Los leí de niña y de adolescente, con la expectativa de que me sorprendieran y siempre lo hacían. Stephen Leacock, canadiense, Jerome K. Jerome, inglés y Enrique Jardiel Poncela, español. Chamico, nombre de pluma de Conrado Nalé Roxlo, argentino. Lo que yo tenga de humorista en materia literaria, se los debo a ellos.
Los
primeros entre ellos que leí fueron Jerome y Chamico. Tres hombres en un
bote en versión de la colección Robin Hood fue mi compañía en uno de esos
veranos de infancia sin ventilador. Me reía a carcajadas con Jerome y sus
amigos George, Harris y Motmorency. Empezaba a disfrutar de la profunda
inteligencia que hay detrás de todo humorismo que se precie.
Otra cosa era el humor machista y miserable
que la televisión de esa época (los años ochenta) exhibía con carcajadas
celebratorias. Ese humor (que sin embargo puede ser llamado así), tenía su base
en las represiones de su público.
Lejos,
muy lejos de eso, escrito en tiempos ingleses y victorianos, Tres hombres
en un bote es un libro delicioso que mi sensibilidad (esa cualidad que
tanto me señalan y que tiene también su lado difícil) podía disfrutar a los
doce años. Sin ser por eso un libro para niñas. Jerome era dueño de una ironía
fresca, inteligente y falsamente ingenua, que más de cien años después de
escrita, invitaba a un viaje en bote desopilante con tres muchachos divertidos
(por no mencionar al perro)
Pero mi
primer descubrimiento fue Chamico, el humorista y autor teatral Conrado Nalé
Roxlo. Autor de brillantes parodias, que publicaba en el diario Crítica, amigo
personal del gran escritor Roberto Arlt, firmaba su obra de humor literario
como Chamico.
Chamico
apareció sobre mis zapatos de niña una mañana de Reyes Magos. El libro se
llamaba sencillamente Cuentos. Las carcajadas de una niña de diez años brotaban
fácil leyendo sus páginas ilustradas. Sabía perfectamente que un libro podía
ser muy divertido, ya había leído Los tres mosqueteros, y a pesar de un entorno
difícil en la escuela en dictadura, amaba los libros.
Luego
siguió Jerome, y ya adolescente, Enrique Jardel Poncela.
Qué
decir de ese gran amigo. Sus novelas me deslumbraban. Pero ¿hubo alguna vez
once mil vírgenes? Las historias de un Don Juan sin seriedad (Don Juan es
un idiota), decía Jardiel, ese Don Juan que termina encontrando su doble
femenino después de una buena cantidad de páginas de humor exquisito, me
hicieron reír a carcajadas en el umbral de la vida adulta, a mis diecisiete
años. Ahí empezaron largos años de idilio con Jardiel, hasta encontrar uno de
esos libros necesarios en la vida de una joven autora en pleno descubrimiento.
Una obra de teatro singular entre la dramaturgia brillante de Jardiel: Las
cinco advertencias de Satanás.
Félix— (Hablando al vacío)—¿Quién es usted?
Leonardo— Ya sabéis que me llamo Lucifer—que significa
“el que lleva la luz”, pero como me llamo también Mefistófeles, que quiere
decir “el enemigo de la luz”, en realidad estoy mejor a oscuras.”
Hay
poco de oscuro en Jardiel, su humor brillante traspasa su época. Leyendo su
biografía, me entero que fue vecino de Manuel Machado y amigo de Ramón Gómez de
la Serna y que identifican su humor inclasificable con un parentesco con el
Teatro del Absurdo.
Me
falta Stephen, el economista canadiense. Stephen Leacock, con frescura e
irreverencia, colaboró con distintas revistas a partir de 1915, siendo
considerado uno de los humoristas anglosajones más populares. Yo lo conocía por
un libro fundamental, la Antología de humoristas ingleses contemporáneos,
una edición en español de 1945. Allí está su ejemplar parodia del diario de la
pintora rusa María Bashkirseff, delicada creación donde Stephen luce toda su
inteligencia, hecha de ironía pero también, de un profundo análisis.
Por
supuesto, un profundo análisis es origen de todo humor que se precie, o al
menos del humor que me gusta a mí.
Brindo por ellos, por Jerome, Jardiel, Conrado
y Stephen.
Por una
larga vida de sus obras, en ese mar nuestro, borrascoso y veraz, de la memoria.