lunes, 21 de septiembre de 2026

Conrado, Stephen, Jerome y Enrique: mis amigos

 

    Los leí de niña y de adolescente, con la expectativa de que me sorprendieran y siempre lo hacían. Stephen Leacock, canadiense, Jerome K. Jerome, inglés y Enrique Jardiel Poncela, español. Chamico, nombre de pluma de Conrado Nalé Roxlo, argentino. Lo que yo tenga de humorista en materia literaria, se los debo a ellos.

                Los primeros entre ellos que leí fueron Jerome y Chamico. Tres hombres en un bote en versión de la colección Robin Hood fue mi compañía en uno de esos veranos de infancia sin ventilador. Me reía a carcajadas con Jerome y sus amigos George, Harris y Motmorency. Empezaba a disfrutar de la profunda inteligencia que hay detrás de todo humorismo que se precie.

 Otra cosa era el humor machista y miserable que la televisión de esa época (los años ochenta) exhibía con carcajadas celebratorias. Ese humor (que sin embargo puede ser llamado así), tenía su base en las represiones de su público.

                Lejos, muy lejos de eso, escrito en tiempos ingleses y victorianos, Tres hombres en un bote es un libro delicioso que mi sensibilidad (esa cualidad que tanto me señalan y que tiene también su lado difícil) podía disfrutar a los doce años. Sin ser por eso un libro para niñas. Jerome era dueño de una ironía fresca, inteligente y falsamente ingenua, que más de cien años después de escrita, invitaba a un viaje en bote desopilante con tres muchachos divertidos (por no mencionar al perro)

                Pero mi primer descubrimiento fue Chamico, el humorista y autor teatral Conrado Nalé Roxlo. Autor de brillantes parodias, que publicaba en el diario Crítica, amigo personal del gran escritor Roberto Arlt, firmaba su obra de humor literario como Chamico.

                Chamico apareció sobre mis zapatos de niña una mañana de Reyes Magos. El libro se llamaba sencillamente Cuentos. Las carcajadas de una niña de diez años brotaban fácil leyendo sus páginas ilustradas. Sabía perfectamente que un libro podía ser muy divertido, ya había leído Los tres mosqueteros, y a pesar de un entorno difícil en la escuela en dictadura, amaba los libros.

                Luego siguió Jerome, y ya adolescente, Enrique Jardel Poncela.

                Qué decir de ese gran amigo. Sus novelas me deslumbraban. Pero ¿hubo alguna vez once mil vírgenes? Las historias de un Don Juan sin seriedad (Don Juan es un idiota), decía Jardiel, ese Don Juan que termina encontrando su doble femenino después de una buena cantidad de páginas de humor exquisito, me hicieron reír a carcajadas en el umbral de la vida adulta, a mis diecisiete años. Ahí empezaron largos años de idilio con Jardiel, hasta encontrar uno de esos libros necesarios en la vida de una joven autora en pleno descubrimiento. Una obra de teatro singular entre la dramaturgia brillante de Jardiel: Las cinco advertencias de Satanás.

Félix— (Hablando al vacío)—¿Quién es usted?

Leonardo— Ya sabéis que me llamo Lucifer—que significa “el que lleva la luz”, pero como me llamo también Mefistófeles, que quiere decir “el enemigo de la luz”, en realidad estoy mejor a oscuras.”

                Hay poco de oscuro en Jardiel, su humor brillante traspasa su época. Leyendo su biografía, me entero que fue vecino de Manuel Machado y amigo de Ramón Gómez de la Serna y que identifican su humor inclasificable con un parentesco con el Teatro del Absurdo.

                Me falta Stephen, el economista canadiense. Stephen Leacock, con frescura e irreverencia, colaboró con distintas revistas a partir de 1915, siendo considerado uno de los humoristas anglosajones más populares. Yo lo conocía por un libro fundamental, la Antología de humoristas ingleses contemporáneos, una edición en español de 1945. Allí está su ejemplar parodia del diario de la pintora rusa María Bashkirseff, delicada creación donde Stephen luce toda su inteligencia, hecha de ironía pero también, de un profundo análisis.

                Por supuesto, un profundo análisis es origen de todo humor que se precie, o al menos del humor que me gusta a mí.

                 Brindo por ellos, por Jerome, Jardiel, Conrado y Stephen.

                Por una larga vida de sus obras, en ese mar nuestro, borrascoso y veraz, de la memoria.