No había soledad de ninguna clase, justamente la clase de spinning estaba completa.
Casi todas mujeres en atuendos vistosos y muy descubiertas, salvo alguna con mucho sobrepeso que, tal vez, sea de las pocas heroínas que quedan. Porque una clase de spinnnig, para los que nunca la hicieron, es ciclismo con prácticas que no se dan en el ciclismo real: bicicleta fija, con carga, peso que se va aumentando,y se pedalea a veces veinte minutos de pie a carga completa....¿Rumbo?
Cada cuál tiene el propio. El mío es cambiar un stress por otro.
Había dos o tres hombres grandes y uno joven, alto....Lo miré. Miré a María, la profesora.
Algo eléctrico había en el aire.
María nos dejó a oscuras después de cerrar la puerta, acomodó su mochila, sacó su Ipod y todos nos sentimos atronados por Madonna.
-Carga cómoda-dijo al micrófono- Hoy vamos a hacer un trabajo aeróbico, Prepárense mentalmente, vamos ha hacer cuatro pasadas al 90 por ciento.
90 por ciento de nuestra capacidad de cardio, 170 o más pulsaciones. A eso se refería. Lo normal
María arrastró una bicicleta al lado de la suya. Eso es raro.
-¿Saben?-dijo- Hoy me siento sola. Más resistencia. Karina, tenés las rodillas en mal ángulo, acomodá la bici.
-Hoy me siento sola-repitió. ¿Nadie quiere pedalear a mi lado?¿Nadie? Puse una bicicleta a mi lado. Está vacía. Vamos, primera pasada al 90 por ciento. 10, 9, 8, 7....
El hombre alto corría la pasada silencioso....
-Qué sola estoy hoy, chicos. Cómo necesito que alguien pedalee a mi lado.----
El hombre se bajó lento de la bicicleta y por unos segundos, la bicicleta vacía y el aire electrizado temblaron.
Él se dio media vuelta, despacio hacia la puerta y se fue.
-90 por ciento-dijo la voz fría de María- Controlando el pulso, tres, dos, uno, cero, ya.
Y su voz monocorde siguió la clase con indiferencia.
El blog de Paula Ruggeri. Contacto: paula.ruggeri743@gmail.com
sábado, 2 de mayo de 2015
miércoles, 25 de marzo de 2015
La última moneda
La última moneda es esa que llevas para perderla.
La última moneda se la tragará un viejo teléfono, un molinete de subte o metro, el último caramelo suelto....
Cuando llevas una última moneda, generalmente tienes hambre y también frío. La ciudad es impiadosa, la ciudad se corporiza, la ciudad muestra su alma de cuervo negro en un bosque oscuro...
Por eso la última moneda es tu talismán....cuando la pierdes...
Falta poco para recordar ese 19 de abril de 1990...
Fue en otoño y llovía fuerte.
Estaba en un bar y tenía una moneda. Un vestido negro de bambulla que no tapaba mi embarazo de ocho meses. Alpargatas negras sin medias.
Y una moneda.
La perdí en el teléfono publico.
-¿Está él?
-No-la voz hizo silencio- Está en un acto escolar de su hijo mayor.
Él acababa de abandonar una hija, y yo perdí la última moneda.
Colgué el teléfono y sentí un dolor agudo en el abdomen.
Miré afuera. La lluvia era una tormenta.
Y mis pies estaban calzados con alpargatas y tenía no menos de cuarenta cuadras hasta mi casa.
Fue ella, la última moneda , la que me mostró que el destino también se llama: te tienes a tí, y sólo a tí, y eso es mucho.
Empapada hasta los huesos, paré un colectivo 101, y le pedí al chófer que me llevara, que no tenía monedas...
-Subí-dijo el hombre con una mirada...debo decir extraña. Algunos son capaces de entender cuánto entramado interior hay en esa decisión de tener un hijo...así.
Me dejó a dos cuadras....
Las caminé despacio, mojándome la cabeza, los hombros y las alpargatas de tela, las caminé sabiendo que la niña estaba yéndose y nacía Paula Ruggeri, la madre.
Los dolores se agudizaron ....
Y nació Paula Daniela Ruggeri, la hija....
Cuántos caminos te abre esa, la última moneda.
La última moneda se la tragará un viejo teléfono, un molinete de subte o metro, el último caramelo suelto....
Cuando llevas una última moneda, generalmente tienes hambre y también frío. La ciudad es impiadosa, la ciudad se corporiza, la ciudad muestra su alma de cuervo negro en un bosque oscuro...
Por eso la última moneda es tu talismán....cuando la pierdes...
Falta poco para recordar ese 19 de abril de 1990...
Fue en otoño y llovía fuerte.
Estaba en un bar y tenía una moneda. Un vestido negro de bambulla que no tapaba mi embarazo de ocho meses. Alpargatas negras sin medias.
Y una moneda.
La perdí en el teléfono publico.
-¿Está él?
-No-la voz hizo silencio- Está en un acto escolar de su hijo mayor.
Él acababa de abandonar una hija, y yo perdí la última moneda.
Colgué el teléfono y sentí un dolor agudo en el abdomen.
Miré afuera. La lluvia era una tormenta.
Y mis pies estaban calzados con alpargatas y tenía no menos de cuarenta cuadras hasta mi casa.
Fue ella, la última moneda , la que me mostró que el destino también se llama: te tienes a tí, y sólo a tí, y eso es mucho.
Empapada hasta los huesos, paré un colectivo 101, y le pedí al chófer que me llevara, que no tenía monedas...
-Subí-dijo el hombre con una mirada...debo decir extraña. Algunos son capaces de entender cuánto entramado interior hay en esa decisión de tener un hijo...así.
Me dejó a dos cuadras....
Las caminé despacio, mojándome la cabeza, los hombros y las alpargatas de tela, las caminé sabiendo que la niña estaba yéndose y nacía Paula Ruggeri, la madre.
Los dolores se agudizaron ....
Y nació Paula Daniela Ruggeri, la hija....
Cuántos caminos te abre esa, la última moneda.
miércoles, 18 de marzo de 2015
La escultora
¿Por qué suspiras?
Sólo es mi boca que te esculpe
Sólo son mis labios
Toman carne y devuelven piedra
¿Por qué me mirás, tú, tus ojos velados?
No te ves a tí, dulce hombre de acero.
Sólo es mi boca que te esculpe
Sólo son mis labios
Toman carne y devuelven piedra
¿Por qué me mirás, tú, tus ojos velados?
No te ves a tí, dulce hombre de acero.
viernes, 6 de marzo de 2015
NUNCA OLVIDÉ A MARÍA ROSA
Me acuerdo de María Rosa y su hijo Leandro como si este último tuviera eternamente cuatro años y ella estuviera hoy enfrente de mí, como ayer, con sus explicaciones de sonrisas y lágrimas, su pelo corto, su rostro agraciado y triste. Conocí a María Rosa en el Consejo del Menor, mi primer trabajo, con mis diecinueve años y mi maternidad de pocos meses.
María Rosa estaba en la calle con el pequeño Leandro y con dos pechos llenos de leche que ninguna inyección podía retirar. Porque en un acto de abnegación terrible, en un sacrificio impensable, ella había entregado a su pequeño bebé. Para que el bebé no estuviera en la calle, como ya lo estaba Leandro, lo había dado en adopción.
El Departamento de Adopción estaba en el cuarto piso de un edificio gris y ruinoso de la calle Humberto Primo. Era común que no anduviera el ascensor y que embarazadas y mujeres con niños pequeños tuvieran que subir por la escalera. También era común que los solidarios empleados, al pasar junto al pasillo donde esperaban las madres, insultaran en voz bien alta a aquellas atorrantas que abandonaban a sus hijos. De los atorrantes de género masculino que abandonan a sus hijos, no sé por qué siempre se olvidaban, curiosa y cómoda forma de amnesia. Comencé a trabajar en la institución en simulado estado de gravidez, pero cuando éste se hizo indisimulable, el cuarto piso, Adopciones, era fatal para mí. Cada vez que mi jefa me enviaba a ese piso (por escalera) los amables empleados me dirigían algún insulto o alguno de sus cínicos comentarios, creyendo que yo era otra jovencita que iba a dar en adopción. Gente respetable de traje gris. Seguramente vírgenes todos ellos.
De todas las formas de poder, no hay ninguna más ruin que la que ejercen algunos empleados administrativos. Quien está haciendo un trámite, ya sea el más molesto y banal como el más vital y crucial (dar un hijo en adopción, por ejemplo) no se atreve a enfrentarse al sádico impulso del empleado de manifestar su minúsculo poder maltratando, la mayor parte de las veces, con la mayor impunidad.
Pero hablábamos de María Rosa y de Leandro.
María Rosa llegaba a la oficina todos los miércoles. Saludaba con una sonrisa y se sentaba a esperar. A veces charlábamos y me contaba que todavía los médicos no lograban que dejara de producir leche materna. Ella añoraba a ese hijo entregado por amor, tan desesperadamente, que la leche no se iba. No se iba y ella venía a la oficina a hacer el pedido trágico, imposible, condenado al fracaso, de que le devolvieran al bebé.
Calibremos el caso. Vean ustedes cuántos matices, cuán profundo es el contenido trágico de esa situación que muchos hombres y muchas mujeres de la institución calificaban con un simple “que se joda” o el más compasivo “si no se supo cuidar que se joda”. Tres palabras u ocho sirven para lavarse las manos y para excluir del tema al otro partícipe del embarazo, (reveladora palabra), el progenitor que protegido por la sociedad sigue su camino.
Pero hablábamos del hijo de María Rosa. Ya había sido entregado a una familia. Una pareja con techo, con trabajo, con las posibilidades económicas que se le habían negado a la madre biológica. Con las huellas de Niobe en el rostro, lloraba por el hijo perdido, entregado por ella misma.
La asistente social que se ocupaba del caso, es decir, que hacía lo único que se podía hacer, que consistía en explicarle con calma que su reclamo era imposible, me dijo un día con fastidio: “Lo hubiera pensado antes”.
Y yo, que hacía poco había tenido a mi hija Daniela a la que orgullosamente le puse mi apellido, me indigné sin poder evitarlo. “Lo pensó —respondí en voz baja—. Lo pensó nueve meses: pensó incluso en este momento, en los dos pechos llenos de dolor”.
Es que la tragedia es autoconsciente. Cuando un héroe trágico da el primer paso, ya sabe cuál será el último.
Nunca me voy a olvidar de María Rosa y Leandro.
Como nunca me voy olvidar de quienes los trataron con crueldad.
Qué sabrán ellos.
viernes, 27 de febrero de 2015
SEDA ROJA
—¿Se lleva la
blusa entonces?
—Si —contestó Elsa. Qué hermosa era. Pero
qué cara. Nerviosa miró a los costados, pero sólo se vio a sí misma, haciendo
algo que no debía. Múltiples espejos devolvían su mirada de culpa y sentía que
hacía ecos el temblor de su voz.
—¿Quiere ver un
foulard? —Intencionada, Camila, la vendedora, desplegó un divino rectángulo de seda
verde sobre el mostrador—. Y con un brazalete en animal print. Es
soñado —suspiró Camila
—Ay —sollozó en silencio Elsa—. Ustedes me van a matar. Es todo
precioso
—¿Se lo lleva,
no? ¿Paga con tarjeta? Hay tres cuotas con Visa y con el Citi seis sin interés.
—Pago con Visa.
Diligente,
mientras una empleada envolvía, Camila pasó la tarjeta por el posnet.
—No se va
arrepentir —le dijo
sonriendo.
—Claro que no —exclamó Teresa—.Pero te pido un favor… No puedo
cargar tantas bolsas.
—¿Se lo ponemos
en la cartera? —dijo Camila, comprensiva—. Está todo envuelto en papel de seda, si tiene sitio en la cartera…
Le dejó Elsa
manipular su cartera con un raro sentimiento de impotencia, porque lo pidió
ella misma.
—Así —dijo Camila satisfecha—. Todo acomodado, sin arrugar. Qué
maxibolso divino. Es de la temporada pasada. Entran nuevos, pero más cerca de
la Navidad —explicó—. No nos dedicamos a las carteras, pero
un modelo siempre hay.
Pero Elsa
escuchaba el silencio del posnet y empezó a sentir angustia.
—Va a venir un
bolso en pitón —dijo Camila—. ¿Le gusta el pitón? Es un print elegante.
“Por fin”, retuvo
el aire Elsa. El posnet escupió papel , la birome saltó sobre el mostrador y,
con aire ya indiferente, la vendedora dijo:
—Le pido una
firma, un número de documento y un teléfono.
A veces
decía “Fondos insuficientes”. A veces decía “Secuestrar tarjeta”. Esta vez
salió bien.
Sí. Salió
bien, pero tenía miedo y unas incontenibles ganas de llorar.
Caminó
aferrando la cartera como si su muerte fuera en ella. Cruzó esquinas, llegó a
una avenida y paró un taxi con manos temblorosas.
—Déjeme en esta
esquina —pidió, como si
rogara por su muerte y contó los billetes que saltaban rebeldes del monedero.
El taxista, un hombre joven, la miraba sin decir palabra. Contó los billetes
arrugados y en montón.
—Suerte —le dijo mientras bajaba.
Caminó cinco
cuadras, cruzó esquinas y calles, y llevaba la muerte en la cartera. Cuando iba
a poner la llave en la cerradura la puerta se abrió de golpe. Un hombre grande
de tamaño y de edad, fuerte, con un cigarrillo en la comisura le arrancó el
bolso.
—Oscar, yo… —lloró Elsa tratando de rescatarlo.
—Rompí las
tarjetas, pero pediste reposición ¿no?
Elsa sólo
lloró.
_¡No podemos
vivir, Elsa! ¡No podemos! No te casaste con un hombre rico.
Ella lloró
muy queda.
La voz ronca
desnudó insultos dirigidos a la nada.
—¿Cómo pagó los
arreglos del auto, Elsa? Explicámelo. ¿Cómo pagamos las expensas? ¿Cómo comemos?
Puta madre —sollozó Oscar.
—Ustedes me va
a matar —dijo Elsa con
el corazón preso de angustia. La criminal esta vez era una blusa de seda roja.
—Pero si es
divina —murmuró la
vendedora indiferente—. ¿Se la guardo en la cartera?
El mismo
ritual, el taxi la dejó a cinco cuadras, y las caminó con la muerte en la
cartera.
Cuando entró
en su departamento la sorprendió el silencio de la voz ronca. No veía a Oscar
por ningún lado.
Habrá
salido.
Rauda, sacó
la blusa de la cartera, envuelta en papel de seda, y la metió en el aparador. Allí
entre bijouterie, telas de todo tipo y zapatos número 35 que nunca fueron
usados, guardó esa muerte que llevaba oculta.
Todo era
blanco menos la camisa leñadora de Oscar. Las paredes, el ambo del médico, la
luz blanca para ver las placas.
—El estudio —vaciló el médico.
Oscar estaba
sentado enfrente del hombre de blanco, con unas placas negras entre ellos y unos Marlboro asomando de la
camisa.
—Dígalo.
—Tiene unas
tumoraciones.
—Cáncer —dijo Oscar, con su voz más ronca que
nunca. Rió. Rió muy fuerte, con muchas ganas—. Doctor, permítame —sacó un Marlboro frente a la mirada
impotente y desconcertada del médico.
—Fúmelo. Para
que no me olvide. Lo peor no es morir, lo peor es ser olvidable.
Y se fue sin
querer oír más, con una carcajada.
—Elsa —llamó al entrar.
Elsa se
acercó con prudencia.
—¿Qué te
compraste hoy? —preguntó Oscar sonriendo y tirando una gran bolsa blanca por el aire.
—¿Qué es eso? —dijo Elsa, sintiendo la verdadera
muerte.
—Las fotos de
unos tumores. Quiero verte linda. ¿Por qué no te ponés lo que te compraste? —prendió un cigarrillo.
—No fumes, mi amor —lloró Elsa.
—Bah —dijo él y abrió el aparador—. ¿Creíste que no lo había visto?
Sacó la
blusa envuelta en papel. La desenvolvió.
-Hermosa. Ponete
esto.
El hombre de
setenta años con el cáncer en la garganta, con la voz más suave que podía
murmuraba.
—Hermosa. Hermosa
mujer mía
Elsa se
sentía sollozar sin poder hacerlo. Dejó que colgara de su cuello los collares,
que con suavidad perforara con dos perlas sus orejas, que preguntara por
inocencia sobre la tela de las blusas dobladas, esas blusas de seda salvaje que
se apresuró a esconder y nunca usó.
—¿Esta blusa
roja? ¿Qué tal? —dijo el hombre ronco sonriendo.
Elsa lloró.
—No —enronqueció él—. Mírame. Eres hermosa. Te amo.
Elsa lloró.
El desabotonó
su vulgar blusa estampada….
Se sintió
llorando desnuda. Y él puso sobre sus hombros la hermosa blusa de seda roja.
—Oscar —susurró.
—Elsa —dijo Oscar ronco y girándola
despacio, muy suave y despacio, la besó hasta la garganta.
domingo, 15 de febrero de 2015
LAS GRULLAS DE EMIKO
Creo que las novelas de aventuras marcaron mi destino…Soñar con Malasia…(playas aburridas, diría Steve), imaginarme en tormentosas cubiertas, advirtiendo a la fragilidad humana que no me rendiría fácil, porque él, el Corsario Negro, me miraba a mí, rubia por un rato, y llamándome temporalmente, Honorata de WanGuld…
Todo claro, hasta cerrar las páginas
del libro y abrir otro…Sí, mi afición a las aventuras entre dos tapas, produjo
otra, irredimible y para siempre: mi sentimiento de amistad, amor, lealtad, a
todos los aventureros y las aventureras.
Así conocí a Steve, y compartimos
inolvidables hazañas culinarias en un par de calentadores eléctricos, y tardes
mirando y debatiendo cine. Steve Seal, un ciclista joven, que había ahorrado
con su trabajo de electricista en una fábrica de Melbourne durante 9 años para
cumplir su sueño de recorrer el mundo en bicicleta, me recriminaba suavemente,
al verme lagrimear con las películas: No es verdadero, decía con su fuerte
acento australiano…Son sólo películas…Ficción
Reconozco que me hacía sonreír.La más
fantasiosa de las películas parecía más real que ellos, Steve y Emiko, esa
pareja de ciclistas que desde Alaska a mi casa, parecían tomarse todo con la
misma filosofía
—Es cierto que el mundo es asombroso—decía
Steve.
—Pero también es cierto que la gente
se parece en todos lados—decía Emiko.
En Alaska comieron oso, y en otros
lugares, iguana.
—La iguana parece chicken—me dijo
Steve.
¿Y acá, en Buenos Aires? Bueno, les
gusto la polenta, harina de maíz, hervida en agua. Y también el almidón de maíz.
No son platos gourmet, pero son la energía que necesita un deportista. Y
cargaron varios paquetes de harina de maíz en sus alforjas. Es además, el maíz,
comida económica…
—Los argentinos tiene suerte—dijo
Steve—. En Australia no hay opciones. Los pobres comen comida para perros.
Emiko se engripó. Acostada en la
colchoneta de mi cuarto, intentaba repararse física y mentalmente de la
pedaleada por la Patagonia(sí, sí recuerdo bien su larga travesía a fuerza de
pedaleo, fueron bajando hacia el sur del continente por Chile y subiendo a
Buenos Aires por la costa atlántica, haciendo desvíos cuando algún lugar
interesante atraía su curiosidad). La velocidad no les interesaba, ni hacer
marcas ni records, se perdían con gusto si perderse valía la pena: así es que
el trayecto desde Alaska, había insumido seis años. Pero sí, me contó Emiko, le
gustaba fantasear con el Guiness, era la primera mujer en emprender una vuelta
al mundo en bici hasta la fecha.
Steve necesitaba hacer trámites de
embajada, buscar repuestos, preparar el aspecto práctico de su sueño: de un
puerto de Brasil, el plan era subirse a una barco a África y pagar el pasaje
trabajando.
Yo me ocupé de ayudar a Emiko con su
cansancio. Cocinaba arroz, le llevaba té, y charlábamos mucho.El arroz pasó a
tener un pequeño y dulce valor: un plato de esos granos hervidos valía una
hermosa sonrisa de Emiko: “como mi mamá”, me decía. “Ella me hace arroz de
niña.” Se quejaba de su español, pero se hacía entender perfectamente.(Hablando
de La Sonrisa de Emiko, creo que a alguien debería pintar un cuadro que se
llame así.)
Emiko me repetía, riendo, que la
cuidaba como su mamá en su infancia.A mí me gustaba y a ella también.
El improvisado cuarto de huéspedes
estaba lleno de libros. Como escritora, no me gusta que me fotografíen frente a
bibliotecas. Como madre, tengo montones de fotos con mis hijos en brazos frente
a ellas. Yo volvía de un fracaso matrimonial con cien cajas de libros. No había
ni un metro cuadrado para las bolsas de dormir de Steve y Emi, pero todos mis
llamados para conseguir otros anfitriones fracasaron.
—Bueno—dije, y trabajé con esas cajas
hasta lograr un dormitorio aceptable. Había mucho polvo por los libros, pero se
los veía contentos. Ni qué decir la ayuda que representó su presencia para mi
terremoto emocional, cocinar con Steve, charlar con Emi…
En Japón, me explicó Emiko, no
contratan mujeres como periodistas de deportes. “Entonces pensé en dar la
vuelta al mundo en bicicleta, así me contratan”, dijo con una simpleza tan
maravillosa como su armoniosa complejidad. Claro, entonces la contratarían y
así fue. Todas nosotras resolvemos nuestros problemas así,¿verdad? A eso me
refiero con armoniosa complejidad. Cuando alguien es bellamente complejo, se ve
simple. Se ve amistoso, como Emiko. En su corazón y en su mente está la piedra
filosofal, la alquimia que torna y define los sucesos, los malos, los buenos,
sonriendo.
Porque yo preparaba arroz para una
mujer que había cruzado el Estrecho de Bering, y que había dormido noches y
noches con su pareja en medio de selvas calientes y bosques helados, oyendo
pisadas de animales, sintiendo presencias, me contaron ambos, fantasmales.
Pero en mi hogar, por las noches, se
oía otra noche, tal vez, dolorosa. Era la casa de mis padres, esos que criaron
cuatro hijos en los trágicos ‘70 argentinos. Una noche mi padre lloró. Y otra
noche gritó.La guerra nicaragüense era un fantasma, como el periodismo en la
noche siniestra de los ’70. Lloraba dormido, gritaba…
Esa noche, Steve tomó mi cabeza,
gacha sobre la mesa de la sala, y suavemente me masajeó el cabello. Me dio un
beso en el pelo, y volvió a su cuarto. Era de madrugada.
Ah, mi padre…Tenía el consuelo del tango, pero no
funcionaba siempre.
Disculpen que diga que el héroe sano
es como el Unicornio: tal vez existe. Mi padre no era un unicornio.A la mañana
siguiente, Emiko se levantó y nos pidió unas revistas. Con gran habilidad hizo
varias figuras de pájaros, las unió con un cordón, y con una vieja llave de
bronce, las colgó de una ventana.
—Para que se cure tu papá—me dijo con
su sonrisa.
Ellos se fueron.
Cargaron sus alforjas, repartieron
risas y abrazos.
Steve dijo: —Nunca digo adiós. Digo: hasta
Luego.
Así fue.
Las grullas volaron con la brisa de
la ventana durante años, hasta que un día sus alas decidieron salir por la
ventana abierta, y usar un viento fuerte, fuerte, viento sureño, que volaba,
con sus grullas, a Australia.
Anataga Hoshii Des, Emiko.
jueves, 5 de febrero de 2015
Miss Pamela, su profesor de historia y los riesgos del revisar el pasado
El Doctor Ferdinand Papirus se clavó los anteojos en la nariz para mirar mejor a su aplicada alumna de Historia, la señorita Pamela Johannesburgo. Pensó amargamente que le había contado la escabrosa historia de Barbazul sin lograr excitarla, verdad es que tampoco se había excitado con el amorío de Carlos II de Inglaterra y la opulenta Duquesa de Cleveland. Ni siquiera se había dado cuenta de que no había sido en la Edad Media. "Por cierto", se dijo amargado, "este punto del programa, el medioevo tardío de Ciudad Gótica, tampoco la va a excitar. Tal vez deba agarrarla de los pelos, romperle la camisa, mirarla los ojos y decirle...
"Miss Pamela, sólo el Marqués de Sade le daría a usted clase de historia, ya que contarle las cruzadas a usted es verdademente sádico".
Pero jamás lo haría. Tenía setenta años, era un doctor de Oxford y debía resignarse a...
—¿Profesor? —Miss Pamela lo miró fijo con dos grandes ojos interrogantes.
Se resignó completamente.
—En el Medioevo tardío, Ciudad Gótica era un caos. El robo y el pillaje eran moneda corrientes, bajo una tiranía despótica que hambreaba a la población. Los pobres comían lo que podían, que no era mucho, pero ellos sí lo eran... muchisimos. Las estudiantes rubias estaban famélicas y los profesores no se veían mucho mejor. El Rey Fernando I predicaba la austeridad a través de sus heraldos, que lograban pedir un gesto patriótico a la población antes de que se los comieran en las plazas. Este rey era austero: sólo hacía cuatro festines por semana, una vez al mes una orgía romana y cada tanto bebía perlas en vinagre; tenía, eso sí, dos hijos disipados, disolutos y por completo imbéciles, en cuyo criterio confiaba plenamente. Los señores feudales de Ciudad Gótica no lo destituían por imbécil sólo para que no asumieran sus dos hijos, más imbéciles que él. El rey Fernando, siguiendo el buen ejemplo de Calígula, que nombró senador a su caballo, nombró a un caballo de su establo ministro plenipotenciario. Decían que era un caballo brillante, le cepillaban el pelo cien veces por día, razón por la cual lo perdió muy pronto. Caballo decidió que el problema de Ciudad Gótica era la pobreza y resolvió eliminar a todos los pobres. Para esto tomó un paquete de medidas... —se interrumpió, indeciso y desconcertado, al ver a su alumna haciéndose sensuales masajes en el cuello. Se quitó los anteojos, se restregó los ojos y volvió a colocárselos. ¿Estaba soñando?
—Miss Pamela ¿le gusta esta historia?
—Oh, yes —suspiró ella, inequívoca—. El período de Ciudad Gótica a. B. (antes de Batman), me parece fascinante.
—¿Quiere cenar conmigo? —el anciano profesor la miró ardientemente con sus ojos miopes, agrandados por la lujuria. Era demasiado bueno para ser verdad.
—Tal vez si me sigue contando esa fascinante y excitante historia gótica, pero antes me pondré algo cómodo, si quieres, sírvete algo de beber.
Los gustos de las estudiantes de Historia inglesas son inexplicables.
Tardes y mañanas. Horas y horas… Luego de desparramar su pecho abundante sobre el exhausto pero feliz profesor Papirus, Pamela suspiraba y jadeaba un poco.
—Cuéntame algo más de esa fascinante Ciudad Gótica a. de B.
Y apenas el profesor balbuceaba algún nuevo detalle histórico del Caballo ministro y del Rey Fernando... Pamela comenzaba suavemente a jadear de nuevo.
Un día, el profesor Papirus, que era el hombre más feliz de Oxford, decidió investigar un poco más sobre ese período de Ciudad Gótica, sobre el que, a decir verdad, no sabía tanto. Y fue a la biblioteca.
No había mucha información. El rey Fernando, con la población hambreada, había nombrado ministro a su caballo. Hasta el advenimiento de Batman, eso era todo. Hasta que leyó, en una gruesa enciclopedia, una anotación en lápiz “Cavallo metió a todo el pueblo en un corralito bancario”
Eso excitó su viejo instinto de historiador. Algo olía raro. La historia no podía ser tan simple. Llamó a su viejo colega el profesor Girlon, de Cambridge. Le respondió levemente furioso.
—Mira —le dijo—. La historia de Ciudad Gótica necesita una buena patada revisionista y no hablo del revisionismo que revisa los saldos de las librerías de viajes de Notting Hill. No había ningún caballo, salvo los de la policía montada que reprimían a los manifestantes. En Ciudad Gótica fue un simple hombre ministro de economía, llamado Domingo Cavallo el que realizó una incautación en gran escala de los ahorros y el dinero del pueblo que llamaron corralito. También redujo salarios, pagó jubilaciones de miseria, hizo despidos masivos y hundió a Ciudad Gótica en la ruina.
—¿No era un caballo?
—No —se impacientó Girlon—. Mira, mejor lee… —y a continuación le dio una bibliografía completa que Papirus anotó en su libreta.
Dos días después, con la vista cansada, se presentó en el aula. El aula no era la vieja aula, a esas alturas del siglo XXV, nadie estudiaba historia, así que ahora el profesor tenía una cama plegable, un televisor de plasma, aire acondicionado, un espejo en el techo y Miss Pamela estaba sentada en un silloncito rojo. Lo único que quedaba de la vieja aula era el pizarrón y la costumbre de Pamela de traer un cuaderno para disimular.
Papirus olió excitación. Comenzó la clase con voz ronca.
—Como sabes, preciosa Pamela, hay una corriente historiográfica llamada revisionismo, bueno, la conoces. Suele decir que lo escrito es mentira y escribir una mentira mejor. Pues según el revisionismo, y esto te va encantar, sabemos más de Ciudad Gótica antes de Batman…
—Soy toda oídos —dijo Pamela con un leve jadeo. Se desabrochó un botón.
—El caballo, en primer término…
—Ah —dijo Pamela y se desabrochó dos botones.
—No era un caballo —dijo feliz Papirus— sino un hombre, un ministro de economía, llamado Domingo Cavallo, que hizo tan horrendos ajustes económicos en los salarios… Pamela ¿qué le pasa? —dijo Papirus desconcertado.
Pamela se estaba abrochando la blusa y colocándose los anteojos. Se levantó y tomó su cuaderno. Miro fríamente al profesor a los ojos.
—No era un caballo —dijo, helada como el hielo.
—No… pero sabes, eso lo dicen los revisionistas.
—No me importa —dijo ella—. No era un caballo. Adiós. Ya no hay hombres —dijo amargada y dejó el aula.
Papirus se dejó caer en su silla de profesor. No entendía nada. ¡Qué importaba Ciudad Gótica antes de Batman! ¿Debería haberle hablado de Batman? ¿Traer un álbum de fotos de equitación?
Definitivamente, ya no entendía a las mujeres.
Se sentía viejo. Anotó mentalmente cada insulto que le iba a decir al doctor Gilmor. Por los problemas académicos que le había causado su revisionismo, por supuesto.
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