lunes, 27 de abril de 2026

Mi libro La Cifra Adversa

 Durante veinte años escribí una serie de cuentos fantásticos, cuentos que están entre los más queridos, los más sentidos, que he escrito. Dos cuentos de fantasmas, que escribí a los treinta años, con tanta fluidez que sospeché que me los había dictado un fantasma. Cuentos, como El diablo enamorado y La sangre de Cristo, que crecieron al fuego de los viejos poemas del ciclo artúrico, y con esos recursos de la prosa a los que solo la poesía puede apelar.

        Los cuentos fueron escritos casi como experiencias, y con rigurosas, pero elásticas, estructuras narrativas. En la hora del canto del zorzal, en la madrugada de Barrio Samoré, los mitos y leyendas son un alimento frecuente. Un pájaro se enamora de su flecha, un hada maléfica diferente, un diablo femenino, un bosque tenebroso, habitado por el Lobo.

    El relato La cifra adversa, merece un párrafo aparte. Cuento borgeano, sobre un personaje histórico que me resulta fascinante, Pico della Mirandola. Fue escrito en una oficina de una biblioteca mientras yo trabajaba, justamente, con la biblioteca personal de Jorge Luis Borges. Está inspirado por sus citas, su letra, su universo. Pero con un protagonista, maestro del humanismo salvaje renacentista, que siento muy propio de mi narrativa.

De niña tuve Los Cuentos de Hadas de los hermanos Grimm, Quizá realmente hada signifique fata, destino en latín. Cuentos de destino. Desde esa lectura del asombro a mis siete años hasta este libro han pasado largos años, de lectura, escritura y experimentación.

Bienvenidas las hadas y los cuentos.

La Cifra Adversa, Paula Ruggeri | MercadoLibre


domingo, 19 de abril de 2026

Dani

 Hace treinta y seis años, la madrugada del 19 abril de 1990, me tomé un colectivo 50.  Yo iba con contracciones cada cinco minutos rumbo a la Maternidad Sardá. Tenía 19 años y me acompañaba mi madre. Había, si, una persona ausente, evidentemente un imbécil. No vale la pena mencionarlo más.

    En el colectivo, repleto de trabajadores dormidos, nadie quería ceder un asiento para una embarazada con trabajo de parto. Cuando años después escribí mi novela El jardín de las delicias, ubiqué el viaje de Ulises al infierno dentro de un colectivo.

    El chofer dio una brusca frenada e hizo señas a un taxi. Con el taxi llegamos pronto a la Maternidad Sardá.

    Mi recuerdo de esa institución es difícil de definir. Para el trabajo de parto dejaban entrar a maridos y parejas, pero no a las madres de las embarazadas. Mi madre tuvo que darle dinero a una enfermera, que la dejó estar solo cinco minutos conmigo.

La nota de color la puso un libro que yo había manoteado de la biblioteca antes de salir de casa. Los que me conocen se reirán al leer el título: Guerra colonialista franco argentina 1838-1840.Libro furiosamente rosista escrito por un francés, Theogene Page. Todavía lo conservo y guarda unas hojas con las notas de una Paula de diecisiete años.

Bueno, las contracciones se redujeron a dos minutos y con celeridad a un minuto.  El libro, que no abandonaba, confundía a las obstetras.

Esta historia no es final sino un principio. Las peripecias son los condimentos de una historia ¿de aventuras? Puedo asegurar que me creía D'Artagnan.

Dani, mi hermosa hija, lleva el nombre Daniela por una canción que dice "pinta un mundo nuevo dentro de mí."

Ella y su hermano Ger, nacido dos años después, son una gran compañía para una madre escritora. Recuerdo sus ojos asombrados cuando les leía Canción de navidad, un invierno en Samoré a la luz de las velas o a una pequeña Daniela con fiebre oyendo La muerta enamorada de Théophile Gautier.

Hoy Dani es la autora de varios libros de historieta, ambientados en Barrio Samoré, en un Barrio Samoré mágico que dibujan sus manos. Y en la casa que comparte con su esposo Fede, tienen una biblioteca admirable y una gata que se llama Luba.

 


lunes, 23 de febrero de 2026

DUMAS Y YO

 


Alejandro Dumas es mi infancia, el sol en la cara, las fantásticas lecturas en el jardín de una casa de Villa Urquiza, en la ciudad de Buenos Aires, mi ciudad. Descubrí Los tres mosqueteros a los nueve años en una edición barata de Sopena, que aún conservo, pero que no me pertenecía: era de mi hermano Andrés, unos años mayor que yo y dueño de una no tan pequeña biblioteca de clásicos.

                Esa niña que fui era una lectora adicta y fantasiosa, soñaba con Artagnan, Athos, Porthos y Aramis, con la esgrima y las aventuras, las intrigas de Constanza Bonacieux y el alma de poeta de la vengativa Milady.

“Vos sois joven y vuestros recuerdos aún tienen tiempo trocarse en dulces” Dice Athos a Artagnan. Esas últimas páginas sentí una tristeza desoladora y algo así como un vacío. Soñaba con que ese libro prosiguiera eternamente.

 Por ese motivo, abrí el libro por la primera página, dispuesta a vivir la aventura una y otra vez.

                Lo sigo haciendo. La construcción narrativa más fabulosa dota de vida a los mosqueteros cada vez que abro las viejas tapas. Artagnan siempre será la mejor cabeza de los cuatro, Athos siempre se hundirá en profundas cavilaciones y Porthos siempre será el hermoso Porthos. Aramis, por su parte, recibirá misivas de Tours, por siempre. La maquinaria hecha de vida, sentido del humor y sangre vuelve a funcionar, cada vez que abro esas tapas.

                En mi vida personal, en mi forma de vivir la amistad, en mi vida afectiva, los mosqueteros gravitaron siempre. Cuando a los dieciocho años quedé embarazada, repentinamente sola con mi decisión de ser madre, no podía dejar de pensar, quizás absurdamente, que Artagnan llegó a París a la misma edad. Y eso me daba valor. Y cuando escucho palabras imbéciles, aún hoy, sobre mi maternidad, algo así como una espada imaginaria aparece en mi mano y una sonrisa irónica en mis labios.

                Tal vez tenga que perseguir al misterioso hombre de Meung hasta el fin de mis días, no lo sé.

                Mientras, escribo estas líneas entre muchas otras. Y mientras, también escojo un tomo de Mis memorias, de Alejandro Dumas. Luis Pestarini me llamó un día desde Madrid y me preguntó si las tenía. Unos días después en Buenos Aires me entregó cuatro tomos rojos encuadernados en cuero. Sin duda el mejor obsequio que recibí jamás.

                 Unos días después de recibir los tomos de manos de Luis, conozco en la librería Yenny del Patio Bullrich a Arturo Pérez Reverte, autor del Club Dumas entre otras obras. Tuvimos una charla sobre los mosqueteros y luego el escribió sobre esa charla un breve cuento llamado La novia de D’ Artagnan.

 Ojalá existiera Ruritania es una frase de ese cuento y por supuesto es mía. Cuando leí El prisionero de Zenda, de Anthony Hope, en la querida colección Robin Hood, enloquecí con ese país de ficción que creí real. El castillo de Zenda, y todo ese maravilloso viaje de fantasía me conquistaron.

Todavía hoy suspiro, ojalá existiera Ruritania.

Siguiendo con Dumas, lo que más me fascinó de la lectura de sus Memorias fueron sus recuerdos de sus amigos actores y en particular actrices. Sabiendo que no quedaban registros de la actividad teatral, en cuanto a las interpretaciones, Dumas dedicó buena parte de esos cuatro tomos a recordar con profundo cariño a actrices como María Dorval. Dorval fue fundamental en sus primeros éxitos, cuando fue la primera actriz en aceptar el papel de Adela en la tragedia Anthony. (También cuenta Dumas que tomó su inspiración del gitano de Ivanhoe, de Walter Scott, para el personaje de Anthony).

Queridos amigos españoles me regalaron ediciones de los mosqueteros, algunas bellísimas.

Un 14 de julio me hice tatuar en el brazo izquierdo una Fleur de Lys. La marca de Milady de Winter.

                Por fin, hoy, en una preciosa caja de madera, tengo guardado ese viejo ejemplar de Sopena, el histórico, como lo llamó Andrés antes de regalármelo. Cuando veo es pequeño libro de tapas verdes, siento algo, parecido a la felicidad.

Y sé que mis amigos, los mejores, están entre esas tapas.

 

               

               

 

 

               

lunes, 1 de diciembre de 2025

La bruja y el cálculo integral

 

A mis veinticuatro años, trabajaba en la Biblioteca Nacional. Con dos hijos me interesaba muchísimo conservar la fuente de trabajo, sin embargo, se me iban los ojos por esos libros que ingresaba cada día. No debería haber sido un problema leer en una biblioteca.

 ¡No te pagan por leer! Atronaba una bibliotecaria llamada Beatriz que era jefa del área.

Pero yo leía igual. Y a cuánta gente brillante (no como esa bibliotecaria medieval y oscura), a cuánta gente brillante conocí gracias a esas lecturas.

Una tarde ingresó a Procesos Técnicos de Libros una obra en once tomos: las Obras completas de René Descartes, que incluían al menos cuatro volúmenes de correspondencia. Yo había escrito una vez una monografía sobre Descartes, tenía muy presente su filosofía y el brillante desarrollo de su Cogito, ergo sum.

                Así que me dispuse a leer esa correspondencia en las horas del almuerzo.

Muchas de esas cartas son célebres y han sido justamente reeditadas. Hay una incluso, escrita por un Descartes de 23 años, dónde cuenta un sueño que siglos después fue analizado por Freud (dónde René menciona un poema llamado “El sí y el no” de Pitágoras, entre otras oníricas preocupaciones)

Pero hay entre las cartas un desafío, escrito por un sacerdote jesuita, poco o nada citado, que me llamó poderosamente la atención.

El sacerdote preguntaba al famoso autor del Discurso del método, si en el infinito hay más toesas que leguas. (La toesa es una antigua unidad de longitud francesa que corresponde a seis pies franceses. Una legua parisina equivale a 2000 toesas).

                Por esos años discutí el tema con Arturo Pérez Reverte, escritor, español y autor de novelas de enigmas, entra otras. Cuando le plantee el problema mencionó a Zenón de Elea, el problema de Aquiles y la Tortuga y los ensayos de Jorge Luis Borges en el libro Discusión.

También me recomendó el libro Godel, Escher, Bach, de Douglas Hofstadter

Fue un buen aporte que rodeó el problema, pero yo seguí con mis preguntas y mi carta del jesuita, ya que entendía que este problema de las toesas no cuestiona, como el de Aquiles y la tortuga, el movimiento.

Conozco entonces a Jorge Pérez Romero, físico. Corría el año 1998. Estábamos con Luis Pestarini en su departamento de la avenida Córdoba y eran alrededor de las 20 horas. Pérez Romero conversaba con Luis y conmigo. Sintiendo que el derrotero de la conversación habilitaba las preguntas, plantee una vez más mi problema cartesiano de las leguas y las toesas.

— ¿Cómo lo responde Descartes? — pregunta Jorge.

— Responde qué no es posible pensar con medidas a un espacio ilimitado, dije.

 —Raro dijo Jorge—Muy raro. Porque ese problema no se puede resolver con palabras. Es un problema matemático. No se resolvió hasta el siglo XVII, cuando Newton y Leibniz desarrollaron el cálculo integral, cada uno por su cuenta.

Ahora llegó el momento de decirlo: tengo discalculia. A lo largo de mi vida escolar, fui considerada casi una infradotada. Tanto profesores como maestras dudaban sobre qué era lo que ocurría conmigo. Nadie entendía por qué empezaba normalmente un cálculo y lo terminaba en resultados totalmente extraordinarios y totalmente equivocados. ¿Cómo llegaste a este resultado?, es una pregunta que durante años me resigné a oír. Sin respuesta por mi parte, terminé en mesa de examen una y otra vez. La matemática para mí era oscuridad, pero una oscuridad que una y otra vez intentaba iluminar.

A pesar de eso, ahí estaba, tratando de entender el cálculo integral, la relación entre toesas, leguas y el infinito y el problema de Aquiles y la tortuga. Y aunque parezca mentira, conseguía entender algo.

                Aun cuando Descartes no arriesgó una respuesta matemática al problema, al menos en su correspondencia con el sacerdote malicioso, tenía razón en que el Infinito expresa la anulación de las medidas. O su carencia de sentido en el infinito.

Por suerte existe Silvie.

Ingeniera, profesora de matemática y amiga. Ahí estaba yo otra vez con mi problema, toesas y leguas y la pista de Pérez Romero, el cálculo integral.

Silvie, comprensiva, un poco compasiva también, desplegó una hoja de papel cuadriculado en esa mesa de bar y explicó a Newton y Leibnitz durante un rato largo, con signos y deducciones que yo solo creía que entendía.

Pagué los cafés, cerraban el bar y en la parada del 101 a Barrio Samoré, se me ocurrió este cuento, o quizás me sucedió.

NACERÁ UNA BRUJA

 

Un día nació una bruja y fue tan grande el terror a perecer aferrados a su talle ondulante como aquel otro temor antiguo a perder la vida por el canto de las sirenas. Pero las sirenas daban su vida en el canto y no pretendían más que se la devolvieran en su justo valor.

Esta bruja tuvo que decir un último enigma y confiar al destino su solución, atados sus brazos y piernas a un tronco, con el que fue quemada.

                Ella pronunció en un susurro: “Nacerá de mis cenizas una bruja que no os atreveréis a quemar.”

                Vientos desatados llevaron sus cenizas.

En una tierra cercana nació una mujer. Temiéndola, el padre la encerró en lo alto de una torre. Sólo la lluvia entraba por la ventana tan alta. Y llegó el día en que un rey enemigo asaltó el castillo. El castillo ardía y la joven no pudo esperar más auxilio que el de la tormenta. Pero con la tormenta llegó un caballero y la rescató.

Pensó en tomarla de esclava. Pero la mujer, la hija de la bruja que había perecido en las llamas, le contó su historia.

“Amo la tormenta” dijo ella y calló. El caballero se sintió incapaz de la cobardía. Tuvieron hijos e hijas.

Las hijas heredaron el antiguo poder de las cenizas y tuvieron otras hijas.

Una de esas hijas escribió esta historia con el fin de que las hijas dispersas se sepan hermanas y de que los hombres recuerden su poder, que resulta de la unión del conocimiento y la poesía, de la inteligencia y el valor, del leer en la armonía celeste que existen más límites que los finitos.

                Un día nacerá una bruja.

 

 

 

 

jueves, 7 de agosto de 2025

Dumas y la revolución del pantalón

 

La revolución del pantalón y el modo de vestir, según Alejandro Dumas

Paula Ruggeri

 

Alejandro Dumas, autor de Los tres mosqueteros y El conde de Montecristo, francés y afrodescendiente, era apodado El Gigante. De alta estatura, pelo ensortijado y ojos azules, era un hombre que no pasaba desapercibido en la París de su tiempo. Su contexto fue el convulsionado siglo XIX, lo que nos habla del final del Imperio napoleónico y distintos gobiernos franceses cruzados por rebeliones y guerras.

Pero en Mis Memorias, donde narra sus recuerdos, le da un lugar singular, y muchas páginas, a una revolución en especial: la revolución del pantalón y a la influencia de lo que él mismo llama “el modo de vestir”.

Los hombres franceses seguían en materia de modas a un inglés, George Beau Brummell, el prócer histórico de los dandys. La manera de vestir del dandy inglés seducía a los caballeros parisinos, que lo imitaban con gusto. Las armas de la guerra que tantas veces enfrentaron a los dos países se deponían para cuestiones de moda. También el talento de los sastres británicos para el velarte de lana (una tela que se adaptaba a la figura y permitía una mejor confección de los trajes masculinos) contribuyó a esta influencia.

Los caballeros abandonaron con gusto las calzas en su atuendo y adoptaron el pantalón inglés. El cambio de siglo XVIII al XIX se nota mucho: los hombres ya no portan espadas al batirse a duelo sino pistolas, ya no usan calzas sino pantalones. Pantalones sobrios y estilizados usaba Brummel, también los usaba el duque de Wellington, vencedor en Waterloo. La moda inglesa llega a París antes de la derrota de Napoleón en 1815 con la influencia de Brummel, la moda francesa también llega a Londres, en un intercambio que aprovecha los breves períodos de paz. Los gustos en las dos orillas se comercian y dialogan a pesar de la guerra.

Dejando a Napoleón y Wellington atrás, pero no a los pantalones, en 1818, un Alejandro Dumas adolescente, sensible y preocupado por su apariencia, vivía las cuestiones de moda con interés y las calzas que aún llevaba eran para él un verdadero conflicto. Había observado a los jóvenes parisinos que pasaban por su pequeña ciudad, Villers-Cotterêts, usando raros, pero elegantes pantalones.

En su autobiografía Dumas dedica muchas páginas a hablar de calzas, levitas, chalecos, pantalones.

Mis Memorias son cuatro extensos tomo de recuerdos sobre teatro, vivencias y modas. Entre esos recuerdos, Dumas se detiene en narrarnos una fiesta en Villers-Cotterêts, la ciudad pequeña de la región francesa de Picardía donde nació. Había un baile con elegantes invitadas e invitados de París. Para el joven Dumas era su primer baile, que relata con gracia en su autobiografía. La ansiedad previa lo llevó al arcón familiar a probarse todos los ropajes de la familia. El arcón contenía los trajes de corte y los uniformes militares del general de Napoleón Bonaparte Thomas Alexandre Dumas, su padre ya fallecido. Los trajes, de suntuosas telas, le quedaban grandes aún.

“Había allí con qué satisfacer al vanidoso más exigente, desde la chaqueta de satén hasta el chaleco rojo bordado en oro, desde la calza de paño hasta el pantalón de piel”.

Todavía esa ropa lujosa de corte no era para él. Entre suspiros recuperó su traje de comunión.

Había crecido desde la comunión, sus largas piernas se veían ajustadas con las calzas de niño y la levita se veía mucho más corta. La ancha espalda se rebelaba y Alejandro se sentía inquieto dentro de las costuras. Mirándose en el espejo se vio como un niño enorme. Se dijo a sí mismo que, pese a todo, necesitaba ir a ese baile.

“En esa época, la calza era llevada solo por los obstinados y los obstinados que llevaban calzas pertenecían, casi todos, al siglo pasado, resultaba, pues, que yo, casi niño, que habría estado muy bien con un cuello bajo, chaquetilla redonda y pantalón, iba vestido como un anciano anacrónico… yo me ruborizaba a cada paso “.

Tenía que acompañar a dos jóvenes damas por recomendación de un viejo sacerdote de su pueblo y el raro deber hizo soñar al imaginativo futuro novelista. Y se aguantó las calzas y la levita de la comunión, llegando al baile acompañando a dos jóvenes mujeres.

En la fiesta se avergonzó con un joven elegante que se burló de su traje. Dumas comprobó con desaliento que todos los hombres llevaban pantalones. Pero en su desazón reparó en una zanja bastante ancha que limitaba el terreno del baile.

Despechado, le dijo a una de las jóvenes: Voy a saltar la zanja y apuesto que esos hombres no pueden hacerlo.

—¿Y para qué lo harían? —dijo la bella parisina con indiferencia.

Alejandro se sintió herido doblemente en su orgullo. Corrió, convencido de lograr la hazaña que se había propuesto e impresionar a la dama, y saltó la zanja. “Cuando caí, se dejó oír un siniestro sonido y una impresión de aire hirió la parte posterior de mi persona”: se le había descosido la calza y su vergüenza fue tanta como el orgullo que había sentido antes de saltar.

“Yo no podía volver con mi hermosa parisina, ni entregarme con ella al menor ejercicio coreográfico ante tamaño accidente, no podía decirle lo que acababa de ocurrirme ni pedirle permiso para ausentarme por media hora. Resolví, pues, marcharme sin decirle nada.”

El relato de Mis Memorias concluye en que corrió a su casa a que su madre remendara las calzas y volvió al baile. Pero no sin considerar que un par de pantalones de buen corte y excelente tela podían ser, tal vez, el pasaporte social que necesitaba. Según dice en Mis Memorias, consideró que el modo de vestir es fundamental y así lo plasmó en el elegante Aramis, el caballero Athos y el vanidoso Porthos y por supuesto en la bella Milady de Winter, y también en otros muchos personajes de su autoría.

“Por la indumentaria de un hombre, se podía formar, al primer golpe de vista, una idea de su inteligencia, de su ingenio o de su corazón”, Alejandro Dumas.

 

 

 

 

jueves, 17 de julio de 2025

Rosas y la política de intervenir la vestimenta

 

Rosas y la política de intervenir la vestimenta

Paula Ruggeri

 

Mi abuela Ernestina, nacida en 1911, aborrecía vestirse de negro. Recordaba su infancia en una estancia de la provincia de Buenos Aires, cuando si un familiar fallecía, había que vestirse de negro durante semanas. El color negro le recordaba fuertemente a la tristeza. También recordaba que en la estancia había vasijas llamadas “escupideras” con el rostro pintado de Juan Manuel de Rosas.

Juan Manuel de Rosas el Restaurador. Tal vez mi abuela hubiera simpatizado más con él si hubiera sabido que reformó el luto durante su gobierno. La moda era política en siglo XIX y más en el Río de la Plata. Nadie duda de la importancia de la vestimenta, y es Juan Bautista Alberdi quien dirige un periódico de tendencias que se llama, justamente, La Moda. Entre 1829 y 1852 (con una pausa en los años treinta) el gobernador de la provincia de Buenos Aires y líder efectivo de la Confederación Argentina (como se denominaba el país entonces) era Rosas.  Lo llamaban el Restaurador de las leyes, entre varias razones porque quiso imponer un orden después del período de guerras civiles que siguieron a la Independencia. Rosas, el gobernador federal, tan amado como combatido, era amigo de reformas drásticas.

Impuso la divisa punzó, una cinta de tela de color carmesí, que se llevaba prendida a la ropa. El color punzó, un tono de rojo en particular, se obtenía de la sangre del ganado. Decretó también en 1844 la controvertida reforma del luto, que reducía los costosos ropajes de color negro a una simple cinta en la muñeca, en el caso de las mujeres y un moño en el brazo izquierdo, en el caso de los hombres.

El luto en la tradición era costoso, era ornamental, era ostentoso, es decir visible. El argumento oficial sin embargo seguía un interés popular, se trataba de aliviar a las familias del enorme costo de la vestimenta de duelo. Una familia debía encargar a un sastre ropajes de color negro para todos sus miembros, con un gasto económico importante que no todos podían afrontar.

En el contexto de la Mazorca, de la política exterior e interior del gobierno rosista, el luto estaba demasiado a la vista. Más allá de la medida que quería producir un alivio económico a la población, existía la sospecha unitaria y quizás razonable de que se trataba de invisibilizar en la sociedad las pérdidas de vidas.

Dice el Registro Oficial del año 1844: “El uso de un luto pomposo producía ruinosos dispendios y perjudicaba la moral pública. Lo ha reducido el Gobierno a una demostración sencilla y virtuosa, sin coacción a la libertad de usar vestidos negros”. La cita pertenece a un balance de fin de año de gobierno. Previamente se había prohibido el carnaval y su multiplicidad de colores y festejos populares “para siempre”.

Los registros y archivos dan cuenta de que el luto fue reformado el 18 de mayo de 1844 mediante un decreto, mientras el carnaval y sus festejos también fueron prohibidos “para siempre” por decreto el 22 de febrero de ese año.

“El luto es para unos un acto indiferente, para algunos, hipócrita para otros, y para todo un signo convencional, inventado por la moda”, defendía la reforma el periodismo partidario de Rosas.

 “El luto es arbitrario y el mejor es el más barato.” Dice Pedro de Angelis. Este editor y periodista napolitano sostuvo una tribuna para defender el régimen rosista, un periódico llamado Archivo americano y espíritu de la prensa del mundo que se publicaba en tres idiomas, francés, inglés y español, y que así procuraba que también los europeos participaran de las controversias rioplatenses.

Aclara en su decreto Juan Manuel de Rosas que la mediada rige “sin prohibir por eso los vestidos negros”. Pareciera que quiere estar a salvo de ser considerado un tirano para las tendencias.

Abolió la costumbre del luto, en la forma usada hasta entonces, permitiendo solamente como signo de duelo “una lazada de gasilla, crespón o cinta negra de dos pulgadas de ancho, en el brazo izquierdo, en los hombres y en las mujeres, una pulsera negra, de igual ancho, en el mismo brazo.” La concisa descripción, donde lazada significa lazo, pertenece al texto del decreto.

 El periodismo opositor crítica. El periodista unitario José Rivera Indarte, desde su exilio en Montevideo, reprocha la poca consideración de la reforma con la cultura universal del luto. En una polémica típica de esa época, es De Angelis quien le responde:

“El ladrón salvaje unitario que escribe en Montevideo ha atacado esta medida, como ataca todo lo que no sabe apreciar.” escribe el periodista napolitano, quien usa la fórmula oficial federal para referirse a la oposición: “salvaje unitario”. Los unitarios, de veloces respuestas, como Florencio Varela, se quejaban amargamente de ser llamados salvajes. De Angelis en su periódico le respondía a Varela, “nunca lo llamé salvaje, siempre lo llamé salvaje unitario”.

Posteriormente algunos historiadores, como Manuel Gálvez, consideraron que “las divisas punzó, los vivas y los mueras, el chaleco rojo, el bigote impuesto son instrumentos de disciplina”. La moda era un elemento social fundamental en la construcción de poder y de la disciplina impuesta por Rosas, pero también lo era para la oposición unitaria, representada por la revista La Moda de Alberdi y por el color celeste. Está claro que Rosas ejercía el poder confundiendo deliberadamente lo público y lo privado, extendiendo la esfera política hasta el mismo tocador de las mujeres. Una pintura del italiano Cayetano Descalzi muestra a una joven en su boudoir, su tocador. Lleva puestas sus enaguas, se acaba de quitar el corsé, que descansa sobre una silla. Tiene todavía el pañuelo punzó en el cuello. Desde la pared contigua, la mira un retrato del Restaurador. Mirada que vigila desde el poder, y que se manifiesta en el espacio privado de una joven mujer. La pintura se titula Boudoir federal.

La reforma del luto, la prohibición de festejar el carnaval, la imposición de la divisa punzó, eran decretos tan acatados como resistidos. Desde la otra orilla, los periódicos de Montevideo se oponían a las medidas. Finalmente, en 1852, el Diario de un ciudadano, Juan Manuel Beruti, da cuenta del destino de la reforma del luto después de la batalla de Caseros, que derrocó a Rosas.

“Año 1852. El luto que mandó el tirano de un moño en el brazo izquierdo y las mujeres de una pulsera negra en el puño izquierdo, se ha suprimido y vuelto como antes, los hombres de negro y las mujeres todas de negro el vestido, pañuelo y abanico”.

viernes, 10 de mayo de 2024

Una esquina de Pompeya, una tarde de lluvia

 En esa esquina hay una de las (pocas) oficinas con que una compañía de celulares, que ni pienso mencionar, se digna recibir las pacientes quejas de sus clientes. Digo pacientes quejas porque sí hace falta paciencia, en esa larga fila bajo la lluvia. Hay un techo breve así que nos apiñamos allí, bajo el techito. La que no tiene abrigo en la lluvia es una vendedora de jabón para la ropa. Tampoco se pueden cubrir un vendedor de colonias para hombre y mujer (la lluvia me trae el perfume, bueno y honesto) y un vendedor de tortillas, cubiertas con un plástico, que también dan un aroma muy tentador bajo el frío y la lluvia.

La joven vendedora tiene algo fascinante, un modo de hablar muy fuerte y de intercambiar bromas con sus colegas, que recuerda la Eliza de Pigmalión. El personaje delicioso de la florista que interpreta Audrey Hepburn en el cine, pero que también representa la visión de la sociedad de clases del genial Bernard Shaw.

La palabra es "frescura". Pero con todo y con su frescura, ella está en plena lucha por la vida, como diría H. G. Wells, porque hoy se me da por citar a socialistas fabianos.

Un hombre pasa, la mira y le grita:

-¡Se me hace agua la boca!

Ella contesta con otro grito.

-¡ Se me hace agua la boca cuando veo a tu mujer!

Sí, es la Eliza de Shaw, en el  siglo XXI.

En el interior del local la lucha por la vida continúa, con vendedoras y técnicas trabajando en un espacio muy pequeño e incómodo, poniéndole color a un trabajo difícil, al borde de indigno, con tazas coloridas y las llamadas frases motivadoras. Y mientras atienden, a mí por ejemplo, suspiran por las tortillas que venden afuera, cuyo aroma penetrante, a las seis de la tarde, inunda los pequeños boxes de las empleadas.

Al salir, Eliza sigue ahí, haciendo frente con sus bidones de jabón a la vida, a la lluvia, a los lobos que caminan por la vereda.


martes, 9 de abril de 2024

El pequeño diccionario mandarín- español


 El Francisco Morazán era en esa época (año 1983) un hermoso colegio pequeño, las aulas, que daban a un patio interior, tenían ventanas por las que se filtraba la lluvia cuando había tormenta, esas ventanas tenían cortinas coloridas realizadas a mano por la portera. Esa mujer y su hija joven además se ocupaban de la merienda: preparaban leche con cacao para todo el alumnado y la servían con cucharón en vasitos de plástico, desde una gran olla color cobre.

Mis recuerdos del Morazán son agridulces, no me digan que la infancia es feliz, ¡yo la he vivido! (Es una versión muy libre de la famosa frase de André Breton sobre los veinte años.)

Un día llegó Li a la escuela. Era una chica taiwanesa de doce años, pelo corto y muy pocas palabras en español. La maestra, Susana, en seguida supo que hacer pedagógicamente: la hizo sentar a mi lado y me indicó que le enseñara el idioma.

Me lo tomé en serio. Li con su sonrisa, su agilidad en los deportes (era la más veloz en la clase de gimnasia) y su confianza en mí casi instintiva hizo el milagro: aprendí chino básico.

Sólo recuerdo algunos insultos, aunque llegué a asistir a unas clases de idioma chino (destinadas a hijos de padres taiwaneses pero nacidos en Argentina). Los padres de Li y Li misma consiguieron que fuera admitida por unas clases.

Senchimpig, loco. Pentam, tonto. Y poco más recuerdo, salvo la palabra hermana: Tche.

Li me enseñaba mientras yo le enseñaba. Estábamos en su casa, en una habitación interior de un supermercado, donde había que quitarse los zapatos al entrar. No conseguía enseñarle (Yo tenía doce años como ella) hasta que salió de la pieza y volvió a los pocos minutos con un pequeño libro de tapas negras.

Era un diccionario mandarín-español.

Era entretenido. Ella buscaba la palabra en chino, yo le mostraba la equivalente en español. Parece engorroso, pero no lo era. A veces era al revés, yo buscaba la palabra en español, Li la traducía al chino. Li era (es) una chica muy inteligente. Muy pronto avanzó tanto que el viejo diccionario quedó en un rincón de su pieza.

Hace poco hablamos por teléfono. Por cierto, su español es perfecto. Me contó que es docente desde hace muchos años y que cuando le preguntan cómo aprendió el español, cuenta la historia de su amiga y el viejo diccionario.

 

 


sábado, 9 de diciembre de 2023

Omar Dianese, la poesía en el alma

 

Omar era un narrador de las líneas cálidas y sin prisa, un cuenta cuentos con humor y melancolía. Lo conocí hace unos años cuando yo estaba en el trajín de publicar mi novela La mujer prohibida. Entonces paseaba por las redes cuando encontré un perfil misterioso, Remo Erdosain, dónde un hombre (por entonces, un enigma) publicaba unos microrrelatos llenos del vaho de los bares porteños y fantasmas de Buenos Aires.

Lo empecé a comentar, primero a Remo Erdosain y pronto a Omar Dianese, cuando se dio a conocer.

Un día le dije en un estudio de radio dónde me iba a entrevistar (porque era un hombre de radio), “Omar, vos sos como esos enmascarados del folletín”. Le gustó. Escribilo, me dijo.

Tuvo la generosidad de leerme y con inteligencia llamaba a mi personaje Rebeca “la pseudo francesa” Rebeca es un personaje de mi novela La mujer prohibida, que a Omar le había gustado.

Sociólogo, docente, era amigo de Horacio González y ese era otro punto de contacto, porque Horacio me publicó un libro.

Ahora pienso que estarán conversando en algún bar del Universo.

Omar escribió microrrelatos llenos de nostalgia, siempre entre lo que se fue y lo que permanece, tratando a los sueños como realidad y a la realidad como sueños.

Su hermoso libro Intermitencias entre los que es y lo soñado, publicado por Editorial Nueva Generación empieza contando que él, Omar nació en mil novecientos cincuenta y ocho, de puro linaje boquense.

“La Boca. Una República en el extremo sur de una ciudad amnésica.” Tal vez lo boquense ha sido el aliento de su mirada de cuentista.

No lo sé, pero lo adivino.

Despido al amigo, al escritor, al viajero de los bares de Buenos Aires, al abuelo orgulloso.

Ya nos veremos, Omar, en un bar de la calle Defensa con un café y un libro en la mesa.

miércoles, 20 de septiembre de 2023

Borges y su biblioteca


Por Paula Ruggeri

Un sello en el canto (con excepción de aquellos libros con cantos dorados), un sello en la portada, y el mismo sello redondo cada cien páginas. Hasta, finalmente, sellar la última hoja.

Llegué a trabajar en la Biblioteca Nacional a los veinticuatro años, en 1995 y mi carrera laboral comenzaba así: la jefa de Procesos Técnicos de Libros, Beatriz (un nombre dantesco), me había asignado al puesto de sellado.

El trabajo resultó una mezcla de humillación y magia. Cada caja de libros que abría resultaba una sorpresa, el Quijote hubiera encontrado allí muchas novelas pastoriles.

Había libros de toda clase: filosofía, física, historia, relatos atrapantes. Recuerdo casi con amor una primera edición de A Tale of Two Cities, de Charles Dickens. Por supuesto, en su portada decía BOZ en grandes letras. (Boz era el seudónimo con el que Dickens se hizo famoso).  

Estaba dispuesta a mirar con curiosidad cada uno de esos libros, lo que me trajo algunos problemas y muchas maravillas. Probablemente por eso, al abrir una caja de libros para sellar, descubrí una anotación a mano, con letra pequeña y apretada, que decía claramente: Jorge Luis Borges, y añadía “Adrogué , 1941”. A ese libro siguieron otros más, con las mismas características, libros ingleses de Penguin Books, libros a veces alemanes, a veces italianos. Dante, pero también Rudolf Steiner. Con la prolija y pequeña letra de Jorge Luis Borges.

Hablé con Beatriz, pero a pesar de mis argumentos, tomó la polémica decisión de ingresar los libros al Depósito general, catalogados sin ninguna seña distintiva que permitiera rescatarlos y ubicados de forma desordenada y dispar.

Cuando esos libros hubieron cumplido el circuito hacia el olvido decretado por la bibliotecaria, tomé la decisión de realizar una pesquisa en la base de datos de Procesos Técnicos, buscando por editorial, idioma, año de edición.

Realicé así una lista de libros. Le mostré uno de los libros a un funcionario más alto, quien sugirió que podía tratarse de una broma. O sea, que alguien se había divertido imitando la letra de Jorge Luis Borges. En más de cincuenta libros (hasta ese momento, había ubicado a unos cincuenta).

Entonces elevé una nota al director, Héctor Yánover.

La nota la tengo a mi lado en una de sus tantas copias. Se la alcancé sin firma. Beatriz podía ponerse muy dantesca a veces y no era conveniente que supiera que yo seguía detrás de esos libros. A continuación la nota de 1995.

COLECCIÓN JORGE LUIS BORGES

NECESIDAD DE SU FORMACIÓN

 

 

No es una circunstancia común aquella que nos coloca en la posición de poseer parte de la biblioteca de uno de los escritores más importantes del siglo veinte, y guardar aquellos ejemplares que estudió en el período de su formación como escritor. Las bibliotecas personales de los escritores han sido siempre útiles a la hora de analizar su obra. Como ejemplo de esto, podemos recordar que las Lecciones de literatura de Vladimir Nabokov fueron enriquecidas luego de su muerte con las notas, a veces desordenadas y dispersas, que el propio Nabokov realizó en los márgenes de su edición del Quijote, y que éstas son estudiadas por universidades de todo el mundo.

                Jorge Luis Borges alude en toda su obra a Dante Alighieri; la Biblioteca Nacional posee el ejemplar de La Divina Comedia con el que realizó sus primeras lecturas y sus primeros comentarios.

                Entre 1968 y 1973, Jorge Luis Borges donó 156 libros. Muchos de ellos son libros que le enviaban autores noveles y antiguos alumnos admiradores de su profesor, otros son ediciones de su propia obra, más hay un porcentaje llamativo de libros que formaron parte de su propia biblioteca, y de cuyo estudio son prueba los trazos inconfundibles de su puño. El motivo por el cual los donó permanecerá para nosotros incierto, pero tal vez no sea equivocado pensar que quiso que esos ejemplares y esos comentarios nos fueran útiles hoy a nosotros, y no es descabellado pensar que ellos contienen una Cifra o un conjuro: tratándose de Borges, podemos abrigar esa seguridad.

                En términos puramente literarios o metafísicos (y como es sabido el universo borgeano impide establecer una diferencia entre la metafísica y la literatura), para hallar la Cifra o interpretar el sentido exacto del conjuro precisamos de todas las piezas del enigma y de todos los términos del silogismo.

                En términos bibliotecarios, se impone la creación de una colección, formada por todos esos ejemplares comentados, cuyo resguardo en el tesoro de la Biblioteca garantice su disposición a los investigadores y estudiosos de la obra y la personalidad de Borges.

 

Yo quería convencer, como es notorio, a quienes podían tomar una decisión en resguardo de los libros, para eso están las bibliotecas.

Yánover me buscó en la oficina de Procesos Técnicos de Libros, me reprendió por no haber dejado mi firma al fin del proyecto.

Luego se encerró en la oficina con Beatriz.

Cuando el director se fue, Beatriz ordenó que no me permitieran el acceso a las computadoras.

Los libros continuaron dispersos.

 

Luego asumió el director Oscar Sbarra Mitre , y  solicité una entrevista. Pude hablarle del tema, pero los libros continuaron dispersos y perdidos.

Me fui de la Biblioteca Nacional, como era previsible, en octubre de 1999. Sin embargo, seguí insistiendo con la necesidad de formar la colección y de una búsqueda sistemática.

Lo que sigue empieza a ser monótono.

Con mi compañero, Luis, estuvimos tipeando durante una madrugada invernal de 2000 una lista de ubicaciones de los libros anotados que parecía no terminar nunca. Como ya dije, yo no trabajaba para la Biblioteca, pero eso importaba poco en ese momento.  En 2001 logré alcanzarle esta lista de los libros a Josefina Delgado. Delgado los hizo buscar e ingresar a la Sala del Tesoro.

En 2003 redacto una breve carta al diario La Nación, pidiendo una búsqueda sistemática, luego de esto me contactó la escritora y amiga de Borges, Betina Edelberg, y recibo una comunicación telefónica de Horacio Salas, el entonces director de la Biblioteca.

La amistad de Betina resultó uno de esos hechos maravillosos que me trajeron estos libros, su hermosa casa en la avenida Quintana, sus hospitalarias tazas de café que acompañaron largas charlas, sus sabios y pertinentes consejos… su biblioteca.

La biblioteca de Betina contenía unas Mil y una noches en alemán, anotadas por Borges y obsequio de él, que ella me dejó observar a gusto. Sobre un mueble, en una esquina del luminoso living, tenía un reloj de arena. Ese reloj de arena, me explicó, había sido objeto de juegos con Borges.

—Tómelo —me dijo—, puede jugar con él.

Así lo hice, frente a la sonrisa de Betina, jugué con el reloj de arena y lo devolví respetuosamente a su lugar.

Aún vi algunas veces más a Betina, y tuvimos varias charlas por teléfono.

 

Cuando retorné a la Biblioteca Nacional Mariano Moreno (por unos años) en agosto de 2006, durante la gestión de Horacio González, encontré a la colección Jorge Luis Borges encaminada de la mano de Laura Rosato y Germán Álvarez. Con ellos y con el apoyo institucional que yo no tuve, la colección creció y tras una búsqueda sistemática, fueron hallados 700 volúmenes anotados por Jorge Luis.

Hace unos pocos días se inauguró el Centro de Estudios Jorge Luis Borges, que contiene la colección; hace dos meses se publicó el libro de Patricio Zunini, Borges en la biblioteca.

El Centro de Estudios es un gran logro principalmente de Rosato y Álvarez y de los funcionarios que supieron ver el potencial de este descubrimiento.

El libro Borges en la biblioteca es un brillante relato-pesquisa que da nueva luz a la biografía borgeana y descubre nuevos hechos en una lúcida investigación. Patricio Zunini, entre muchas páginas interesantes, menciona mi trabajo en las páginas referidas a Agüero 2502. Donde para mí empezó esta historia.

Esta historia que contiene pesquisas, ogros, nombres dantescos, personajes codiciosos, libros manuscritos por una poderosa mano, así, nada y todo le falta a mi relato para ser literatura.