lunes, 23 de febrero de 2026

DUMAS Y YO

 


Alejandro Dumas es mi infancia, el sol en la cara, las fantásticas lecturas en el jardín de una casa de Villa Urquiza, en la ciudad de Buenos Aires, mi ciudad. Descubrí Los tres mosqueteros a los nueve años en una edición barata de Sopena, que aún conservo, pero que no me pertenecía: era de mi hermano Andrés, unos años mayor que yo y dueño de una no tan pequeña biblioteca de clásicos.

                Esa niña que fui era una lectora adicta y fantasiosa, soñaba con Artagnan, Athos, Porthos y Aramis, con la esgrima y las aventuras, las intrigas de Constanza Bonacieux y ese carácter táctico y violento de la vengativa Milady.

“Vos sois joven y los vuestros recuerdos aún tienen tiempo trocarse en dulces” Dice Athos a Artagnan. Esas últimas páginas sentí una tristeza desoladora y algo así como un vacío. Soñaba con que ese libro prosiguiera eternamente.

 Por ese motivo, abrí el libro por la primera página, dispuesta a vivir la aventura una y otra vez.

                Lo sigo haciendo. La construcción narrativa más fabulosa dota de vida a los mosqueteros cada vez que abro las viejas tapas. Artagnan siempre será la mejor cabeza de los cuatro, Athos siempre se hundirá en profundas cavilaciones y Porthos siempre será el hermoso Porthos. Aramis, por su parte, recibirá misivas de Tours, por siempre. La maquinaria hecha de vida, sentido del humor y sangre vuelve a funcionar, cada vez que abro esas tapas.

                En mi vida personal, en mi forma de vivir la amistad, en mi vida afectiva, los mosqueteros gravitaron siempre. Cuando a los dieciocho años quedé embarazada, repentinamente sola con mi decisión de ser madre, no podía dejar de pensar, quizás absurdamente, que Artagnan llegó a París a la misma edad. Y eso me daba valor. Y cuando escucho palabras imbéciles, aún hoy, sobre mi maternidad, algo así como una espada imaginaria aparece en mi mano y una sonrisa irónica en mis labios.

                Tal vez tenga que perseguir al misterioso hombre de Meung hasta el fin de mis días, no lo sé.

                Mientras, escribo estas líneas entre muchas otras. Y mientras, también escojo un tomo de Mis memorias, de Alejandro Dumas. Luis Pestarini me llamó un día desde Madrid y me preguntó si las tenía. Unos días después en Buenos Aires me entregó cuatro tomos rojos encuadernados en cuero. Sin duda el mejor obsequio que recibí jamás.

                 Unos días después de recibir los tomos de manos de Luis, conozco en la librería Yenny del Patio Bullrich a Arturo Pérez Reverte, autor del Club Dumas entre otras obras. Tuvimos una charla sobre los mosqueteros y luego el escribió sobre esa charla un breve cuento llamado La novia de D’ Artagnan.

 Ojalá existiera Ruritania es una frase de ese cuento y por supuesto es mía. Cuando leí El prisionero de Zenda, de Anthony Hope, en la querida colección Robin Hood, enloquecí con ese país de ficción que creí real. El castillo de Zenda, y todo ese maravilloso viaje de fantasía me conquistaron.

Todavía hoy suspiro, ojalá existiera Ruritania.

Siguiendo con Dumas, lo que más me fascinó de la lectura de sus Memorias fueron sus recuerdos de sus amigos actores y en particular actrices. Sabiendo que no quedaban registros de la actividad teatral, en cuanto a las interpretaciones, Dumas dedicó buena parte de esos cuatro tomos a recordar con profundo cariño a actrices como María Dorval. Dorval fue fundamental en sus primeros éxitos, cuando fue la primera actriz en aceptar el papel de Adela en la tragedia Anthony. (También cuenta Dumas que tomó su inspiración del gitano de Ivanhoe, de Walter Scott, para el personaje de Anthony).

Queridos amigos españoles me regalaron ediciones de los mosqueteros, algunas bellísimas.

Un 14 de julio me hice tatuar en el brazo izquierdo una Fleur de Lys. La marca de Milady de Winter.

                Por fin, hoy, en una preciosa caja de madera, tengo guardado ese viejo ejemplar de Sopena, el histórico, como lo llamó Andrés antes de regalármelo. Cuando veo es pequeño libro de tapas verdes, siento algo, parecido a la felicidad.

Y sé que mis amigos, los mejores, están entre esas tapas.

 

               

               

 

 

               

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