Fue en 1989. Yo, la muchacha del cuervo, tenía 19 años. Y un avanzado estado de gestación.
Trabajaba durante el día. Consejo del Menor y la Familia. Era difícil subir los dos pisos por escalera hasta la oficina, y abrir los pesados cajones de los antiguos ficheros.Era difícil cargar las pilas de legajos , o incluso subir hasta el quinto piso cuando me enviaban a buscar algún papel.
Era difícil.
Cuando llegaba a mi casa, después de un largo viaje en colectivo, ponía en un muy viejo tocadiscos a Tchaikovski. Y se me caían lágrimas, lágrimas buenas, de esas que curan.
Porque me había visitado el cuervo. Y su pico es hiriente y certero y frío como un bisturí.
Un cuervo sabe dónde herir con precisión, y puede hacerlo sólo con su codiciosa mirada.
Cuando te mira un cuervo, tu brillo se cubre de niebla, envolvente como el mirar del cuervo.
El Cuervo me dijo: Tu hija va estar mejor con un rico matrimonio que pueda darle todo.
Los Cuervos no entienden de Poesía. No entienden el Amor. No entienden la Vida. Todo para ellos debe ser dinero.
El Cuervo me mira con su impermeable gris.
Yo tengo las Cartas de Blaise Pascal en mi mochila de estudiante. Y mis ocho meses de gestación.
Me di media vuelta y estiré el brazo. Un colectivo 114, el Dragón justiciero de esta historia, frenó a mi lado. Subí, me senté y abrí el libro de Pascal.
El blog de Paula Ruggeri. Contacto: paula.ruggeri743@gmail.com
martes, 17 de abril de 2018
viernes, 23 de marzo de 2018
Claudia De Bella, la escritora, la traductora, la mujer y la amiga
Querida Claudia, te fuiste esta madrugada.
Te recuerdo, siempre tan valiente (su sello era una valentía visible pero muy, muy discreta), en las oficinas de una editorial que no vale la pena recordar. Con esa valentía visible y discreta, hiciste frente a esos editores perfectamente míseros en sus almas. Claudia, un alma fuerte.
Escribías, y hacías de la traducción otro estilo de tu escritura. Eras entre tantos talentos, profesora de inglés y hasta te animabas a la artesanía. Acá junto a mi escritorio tengo un porta lápices que me regalaste, hecho con tus manos y tu ingenio, con piezas de deshecho de computación. Hace ya varios años, y lo tengo aquí, a mi lado.
Luchadora, y con tu valor discreto, me hablabas desde el hospital cuando te hicieron tu trasplante de riñón, que esperaste tanto tiempo. La larga lucha de Claudia por su salud es una novela que seguramente contiene sentimientos complejos que, por su brevisima seriedad al hablar del tema, yo no conozco y no puedo escribir.
Ella me hizo el honor de traducir al inglés un cuento de mi autoria, La amada inmóvil.
Pero más bien me hizo con el honor de su amistad, de su respeto y consideración por mi persona. Me hizo un bien, repito, porque ella era especial, muy especial, y te evaluaba con calma antes de decidir si ibas a entrar en su vida.
Te extraño, Claudia.
Te recuerdo, siempre tan valiente (su sello era una valentía visible pero muy, muy discreta), en las oficinas de una editorial que no vale la pena recordar. Con esa valentía visible y discreta, hiciste frente a esos editores perfectamente míseros en sus almas. Claudia, un alma fuerte.
Escribías, y hacías de la traducción otro estilo de tu escritura. Eras entre tantos talentos, profesora de inglés y hasta te animabas a la artesanía. Acá junto a mi escritorio tengo un porta lápices que me regalaste, hecho con tus manos y tu ingenio, con piezas de deshecho de computación. Hace ya varios años, y lo tengo aquí, a mi lado.
Luchadora, y con tu valor discreto, me hablabas desde el hospital cuando te hicieron tu trasplante de riñón, que esperaste tanto tiempo. La larga lucha de Claudia por su salud es una novela que seguramente contiene sentimientos complejos que, por su brevisima seriedad al hablar del tema, yo no conozco y no puedo escribir.
Ella me hizo el honor de traducir al inglés un cuento de mi autoria, La amada inmóvil.
Pero más bien me hizo con el honor de su amistad, de su respeto y consideración por mi persona. Me hizo un bien, repito, porque ella era especial, muy especial, y te evaluaba con calma antes de decidir si ibas a entrar en su vida.
Te extraño, Claudia.
miércoles, 17 de enero de 2018
Esos libreros
Ahora las rejas llevaron al último sueño ese pequeño negocio que hubo cumplido décadas. Ahora los carteles (geométricamente cortados y prolijamente escritos) que rezan CIERRE DEFINITIVO, me dejan el amargo sabor que surge de la constatación de que todo pasa. Aunque últimamente, hay que decirlo, en Buenos Aires las persianas cerradas de los negocios empiezan a ser normales.
Los libreros, los llamábamos en el barrio, pero no vendían libros, sino papeles. Cantidades y cantidades de papeles y cartones de los colores del arco iris y varios más. Lápices de punta afilada y gomas de borrar. Cuadernos de todos los tamaños, como uno rosa en el que todavía tomo notas. Y estampas y estampitas.
Sí, eran muy católicos. Imprimían todo tipo de estampas,y recuerdos de bautismo y tenían oraciones en cartón pintadas sobre fondos de atardeceres por todos los rincones de la librería.
El señor era encuadernador de oficio. Sólo a él confiaba yo mis libros de historia para hacer fotocopiar, porque sabía que cuidaría delicadamente los lomos vetustos.
La señora era seria, con pequeños anteojos y pelo corto, caminaba discretamente por la librería resolviendo situaciones pequeñas que se solían presentar. La fotocopia de un documento roto. La selección que un niño hace de un color para sus carpetas. Un timbre insistente.
Ella era una señora encantadora.
Ahora no están o están escondidos, afilando lápices y pintando sus paredes de todos colores, los del arco iris y algunos más.
Los libreros, los llamábamos en el barrio, pero no vendían libros, sino papeles. Cantidades y cantidades de papeles y cartones de los colores del arco iris y varios más. Lápices de punta afilada y gomas de borrar. Cuadernos de todos los tamaños, como uno rosa en el que todavía tomo notas. Y estampas y estampitas.
Sí, eran muy católicos. Imprimían todo tipo de estampas,y recuerdos de bautismo y tenían oraciones en cartón pintadas sobre fondos de atardeceres por todos los rincones de la librería.
El señor era encuadernador de oficio. Sólo a él confiaba yo mis libros de historia para hacer fotocopiar, porque sabía que cuidaría delicadamente los lomos vetustos.
La señora era seria, con pequeños anteojos y pelo corto, caminaba discretamente por la librería resolviendo situaciones pequeñas que se solían presentar. La fotocopia de un documento roto. La selección que un niño hace de un color para sus carpetas. Un timbre insistente.
Ella era una señora encantadora.
Ahora no están o están escondidos, afilando lápices y pintando sus paredes de todos colores, los del arco iris y algunos más.
lunes, 11 de diciembre de 2017
lunes, ocho de la mañana
Son las ocho de la mañana y Constanza, a quien le quedaría mejor llamarse Gertrudis o Eufemia, espera ansiosa con su saco rosa tejido por ella misma y su boca furiosamente rosa que abra la veterinaria de la esquina. Golpea el piso con el pie, podría llevar mocasines, es verdad, pero lleva zapatos de taco aguja. La veterinaria no abre y ella tiene que fichar. O sea, que demostrar que llega ocho en punto a su tarea. La máquina de fichar es el orgullo de la Biblioteca: el agente que ficha tiene que poner sus manos sobre una superficie magnética que reconoce su identidad digital ("Hola, Constanza R" y " Adiós Constanza R", dice una pantalla) y además un cámara filma a todos los agentes que fichan. Si, es una biblioteca. Y en ella trabaja Constanza, que en treinta años de esfuerzo continúo y abstinencia sexual, logró que le digan Gertrudis. Así que ahí trabaja Gertrudis.
Ocho y tres minutos, no podrá comprar comida para los gatos. Taconeando camina la cuadra que la separa del enorme edificio. Cada piso del edificio equivale a tres: si, pero es una biblioteca. Es de cemento gris gris gris. Y con veinte años de trabajo, toda Bárbara, toda Pamela, toda Florencia, puede llamarse Gertrudis. De hecho, los cinco digitos que cada mañana y tarde se apoyan en la máquina de fichar pierden ¿cómo decirlo?, sensibilidad táctil. Y el corazón, ah, el corazón, rodeado de tantos libros polvorientos, tantas escaleras y tantas puertas para cerrar.
Gertrudis coloca satisfecha sus cinco dígitos en la maquina de fichar, pero jamás le saca la lengua a la cámara. Gertrudis elige a quien saluda: sonríe a las otras Gertrudis, a las que todavia son Florencias, les dirige un gesto de asco. Su saco fue tejido por ella misma y es rosa.
Cuando entra en la sala de lectura, su sala, donde se guardan los tesoros de la biblioteca, Gertrudis cerrará la puerta con traba y llave, como ya hace treinta años cerró ese casto saco rosa sobre su cuerpo y cuando llame un lector, le dirá que esos libros no son para lectores sino para investigadores. Cuando llame un investigador, le pedirá sus credenciales, cuando el investigador llegue con ellas, le dirá que no son válidas, cuando una credencial sin una mota de polvo sea válida, le pedirá al investigador el número de inventario interno del papel que desea ver, él no lo tiene, claro, si él no lo colocó!!!! El inventario sólo lo puede poner una bibliotecaria. Entonces Gertrudis, seria por fuera, imagen de la profesional, ríe, ríe, ríe, como una niña, con su saco tejido, color de rosa.
Ocho y tres minutos, no podrá comprar comida para los gatos. Taconeando camina la cuadra que la separa del enorme edificio. Cada piso del edificio equivale a tres: si, pero es una biblioteca. Es de cemento gris gris gris. Y con veinte años de trabajo, toda Bárbara, toda Pamela, toda Florencia, puede llamarse Gertrudis. De hecho, los cinco digitos que cada mañana y tarde se apoyan en la máquina de fichar pierden ¿cómo decirlo?, sensibilidad táctil. Y el corazón, ah, el corazón, rodeado de tantos libros polvorientos, tantas escaleras y tantas puertas para cerrar.
Gertrudis coloca satisfecha sus cinco dígitos en la maquina de fichar, pero jamás le saca la lengua a la cámara. Gertrudis elige a quien saluda: sonríe a las otras Gertrudis, a las que todavia son Florencias, les dirige un gesto de asco. Su saco fue tejido por ella misma y es rosa.
Cuando entra en la sala de lectura, su sala, donde se guardan los tesoros de la biblioteca, Gertrudis cerrará la puerta con traba y llave, como ya hace treinta años cerró ese casto saco rosa sobre su cuerpo y cuando llame un lector, le dirá que esos libros no son para lectores sino para investigadores. Cuando llame un investigador, le pedirá sus credenciales, cuando el investigador llegue con ellas, le dirá que no son válidas, cuando una credencial sin una mota de polvo sea válida, le pedirá al investigador el número de inventario interno del papel que desea ver, él no lo tiene, claro, si él no lo colocó!!!! El inventario sólo lo puede poner una bibliotecaria. Entonces Gertrudis, seria por fuera, imagen de la profesional, ríe, ríe, ríe, como una niña, con su saco tejido, color de rosa.
lunes, 27 de noviembre de 2017
Trescientos cinco entradas
Trescientos cinco entradas.Noventa y cinco borradores. Diez años cuenta este blog. Cuarenta y siete cuenta esta autora.
Me acuerdo que cuando lo iniciamos con mi hija Daniela, tratábamos inútilmente de pegar una foto de una manzana, la naturaleza muerta de un título quedó quedó tan atrás. Pero siempre se pegaba una foto mía con mi vestido de boda. Y la dejamos. Y comenzó eso tan extraño pero satisfactorio de acompañar los textos con retratos autorales. De escribir y contratar fotógrafos para me capturaran con un smoking improvisado o con la espalda desnuda. Sentada en un parque, con las piernas cruzadas indolentemente en Puerto Madero. Seria y sonriendo.
Era coherente. Me refiero a que hice un relato en retazos de mi vida y me traté a mí misma como un personaje. Al principio lo llamaba Paulette, como siempre me dijeron en mi infancia y adolescencia.Escribí sobre mí, sobre mi maternidad temprana, sobre los sitios donde trabajé, sobre gente con la que me crucé, muchas veces fugazmente.
Este es casi el único sitio dónde publiqué mis textos de humor y mis poemas eróticos.
La foto preferida es esa en que estoy de espaldas, con toda la fragilidad y me gustaría también, la poesía. Ya que me expuse mucho en éste blog, pero más me expuse en mi vida.
La vida es poesía, la vida es aventura y camino. Por eso celebro el camino de éste blog, con sus trescientos cinco entradas y sus noventa y cinco borradores.
Gracias por acompañarme estos diez años.
Me acuerdo que cuando lo iniciamos con mi hija Daniela, tratábamos inútilmente de pegar una foto de una manzana, la naturaleza muerta de un título quedó quedó tan atrás. Pero siempre se pegaba una foto mía con mi vestido de boda. Y la dejamos. Y comenzó eso tan extraño pero satisfactorio de acompañar los textos con retratos autorales. De escribir y contratar fotógrafos para me capturaran con un smoking improvisado o con la espalda desnuda. Sentada en un parque, con las piernas cruzadas indolentemente en Puerto Madero. Seria y sonriendo.
Era coherente. Me refiero a que hice un relato en retazos de mi vida y me traté a mí misma como un personaje. Al principio lo llamaba Paulette, como siempre me dijeron en mi infancia y adolescencia.Escribí sobre mí, sobre mi maternidad temprana, sobre los sitios donde trabajé, sobre gente con la que me crucé, muchas veces fugazmente.
Este es casi el único sitio dónde publiqué mis textos de humor y mis poemas eróticos.
La foto preferida es esa en que estoy de espaldas, con toda la fragilidad y me gustaría también, la poesía. Ya que me expuse mucho en éste blog, pero más me expuse en mi vida.
La vida es poesía, la vida es aventura y camino. Por eso celebro el camino de éste blog, con sus trescientos cinco entradas y sus noventa y cinco borradores.
Gracias por acompañarme estos diez años.
sábado, 18 de noviembre de 2017
¿Dónde estás, Bob Fosse?
Éste pequeño texto, que he publicado anteriormente y sin duda mis amigos lectores más fieles conocen, para mí siempre es un ejemplo del misterio de la inspiración en materia de letras, humor y personajes. Cuando lo escribí tenía un amigo (hace mucho tiempo de esto), que era un novelista de éxito internacional y al que se le daba por llamarme a mi humilde departamento de Villa Lugano (que adoro, aunque ya no vivo allí), desde sitios para mis 27 años completamente exóticos: Melilla o San Francisco o Milán. Yo le contestaba con cartas y ésta es una de esas cartas.
Sucedió que una noche, horas después de una llamada internacional, yo me senté en la cocina, miré mi pila de platos personal y decidí escribir una carta a éste maduro señor como si yo estuviera en África. Así al poco tiempo surgí como antropóloga intrépida y luego...
A la mañana, antes de cruzarme al correo a despachar la carta, la releí preocupada...y decidí fotocopiarla. Trabajándola un poco, se convirtió en este texto.
¿DÓNDE ESTÁS, BOB FOSSE?, años más tarde, fue un texto crucial para el crecimiento del blog. Empezaron los comentarios de desconocidos, pronto lectores amigos y la curva de visitas se empezó a elevar. Varios años después de haberlo escrito, lo sigo disfrutando. Acá lo tienen.
¿DÓNDE ESTÁS, BOB FOSSE?
Ah, cuando yo era joven. Vivía en Siberia, era feliz, no tenía sífilis, no había conocido a Bob.
Fue aquí, en África. Podía elegir a cualquiera, pero tuvo que ser él.
Me abandonó. Y aquí, en el corazón de África, planeo mi siniestra venganza, con el latir de los tambores del siniestro brujo de la tribu, quien gusta de la buena música cuando se prepara esos estofados de antropólogo australiano como sólo él lo sabe hacer.
—Diablos —se dijo la escritora y arregló la cinta de la máquina de escribir—. Cómo conmover a la platea, ésa era la cosa. —Qué difícil. Qué dura es la vida del artista. Y cómo están los mosquitos. Me gasto el sueldo en espirales y repelentes que no sirven para nada. Y el calor no se aguanta más: la remera se me pega al cuerpo pero si me la saco me van a ver los vecinos porque mi cuñado no viene a ponerme la cortina.
Es una noche calenturienta en África Ecuatorial y pican los mosquitos. Aquí en África la vida es dura, pero además es corta. Maldición, cada aforismo que digo me recuerda a Bob. No siempre la vida fue tan dura, después de todo. En realidad. En fin, que en África no hay dinero para mosquiteros, el sueldo se te va solamente en la quinina, y apenas hay que conformarse con cortinas de bambú. Pero soy una mujer curtida y un mosquito de más o de menos no es nada para mí. Si sólo tuviera a mi Bob.
Suena el teléfono. La escritora arroja al suelo un sombrero inexistente y lo patea. Es su cuñado, para decirle que no puede poner la cortina hoy y que mañana Camila baila jazz en la escuela y si no sabe cómo se vestían las bailarinas de jazz. Cómo habrán notado, el lema de la literatura de este prodigio de escritora es que nada se pierde y todo se transforma.
Decía que era una noche calenturienta y pican los mosquitos. ¿Ya les hable de Bumba Catunga? Lloro solitaria pero no estoy sola. Conmigo está Bumba Catunga, el fiel sirviente negro, que ronca panza arriba. Si en un rato no lo despiertan los mosquitos, lo sacudiré para que tome su quinina. Hace tanto calor que lloro y no se nota porque las lágrimas se evaporan haciendo señales de humo que dicen “¿dónde estás, Bob Fosse?”, “Te cavaste la fosa, Bob Fosse”, “te arrancaré los ojos Bob", etc...
Bob etc... salió a comprar cigarrillos hace veinte años y aún no ha regresado. Ahora debe estar mucho más viejo, prefiero al negro, pero se duerme. Es lógico, de día lo hago trabajar. Pero no es como mi Bob Fosse. Él cocinaba, lavaba, planchaba. ¿Dónde estás, Bob Fosse?
Las hienas ríen como mi destino. ¿Estarán digiriendo a mi Bob, etc...? Era tan pesado que podrían digerirlo veinte años. Era indigesto.
Bah, esto es una porquería, se dijo la escritora. El problema es que el negro está dormido, por eso es aburrido. Si estuviera despierto sería más emocionante. Lo voy a despertar.Tomé el látigo y le acaricié con él la espalda.
—Despierta, Bumba Catunga —que quiere decir “hombre con rulos”—. Necesito pasión ardiente. Si no me sirves, arrancaré el tótem del poblado otra vez y después te tocará lavarlo.
—No, por favor —en su voz temblaba la súplica—. Médico brujo hará mucho mal. Dice que ser arpía chiflada.
—Si, soy arpía y me gusta serlo y me gustó mucho ese totem la semana pasada, me gusta más que vos, pero no quiero problemas con la tribu y si no me satisfaces, te azotaré.
—Entonces azótame, me duele menos.
—Ah, mond dieu. Maldito seas, Bumba Catunga. No quiero lastimarte. Sólo bésame.
—Ama, es que si sólo te lavaras los dientes a la mañana...
—Imbécil, una aventurera como yo no se lava los dientes jamás. Bésame.
—Con la boca cerrada sí, ama.
—Maldita sea, quién dijo en la boca. ¿También querés que te haga un mapa?
—Dice médico brujo que francesa ser malvada.
—Ahí si me lavo, te lo juro.
—Eso dijo la semana pasada y no era verdad
—Me puse perfume.
—No insistas, amita, me duele la cabeza.
—Maldición, Bumba Catunga, empiezo a creer que eres un impotente, como dicen en el poblado. Dime que no es verdad.
—Es verdad. ¿Me venderás nuevamente?
—No, Bumba Catunga. Tu conversación me agrada y encuentro que ese totem me gusta mucho.
—¡No, ama! ¡El totem sagrado no! Médico brujo enojar. Quemar esta casa. Yo me voy.
Sale corriendo.
Me quedo sola. Las hienas ríen.
—¡Oh, Bob Fosse! —Mis ojos se llenan de lágrimas—. ¿Dónde estás, Bob Fosse?
—¡Bien! —se dijo la escritora satisfecha y en eso el viento le rompió dos ventanas y le arrojó las macetas al piso, sin que ella se percate en su ensueño de gloria—. El éxito... —suspiró—. Función a sala llena... —volvió a suspirar—. Con Cecilia Roth como la aventurera intrépida, y Ricardo Darín como Bumba Catunga. ¿O Denzel Washington estaría mejor?
Y llena de confianza en el futuro, distraídamente aplastó un mosquito.
Sucedió que una noche, horas después de una llamada internacional, yo me senté en la cocina, miré mi pila de platos personal y decidí escribir una carta a éste maduro señor como si yo estuviera en África. Así al poco tiempo surgí como antropóloga intrépida y luego...
A la mañana, antes de cruzarme al correo a despachar la carta, la releí preocupada...y decidí fotocopiarla. Trabajándola un poco, se convirtió en este texto.
¿DÓNDE ESTÁS, BOB FOSSE?, años más tarde, fue un texto crucial para el crecimiento del blog. Empezaron los comentarios de desconocidos, pronto lectores amigos y la curva de visitas se empezó a elevar. Varios años después de haberlo escrito, lo sigo disfrutando. Acá lo tienen.
¿DÓNDE ESTÁS, BOB FOSSE?
Ah, cuando yo era joven. Vivía en Siberia, era feliz, no tenía sífilis, no había conocido a Bob.
Fue aquí, en África. Podía elegir a cualquiera, pero tuvo que ser él.
Me abandonó. Y aquí, en el corazón de África, planeo mi siniestra venganza, con el latir de los tambores del siniestro brujo de la tribu, quien gusta de la buena música cuando se prepara esos estofados de antropólogo australiano como sólo él lo sabe hacer.
—Diablos —se dijo la escritora y arregló la cinta de la máquina de escribir—. Cómo conmover a la platea, ésa era la cosa. —Qué difícil. Qué dura es la vida del artista. Y cómo están los mosquitos. Me gasto el sueldo en espirales y repelentes que no sirven para nada. Y el calor no se aguanta más: la remera se me pega al cuerpo pero si me la saco me van a ver los vecinos porque mi cuñado no viene a ponerme la cortina.
Es una noche calenturienta en África Ecuatorial y pican los mosquitos. Aquí en África la vida es dura, pero además es corta. Maldición, cada aforismo que digo me recuerda a Bob. No siempre la vida fue tan dura, después de todo. En realidad. En fin, que en África no hay dinero para mosquiteros, el sueldo se te va solamente en la quinina, y apenas hay que conformarse con cortinas de bambú. Pero soy una mujer curtida y un mosquito de más o de menos no es nada para mí. Si sólo tuviera a mi Bob.
Suena el teléfono. La escritora arroja al suelo un sombrero inexistente y lo patea. Es su cuñado, para decirle que no puede poner la cortina hoy y que mañana Camila baila jazz en la escuela y si no sabe cómo se vestían las bailarinas de jazz. Cómo habrán notado, el lema de la literatura de este prodigio de escritora es que nada se pierde y todo se transforma.
Decía que era una noche calenturienta y pican los mosquitos. ¿Ya les hable de Bumba Catunga? Lloro solitaria pero no estoy sola. Conmigo está Bumba Catunga, el fiel sirviente negro, que ronca panza arriba. Si en un rato no lo despiertan los mosquitos, lo sacudiré para que tome su quinina. Hace tanto calor que lloro y no se nota porque las lágrimas se evaporan haciendo señales de humo que dicen “¿dónde estás, Bob Fosse?”, “Te cavaste la fosa, Bob Fosse”, “te arrancaré los ojos Bob", etc...
Bob etc... salió a comprar cigarrillos hace veinte años y aún no ha regresado. Ahora debe estar mucho más viejo, prefiero al negro, pero se duerme. Es lógico, de día lo hago trabajar. Pero no es como mi Bob Fosse. Él cocinaba, lavaba, planchaba. ¿Dónde estás, Bob Fosse?
Las hienas ríen como mi destino. ¿Estarán digiriendo a mi Bob, etc...? Era tan pesado que podrían digerirlo veinte años. Era indigesto.
Bah, esto es una porquería, se dijo la escritora. El problema es que el negro está dormido, por eso es aburrido. Si estuviera despierto sería más emocionante. Lo voy a despertar.Tomé el látigo y le acaricié con él la espalda.
—Despierta, Bumba Catunga —que quiere decir “hombre con rulos”—. Necesito pasión ardiente. Si no me sirves, arrancaré el tótem del poblado otra vez y después te tocará lavarlo.
—No, por favor —en su voz temblaba la súplica—. Médico brujo hará mucho mal. Dice que ser arpía chiflada.
—Si, soy arpía y me gusta serlo y me gustó mucho ese totem la semana pasada, me gusta más que vos, pero no quiero problemas con la tribu y si no me satisfaces, te azotaré.
—Entonces azótame, me duele menos.
—Ah, mond dieu. Maldito seas, Bumba Catunga. No quiero lastimarte. Sólo bésame.
—Ama, es que si sólo te lavaras los dientes a la mañana...
—Imbécil, una aventurera como yo no se lava los dientes jamás. Bésame.
—Con la boca cerrada sí, ama.
—Maldita sea, quién dijo en la boca. ¿También querés que te haga un mapa?
—Dice médico brujo que francesa ser malvada.
—Ahí si me lavo, te lo juro.
—Eso dijo la semana pasada y no era verdad
—Me puse perfume.
—No insistas, amita, me duele la cabeza.
—Maldición, Bumba Catunga, empiezo a creer que eres un impotente, como dicen en el poblado. Dime que no es verdad.
—Es verdad. ¿Me venderás nuevamente?
—No, Bumba Catunga. Tu conversación me agrada y encuentro que ese totem me gusta mucho.
—¡No, ama! ¡El totem sagrado no! Médico brujo enojar. Quemar esta casa. Yo me voy.
Sale corriendo.
Me quedo sola. Las hienas ríen.
—¡Oh, Bob Fosse! —Mis ojos se llenan de lágrimas—. ¿Dónde estás, Bob Fosse?
—¡Bien! —se dijo la escritora satisfecha y en eso el viento le rompió dos ventanas y le arrojó las macetas al piso, sin que ella se percate en su ensueño de gloria—. El éxito... —suspiró—. Función a sala llena... —volvió a suspirar—. Con Cecilia Roth como la aventurera intrépida, y Ricardo Darín como Bumba Catunga. ¿O Denzel Washington estaría mejor?
Y llena de confianza en el futuro, distraídamente aplastó un mosquito.
lunes, 6 de noviembre de 2017
Estación en curva
Estoy en el metro de Madrid, con esa cercanía humana que te imponen los metros en todas partes del mundo y casi choco con una adolescente que se dejaba transportar soñando y aferrada materialmente a un caño del vagón.
Observo que se parece un poco a mí a los 17, pálida, de largo pelo oscuro y de cuerpo que las abuelas calificaban con simpatía de "rellenito". Lleva un short de jean (el uniforme), una camiseta blanca, sandalias y una conmovedora cadenita en el cuello con su nombre. "Carolina".
Carolina.
Es bella y aún no lo sabe, hermosa paradoja de juventud que admiraba Stendhal. Es una mujer niña, como se puede ser también, una mujer cisne. Se guarda la belleza en el bolsillo del short y sigue viajando en el metro.
"ESTACIÓN EN CURVA", dice una voz repetida por los parlantes.
¿Oíste , Carolina? Estación en curva.
Buena suerte.
Observo que se parece un poco a mí a los 17, pálida, de largo pelo oscuro y de cuerpo que las abuelas calificaban con simpatía de "rellenito". Lleva un short de jean (el uniforme), una camiseta blanca, sandalias y una conmovedora cadenita en el cuello con su nombre. "Carolina".
Carolina.
Es bella y aún no lo sabe, hermosa paradoja de juventud que admiraba Stendhal. Es una mujer niña, como se puede ser también, una mujer cisne. Se guarda la belleza en el bolsillo del short y sigue viajando en el metro.
"ESTACIÓN EN CURVA", dice una voz repetida por los parlantes.
¿Oíste , Carolina? Estación en curva.
Buena suerte.
lunes, 30 de octubre de 2017
Duérmete, que mañana será otro día
La madre,de veinte años y poco más, dice esas palabras como acunando el sueño del niño que, encogido, trata de dormir. Como pequeño soldado en la víspera del combate, sus músculos están rígidos.
¿Qué le espera mañana ? ¿burla de la maestra?¿grito de la profe de gimnasia?¿burlas de los compañeros? ¿U otro golpe más en el estómago que lo hará vomitar?
-Cámbialo de escuela- le dijo pragmática la maestra que se burla. Sin su participación decisiva, ésto tal vez ocurriría, pero sin respaldo de la autoridad. Y entonces tal vez, el pequeño soldado fuera un niño más, jugando en el patio.
Duérmete, que mañana será otro día, dice la madre en un susurro y deja un libro ilustrado con dinosaurios a un costado. Luego se recuesta en un colchón al lado de la camita de su hijo.
Está muy cansada. Las horas de oficina sellando libros no rinden para un departamento decente, y una madre sin compañía es el blanco fácil de esas pequeñas pero eficaces obreras de la ideología, bibliotecarias con las que trabajaba y maestras que encontraban un blanco aún más fácil en su hijo y a las que enfrentaba todos los días.
A la mañana salen juntos, dos soldados en terreno hostil.
Pero un día toda está pesadilla se terminará, se dice la madre. Y tal vez pueda contarla.
Ve a su hijo atravesando, tan solo y tan valiente, la puerta de la escuela. Se sacude el miedo y se va a buscar sus propia batalla diaria en las oficinas de la Biblioteca.
¿Qué le espera mañana ? ¿burla de la maestra?¿grito de la profe de gimnasia?¿burlas de los compañeros? ¿U otro golpe más en el estómago que lo hará vomitar?
-Cámbialo de escuela- le dijo pragmática la maestra que se burla. Sin su participación decisiva, ésto tal vez ocurriría, pero sin respaldo de la autoridad. Y entonces tal vez, el pequeño soldado fuera un niño más, jugando en el patio.
Duérmete, que mañana será otro día, dice la madre en un susurro y deja un libro ilustrado con dinosaurios a un costado. Luego se recuesta en un colchón al lado de la camita de su hijo.
Está muy cansada. Las horas de oficina sellando libros no rinden para un departamento decente, y una madre sin compañía es el blanco fácil de esas pequeñas pero eficaces obreras de la ideología, bibliotecarias con las que trabajaba y maestras que encontraban un blanco aún más fácil en su hijo y a las que enfrentaba todos los días.
A la mañana salen juntos, dos soldados en terreno hostil.
Pero un día toda está pesadilla se terminará, se dice la madre. Y tal vez pueda contarla.
Ve a su hijo atravesando, tan solo y tan valiente, la puerta de la escuela. Se sacude el miedo y se va a buscar sus propia batalla diaria en las oficinas de la Biblioteca.
miércoles, 18 de octubre de 2017
Pregunta
“¿ Qué es el Infierno?
¿Cuál es la sabiduría?
¿ Dónde está el Cielo?
— “A todo puedo, hombre, responder
Deja ante todo que esta noche
No esté sola y yo te diré”
A la madrugada siguiente
Tras el último beso
Yo me puse de pie
—La promesa del Cielo
Es el Infierno
—La promesa del Infierno
Es el Cielo
Esto es la sabiduría
miércoles, 4 de octubre de 2017
Los ojos que miraban las estrellas
Paso por una vereda. Tiene de techo el puente de la autopista y en ella una familia sin otro techo se refugia de la lluvia. Poseen unos colchones, unas mantas y unos libros.
Si la noche está despejada, ven las estrellas. Poseen el Universo.
Bajo el puente, la vida crece. Hay un pequeño niño entre los colchones y las mantas. Y un perro.
Lo dije. Poseen el Universo.
Y entonces se termina. El calor, el refugio y se terminan los colchones y las mantas.
Alguien llamó por teléfono o watssap y dijo: Cuidado, abajo de la autopista hay unos poseedores del Universo.
Y se prepararon, con palos y fuego. Nadie pero nadie debe poseer solamente, pobremente, como indigentes, nada más que el Universo.
Al día siguiente, unas pilas de volutas grises, las pruebas de que los colchones habían sido quemados. La familia y el perro ya no estaban.
Ahora hay una obra abajo del puente de la autopista. Todo está quedando diseñado y limpio y hasta verde. Vida vegetal , sí.
Los ojos que miraban las estrellas ya no están.
¿Dónde están?
Si la noche está despejada, ven las estrellas. Poseen el Universo.
Bajo el puente, la vida crece. Hay un pequeño niño entre los colchones y las mantas. Y un perro.
Lo dije. Poseen el Universo.
Y entonces se termina. El calor, el refugio y se terminan los colchones y las mantas.
Alguien llamó por teléfono o watssap y dijo: Cuidado, abajo de la autopista hay unos poseedores del Universo.
Y se prepararon, con palos y fuego. Nadie pero nadie debe poseer solamente, pobremente, como indigentes, nada más que el Universo.
Al día siguiente, unas pilas de volutas grises, las pruebas de que los colchones habían sido quemados. La familia y el perro ya no estaban.
Ahora hay una obra abajo del puente de la autopista. Todo está quedando diseñado y limpio y hasta verde. Vida vegetal , sí.
Los ojos que miraban las estrellas ya no están.
¿Dónde están?
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