En mi casa hay un altillo, un pequeño cuarto en altura , atiborrado de cosas. Eso no es nada raro, en muchas casas hay un altillo, aunque la palabra está en desuso.
Cada tanto tiempo, subo esa escalera empinada, en busca de algún libro. No sólo hay libros, hay cuadros, retratos, una cómoda antigua, y una campana de un viejo buque. Esto último perteneció a los viejos dueños, que eran una pareja de buzos. Gente singular.
La cuestión es que aunque es común para mí subir esa escalera empinada y enfrentar el desorden amable del altillo, hace pocos días ocurrió un pequeño suceso que para mí fue extraordinario.
Lo que ocurrió fue que algún otro miembro de la familia movió una manta de alpaca y la cambió de lugar. Pequeño gesto, todo un descubrimiento.Y cuando yo realicé hace unos siete días mi normal visita al altillo, me sucedió algo...
Lo primero que vi fue un cuaderno dónde estaba la manta de alpaca, tapas claras, lomo de tela verde, un cuaderno Rivadavia de 200 hojas.Un cuaderno que no abría desde veinte años atrás, pero al que dormí abrazada más de una vez
La tinta está perfecta. Los poemas y cuentos y borradores de cartas ocupan las 200 hojas completas, incluidos los márgenes y contratapas.Era ella, la Paula a la que todavía podía su padre llamarla Paulette, la que alguien llamó La Novia de Artagnan, la que sellaba libros todo el día con sus jeans gastados y su cabello larguísimo, la que abrió un día un libro para poner el sello de la última página y encontró un manuscrito de Borges.
Pero también la que no toleraba bien eso de ser llamada musa, y no buscaba trascender por el nombre del otro.Estaba descubriendo el mundo, tenía 25 años, un novio y dos hijos, que poblaron el cuaderno con sus dibujos y poemas.
Todos somos Conrad cuando maduramos.
Permitanme mirar mi cuaderno con una sonrisa, vaso en mano y compartirlo con ustedes.
El blog de Paula Ruggeri. Contacto: paula.ruggeri743@gmail.com
miércoles, 18 de diciembre de 2019
domingo, 1 de diciembre de 2019
El perro de Manuel
En realidad, Manuel no se llama así, pero prefiero proteger su
nombre. Manuel fue mi vecino durante treinta años, pero en esos treinta años
estuvo varios años preso, por lo que no fueron tanto.
En ausencia tanto como en su
presencia su madre decía “Cuando venga Manuel va a solucionar éste y éste otro
problema". "Cuando venga Manuel". Cuando venga.
Vino Manuel y encontró a la
madre ya muy anciana. Él la cuidó como muchos hijos probos y sin entradas
carcelarias no cuidan a sus madres. Junto con su hermano, Lorenzo, se turnaban
para ocuparse de esa mujer que les había dado la vida y tanto había sufrido.
La madre partió, a algún país
allende los cielos. Los dos hermanos, viejos asiduos de la cárcel, la lloraron
copiosamente en un eterno abrazo, como son los abrazos de los hermanos.
La última vez que vi a Manuel
fue hace pocos días. Paseaba un perrito, un cachorro blanco, alegre y vivaz. El
cachorro quiso jugar conmigo y pregunté a Manuel su nombre.
Vaciló.
Al fin me dijo gravemente: se
llama Noteolvidaré.
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