viernes, 8 de mayo de 2026

El bar de Luca

 La letra de La rubia tarada, canción de Sumo, lo deja claro. Dice entre otras cosas: "Basta, me voy, rumbo a la puerta/ y después al boliche a la esquina/ A tomar una ginebra con gente despierta/ Esta sí que es Argentina/ Una noche en New York City."

El tema era cantado por Luca Prodan (1953-1987) con un tono entre potente e irónico. Personalmente tengo una admiración triste por Luca, sobre todo por esta frase que dijo en una entrevista. "la heroína es el paraíso, pero no se puede vivir el paraíso sin morir". La New York City a la que se refiere es la clásica discoteca de la Av. Alvarez Thomas.

La conocí de la puerta para afuera, jamás entré. Estaba muy llena de pseudo-punkitos de Belgrano, además de rubias que gastaban en la peluquería.

    Yo siempre preferí el bar de la esquina. Sí, el mismo de la "gente despierta". El boliche a la esquina donde Luca tomaba ginebra. Pero empecé a ir a escribir a ese bar en 1988, un año después de la muerte de Luca.

    El bar, que tenía una sola luz amarilla, ocupaba toda una esquina. Tenía un solo camarero, que se tomaba todo con mucha calma. El ambiente era variado: enfrente la discoteca, con un público de rubias y hombres encajados en Fiorucci, un prostíbulo a una cuadra, con sus jóvenes mujeres y clientela, además los obreros de una fábrica cercana. Y una adolescente entusiasmada por la escritura.

Los viernes a la noche entre las diez y las doce de la noche ocupaba una mesa del bar en ebullición y escribía una novela existencialista que todavía guardo en un cuaderno de espiral. La extraña mezcla de ambientes me inspiraba, los pseudo-punkitos enfundados en Fiorucci comiendo una hamburguesa o compartiendo la barra con un obrero que tomaba una ginebra, o las trabajadoras sexuales caminando entre las mesas donde conversaban rubias con caras conchetas.

Y yo, en una mesa de ese boliche a la esquina. Que tal vez alguna vez ocupó Luca Prodan.

lunes, 27 de abril de 2026

Mi libro La Cifra Adversa

 Durante veinte años escribí una serie de cuentos fantásticos, cuentos que están entre los más queridos, los más sentidos, que he escrito. Dos cuentos de fantasmas, que escribí a los treinta años, con tanta fluidez que sospeché que me los había dictado un fantasma. Cuentos, como El diablo enamorado y La sangre de Cristo, que crecieron al fuego de los viejos poemas del ciclo artúrico, y con esos recursos de la prosa a los que solo la poesía puede apelar.

        Los cuentos fueron escritos casi como experiencias, y con rigurosas, pero elásticas, estructuras narrativas. En la hora del canto del zorzal, en la madrugada de Barrio Samoré, los mitos y leyendas son un alimento frecuente. Un pájaro se enamora de su flecha, un hada maléfica diferente, un diablo femenino, un bosque tenebroso, habitado por el Lobo.

    El relato La cifra adversa, merece un párrafo aparte. Cuento borgeano, sobre un personaje histórico que me resulta fascinante, Pico della Mirandola. Fue escrito en una oficina de una biblioteca mientras yo trabajaba, justamente, con la biblioteca personal de Jorge Luis Borges. Está inspirado por sus citas, su letra, su universo. Pero con un protagonista, maestro del humanismo salvaje renacentista, que siento muy propio de mi narrativa.

De niña tuve Los Cuentos de Hadas de los hermanos Grimm, Quizá realmente hada signifique fata, destino en latín. Cuentos de destino. Desde esa lectura del asombro a mis siete años hasta este libro han pasado largos años, de lectura, escritura y experimentación.

Bienvenidas las hadas y los cuentos.

La Cifra Adversa, Paula Ruggeri | MercadoLibre


domingo, 19 de abril de 2026

Dani

 Hace treinta y seis años, la madrugada del 19 abril de 1990, me tomé un colectivo 50.  Yo iba con contracciones cada cinco minutos rumbo a la Maternidad Sardá. Tenía 19 años y me acompañaba mi madre. Había, si, una persona ausente, evidentemente un imbécil. No vale la pena mencionarlo más.

    En el colectivo, repleto de trabajadores dormidos, nadie quería ceder un asiento para una embarazada con trabajo de parto. Cuando años después escribí mi novela El jardín de las delicias, ubiqué el viaje de Ulises al infierno dentro de un colectivo.

    El chofer dio una brusca frenada e hizo señas a un taxi. Con el taxi llegamos pronto a la Maternidad Sardá.

    Mi recuerdo de esa institución es difícil de definir. Para el trabajo de parto dejaban entrar a maridos y parejas, pero no a las madres de las embarazadas. Mi madre tuvo que darle dinero a una enfermera, que la dejó estar solo cinco minutos conmigo.

La nota de color la puso un libro que yo había manoteado de la biblioteca antes de salir de casa. Los que me conocen se reirán al leer el título: Guerra colonialista franco argentina 1838-1840.Libro furiosamente rosista escrito por un francés, Theogene Page. Todavía lo conservo y guarda unas hojas con las notas de una Paula de diecisiete años.

Bueno, las contracciones se redujeron a dos minutos y con celeridad a un minuto.  El libro, que no abandonaba, confundía a las obstetras.

Esta historia no es final sino un principio. Las peripecias son los condimentos de una historia ¿de aventuras? Puedo asegurar que me creía D'Artagnan.

Dani, mi hermosa hija, lleva el nombre Daniela por una canción que dice "pinta un mundo nuevo dentro de mí."

Ella y su hermano Ger, nacido dos años después, son una gran compañía para una madre escritora. Recuerdo sus ojos asombrados cuando les leía Canción de navidad, un invierno en Samoré a la luz de las velas o a una pequeña Daniela con fiebre oyendo La muerta enamorada de Théophile Gautier.

Hoy Dani es la autora de varios libros de historieta, ambientados en Barrio Samoré, en un Barrio Samoré mágico que dibujan sus manos. Y en la casa que comparte con su esposo Fede, tienen una biblioteca admirable y una gata que se llama Luba.

 


lunes, 23 de febrero de 2026

DUMAS Y YO

 


Alejandro Dumas es mi infancia, el sol en la cara, las fantásticas lecturas en el jardín de una casa de Villa Urquiza, en la ciudad de Buenos Aires, mi ciudad. Descubrí Los tres mosqueteros a los nueve años en una edición barata de Sopena, que aún conservo, pero que no me pertenecía: era de mi hermano Andrés, unos años mayor que yo y dueño de una no tan pequeña biblioteca de clásicos.

                Esa niña que fui era una lectora adicta y fantasiosa, soñaba con Artagnan, Athos, Porthos y Aramis, con la esgrima y las aventuras, las intrigas de Constanza Bonacieux y el alma de poeta de la vengativa Milady.

“Vos sois joven y vuestros recuerdos aún tienen tiempo trocarse en dulces” Dice Athos a Artagnan. Esas últimas páginas sentí una tristeza desoladora y algo así como un vacío. Soñaba con que ese libro prosiguiera eternamente.

 Por ese motivo, abrí el libro por la primera página, dispuesta a vivir la aventura una y otra vez.

                Lo sigo haciendo. La construcción narrativa más fabulosa dota de vida a los mosqueteros cada vez que abro las viejas tapas. Artagnan siempre será la mejor cabeza de los cuatro, Athos siempre se hundirá en profundas cavilaciones y Porthos siempre será el hermoso Porthos. Aramis, por su parte, recibirá misivas de Tours, por siempre. La maquinaria hecha de vida, sentido del humor y sangre vuelve a funcionar, cada vez que abro esas tapas.

                En mi vida personal, en mi forma de vivir la amistad, en mi vida afectiva, los mosqueteros gravitaron siempre. Cuando a los dieciocho años quedé embarazada, repentinamente sola con mi decisión de ser madre, no podía dejar de pensar, quizás absurdamente, que Artagnan llegó a París a la misma edad. Y eso me daba valor. Y cuando escucho palabras imbéciles, aún hoy, sobre mi maternidad, algo así como una espada imaginaria aparece en mi mano y una sonrisa irónica en mis labios.

                Tal vez tenga que perseguir al misterioso hombre de Meung hasta el fin de mis días, no lo sé.

                Mientras, escribo estas líneas entre muchas otras. Y mientras, también escojo un tomo de Mis memorias, de Alejandro Dumas. Luis Pestarini me llamó un día desde Madrid y me preguntó si las tenía. Unos días después en Buenos Aires me entregó cuatro tomos rojos encuadernados en cuero. Sin duda el mejor obsequio que recibí jamás.

                 Unos días después de recibir los tomos de manos de Luis, conozco en la librería Yenny del Patio Bullrich a Arturo Pérez Reverte, autor del Club Dumas entre otras obras. Tuvimos una charla sobre los mosqueteros y luego el escribió sobre esa charla un breve cuento llamado La novia de D’ Artagnan.

 Ojalá existiera Ruritania es una frase de ese cuento y por supuesto es mía. Cuando leí El prisionero de Zenda, de Anthony Hope, en la querida colección Robin Hood, enloquecí con ese país de ficción que creí real. El castillo de Zenda, y todo ese maravilloso viaje de fantasía me conquistaron.

Todavía hoy suspiro, ojalá existiera Ruritania.

Siguiendo con Dumas, lo que más me fascinó de la lectura de sus Memorias fueron sus recuerdos de sus amigos actores y en particular actrices. Sabiendo que no quedaban registros de la actividad teatral, en cuanto a las interpretaciones, Dumas dedicó buena parte de esos cuatro tomos a recordar con profundo cariño a actrices como María Dorval. Dorval fue fundamental en sus primeros éxitos, cuando fue la primera actriz en aceptar el papel de Adela en la tragedia Anthony. (También cuenta Dumas que tomó su inspiración del gitano de Ivanhoe, de Walter Scott, para el personaje de Anthony).

Queridos amigos españoles me regalaron ediciones de los mosqueteros, algunas bellísimas.

Un 14 de julio me hice tatuar en el brazo izquierdo una Fleur de Lys. La marca de Milady de Winter.

                Por fin, hoy, en una preciosa caja de madera, tengo guardado ese viejo ejemplar de Sopena, el histórico, como lo llamó Andrés antes de regalármelo. Cuando veo es pequeño libro de tapas verdes, siento algo, parecido a la felicidad.

Y sé que mis amigos, los mejores, están entre esas tapas.