an old woman like me can have and He never had.  To build a place where men could hate and fight without destroying each other, strike wounds which always can be healed by pouring on them drops of this water. A place to love and laugh but also rage and fight, for this is the only way men can be happy. Do you understand now?”
            “I think I do,” Arthur muttered.
            “Take your sword and follow me.”
            “Whom shall I fight?”
            “A tree!” she laughed.

            She led him down the rivershore until they came to a valley in the middle of which there was a grove. She pointed at one of the hindmost trees.
            “Now open wide your ears, Arthur, for my work lies entirely on yours. If you fail, you shall become dust and die, and I shall live alone for ever and for ever.
            “This is the tree of the knowledge of good and evil. You shall hew it down and then live for ever.
            “It shall moan and bleed. Hew it down.
            “You shall see it turning into the shape of an old woman and a little girl.
            “Kill them.
            “It shall swear he is Christ. Nail him on the cross.
            “Hew this tree and we shall love each other for ever.
            “If you feel your arm is failing, remember I am with you. Even when you cannot see me, I shall be supporting you.
            “And when you are done, I shall be yours and you shall know my true name.”
            Thus having said, she disappeared down a path.
            Before getting out of sight, she gazed at him with infinite love.
            At every blow, the tree moaned and bled. But he kept thinking on her and hewing. He killed an old woman and then a little girl. He cried for them and kept hewing. In the crown of the tree there appeared a blond young man smiling. He stroke the tree, turning it into a Rood.
            “Father, you have killed me again,” Christ said.
            He kept striking.
            Night fell and Sirius rose above the horizon, fairer than ever. He stroke the last blow and the trunk fell down. Arthur fell along with it. Lying on earth, he looked at Sirius. A star from the South, she had said. From a land he had never known. He fell asleep.
            When he awoke, the sun was over his head.
            He walked along the river. He felt hungry and picked an apple from a tree he came across. It was so tasty.
            After long and weary days of walking he came to the source of the river. Then he saw her, standing naked, joyous, smiling. He felt young and strong. And then he recalled.
            He remembered he had always loved Eve. They had had children and grown old together, and he had seen her die, and then he had died himself. He forgot about Arthur. He took her in his arms. He was naked too.
            And everything around, nature and men and women, animals and the sky and water, were splendidly, goldenly naked.

                                                           Translated from the Spanish by Diego Ruggeri 







lunes, 11 de mayo de 2020

Vuelo AM 30

La ciudad de México es una ciudad de momentos. Momentos hermosos, momento amistosos, momentos invasivos, momentos en que crees que es la única ciudad del mundo y que debe ser así.
Así tiene ( es lógico) semáforos y tiene (naturalmente), cruces de avenidas, en ese sentido, es como cualquier ciudad, sólo que los sentidos no importan, verdaderamente no.
A mi me gustó hospedarme en el barrio de Coyoacán, un barrio donde los pigmentos de las flores parecen mutarse en paredes, puertas y muros. De amplias veredas, bañadas por el jacarandá. Hermosa sorpresa de mi viaje, el jacarandá es un árbol que también embellece las veredas de Buenos Aires.
Hay un alma milenaria que conmueve. Asoma en las miradas, en las voces de firme suavidad que hablan el español dominándolo.
Frente a la Pirámide de la Luna, en Teotihuacán, a dos días de la vuelta, me prometí no olvidar. No olvidar que había estado en Pachuca de Soto presentando La mujer prohibida, un reconocimiento que debo a mi amigo Agustín Cadena, a Editorial Elementum (Mayte, Gris y Giovanni) y a Librería Lavanda, de Rosalinda Martínez.
No olvidar que había visitado lugares ( el mismo Teotihuacán, la tumba del señor Pacal en el Museo de Antropología)que años atrás describí en mis libros y no, como debió ser, al revés (pequeños reveses de la industria editorial y de las autoras).
No olvidar que cenamos en Mezcal (sí, así se llama el restorán), frente a la Plaza de Coyoacán, con Luis y con Miguel Angel, dos eruditos de la ciencia ficción.
(Coyoacán, me dijo Dani, mi hija, que estuvo un tiempo antes, es más lindo que Versalles)
No conozco Versalles, pero Coyoacán es lindísimo.
La última noche en México no dormí. Habían cerrado las fronteras argentinas, a pocos días de haberse declarado la pandemia.
Noche difícil .El vuelo AM 30 podía ser cancelado, como sucedía con otros vuelos.
No fue así y lo cuento en el siguiente posteo.

sábado, 25 de abril de 2020

El cuento chino

Cuando a Chen, taiwanesa y de 11 años, nacida  y crecida en Taipei, y emigrada a la Argentina, con un destino idiomático  violento se la trasplantó a una escuelita en el corazón del barrio porteño de Coghlan, la escuela estaba poco preparada para recibirla. Hacia un año la misma escuela me había recibido a mí, demostrando la misma escasa preparación, y eso que yo hablaba perfecto español. No era el caso de Chen, ella hablaba unas pocas palabras, incluyendo la confusa frase " mi papá profesor", haciendo creer involuntariamente que su padre taiwanés y dueño de un supermercado, era profesor de idiomas.
En realidad, el padre le había enseñado todo lo que sabía con un modestísimo diccionario mandarín- español. Y así Chen luchaba con el idioma, los compañeros, la escuela y las docentes.
El primer día de clases de Chen, la maestra Susana la sentó a mi lado y me encargó que le enseñara español. Así se sacó de encima un problema, según pensaría ella, pero me hizo sin quererlo un enorme favor: me habituó a ese ejercicio del idioma que es la verdadera comunicación.
Más allá de vocablos y gramáticas, con Chen me comunicaba más que con otras chicas que no tenían problemas con mi idioma.
Aprendía que comunicación y lenguaje no siempre son la misma cosa. Hoy tengo amistades en todas partes del mundo con las que me comunico en un galimatías consciente.
Una tarde las maestras exigieron una narración. Para mí eran un ejercicio normal, pero para Chen eran un terrible reto.
Cuando terminamos, yo entregué el cuento, y poco a poco perezosamente los chicos se fueron levantando de los bancos y dejando sus narraciones en la prolija pila, con nombre, grado y turno en un costado de la hoja.
También Chen, para asombro de la clase, las maestras y mío.
Al rato la menciona una maestra:
-Chen, este cuento es un plagio-dice Susana con voz dura.
Y se le ordena escribir otro entre los murmullos de la clase.
 Lo leí en el recreo:
-Chen: ¡¡¡¡¡escribiste la Bella Durmiente!!!!!!? ¿Cómo creíste que no se iban a dar cuenta?
- Es un cuento chino- se defendió- ¿Cómo lo conocen acá? ¡Ustedes lo robaron!
La discusión que siguió hubiera sido muy divertida para los Hermanos Grimm, filólogos, recopiladores de cuentos tradicionales y cuentistas.






martes, 7 de abril de 2020

NEGRITA


Negrita. Palabra mágica de mi infancia y adolescencia, pues fue para mí una auténtica hada madrina. Mujer fuerte, independiente y hermosa, tres virtudes que una adolescente admira sin reparos.
Negrita se llamaba Lilia Haydée, dos nombres de poesía. Lilia, la flor etérea y Haydée, aquel personaje de Byron y musa ficcional de mil poetas. Pero Negrita tenía los pies firmes sobre la tierra, una característica muy suya y que se percibía en sus opiniones y en su voz grave, y al mismo tiempo, alegre y positiva.
La Negra, como se presentaba a si misma al llamarme por teléfono, era una de las pocas personas de actitud positiva que conocí en mi vida y esto sin negaciones de la realidad, ni discursos sobre la actitud positiva. Negrita opinaba sin sermones y sin darse cuenta, te llevaba al lado luminoso.
Pintaba sin llamarse pintora; tocaba el piano sin llamarse pianista.
Guardaba entre libros de Cortázar libros técnicos sobre física y biología, dos disciplinas a las que era aficionada.
Su elegancia entre natural y buscada se integraba a ella perfectamente.
Era mi madrina y la amiga de mi madre. Una mujer amada, y presente.
Le estoy encontrando un papel en mi reciente relato sobre las Hadas. Quiero Hadas diferentes, fuertes, independientes y con los pies firmes en la tierra.
El 4 de abril era su cumpleaños. El 4 de abril, hace apenas tres días, nos dejó.


martes, 31 de marzo de 2020

Iñaki y la Dama


Mientras empiezo a escribir, sueña la música. Jazz, Blues, Rock and roll cantado por mujeres. Una voz masculina entre canciones nos recuerda:  Quedaos en casa.
Hace tiempo de cuarentena que mi amigo Iñaki realiza sus grageas musicales, segmentos de su enorme conocimiento musical con que nos da un momento distinto en estos días oscuros.
Hoy quiero escribir sobre él. Sobre la amistad que tenemos desde hace tantos años.
Emails extensos como cartas. Duelos literarios. Les trois mousquetaires, edición ilustrada, obsequio de Iñaki, a quien no conozco en persona. Y también sumó su esencial colaboración con mi novela La mujer prohibida.
Les hablo de años de amistad.
Hablar de Iñaki es hablar también de ella, la Dama. La que va a trabajar cada día mientras le crece ese flequillo. La Dama atiende una botica, una farmacia, en algún lugar de España cuyo nombre no sé. Y cada día lidia con personas, algunas responsables, alguna que no.
La Dama escribe en su blog. Nos habíamos habituado a la delicia de su ironía, a sus iras momentáneas, a su prosa explosiva.
Pero en los últimos días el blog se convirtió en una crónica, sagaz y seria, de los tiempos de pandemia.
Le estoy reconocida, por estar al frente de la trinchera atendiendo la farmacia y por ser capaz de escribir con esa precisión. No creo que mi prosa no sea precisa también a veces, sólo sé que escribir me cuesta más que nunca.
Desde hace dos días o uno, la Dama no va a la botica, es que le subió la fiebre. Lo dice en su blog, fiebre, tos y dificultad para respirar.
Mientras termino este post, sueña la Música. La música cantada por mujeres que sube Iñaki, dedicada a quienes conforman el frente en esta pandemia, a quienes siguen trabajando. Y a la Dama del blog, de la botica, la que no desdeñó estar en el frente.

jueves, 19 de marzo de 2020

YO ME QUEDO EN CASA

Mi casa no es especial, salvo que además es mi hogar, y sepan que puedo entender, por la vida misma, la diferencia. Entonces, mi hogar no es nada especial. Sin embargo, desde que me quedo en casa, miro con nuevos ojos la biblioteca de mi hogar con más de siete mil ejemplares. Me quedo en casa, pero estoy trabajando en un artículo sobre el vampirismo.
Inspirado lejanamente por la rabia, el romántico vampiro ( de hecho, el vampiro fue una frívola moda en el período romántico europeo), es un ejemplo de lo que se produce culturalmente con un temor masivo, un peligro veloz y casi invisible, cuando ya lleva un tiempo desaparecido. Se lo cicatriza convirtiéndole en moda.
Entonces el médico de Lord Byron, Polidori, en Gran Bretaña, Bram Stoker, en Irlanda y Charles Nodier, en Francia (no en coincidencia), se prestaron gustosos a proveer de sustento literario y teatral a la moda. La alimentaron  con los personajes de Lord Ruthwen, Drácula y El vampiro que Nodier subió a las tablas de la Comedia Francesa.
Insisto en que fue un proceso de cicatrización frente a la infección incontrolable que fue la rabia, transmitida por un tipo de murciélago.
Ahora bien, yo me quedo en casa. Tengo la suerte de tener un espacio de trabajo agradable, y muy buena compañía. Además de mi artículo sobre el vampirismo (basado en una charla que di hace unos años en Rosario), tengo mis libros de idioma y mis diccionarios, más mis clases de francés con el método Franstastique.com.
El francés es un idioma a medias heredado que estoy aprendiendo, sobre todo porque aprendí de niña un francés del siglo XIX, el de los inmigrantes de mi familia, y necesito los giros de hoy. Más allá de eso, es el idioma que más me gusta de los que he intentado estudiar.
Mi vida no es especial, pero tiene sus movimientos. El día 16 de marzo regresé de México en lo que puede haber sido el último vuelo de Aeromexico con destino a Buenos Aires. Fue un viaje difícil. sin dormir desde la noche anterior frente a la noticia del cierre de las fronteras argentinas, noticia que se oye muy mal estando realmente muy lejos. Difícil vuelo, con la mitad de los asientos vacíos, y alguna ciudadana indignada que no aceptaba los protocolos de Sanidad.
Protocolos indispensables en tiempos de Pandemia.
Por eso, por todo eso, #yomequedoencasa
Y me imagino, sin mirada soñadora, la narrativa cicatrizante de un futuro que espero cercano.

jueves, 5 de marzo de 2020

Duerme Matteo


Duerme Matteo, duerme
Hay un lago donde se refleja tu rostro
Por que la Ondina quiere besarlo
Pero tú duerme, Matteo, duerme
Hay un enano en una cueva
La cueva está llena de oro
Pero en un cofre guardado con siete llaves
Está tu nombre escrito por los gnomos
Pero Duerme, Matteo, Duerme
Te llama en suspiros la Luna
 Tú Duerme, Matteo, Duerme
Te llama el bosque susurrante
Tú Duerme, Matteo, Duerme
Helena de Troya toca tu hombro en la cama
Tú Duerme, Matteo, Duerme
Dios golpea la ventana con los nudillos...
Tú Duerme, Matteo, Duerme
Si Duerme Matteo, duerme el gnomo, la ondina,
 el bosque y el Universo todo.
Déjalos dormir...

domingo, 9 de febrero de 2020

Rita y el árbol de mandarina


La hoja de mandarina es una perfecta estrella brillante. Sin embargo este año el árbol no dio flor, ni mucho menos fruto.
Eso es raro. Cómo sea, me importa más su sombra. La sombra del árbol de mandarina es baja, tupida y umbría.
Rita la eligió para sus últimos sueños, en sus últimos atardeceres. Con su pelo chocolate oscuro, robusta pero baja, Rita era una perra libre, alegre y popular, conocedora de las calles de arena y las tranqueras de esta ciudad costera, dónde estoy ahora escribiendo estas líneas.
Es que yo también, entre muchos, quise tanto a Rita.
Rita saltaba las cercas e imponía su alegre presencia a los comensales. Te seguía hasta la playa quisieras o no, y hasta nos siguió a Luis y a mí una noche de verano intenso, con estrellas como gotas y mucha gente en la calle, adónde nos llevaba la música.
Era un concierto de The Beats en La Lucilla del Mar, la mejor banda Beatle del mundo, como ellos se presentan, y Rita se acostó, feliz, junto a nuestras piernas, a escuchar.
La noche, con estrellas como gotas, The Beats, y Rita, color chocolate oscuro. Recibiendo ella, una multitud de caricias pasajeras.
Hace un tiempo, breve y eterno (porque el tiempo es así, eterno y breve), la Rita color chocolate dormía en un montículo de hojas cuando un automovilista no la vio y la arrolló.
Este año, el árbol de mandarina no dio fruto, pero Rita lo escogió. Bajo su sombra protectora  luchó entre la vida y la muerte.
Manos amorosas cuidaron a Rita, almas buenas vertieron cálidas lágrimas.
Manos que ahora la añoran con una dulce melancolía.