viernes, 10 de mayo de 2024

Una esquina de Pompeya, una tarde de lluvia

 En esa esquina hay una de las (pocas) oficinas con que una compañía de celulares, que ni pienso mencionar, se digna recibir las pacientes quejas de sus clientes. Digo pacientes quejas porque sí hace falta paciencia, en esa larga fila bajo la lluvia. Hay un techo breve así que nos apiñamos allí, bajo el techito. La que no tiene abrigo en la lluvia es una vendedora de jabón para la ropa. Tampoco se pueden cubrir un vendedor de colonias para hombre y mujer (la lluvia me trae el perfume, bueno y honesto) y un vendedor de tortillas, cubiertas con un plástico, que también dan un aroma muy tentador bajo el frío y la lluvia.

La joven vendedora tiene algo fascinante, un modo de hablar muy fuerte y de intercambiar bromas con sus colegas, que recuerda la Eliza de Pigmalión. El personaje delicioso de la florista que interpreta Audrey Hepburn en el cine, pero que también representa la visión de la sociedad de clases del genial Bernard Shaw.

La palabra es "frescura". Pero con todo y con su frescura, ella está en plena lucha por la vida, como diría H. G. Wells, porque hoy se me da por citar a socialistas fabianos.

Un hombre pasa, la mira y le grita:

-¡Se me hace agua la boca!

Ella contesta con otro grito.

-¡ Se me hace agua la boca cuando veo a tu mujer!

Sí, es la Eliza de Shaw, en el  siglo XXI.

En el interior del local la lucha por la vida continúa, con vendedoras y técnicas trabajando en un espacio muy pequeño e incómodo, poniéndole color a un trabajo difícil, al borde de indigno, con tazas coloridas y las llamadas frases motivadoras. Y mientras atienden, a mí por ejemplo, suspiran por las tortillas que venden afuera, cuyo aroma penetrante, a las seis de la tarde, inunda los pequeños boxes de las empleadas.

Al salir, Eliza sigue ahí, haciendo frente con sus bidones de jabón a la vida, a la lluvia, a los lobos que caminan por la vereda.


martes, 9 de abril de 2024

El pequeño diccionario mandarín- español


 El Francisco Morazán era en esa época (año 1983) un hermoso colegio pequeño, las aulas, que daban a un patio interior, tenían ventanas por las que se filtraba la lluvia cuando había tormenta, esas ventanas tenían cortinas coloridas realizadas a mano por la portera. Esa mujer y su hija joven además se ocupaban de la merienda: preparaban leche con cacao para todo el alumnado y la servían con cucharón en vasitos de plástico, desde una gran olla color cobre.

Mis recuerdos del Morazán son agridulces, no me digan que la infancia es feliz, ¡yo la he vivido! (Es una versión muy libre de la famosa frase de André Breton sobre los veinte años.)

Un día llegó Li a la escuela. Era una chica taiwanesa de doce años, pelo corto y muy pocas palabras en español. La maestra, Susana, en seguida supo que hacer pedagógicamente: la hizo sentar a mi lado y me indicó que le enseñara el idioma.

Me lo tomé en serio. Li con su sonrisa, su agilidad en los deportes (era la más veloz en la clase de gimnasia) y su confianza en mí casi instintiva hizo el milagro: aprendí chino básico.

Sólo recuerdo algunos insultos, aunque llegué a asistir a unas clases de idioma chino (destinadas a hijos de padres taiwaneses pero nacidos en Argentina). Los padres de Li y Li misma consiguieron que fuera admitida por unas clases.

Senchimpig, loco. Pentam, tonto. Y poco más recuerdo, salvo la palabra hermana: Tche.

Li me enseñaba mientras yo le enseñaba. Estábamos en su casa, en una habitación interior de un supermercado, donde había que quitarse los zapatos al entrar. No conseguía enseñarle (Yo tenía doce años como ella) hasta que salió de la pieza y volvió a los pocos minutos con un pequeño libro de tapas negras.

Era un diccionario mandarín-español.

Era entretenido. Ella buscaba la palabra en chino, yo le mostraba la equivalente en español. Parece engorroso, pero no lo era. A veces era al revés, yo buscaba la palabra en español, Li la traducía al chino. Li era (es) una chica muy inteligente. Muy pronto avanzó tanto que el viejo diccionario quedó en un rincón de su pieza.

Hace poco hablamos por teléfono. Por cierto, su español es perfecto. Me contó que es docente desde hace muchos años y que cuando le preguntan cómo aprendió el español, cuenta la historia de su amiga y el viejo diccionario.