jueves, 15 de diciembre de 2016

Un cuento de Navidad

Siempre me gustó leer en voz alta. Soy una narradora oral hecha de improvisación y paciencia. No me asustan las largas extensiones, a mis hijos les leí novelas enteras.
Ese invierno, muy crudo y difícil en el plano económico, (es difícil mantener un hogar siendo una mujer sola con menos de treinta años, dos hijos y un trabajo que visto desde hoy, era perfecto: sellaba los libros en la Biblioteca Nacional.)
Ese invierno, resolví que era hora de acercar a mis niños a Dickens, el gran poeta de la prosa, el que hacía alquimia y convertía la tristeza en alegría y la escasez en abundancia. Después de más de una hora en el trasporte público, me senté con Dani y Ger (ocho y seis años), y me comprometí a leer un canto por noche de Canción de Navidad.
Recuerdo sus ojos, fascinados, desde la primeras líneas, y cómo no tengo el libro cerca, corrijanme si no era así: "Marley estaba tan muerto como el clavo de una puerta, aunque en el ramo de la ferretería lo más muerto debe ser el clavo de un ataúd".
Pero recuerdan, su fantasma encadenado le anuncia  a un amargado Scrooge la visita de tres espíritus fantasmales: los fantasmas de las Navidades Pasadas, Presentes y Futuras.
Tuve que leer ese canto dos veces.
A la mañana siguiente los dejé durmiendo, para ir a sellar libros y ganarnos el pan.
A mi regreso, siete de la tarde, los niños también cansados de librar sus batallas personales en la escuela (los hijos de madres solas no son muy bien mirados por las señoritas maestras), arranqué con el primer Fantasma.
Estaban fascinados. Comenzó un amor por Dickens y por esa historia que continúa hoy.
Lo más increíble pasó en el cuarto canto: El Fantasma de las Navidades futuras, aquel que muestra a Scrooge su propia tumba. Llegué a casa de trabajar y habían cortado la luz.
-Maravilloso-susurré, imbuida de un espíritu dickensiano. -Encendí una vela y a la luz amarilla y escasa, terminé de leer la historia. Sus rostros infantiles, sus grandes ojos verdes, la emoción en sus pequeñas manos, son una visión que jamás olvidé.
A la mañana siguiente, yéndome a trabajar, sorprendí un movimiento en la camita de Ger.
Estaba despierto, tan temprano, y con el libro entre las manos, leyendo.
-Quería saber que se siente si lo leo yo, Me dijo.
Y mis ojos se llenaron de lágrimas. Y están llenos de lágrimas ahora.

jueves, 1 de diciembre de 2016

El hombre de la Ferrari

Buenos Aires, eterna como el agua y el aire, desnuda en sus calles recuerdos para que sean relatos. Un día fuiste joven y los buscavida de toda clase se abalanzaron con la educación de los vampiros sobre vos. Es una ciudad y la ciudad la hacen sus habitantes, es una ciudad afecta a lo gótico.
Cuando la situación económica no es buena, provee ayuda al sufrimiento de los fumadores. Inventa máquinas baratas para armar cigarrillos, tabaco en paquete, cigarrillos sueltos, y cajas de cincuenta cigarrillos, muy baratas, con unos cigarros espantosos.
Esos últimos estaba fumando yo, veintidós añitos, bolso con libros que vendía por esa época, y vestida humildemente con un top (cortito de tan pobre), y calzas grises (las negras salían diez pesos más).
Esperaba a mi marido de entonces en la esquina de San José 05, mítico bar dónde se reunían editores, ilustradores, autores y aficionados a la ciencia ficción.
Fumando esperaba cuando asoma por la calle un auto lustroso y lustrado, rojo fuego, que atónita descubrí, era una Ferrari.
Se estaciona justo dónde estoy yo y baja un hombre, de unos 35 años, elegante, o sea, un marciano.
.-Quería preguntarte¿ dónde conseguís ese tabaco holandés?- dijo con voz educada.
Un marciano, evidentemente.
- No, le explico - no son holandeses, son reberretas. Los consigo en Constitución.
-¿Me convidás?- Lo aspiró cómo a un exquisito tabaco holandés, pero yo sabía que era teatro.
-Te invito a cenar- dijo impertérrito, a lo que me negué un par de veces.
Valoré que me comprendiera. Estaba esperando a mi marido.
Saludó, y subió a su Ferrari con el cigarro todavía humeante entre los dedos.

viernes, 18 de noviembre de 2016

Mi escritorio

Recuerdo que en sus escritos de humor Borges y su amigo Bioy Casares parodiaban con mucho estilo a un escritor tan vanidoso, que describía obsesivamente el mueble que le servía de escritorio, desde el pisapapeles hasta los ángulos del mueble. Yo no haré otro tanto, pero si me gusta compartir con ustedes, cómo es el lugar desde dónde les escribo. Al fin, cada posteo pasó de ser el mensaje en la botella que era hace unos años, a ser una carta de la que, más o menos, conozco a los destinatarios.
Mi escritorio es un entrepiso de madera en una casa añeja y sus paredes reflejan un caos ordenado de gustos e intereses.
El hermoso rostro de Dickens mira un ángulo secreto del cuarto, y junto a él otra fotografía, original y con firma autógrafa, muestra al eterno joven Alexandre Dumas trabajando.
A la izquierda, dos láminas enmarcadas muestran el avance austríaco sobre Italia.
Abajo un retrato realizado por mi hija Daniela Ruggeri me muestra amamantando. Recuerdo que la amamantaba en clases de filosofía, a mis 19 años. Ahora ella es profesora universitaria y me explica cosas y se explaya sobre temas, con una enorme claridad, desconocidos para mí.
¿Hablar de trabajo no es hablar de la vida? En mi caso ,sí. Sería fatuo decir que vivo de contar historias, por qué no es cierto, sólo respiro el contar historias. Sólo soy la historiadora de mi propia vida, y luego, de las vidas que pasan, como ráfagas, junto a mí.
Tengo una gran plancha de corcho: allí en notas apuradas están las escenas faltantes de esa novela, o las fechas históricas que aún no revisé de tal publicación vieja.
También e-mails de amigos que me han emocionado.
A la derecha, un hermoso dibujo de Roberto Fontanarrosa, llegado a mí por extraños senderos. Mi best seller favorito me lo obsequió en 1998..."Que no se entere Roberto", me pidió. Roberto ya no se va a enterar. El cuadro se llama La Guitarra", y es singularmente bello.
La notebook en que tecleo es negra, veloz, y está apoyada en una mesa de estilo inglés, de patas finas pero firmes, y con dos pequeños cajones dónde guardo documentos. Un cubertero antiguo oficia de mesita para la impresora.
Una lámpara de pie da una luz amarilla cuando cae el sol, como ahora.
Por último, desde una lámina traída de La Habana en uno de esos hermosos golpes de suerte, Eunice le declara su amor a un emotivo Petronio,
 Para recordarme, si hiciera falta, que es lo que realmente importa.

lunes, 10 de octubre de 2016

ROMANCE DEL PÄJARO Y LA FLECHA


“ Seré una Curadora y amaré todo cuánto crece, todo lo que no es árido”              
 Éowyn
Un guerrero cruza el desierto. Su mirada es sed. Su pecho es sed.
            Es el último entre ellos. Siempre hay un último soldado. Cualquier desierto lo hallará perdido y nadie más que el desierto lo hallará. Lo buscarás, mujer, y creerás que lo has hallado una noche, pero solo su brazo te abraza, su corazón sigue en el desierto. En el desierto hay solo voces. Hay voces de pájaros muertos. Cantan sus hirientes trinos solo para el soldado del desierto. Hay voces de espadas muertas, voces de niños muertos, voces de libros que ardieron para siempre y silencio del viejo guerrero. El viejo guerrero puede ser más joven que vos, y siempre será más viejo. Eso no lo podés remediar. Tampoco lo entenderás nunca. Por eso el brazo que te abraza recuerda el desierto. Entonces, no lo busques. Sólo podés esperarlo. Así hace la mujer.
            La mujer espera lejos. Ella quiere esperarlo. Hace veinte años que lo está esperando. Veinte es igual a veinte. Nadie va a negar eso. Veinte años es igual a veinte siglos. Pueden negarlo, no me importará. Ella aviva las llamas, cuando solo queda una brasa, enciende el fuego nuevamente y se sienta a esperar otra vez. Ese es el único fuego perenne. Cuando la biblioteca termina de arder, el fuego muere. Pero el fuego que prende la mujer que espera, no se apaga nunca.
            Hay otra mujer que espera. Esa mujer está esperando más cerca. Tras el desierto, hay la montaña, tras la montaña, hay el bosque, tras el bosque está la llanura eterna, tras la llanura eterna, está la fina arena, la fina arena se pierde en el mar.  Tras el mar, está el hogar del viejo guerrero y el fuego perenne. Eso es muy lejos. La otra mujer que espera es una joven. Vive en el bosque. En el bosque hay árboles de flores rojas. Cuentan que las flores rojas son de sangre de otra joven. Por amar a un guerrero, dicen, la ataron al árbol y le prendieron fuego del que muere. La joven ardió hasta el fin y ese fue el fin del fuego, y nacieron las flores rojas. El guerrero era el último guerrero y se fue al desierto. También hay árboles con troncos rojos. Altos árboles, de madera dura como la roca. Son los guerreros que cayeron antes del desierto. Todos los guerreros caen antes del desierto, menos uno. Ningún guerrero sabe nunca si él será el último guerrero. Los guerreros se miran silenciosos antes de la batalla. A uno lo elegirá la muerte, para que mantenga su recuerdo en el mundo de los vivos. Es eso, mujer. La muerte llegó y lo eligió y no podés competir con ella. Vos parís vida, la muerte mata. ¿Qué recordará el guerrero? La vida es paciente y temerosa, trabaja y ara, besa y arroba, abraza y desvela, envuelve y danza, calla y trabaja, llora y ríe y es una vieja en el hogar, una novia en el altar, una amante poeta, una campesina en el campo de girasol. La muerte no es paciente ni laboriosa y no permite el olvido. Y vos, hombre, la muerte no es como la mujer que te abraza para que te olvides de todo, la muerte te elige y te da la memoria para siempre. Quiere que te vean las campesinas en el campo de girasol, que trabajan y ríen hasta que aparece tu figura, fuerte y cansada, tu espada negra, tus jirones de sangre y tus cicatrices, entonces se callará la risa y la joven ignorante de la muerte sabrá que la muerte existe.
            Pero el bosque es misterioso. Flores rojas, árboles altos.
            En el bosque hay una casa.
            En la casa está Nausícaa.
            Nausícaa está de pie en la tierra. Llega a su rostro el aroma de las flores y también el lento silencio del viejo soldado. Está viejo porque cree que ya lo sabe todo. Él no cree en misterios. Nausícaa tiene largo cabello negro ¿por qué? Nausícaa canta ¿por qué? Nausícaa sabe que él llega y lo espera ¿por qué? Misterios que nunca develará el viejo soldado, ni yo tampoco.
            Llega hasta él el murmullo interminable de la joven. Nausícaa, sin embargo, no abre los labios ¿por qué?
             El viejo guerrero camina bajo la sombra de los árboles altos, las sombras de antiguos guerreros; el aroma de las flores rojas, la sangre de una joven amante; sintiendo el aullido, el murmullo de Nausícaa que se le antoja un curso de agua. Su boca es sed, su pecho es sed y sus altas piernas son tan fuertes, más cansadas cuanto más fuertes. El arroyo, cree, lo llama y descansará.
 Pero el arroyo es una joven. Ella sonríe.
El soldado se detiene, asombrado.
Nausícaa sonríe más. El viejo instinto hace al soldado sonreír.
            Nausícaa lo interroga con los ojos.
            Él no dice nada.
            Por fin ella dice su diálogo
-Extranjero. No parecés vil ni necio.
 El viejo soldado la sigue a la casa, come, bebe, ávido desgarra el vestido de Nausícaa y ella solo sonríe, para él siempre sonreirá. Y al fin, cuando calmó su sed, él se durmió en su regazo.
Y la sonrisa de Nausícaa se esfumó. Él ya no recuerda que debe decir. Ella sí.

“Te contaré una historia”
 “Un naúfrago llegó a una playa y en ella una joven jugaba...”
            Nausícaa se torna grave. Él está dormido. Está muy cansado. Y cree que lo sabe todo. Eso le hace sentir compasión de él. Más de la que ya siente. El amor se pierde en el recuerdo, junto con la compasión. Nausícaa piensa en sí misma.
“ Una vez hubo un naúfrago. Se parecía a vos. Estaba cansado. Necesitaba un madero, algo a que aferrarse ...
...y halló una joven
...y luego partió”
“La joven siempre estaba ahí. Antes de que él llegará. Y se quedó cuando él se fue. Y él jamás volvió.
“Sé muchas cosas, soldado. Soy mucho más vieja que tú. Sabía que vendrías. Sabía que me desearías. Y sé que te irás.”
“Solo podés dormir un tiempo”
“Crees que querés ese fuego. El hogar. La mujer que siempre espera. Pero vos , soldado, sólo buscas la muerte. El hogar. El fuego fatuo.”
“ Conté la historia del soldado y la rosa. Canté el poema del cielo y del infierno. En mis manos está el paraíso, pero vos no lo querés. Dolor y muerte. El desierto y el mar. Tu destino no es el hogar, es el viaje. Nunca llegarás. Dormido, te aferrás a mí. Mañana te irás. No sabés que cuando llegues al hogar, tu viaje habrá terminado, la paz habrá llegado pero la vieja guerra no será olvidada. Volverá en tus viejas heridas, una y otra vez.  La vieja espada enmohecerá y a tu alrededor caerán muros que nunca fueron fuertes y todo será el recuerdo de la muerte...”
            “Tu espada es lenta y su hoja inflexible y dura. Pero nada es más dulce para mí. Y aunque hiciera lo que siempre quise, atarte a mis piernas por el fin de los tiempos, vos te vas por tus viejas heridas, tus cicatrices se hacen sangre y deberé dejarte partir, al desierto donde la sangre deja de correr...”
“ Porque tu destino es el viaje y no el hogar.”
            El viejo soldado se movió, inquieto y abrió los ojos.
Nausícaa sonrió.
“Hubo un soldado y hubo una rosa.
Ella estaba herida y él estaba cansado”
“Se hallaron a orillas de un lago”
El sueño volvió.
            Nausícaa sonrío para sí.
“Sólo estoy aquí para decirte que viviré más que vos. Que vivirá mi canto cuando tu espada lleve siglos muerta, porque las palabras del frío mueren en el frío. Que por todo lo que no me  ames, me amarán otros.  Que mi dolor pasará, mi vieja herida cerrará y entonces yo partiré, en un bote de negras aguas, con una vela blanca, a los jardines de Rivendel que nunca viste. Que alguien dormirá en mi regazo, y no se irá nunca. Y cuando llegue mi ocaso, morirán las tristes historias y no te recordaré. Que así viven odios y guerras y viejos soldados, así también vivo yo. Y no cantaré el amor inmóvil, ya nunca más. Y Nausícaa morirá y en su lugar habrá una mujer, en un hogar, y esa mujer seré yo... y llegará el frío y con el frío un hombre y ese hombre serás vos. Y ahora dormí que llega la noche, mientras yo velo, una noche más, un viejo soldado más.”
             Llegó la noche, llegó la luna y llegó el viento. El viento entró en la casa. Viento del Norte.
            El viejo soldado abrió los ojos. Vio el rostro de la joven. Su inocencia le hizo sonreír. Una sombra cruzó su frente: el camino. El camino estaba ahí. No podía descansar. No podía soñar.
            Cerró los ojos. Tenía que incorporarse. Tenía que deshacerse de ese abrazo. Tenía que seguir. Sus labios recibieron una suave presión. El beso de la joven. Pero él era viejo. Sonrió.
-Tengo que irme.
Ella pareció triste.
-Volveré.-mintió. El guerrero más valiente siempre es un cobarde para decir adiós a una mujer.
-¿Adónde?-preguntó ella.
El acarició su rostro. Al mar. Los ojos grandes, inocentes. La piel suave. Un dulce pájaro de juventud. Había visto dulces pájaros atravesados por flechas.
Ella sonrío entre sus lágrimas.
-Nunca te voy a olvidar.
-Recuérdame solo de vez en cuando.
Entonces se deshizo del abrazo de la mujer, se incorporó. Tomó su vieja espada y su escaso equipaje. Abrió la puerta. El viento del Norte los envolvió a ambos.
-Tengo frío-dijo ella.
            Y el soldado volvió al camino. Volvió por donde se había ido. El camino al desierto, nuevamente. Nausícaa se acostó en el lecho, a soñar y a esperar el día. El día de partir al mar. A los jardines de Rivendel.
            Porque su destino era el viaje y no el hogar.

En el hogar quedaban rescoldos del viejo fuego. La mujer se levantó y los atizó.
El viento era fuerte. Los ojos del soldado se nublaban. Fantasmas de Navidades pasadas. Dulces pájaros caídos. Heridas tan profundas que no cicatrizaban. Hielo. Hielo es lo único que puede aliviar el dolor. Lo rodeó la helada.
El fuego del hogar se apagó. La mujer dormía, la cabeza entre los brazos. En el sueño lo vio a él, joven, cuando  embarcó. Ambos eran jóvenes. Pensó, soñó, que la juventud era eso, embarcar. Oyó, soñó, que el mar golpeaba la escollera. Vio, soñó, una nave que la esperaba y sus velas negras. Despertó y siguió soñando. Soñando se colocó la capa, soñando tomó un arco y flechas, soñando se dirigió a la orilla y vio en su sueño, la nave que la esperaba. Suspiró, miró la vieja casa y embarcó.
Sola en el temporal, la mujer conducía el barco. Sabía que de todas formas, siempre estaba a la deriva. Sabía que yendo a la deriva, hallaría lo que buscaba.
            Los vientos la llevaron a una orilla de arenas tibias. Cayó allí. Caminó por la playa. De lejos vio a una joven de cabellos negros. Sonrío un poco. Ella también había sido joven. Lo seguía siendo, puesto que había embarcado. Sólo que ya no esperaba nada.
-Esperarás así-pensó la mujer-hasta que entiendas.
La joven la saludó con la mano, agitando el brazo desde lejos, pero la mujer del Norte no respondió. La joven lejana siguió mirando el  mar.
La mujer del Norte siguió su deriva y halló el camino primero, por la llanura eterna, el viejo bosque luego. Los altos árboles rojos le dieron sombra. Cuando sentía hambre, tensaba el arco, disparaba la flecha, entonces el pájaro caía atravesado. La mujer comía.  Y seguía el camino.
La helada era muy fuerte. Pero el viejo soldado también. Él era la helada.
Nunca sabré si ella lo encontró. No sé que fue del viejo soldado. Lo vi partir y luego la vi llegar a ella.
Solo sé que será de mí. Tengo un bote de velas blancas. Cruzaré con él las aguas negras. Iré a los jardines de Rivendel, esos que nunca viste. Mi guerra ya terminó.
Olvidé decir al viejo soldado que la juventud es lo más viejo del mundo.


domingo, 2 de octubre de 2016

La tormenta pasa




La tormenta pasa. A veces crees que no pasará nunca. A veces, un solo segundo, pensarás que te matara. Puede ser cuando balearon tu calle y acostaste a tus hijos en el piso y vos encima de ellos, porque estás en el primer piso, las recortadas disparan plomo hacia arriba y esos ventanales que tanto amaste ahora son el enemigo…¿importa cuándo? ¿hay que vivir en un lugar muy raro o exótico para que ocurra? No, la tormenta pasa por todos los sitios. Por los que ocupan un rincón en el diario, tan chico que parece una noticia sobre un zoológico lejano, hasta los que ocupan toda la pantalla de los canales de tu país, y ni hace falta, ni podés verlas, porque para eso hay que cruzar...el salón con ventanal dónde está el televisor y llueven las balas. Y pasó. Esa tormenta que creía que me mataría. Y que mató a otros. Por eso una vez escribí que la ficción está, tiene que estar, para recordar entre los vivos la memoria de los que se fueron.
Pasan las tormentas. Nací en primavera, en 1970, bajo el signo del Escorpión. Es el signo de todos. Todos tenemos nuestro veneno, en la dulzura, o el otro, el letal. Hay quienes matan con un beso, decía Wilde. Y por él pasó la tormenta, la tormenta de un beso.
Pasa la tormenta. Ahora tenés 23 años y tus hijos son niños, muy niños. La amiga dejó de serlo y te echó del departamento que ya no podías pagar, con la ayuda de diez hombres y en diez minutos. Tu trabajo de promotora y modelo se esfuma, la amiga que dejó de serlo se quedó con tu ropa y tu agenda y tus manuscritos. Estás bajo la lluvia de mayo, en la vereda de Julián Alvárez al 900, y mientras tus pertenencias se mojan, tu cabeza no piensa en la tormenta, sino en dónde pasar la noche. Y viene una señora con un termo de café con leche y otra con medias para tus chicos y otra que te dice Cuando Dios te cierra un puerta, te abre una ventana, y por un segundo tu cabeza escapa a la tormenta y se ríe de esos militantes teóricos y fervorosos amigos tuyos que prefieren discutir a Lenin durante horas y piensan que la simple caridad o la más digna solidaridad son "métodos del sistema para mantenerse". Tal vez la señora del termo fuera leninista. No lo sé. No es imposible. Tal vez fuera católica, es más, del Opus Dei. Para mí, siempre será la señora del termo y quisiera para ella la corona del Reina de Inglaterra, el tejado del Taj Mahal y un arco iris sin lluvia cada atardecer.
Esa tormenta también pasó. La amiga que ya no era amiga se borró de mi mente. No la reconocería. Tengo más presente a la señora del termo. Si no fuera así, la tormenta hubiera quedado en el pecho para siempre...
Ahora es de noche y estoy durmiendo. Viajo hacia atrás, todavía más. El piso es enorme, en Recoleta. Era mi barrio de infancia y entonces no valía nada. Había una juguetería a la que ya no podía ir porque la policía había montado una ratonera y habían matado al hijo adolescente del juguetero. Era el año 1976. La tormenta estaba pasando y yo tenía cinco años. Tenía un camisón celeste y me despertaron rasguidos y ruidos extraños. Me levanté. Caminé por el enorme pasillo. Un piso en Recoleta, dirán. No sé qué hora de la noche era. Vi a mi madre con una amiga suya rompiendo cosas. Discos. Hacían un ruido seco, metálico, casi un disparo y ya había oído disparos. Libros. Tardaban más en romper los libros. Los fragmentos iban a bolsas y las bolsas al incinerador del edificio. Cuando me vieron me enviaron a dormir.
Libros. Pasaron dos años y no vivía en un piso en Recoleta. Éramos cuidadores de un techo sin herederos en Villa Urquiza. Un techo para un matrimonio sin ingresos con cuatro hijos. Si pasó la tormenta por ahí no me di cuenta. Leía Los tres mosqueteros en esa casa soleada y me reía de como Artagnan lleva a sus tres amigos y a los cuatro lacayos a tomar chocolate a lo de un cura gascón que lo invitó a merendar...los mosqueteros, mis amigos, no tenían comida ¡y eran los héroes! Y mientras pasaba páginas, absorta, mi madre me sacudía los hombros y me daba una taza de harina mezclada con agua. Mi almuerzo.
Hoy hay tormenta en Buenos Aires. Llueve mucho. Todo está húmedo, pero ya casi no siento la fractura de mi pierna. La tormenta pasa siempre. Creo que puedo decir que se puede vivir confiando en que pase, como dice Edmundo Dantés al final del Conde de Montecristo, "ESPERAR Y CONFIAR". Aunque creas, por un segundo, que te puede matar. Lo único errado es creer, estés donde estés, que por tu casa, tu pueblo, tu país, no va a pasar la tormenta.



domingo, 25 de septiembre de 2016

Quince esqueletos

Quince esqueletos
Estoy en las últimas páginas de un nuevo libro y aunque una parte de mí está acostumbrada, en un rincón de mi persona todavía hay una pequeña niña que mira azorada. Esa que leía como si las letras de molde fueran aire, esa que maldecía (y usaba la palabra “maldecir”), en idioma mosqueteril, esa que leía a Shakespeare con sus ocho años y su perro favorito a los pies, ignorando quien era Shakespeare, para su fortuna y por eso, dejándose capturar por esas líneas de diálogo que expandían luz.
La niña que cantaba con sus hermanos, también ávidos lectores, la canción de la Isla del Tesoro. “Quince esqueletos en el cofre del muerto y una botella de ron”
La niña que soñaba con ser escritora, como quien sueña escalar una montaña.

Todavía me mira, desde un ángulo que aún no es sepia, y me pregunta, y me cuestiona, y a veces, para mi alegría, me lee en silencio.

jueves, 25 de agosto de 2016

Un sueño de mi padre

1979. Año de guerras, cartas y comuniones.
Recibí la comunión con un vestido blanco e inmaculado, con el que caminé la enorme nave central de la Iglesia San Agustín. Toda mi familia dijo presente, pero yo me sentía atrozmente sola.
Supongo que desde algún lugar de la iglesia, mi padre me miraba.
1979. Hay una guerra en algún sitio siempre. Despedimos a mi padre en el Aeropuerto de Ezeiza. Creo que entre otras cosas, llevaba su libreta.
Pasa el tiempo sin que sepamos mucho de él. Mi madre me encarga escribirle cartas.
"Tienen que ser alegres- dice- Tu papá está en una guerra".
Hasta el día de hoy, considero esas cartas mi primer ejercicio literario. Escribía y tachaba. Tachaba y escribía. Quería ser alegre y estaba triste.  Aunque no se dice, la primer batalla del escritor es su estado de ánimo.
Pasa el tiempo y él regresa. Está tan cambiado que en el aeropuerto casi no lo conocemos.Está muy delgado y le faltan dientes. Me abraza.
Había algo de vidas deshechas, muertes violentas y amor encontrado en la esencia siempre expresiva de sus ojos pardos. Además, en algún punto de sus ojos, estaba mi vestido blanco de comunión.
Daba conferencias. El periodista que vuelve de la guerra es un ser atractivo y oírlo es fascinante para mucha gente. Con la sutileza y los matices de los que sus almas son capaces, viven esa contradicción.
Presencié una.
"Estaba refugiado en una iglesia en un pueblo cubierto por las bombas. Había bebido y me había dormido. No aguantaba más. Entonces en mi sueño apareció Paula, vestida de blanco, reprochándome que no saliera a hacer mi trabajo..."
Yo era bastante niña cuando escuché esto. 1979 fue el año en que me hice escritora, por la simple razón de que tenía algo para contar.
En el año 2001, cuando mi padre fallece, escribo mi cuento "La Amada Inmóvil", dónde un viejo poeta al fallecer le deja a su hija el don de la poesía como el secreto de una niña fantasma vestida de blanco que enseña a versificar.
Otra batalla del escritor es escribir una historia para contar otra.
Sobre mi padre en la iglesia, la familia conserva un telex amarillo dónde cuenta:
El cura me miró y me dijo: Acá no hay ángeles.

domingo, 24 de julio de 2016

REBECA; novela

La mujer del impermeable blanco


Era rubia y se veía casi dorada, en un impermeable casi blanco como su pelo, con una faja ajustada. Era inapropiado, no llovía, pero eso marcaba su toque personal. No llovía y a ella no le importaba . Tenía unos zapatos de taco altísimo y sólo ella podía moverse con gracia por el salón con ellos. Sus muñecas ágiles se quebraban al tomar la copa, una y otra vez, dos, tres copas, hasta que empezó a reír, borracha. Sus partenaires se reían con ella, no de ella.
Y entonces lo vi. Tenía el pelo muy corto, a lo marino. Su traje era de un corte impecable, azul. Tenía cincuenta años o más, y se lo veía fuerte, alto, varonil. Ella reía y tambaleaba un poco sobre los finos tacos. Y él la tomó del brazo con fuerza.
No fue un simple llamado de atención, ni un gesto protector. La tomó como se manipula a una muñeca.
La rompió como a una muñeca. La sacó del salón, trastabillando. Antes de dejarse llevar por él, ella giró la cabeza, miró, casi provocadora,  hacia dónde yo servía una mesa, y me sonrió.
Fueron dos segundos. Dos segundos que entonces carecían de importancia. ¿Qué importa la sonrisa de una desconocida? ¿La de una mujer a la que un hombre arrastra por el suelo del salón? No lo sé. Pero ella reía, y reía y por unos segundos, yo, quise saber reír como ella. Levanté la mirada de la mesa y firme, le sonreí.
         Luego conté los platos vacíos, los cargué en la bandeja y pregunté qué necesitaban los señores, antes de alzar el brazo y cruzar con la bandeja en alto el mismo salón que ella recorrió a la rastra.

Conocí un camarero que decía que en las copas habitaban los truenos. Todos lo creíamos tonto, pero no lo era. Si ahora pudiera verlo, debería ir a la feria del libro, hacer una hora de cola y murmurar: “Soy Mariela ¿me recordás? La camarera del bar Sena, en Palermo”. Y el murmuraría “claro”, o no y firmaría el libro o me lo arrojaría a la cabeza, no lo sé. Éramos tontos y cuando decía esas cosas, lo tratábamos de tonto. Era el más lento, el más torpe, el que siempre recibía los billetes pasados por el lavarropas. Pero decía que en las copas habitaban los truenos y era, ah, el mejor de todos nosotros. Había un trueno en la copa que serví a la mujer rubia, un trueno que estalló en sus labios y entonces sus ojos me vieron por primera vez.

Rebeca era rubia y sólo podía ser rubia. Rebeca se llamaba Rebeca, y sólo podía llamarse así. Como la película. Una mujer inolvidable, decía el subtítulo. Y la gasa transparente de su camisón, acariciada por mil manos, sólo puede llevar su perfume, el de Rebeca, aunque la toque yo, y tal vez vos y cuantas y cuantos… ¿cuántas mujeres recuerdan el seno rosado de Rebeca? ¿cuántos hombres añoran los labios tibios de Rebeca? ¿Cuántos números de teléfono tuvo Rebeca? ¿Cuántos cientos de agendas guardaron, esperanzadas, el número prohibido? Pero ningún tango se llama Rebeca, creo yo. Creo que debería haber uno. Y deberían prohibir los impermeables blancos a toda mujer que no sepa llevarlos como Rebeca. Tal vez, prohibir el pelo rubio.
Tal vez haya amado demasiado a esa mujer. Tal vez el trueno quebró la copa y la destruyó para siempre.

 (Fragmento inicial de mi novela inédita REBECA)

jueves, 23 de junio de 2016

Duérmete, Príncipe Iván

 ...Que mañana será otro día.....
Y a pesar de sus calamidades y desgracias, el Príncipe de los cuentos se dormía, después de unos suspiros, confiado en las palabras de la Princesita Rana.
No voy a mentirles: me dolió cuando mi hija me dijo que en la época de la que ahora vamos a hablar, ella se dormía diciéndose: Duérmete, príncipe Iván, que mañana será otro día....
Un cuento infantil puede calmar a un niño, pero también amainar una tormenta....hasta el día siguiente.
Año 2001, gobierno o desgobierno de Fernando de La Rúa. No tengo trabajo, o en realidad tengo mucho trabajo. El 9 de diciembre de ese año murió mi padre. Por lo demás, tenía un trabajo: mi trabajo era contar cuentos y eso es muy serio.
Iba a la escuela dónde estudiaban mis hijos, a contar cuentos en el aula de 6 to grado....ese grado tenía la suerte de ser conducido por la seño Adriana, una maestra de avanzada, así que me dejó leer un cuento de 1911, de Jacques Futrelle...."La celda número trece"
Algunos chicos no habían ni desayunado y yo lo sabía. No se calma el hambre con palabras y también lo sabía.
Pero darnos por vencidos es peor que todo eso.
Y lo sabía. Abro el libro, busco el cuento, cuento rarísimo de un autor fallecido en el Titanic, y leo:
"El Doctor Van Dusen- miro a mi audiencia- era conocido como la Máquina Pensante....Era Doctor en Filosofía, Frenología, Medicina, cirujano dental, miembro de la sociedad de ajedrez, en el que era campeón mundial....-miro otra vez a mi audiencia. Ya abrieron mucho los ojos.....
La Máquina Pensante- sigo un tiempo después, apuesta poder escapar de la cárcel más segura del país sólo con polvo dental, los zapatos lustrados y una moneda-
Miró a los niños....En absoluto silencio, apoyan las cabezas en los pupitres y prosigo, sobre todo porque la maestra corrió a atender a una niña desmayada por hambre en el aula de al lado....
¿Lo logra o no?-pregunto y empieza una animada discusión.
De tarea, la maestra los conmina a imaginar como el protagonista escapa, y claro, cada cuaderno tenía una solución imaginativa, pormenorizada, perfecta...Con o sin cena, la tarea la hicieron todos.
Esos tiempos son pasado, pero no para todos...
Por eso, Duérmete, Príncipe Iván, si lo necesitas, acá está la Princesita Rana....

miércoles, 8 de junio de 2016

PRENDE UNA VELA EN EL LABORATORIO

PRENDE UNA VELA EN EL LABORATORIO
Paula Ruggeri

La figura en harapos y de rostro oculto por vendajes sanguinolentos, de piel sucia color musgo, hacía contraste con el juego de té de plata servido pacíficamente en una mesa de jardín. Todo era plácido: los naranjos, florecidos, los limoneros aromáticos y la señora de pelo rubio vestida de lino ubicada cómodamente en una silla de herraje antiguo, sobre un almohadón bordado. Había otra silla más, desocupada. Y el monstruo la miraba de pie, con esfuerzo entre las vendas que tapaban sus ojos.
—Me devolvió la vista —dijo con garganta gutural.
—Siéntate, Urso —dijo ella gentilmente. Tomó un sorbo de té.
El monstruo titubeaba al hablar. Parecía que cada palabra le dolía, mucho. Su voz emergía de una tumba, como todo su ser.
—Tengo la garganta llena de tierra —lloró Urso.
—Puedes llorar ya —dijo ella, amable—.  Te di los ojos, no sabia que también las lágrimas, aunque claro, las lágrimas son tuyas...
—No me gusta mi trabajo...
—Urso —suspiro la dama—, tendrás que aprender a ser un caballero. No tolero otra clase de hombres. ¿Por qué no te sientas?
—Quiero ver bien. Quiero recordar mi nombre. Mi madre, mi padre. Qué vine a hacer al mundo.
—Tú tienes un corazón Urso —dijo ella sin abandonar del todo la simpatía—. Verás, no necesito tu corazón. Yo te traje. Soy tu creadora, hoy, así que toma asiento, toma un poco de aire con tu dios. ¿Ves que brisa fresca corre este atardecer? El verano es terrible, pero esta tarde es, no sé, piu bella
—No se qué dice, señora —gimió Urso—. No me gusta mi trabajo.
—Pues tienes más trabajo. Siempre lo tendrás. Y, oye, mañana será tu nueva jornada de trabajo. Y como paga te limpiaré la garganta y ya no tendrás tierra. Luego podrás descansar en tu lecho, en el cementerio, si quieres. Y a cada trabajo que realices, te limpiare un poco más, los oídos, las articulaciones....
—Mis piernas —gimió Urso.
—Tus piernas estarán bien, pero, oye, Urso: tu corazón no debe ser un problema ¿oyes? No esperaba semejante inconveniente. Llora si te place, pero haz lo que te indico. O te quitaré el corazón. Sabes que puedo hacerlo y entonces ¿qué quedara de ti? Ojos, orejas, perfectas piernas, maravillosas. Y ni lágrimas, ni risas, ni preguntas. Solo un asesino, lo que yo necesito.
—No soy un asesino —murmuró Urso, pero ella no lo oyó.
—Un asesino, todo lo que me hace falta, tu corazón, bueno, es un entretenimiento... Te hace interesante.... Cuando vuelvas a ser un hombre, bienvenido será el corazón. Claro de luna, copa de vino, noche, y cantar....
—Corazón —dijo Urso y se echó a llorar.
La mujer hizo un gesto de fastidio. Tenia sesenta años, era corpulenta, elegante y tenía un leve acento italiano.
—Llora otra vez —murmuró con fastidio—. Dolce far niente, Urso —dijo en voz alta—. Vete a tu lecho. Ya mismo


—Todas las noches muero lentamente y todas las mañanas resucito dolorosamente... —repitió el zombi.
—Bien. Y mi dueña es…
—Mi dueña es la signora Giovanna
—Exacto. De ahora en más, cada mañana cuanto te levantes respiras esa oración. Es el inicio de tu trabajo. Tú haces lo que yo, la signora, te indica y luego la signora sana tu cuerpo muerto y le da vida. Lo más importante son tus manos: ¿las sientes fuertes?
—Muy fuertes —dijo Urso.
—Bien. Esta vez no es mucha la fuerza que requiero. Una anciana dormida.


Lloraba. Sus manos buscaron a ciegas el cuello de la anciana. Giovanna las guió suavemente. Ella tocaba al zombi pero se cuidó bien de tocar a su abuela dormida ni nada del cuarto.
—La comtessa. 98 años. Millonaria. Le haces un favor, Urso. vamos, aprieta.
—No puedo, signora —lloró Urso.
—Vamos, ya está muerta. No habla, le dan de comer por sonda, vamos Urso. tenemos solo veinte minutos. La enfermera volverá. Urso, no te limpiaré tu garganta.
El zombi llorando apretó el cuello débil de la anciana, los dedos flacos de ella parecieron cobrar vida, clavaron las uñas en la sábana y en la carne insensible de Urso. Luego lanzó un aullido ahogado por las manos que atenazaban su garganta y quedó repentinamente quieta y a la vez floja, como una muñeca sin vida.
Urso lloraba. Su corazón angustiado veló a la anciana. Se echó contra la pared y sollozó convulsivamente.
—Urso, estás ensuciando la pared —dijo Giovanna—. Y también hay que limpiar las uñas de la comtessa. Tiene restos de tu carne. Vete ya, baja con cuidado, yo lo hago
—Mi garganta —lloró Urso.
—Mañana. Ve a dormir.
—Mi paga —lloró Urso.
—Deja de llorar, quieres.... tengo que limpiar lo que hiciste mal. Mañana te pagaré.
—Mi garganta —amenazó Urso.
Giovanna lo miro calma. —Repite tu oración. Muero lentamente cada noche.
—Muero lentamente cada noche —dijo el zombi
—Y resucito dolorosamente cada mañana
—Y resucito dolorosamente cada mañana.
—Mañana tu creadora te devolverá la garganta limpia. Da gracias.
—Gracias.
—Y ve a dormir
—Dormir.... —Urso se fue con pasos torpes.
—Va a ensuciar toda la casa —dijo Giovanna, heredera de la comtessa muerta. Pero no la única heredera.


—Urso, invité a una persona a tomar el té.
—Yo no puedo tomar té. Mi garganta está sucia —lloró Urso.
—Esta tarde la limpiaré, como doble paga. Tienes que matarla. Ella charlará, reirá, es muy vulgar, sabes, estaremos en el jardín. Cuando se pinte la noche, en el cielo sin luna, pues hoy no habrá luna ya sabes... tú vienes sin que te vea y sabes qué hacer. El cuello. Pero no es todo.
—Pero no es todo.
—No. Di conmigo. Muero dolorosamente cada noche...
—Muero dolorosamente cada noche...


Había tazas de té a medio vaciar, una jarra de plata con olor a menta, un ramo de flores  luciéndose en la mesa de plata labrada, una señora rubia, vestida de lino, elegante, y de pie un monstruo que se miraba las manos, asombrado.

Un cadáver en la tierra del jardín.
En una silla colgaba una cartera con monogramas que indicaban que su poseedora muerta, al menos en carteras, no reparaba en gastos. El cadáver en el piso era una mujer de cuarenta años o menos, vestida de seda estampada de leopardo, pelo rubio corto y tacos dorados. Toda esa costosa ropa vestía un cadáver. Las lágrimas de Urso pronto empezaron a correr.
—Urso —dijo suave Giovanna—, creo que es tarde para presentarte a mi hermana.
—Su hermana. Maté a su hermana. Maté otra vez. Limpie mi garganta —lloró Urso
—Ahora no. Antes deberás cargarla y llevarla a un lugar seguro.
—Mi paga —rugió Urso.
—Muero dolorosamente cada noche —murmuró Giovanna, mirando hacia otro lado, como si Urso no existiera.
—Muero dolorosamente cada noche y resucito dolorosamente cada mañana. Mi creadora —dijo Urso.
—Ahora yo traeré el auto y tú la cargaras en el asiento trasero. Cuado caiga la noche, Urso, iremos al cementerio. Pedro nos abrirá y por unas noches, sólo por un tiempo, le prestarás a mi hermana tu cama. Te puedo asegurar que ella no se ofendería, no, no. Eres guapo.
—Mi paga —dijo Urso.
—No me fastidies y haz lo que te digo.


—El sombrero te queda bien y la venda mejor —dijo la signora con simpatía—. ¿Cómo está mi hermana?
Urso miro el asiento trasero del vehículo, un Mercedes Benz de los años noventa, espacioso, de color celeste.
—Su hermana está quieta —dijo la voz gutural.
—Así me gusta.
—Sólo se le mueve el pelo un poco.
—Qué raro. Es el viento, pero mejor no cerrar las ventanas, ¿no?
El cementerio de noche. Ciudad dormida, su puerta tenía doble candado. Por la rejas se avistaba el inmenso jardín de flores y cruces torcidas, las flores, ese torpe cariño sin esperanza, las cruces, ese ruego de madera sin demasiada fe. Había una puerta casi escondida entre la reja. Una puerta pequeña, la de Pedro, el cuidador. Giovanna dio dos palmadas y se bajó del auto.
—Te quedas con ella hasta que te llame
Se cubrió los hombros con un chal tejido de hilo de seda. Llevaba un pequeña cartera, de esas que llaman sobres, bajo el brazo. Su vestido bailaba un poco en el vuelo aéreo de las faldas en la noche. Zapatos de taco, color rosa. Parecía que estaba en la puerta de un restaurante, no de un cementerio. Una señora delicada, no alguien que conducía un auto con un zombi y un cadáver. Sonreía un poco. Sabía lo que quería y sabía quién era, y le causaba un poco de gracia. La hija de una gran familia adinerada que no tenia nada era una navaja. Con sus discriminaciones, su dejadez, su abandono, su incomprensión y, por último, su reparto injusto del dinero, tan sólo porque ella no era lo que querían que fuera, habían fabricado su alma, le habían dado forma, la habían convertido en una sutil navaja florentina, un diseño de Cellini. La fortuna pasaría a sus manos, porque la navaja se clavaría en cada corazón que hubiera en el medio. Y, además, tenía un esclavo, el esclavo que la biología y la brujería juntas le habían dado, como un pacto con los dos poderes de Dios, sus dos caras.
—Enciende una vela en un laboratorio —le murmuró una vez, como broma, un compañero de clase.
Una vela, incienso, un libro de hechicería, un cadáver en una camilla, una aguja perforando el muerto corazón... y ella, la bióloga, la mujer que nunca amó a un hombre, la descastada de la familia Cencigni, ella era un navaja, y también un dios. Y ahora todo sería suyo.
Y acá está en el cementerio, con su falda aérea y su chal, sonriendo para si. Dios y la navaja mataron a una hermana ahora y la lista sigue. Mientras, hay que dominar a Urso. La preocupa un poco.
Pero ahora da otras dos palmadas para que Pedro la oiga. Pedro no se domina, sólo se paga.
Un hombre viejo salió de una casilla escondida.
—Don Pedro —dijo Giovanna.
—Signora.
Sin decir más palabras, la signora mostró un fajo de billetes.
—Una mitad por abrirnos la puerta, otra mitad por cerrarla cuando salgamos. El doble por no decir jamás nada.
—Señora. Tanto tiempo con los muertos me hizo muy silencioso. Y el dinero es bueno. Si hubiera más gente como usted....
—Yo te daré más, tendré ocasión, Pedro. Entraré con el zombi y una nueva vecina.
—No hay problema —dijo Pedro y extendió la mano. Recibió un fajo de billetes y empuñó las llaves. La pesada puerta de hierro se abrió chirriando. La signora se estremeció
—¿No puede hacer menos ruido? —susurró.
—No señora, como los muertos no se despiertan, nadie aceita la puerta.
—Pues pago por que la aceite.
—Ah. Me privaría entonces de uno de los pocos sonidos que me acompañan  aquí. No lo sé. Veremos cuánto es la paga —en el viejo se notaba un dejo burlón. Pero Giovanna no le prestaba atención.
Se volvió a Urso:
—Urso, abre la puerta del coche y carga a la signorina que asesinaste.
No hubo respuesta.
—¿Urso?— repitió con voz nerviosa la signora.
—Usted la asesinó. Yo tengo la garganta sucia —dijo Urso desde el auto con voz gutural pero firme.
—Ah, Urso. No, fuiste tú. Tú con tus grandes manos viriles. Créeme, a ella le gustó. Le gustaban los hombres, cuanto más fuertes, mejor. Yo soy un poco más delicada. Por eso debes ayudarme y llevar a mi hermana a tu lecho en la tumba. Así que....
—Yo no mato —dijo Urso—, yo no cargo. Yo quiero mi paga.
La doctora en biología, segura de si habitualmente, un tanto inquieta miró a Pedro, pero éste se dio media vuelta y se encerró en su casilla. Se oyó la doble vuelta de llave.
No se podía contar con él. Lo había dejado claro.
—Muero dolorosamente cada noche —empezó a decir Giovanna, aunque su voz no era muy segura— y resucito dolorosamente cada mañana. Mi creadora es la signora Giovanna y a ella me debo.
—Muero lentamente cada noche —dijo Urso. Bajó del auto. Abrió la puerta trasera y Giovana respiró aliviada.
—¿La cargo? —pregunto el zombi.
—Cárgala.
—Debe limpiar mi garganta —dijo Urso con el cadáver en brazos.
—Oh, si —dijo Giovanna. Había recuperado la seguridad—, pero mira, estás cargando en tus brazos a una exquisita mujer. Disfrútalo. Y la acostarás en tu cama.  Claro, tienes unas horas antes del amanecer... Antes del DIA hay que cerrar la tumba y tu vendrás conmigo, aunque yo no soy tan joven... ni mucho menos sexy. Sólo tu creadora, una signora.
Caminando por los pasillos entre las tumbas, seguro, Urso llevó el cadáver seguido de la señora a una tumba que se notaba había sido tocada recientemente.
—Pedro trabaja tan mal —suspiró la signora—. Tu cruz está torcida, Urso. No importa, ahora habrá que sacarla. Deja a mi hermana en el suelo.
Con delicadeza, casi con ternura, Urso depósito el cadáver en el piso.
—Ahora mira. Ahí está tu nombre. Roger Ousseley. ¿Francés o inglés? Curioso.
—Soy Urso —dijo él, confundido—. Quiero recordar a mis padres.
—Todo se andará, ahora abre la tumba para dejar a mi hermana ahí. ¿Te gusta ella?
—Bella —dijo Urso llorando.
—Bella. Tuya. Duerme con ella. Yo no mirare. Ámala si quieres.
—Bella —dijo Urso llorando y acarició a la mujer muerta.


—Urso —dijo delicadamente la doctora unas horas más tarde. La noche había transcurrido a oscuras y mientras ella se envolvía en su chal y suspiraba, paciente, pero atenta, Urso había yacido con el cadáver. —Se acerca el día —dijo—. Deja a mi hermana y tapa la tumba.
—Asesina —dijo Urso.
—¿Urso? ¿Qué dijiste?
—Asesina —repitió Urso, incorporándose—. Ella, bella y muerta. Tú, asesina.
La signora se envolvió más en el chal y recitó inquieta...
—Muero lentamente cada noche...
—No. Esta noche no. Me llamo Roger Ouselley. Nunca maté una mujer en mi vida. Jamás violé a ninguna. Limpia mi garganta.
—Muero lentamente cada noche y resucito dolorosamente cada mañana —dijo Giovanna—. Urso, entierra a mi hermana ya mismo. No hagas bromas.
—Signora. Mi creadora. —Pacientemente, el zombi con sus manos comenzó a  cubrir el cadáver. El pozo era profundo. Lloraba.
—Maldito sea tu corazón —dijo Giovanna—. Urso, casi llega el DIA. Déjala y vámonos. Pedro nos abrirá.
—Signora —dijo Urso—. Es mi primer noche sin morir lentamente, y no he resucitado dolorosamente esta mañana.
—Qué cosas dices, Urso  —dijo Giovanna, nerviosa. —Muévete. Pon la cruz en la tumba.
—Limpia mi garganta —rugió el zombi—. Me llamo Roger Ousseley y soy francés, pero crecí en España. Tengo esposa e hijos. Nunca maté a nadie. Nunca violé a una mujer.
—Pues lo hiciste. Mataste a mi abuela y a mi hermana y esta noche violaste a una mujer muerta. Tres horas. Nunca había visto eso. Apasionante. Eres un hombre espléndido, Roger. Ahora pon la cruz, despide a tu amada y vámonos.
—Tú morirás sino limpias mi garganta.
—Urso... —Lentamente, Giovana extrajo de su sobre una fina aguja—. Te daré algo: limpiaré tu garganta.
—Si. Ahora. Mi paga.
—Ven, Urso, abre tu boca
El zombi se acercó. Sus manos estaban tensas. Giovanna vio eso y se preparó. —Abre tu boca.
Y clavó la aguja en el corazón.


El zombi trastabilló.
—Bruja maldita —dijo su voz ronca.
—Asesino —dijo ella sonriendo—. Violador. Asesino cuando yo quiero y  violador cuando yo quiero, el tiempo que quiera. Mi esclavo.
“Prende una vela en un laboratorio, siempre”, había dicho ese estudiante riendo.
Prende una vela...
Si prendes la vela... Con la aguja en la mano, tal vez la vela te proteja.
—Bruja —rugió el zombi—. Bruja... Nunca maté a nadie pero te mataré a ti.
Giovanna lanzó un grito ahogado. Corrió. La aguja cayó sobre la tierra y el chal voló en el viento del cementerio...

Caminó por las calles. Dónde dormir. Quién es mi madre, quién es mi padre. Limpia mi garganta.
—Muero lentamente cada noche —dijo llorando a un hombre apurado.
—No hay dinero, viejo —le respondió sin detenerse.
—...Resucito dolorosamente cada mañana.... — se paró en la plaza del pueblo  tapándose los ojos vendados con una mano manchada de sangre. La poca gente de esa mañana en la calle somnolienta lo señalaba asustada.
—Mi creadora —alcanzó a decir antes de caer sobre la piedra gris de la ciudad recién despierta. En su cuello tenia las uñas de ella y en sus labios el rezo del esclavo.


martes, 17 de mayo de 2016

Valeria, la pequeña Venus de la colina

Cuentan que en tiempos míticos y griegos, hubo una fiesta que reunió a los dioses más hermosos y las diosas más bellas en el Monte Olimpo...Pero olvidaron invitar a la Envidia. Triste personaje, sucio y harapiento, la Envidia planeó y encontró su venganza. Simple y brillante, Envidia entró al salón, dónde dioses y diosas bebían sonrientes, llevaba una manzana de oro en sus manos callosas.
La arrojó, gritó. ¡Para la diosa más bella!, y huyó.
Lo que sigue es más conocido: las diosas bellas creían cada una merecer más que las otras la manzana y armaron una gresca, lo mismo que la Envidia se propuso.
Hasta que los dioses designaron un lugar, una colina y un hombre, el pastor Paris, para dirimir y señalar a la diosa más bella. Y a Paris le ofrecieron en recompensa a la mujer más bella del mundo mortal, la preciosa Helena.
Cuento yo que la manzana pérfida puede caer en cualquier sitio, porque esta fábula nos habla del poder de la belleza, y de las emociones contradictorias que produce. La manzana de la Discordia puede caer en una oficina, en un aula, en una tertulia, como cayó en una colina de Embalse Río Tercero, Córdoba, hace ya muchos años.
Estábamos de vacaciones y se formaron esos juegos y charlas propios de niñas de la misma edad, en un hotel grande, un paisaje hermoso y una gran piscina que se prestaban a los juegos. También había un grupo de muchachos, liderados por un chico de Jujuy.
Entre nosotras habitaba la belleza. Rubia, de pelo blanco y largo, ojos claros almendrados y unas facciones que parecían dibujadas. Valeria era así de hermosa, pero también era una niña. Y como niña tenía un lindo carácter fuerte, y se notaba que había recibido una educación clásica.
Una tarde, el grupo de chicas, sin Valeria, me arrinconó y me "repitió", supuestas iniquidades que ella había dicho sobre mí.
La manzana de la Discordia había sido echada.
Estábamos en una colina. Valeria llegaba hasta nosotras.
Le hablé, le repetí lo que me habían dicho. Me miró con un claro asombro y lo negó.
Señalé a las otras chicas. Dije- Ustedes.
También negaron, culpables.
Fue hace muchos años. Un día vi una cara conocida en una publicidad y después me acostumbré a verla, avisos televisivos, conduciendo programas en España e Italia, y una larga lista de sucesos que demuestran que la Venus de la Colina, la pequeña Helena de Troya, huyó veloz y riendo, de la Manzana de la Discordia.

domingo, 24 de abril de 2016

PARA UNA HISTORIA DE LAS HADAS

HADAS

            ¿Qué tienen en común la bondadosa madrina de la Cenicienta con la funesta Morgana del ciclo artúrico? ¿En qué se parecen las terroríficas banshees a la damisela celeste que concede sueños a Pinocho? Todas ellas son hadas, seres femeninos extraterrenos, de poderes mágicos y misteriosos, que acompañan al hombre desde tiempos remotos. Sus sentimientos, pecados y debilidades las hacen humanas, pero su poder y su misterio son sobrenaturales.
Son mujeres etéreas, de larguísimas cabelleras, de pie diminuto y talle esbelto y de piel traslúcida como el género que las viste.
Las hadas aparecen con distintos nombres en muchas culturas, estas mujeres fantásticas y casi fantasmales vivieron tanto en las tierras de Escocia como en la Grecia antigua o entre pieles rojas y esquimales. En Grecia se emparentan con las dríades y con la diosa Hathor en el antiguo Egipto. Tienen semejanza con ellas también las apsaras y gandharvas de la mitología hindú y se parecen a otros seres fantásticos femeninos como las ninfas, las ondinas y las veelas. La condición común de todas ellas es una belleza misteriosa y una seducción peligrosa, incluso a su pesar. Son muchos los relatos donde un mortal gana el amor de una de ellas y lleva a uno o a ambos a un destino trágico.
            Las hadas son inmortales, tienen el poder de vaticinar el futuro y también de cambiarlo. La palabra hada proviene del latín fata, que significa destino.  Las fatae o sibilas acompañaron las cohortes romanas en sus conquistas, determinando su destino y haciendo profecías. Con su raíz latina existe el hada castellana, la francesa fée, la alemana Fee y la inglesa fairy.  En general se las consideró bondadosas, pero también hay hadas oscuras, irascibles y astutas, maestras en la magia negra que aparecen entre humaredas causando la desgracia y persiguiendo sus propios y malignos fines. Un ejemplo es el hada Morgana de la tradición Artúrica. Su oponente es la reina buena de las hadas, la tenue y misteriosa Dama del Lago, pero esta, como la muestra Thomas Mallory, tiene una naturaleza ambigua que en ocasiones está más allá de bien y mal y una femineidad misteriosa como sus fines, por siempre secretos.
            El tamaño de las hadas varía, algunas miden apenas unos centímetros, otras tienen la estatura de una persona.
Una de su costumbres , muy cruel, es raptar bebes humanos para criarlos ellas, está el famoso caso de Lancelot, criado por la Dama del Lago, la Reina delas Hadas del relato artúrico. Han raptado también hombres adultos. Como el tiempo en el Reino de la Hadas transcurre mucho más lento que en nuestro mundo, cuando vuelven a la vida humana se produce una paradoja: estos humanos no han envejecido y tal vez sus hijos si.
El hada más popular es la concebida en el Renacimiento, esencialmente buena, vestida de blanco o azul como una princesa, que hace apariciones súbitas y maravillosas siempre para ayudar a simples mortales en difíciles situaciones. Este es el hada  que dio nombre a todo un género de cuentos y que nunca dejó de aparecer...
No todos las consideran herederas de las ninfas griegas y las indias apsaras, también se creyó que se trata de ángeles arrastrados ala rebeldía por Satanás, pero que no eran tan malos para merecer el Infierno, la tierra sería para ellos un suerte de limbo donde viven eternamente suspendidos bajo forma femenina. Otros dicen que son espíritus de niños muertos antes de ser bautizados, serían espíritus buenos que acompañan a los vivos ayudándolos.
            Las hadas no solo hacen su aparición en las noches de luna llena, también han hechizado poetas y escritores, así conocemos a Titania, la reina de las hadas de Sueño de una noche de verano, de William Shakespeare, a la diminuta Campanilla de Peter Pan, la novela de J.M. Barry. También es famosa el Hada Azul que concedía dones a Pinocho, de Carlo Collodi.

FAYRY, LOS ORÍGENES DE UNA PALABRA Y UNA DISCUSIÓN FANTÁSTICA
            La palabra inglesa fayry, tiene un uso muy extendido. No solo significa hada, también abarca, como un nombre de familia, a todo un mundo mítico de habitantes de los bosques y los lagos y las pequeñas colinas, duendes, gnomos y hadas que a veces reciben el nombre común de seres feéricos, por tener el mismo origen y formar una sola comunidad de seres, un pequeño mundo en interrelación con los humanos. Los elfos también tendrían el mismo origen, y en su génesis serían aquellos ángeles caídos más benévolos que no merecieron el infierno y aguardan el día del Juicio Final.
            Veamos como lo filólogos le atribuyen distintos orígenes a la palabra fayry, aunque estén de acuerdo en cuanto a su acepción.
            Según algunos que gustan de remontar toda palabra a fuentes clásicas, la palabra deriva de una expresión griega que es lel nombre homérico de los centauros. O toman en cuenta la última sílaba del nombre griego de las ninfas, feé, como posible origen de la palabra. Hay quien la deriva de voces hebreas, no falta quien la encuentra en una antigua voz del anglosajón antiguo, fanan, cuyo significado en viajar, ir .
            Finalmente, algunos le atribuyen un pasado celta.   
            Pero uno de los orígenes que se han tenido en cuenta es la siguiente interesante hipótesis, bastante respaldada y que presentamos a continuación.
            En la lengua persa ciertos espíritus femeninos, benévolos y de gran belleza, capaces de volar pues poseen alas , semejantes a las hadas europeas, se llaman peri. Los árabes, que en su alfabeto no tiene la letra p, reemplazan todas las palabras que tengan el sonido p por la letra f. A estas hadas, entonces, las llamaban feri. Durante las cruzadas, los guerreros y peregrinos cristinos peleaban contra los llamados paganos, soldados que solo hablaban el árabe. Al regresar a su país origen, los cruzados veteranos narraban las maravillosas historias de las hadas orientales, con la palabra feri del árabe-persa. También se ha identificado a Morgana con la maga persa Mejan Peri, conocida en todo Oriente.




VIVIAN Y MERLÍN

Merlín era un hombre anciano y comenzaba a sentir el cansancio, el cansancio de su vida consagrada a otros, el cansancio de sus portentosas hazañas, el peso del Libro de la Sabiduría que llevaba entre sus ropas, que había heredado de los misteriosos demonios que lo habían concebido en el vientre de una joven inocente y le habían dejado sus poderes junto con la bondad de esta. El cansancio de no haber amado nunca a mujer alguna.
            Cuando sintió necesidad de ser amado comprendió que había llegado la hora de morir.
            La enfermedad se había adueñado del mago Merlín. El hombre más poderoso sufría dolor y debilidad. Se retiró al refugio que había preparado hacía años, cuando la sombra y la quietud de la muerte eran aún lejanas, el descanso en el lecho seco de un arroyo guarnecido por hechizos, donde su precioso libro, su poderoso secreto podía estar protegido, ya que era muy peligroso en manos que no fueran las suyas. En él estaban la Cartografía de su cielo del norte, donde figuraban las magnitudes y distancias de aquella constelación del dragón, que se vio solo una noche, la noche que él predijo la vida y la muerte de Arturo y el mapa de la Vía Láctea, con descripciones detalladas de las corrientes, vientos y puentes que la atraviesan; el relato mágico del Grial, solo tocando sus páginas se lo podía contemplar y ver donde se hallaba. Merlín no quería dejarlo en poder de nadie, pero no era posible destruirlo. Debía llegar el día ,milenios más tarde, en que él mismo volvería a tomarlo entre sus manos para indicarle el camino al joven rey que habría de renacer.
Nadie podía penetrar su último lecho rodeado de las más erizadas dificultades. Nadie excepto Vivian, la reina de las hadas. No podía hacer de su refugio un fuerte inexpugnable, la sabiduría de Merlín, casi infinita, alcanzaba todo lo posible, pero no dominaba lo imposible.
Sus últimos días, que  contaba con escrupulosa conciencia, amenizaba con la compañía de su amigas las hadas. Mutuamente se contaban las historias del lago que habitaban, historias de espadas doradas, de valientes caballeros y de las damas amadas por ellos. Sobre todo ellas hablaban de Lancelot, con orgullo materno, pues ellas lo habían criado. Merlín a veces sonreía con estas historias y a veces también se ponía sombrío y taciturno. No temía nada de ellas, que siempre habían sido sus amigas y que además no eran mujeres sino espíritus. Pero lo alegraban o lo entristecían sus arranques y sus melodiosos cantos, casi terrenos.
-Con toda tu sabiduría, le dijo una de ellas, al ver una sombra en su rostro anciano, después de oír de su labios un poema amoroso-con toda tu ciencia, has podido descifrar los destinos en el Cielo, y guiar a los hombres en las mas extraordinarias aventuras, pero la aventura mas conocida por hombres y mujeres, por los mas ignorantes y pobres entre ellos, esa no lo puedes entender.
-Es demasiado tarde ya-murmuró Merlín.
La Dama, llamada a veces Vivian, lo tomó de la mano, callosa y anciana, carente de belleza, y ambas, la pequeña y gentil mano del hada y la envejecida del sabio, formaron por un momento una sola. Merlín retiró su mano, con un temblor convulsivo y ella suspiró, alejándose.
-Me has rechazado-le reprochó mientras retrocedía y se empequeñecía-Ya no te haremos compañía. Pero cuando estés agonizando ( toda tu ciencia no logrará apagar el dolor ni restañar tu sangre), llámame. Y yo aliviaré tu dolor, pidiendo muy poco a cambio.
Y desapareció bajo las aguas.

-Vivian-suspiró Merlín. Había llegado arrastrándose del campo de batalla, donde había sido herido, donde por primera vez había matado. Perdía sangre por las grietas abiertas en la coraza, vestida por primera y última vez. El Rey había muerto y ahora solo cabía reposar hasta el día en que volvería, pero el dolor era grande y el reposo no era consuelo. Sus heridas eran mayores que su conocimiento y como todo hombre, quería el consuelo de la mujer a su lado, y como todo ser humano, quería alivio para sus heridas y lo horrorizaba el final, aunque esperado.
-Vivian- gritó pero su voz era débil.
-Aquí estoy-susurró una voz y una mujer se halló junto  a él.
-No eres Vivian-dijo Merlín, perdiendo toda esperanza.
-Sí-le dijo ella mientras inclinaba sobre él la rubia cabellera húmeda, permitiendo percibir su carne, palpitante y blanca.-Soy Vivian pero por primera vez, al haber peleado y asesinado, tú eres un hombre, por lo que he venido como una mujer.
Merlín se desvaneció. Vivian lo despojó de su armadura y recogiendo al débil y transido anciano, lo cargó hasta su lecho, blando y cubierto de hierbas. Lavó sus heridas.
-Dime donde guardas el Libro de la Sabiduría-habló ella calma y segura-y morirás pacíficamente. De lo contrario, no sabré como evitar que sufras dolores peores que los que te atormentan.
Merlín gimió.
-Necesito tus secretos o no podré aliviarte el dolor. A cambio te daré el único conocimiento que te falta poseer.
-¿Cuál es ese conocimiento?
-Yo-respondió ella gravemente- Puesto que he llegado hasta aquí, sorteando todos los obstáculos y peligros que tan concienzudamente colocaste en mi camino, te merezco, mago. Te doy la oportunidad de morir como un hombre y es muy poco lo que pido a cambio.
-Me pides toda mi vida.
-Debes entregarla, porque ha llegado tu muerte.
-Muy poco ofreces a cambio.
Ella retiró su mano ensangrentada. Su rostro se ensombreció. Lanzó una carcajada y despareció la mujer, abriendo paso a la frágil Dama del Lago.
-Tu lo has pedido-dijo.

Merlín sufrió lo que nunca sufrió hombre alguno, bajo la mirada atenta de la Dama del Lago, que esperó pacientemente las palabras que en su agonía murmuró, haciéndole la  dueña de sus secretos.

            Ardió Camelot, pero no el Reino de las Hadas.

lunes, 21 de marzo de 2016

REBECA

Rebeca se pone sus sandalias doradas de taco alto antes que ninguna otra cosa. Camina, con su piel amada por el sol como otro amante, y frente al espejo se coloca el labial intensamente rojo.
Luego retorna y elige un interior de gasa siempre transparente y siempre del color mismo de su piel.
Un vestido blanco con vuelo y sin mangas.
Un impermeable estilo trench color tiza.
De un perchero descuelga su bolso Yves Saint Laurent, y guarda un libro llamado Beauté en Voyage...
Dentro del bolso también hay un labial rojo cardenal, preservativos y unas pastillas de menta..también una diminuta, imperceptible cápsula de cianuro.
Rebeca abre la puerta del piso.
Sus largas piernas doradas dan largos pasos.

REBECA es mi nueva novela. Espero que pronto esté entre ustedes...

viernes, 29 de enero de 2016

Noches de Oriente

En las cálidas noches de verano
Me quiebro sobre tu sombra
Y te entrego mis labios
Me pareces el Oriente
En las cálidas noches de verano
Me pareces dorado
Yo desmayo durante esas noches
Y juro mi amor a Baco
En las cálidas noches de verano
Yo me curvo y como las flores
Me quiebro rápido
Y soy el fruto que palpita en tu boca
Y me abro como un río
Que corre sin descanso
Y grito como la rompiente
En las cálidas noches de verano
Yo te tengo en mi seno y mi garganta
Es puro limo dorado


En las cálidas noches de verano
Soy como la corriente del arroyo
Soy como la hierba húmeda
Soy puro limo dorado


sábado, 9 de enero de 2016

Estela y el puente bajo las estrellas

Era mi compañera de banco, en épocas aún de guardapolvos blancos. El colegio estaba en el barrio de Belgrano, y a pesar de ser un barrio prestigioso, el Roca era un colegio secundario con muy mala fama...Y dentro del colegio con mala fama, yo tenía una mala fama espantosa: blanca en territorio de bronceadas. A pesar de eso, hice amigas de oro, Gilda, María Eugenia, entre otras chicas. Y Estela.
Estela era de origen indígena y alemán, si la memoria no me falla, y tenía una larga y espesa cabellera negra que cuidaba con esmero. Aparte, sus largas y curvas pestañas estaban siempre cargadas de rimmel....Y eso era todo.
En cuanto a mi, era una chica pálida de largo pelo castaño, que pasaba el tiempo fuera de la escuela en la biblioteca vecina y de Kierkegaard a Leibniz, pasando por Agatha Christie y Asterix, leía practicamente de todo.....Era Mortisia hasta los exámenes: ahí hasta el más bruto conmigo se transformaba en caballeroso amigo.
Pero este no es el asunto de este post.
Un día en los dos bancos vecinos de la larga caballera negra y del ondulado pelo castaño, empezó una conversación que marcaría el inicio de mi novela El jardín de las delicias, más de veinte años después.
-¿Vos viste un incendio?-me dijo Estela- Eso no es nada comparado con la quema.
¿Qué es la quema?
-Estela me mira con disimulado desprecio.
-Dónde queman la basura- Es una llama gigante que llega hasta el cielo. Se ve a los basureros como sombras de muñequitos diminutos que caminan frente al fuego.
-La tomé del brazo. -
-Estela,, llevame....
Cada día.
-Llevame a la quema Estela.
-D'accord-dijo un día, imitando a la profe de francés. Decí en tu casa que te quedás a dormir en la mía.
Mis padres me dejaron. No eran prejuiciosos, pero creo que su memoria de las villas atrasaba. Estela vivía en Villa Fiorito, la villa a la  que Maradona dio fama.
.-Primero vamos a Pompeya y cruzamos el Puente Alsina.
Cuando vi el puente me quede sin aire antes de empezar a subir.
La noche había caído.Subimos una escalera altísima y cuando llegamos arriba, saltábamos entre los tablones flojos de madera.
Abajo el río.
Arriba las estrellas.
Me detuve a mirar, maravillada. El cielo era río y el río cielo.
-Paula. ¡Hay un hombre allá!.
Mire y era cierto, venía hacia nuestros luminosos guardapolvos blancos.
Corrimos varias decenas de metros saltando huecos que nos podían matar. Con nosotras estaban Huck y Tom, en espíritu.....
Ya no recuerdo si para llegar a Puente la Noria tomamos un colectivo....Puente la Noria era oscuro, con barracas de madera dónde se vendía vino de barril, con piso de tierra, con más sombras y melancolía que un tango....
Ahora sí, tomamos el colectivo que iba a Fiorito y pasaba por la quema. Hora, 10 de la noche.
Estela estaba muy nerviosa, sabía cosas que yo no sabía.
-No dejes de mirar la ventana-advirtió-son sólo unos segundos.
Fueron sólo unos segundos.
1985. Figuras de fragilidad de marionetas se dibujaban contra una inmensa columna de fuego....
"esa humareda hería la paz de su refugio recordándole su lugar, su precariedad" Escribí en el año 2006.En una novela llamada El jardín de las delicias.
Caminamos en la oscuridad total por las calles de Fiorito, de tierra, con grandes zanjas.
Cuando entramos en la casa, la madre de Estela se espantó.
¡Cómo vienen a ésta hora! Pensé que te habías quedado en lo de Paula....
Comimos sin hambre.
Nos acostamos.
Estaba durmiendo cuando oí estampidos.
-¿Qué es eso?- pregunté.
-Tiros- dijo Estela
Dormimos.