domingo, 19 de abril de 2026

Dani

 Hace treinta y seis años, la madrugada del 19 abril de 1990, me tomé un colectivo 50.  Yo iba con contracciones cada cinco minutos rumbo a la Maternidad Sardá. Tenía 19 años y me acompañaba mi madre. Había, si, una persona ausente, evidentemente un imbécil. No vale la pena mencionarlo más.

    En el colectivo, repleto de trabajadores dormidos, nadie quería ceder un asiento para una embarazada con trabajo de parto. Cuando años después escribí mi novela El jardín de las delicias, ubiqué el viaje de Ulises al infierno dentro de un colectivo.

    El chofer dio una brusca frenada e hizo señas a un taxi. Con el taxi llegamos pronto a la Maternidad Sardá.

    Mi recuerdo de esa institución es difícil de definir. Para el trabajo de parto dejaban entrar a maridos y parejas, pero no a las madres de las embarazadas. Mi madre tuvo que darle dinero a una enfermera, que la dejó estar solo cinco minutos conmigo.

La nota de color la puso un libro que yo había manoteado de la biblioteca antes de salir de casa. Los que me conocen se reirán al leer el título: Guerra colonialista franco argentina 1938-1840.Libro furiosamente rosista escrito por un francés, Theogene Page. Todavía lo conservo y guarda unas hojas con las notas de una Paula de diecisiete años.

Bueno, las contracciones se redujeron a dos minutos y con celeridad a un minuto.  El libro, que no abandonaba, confundía a las obstetras.

Esta historia no es final sino un principio. Las peripecias son los condimentos de una historia ¿de aventuras? Puedo asegurar que me creía D'Artagnan.

Dani, mi hermosa hija, lleva el nombre Daniela por una canción que dice "pinta un mundo nuevo dentro de mí."

Ella y su hermano Ger, nacido dos años después, son una gran compañía para una madre escritora. Recuerdo sus ojos asombrados cuando les leía Canción de navidad, un invierno en Samoré a la luz de las velas o a una pequeña Daniela con fiebre oyendo La muerta enamorada de Théophile Gautier.

Hoy Dani es la autora de varios libros de historieta, ambientados en Barrio Samoré, en un Barrio Samoré mágico que dibujan sus manos. Y en la casa que comparte con su esposo Fede, tienen una biblioteca admirable y una gata que se llama Luba.

 


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