Conozco ministros desde mi infancia. El malvado cardenal Richelieu, el avaro y ladino cardenal Mazarino, y otros ministros de la historia que encarnaron en personajes más o menos caricaturescos, más o menos terribles.
A Conrado lo conocí por mi padre, de quien fue un buen y leal amigo.
Tenía, ya ex ministro y ex senador, un despacho cálido y luminoso sobre una avenida, con un secretario, un gran escritorio rodeado de plantas, una ventana que dejaba pasar la luz y era amplia y sin cortinas. Biblioteca. Foto del ministro entregándole a Diego Armando Maradona una copa mundial.
El despacho de un hombre que los había tenido en los frágiles palacios del poder narraba sus logros con modestia.
Algunas tardes de otoño (a él le gustaba mucho el otoño), me recibía para hablar de política con más amabilidad por parte de él que mía.
Era la lógica del poder y la lógica de la barricada. Un diálogo armónico, porque ni el poder es tan fuerte, ni la barricada tan débil.
Una tarde hablábamos del alzamiento militar de una famosa Semana Santa. Yo era una estudiante de 16 años, y él un ministro de gobierno. Los militares se habían acuartelado y las multitudes llenaron las calles y plazas, al grito de "Si se atreven les quemamos los cuarteles". Posteriormente, se discutió mucho la decisión del gobierno democrático de entablar una negociación con los militares rebeldes.
-Lo que pasa Paula-me dijo esa tarde Conrado- es que hubiera sido un baño de sangre.
-Pero nosotros estábamos dispuestos a enfrentarlos- exclamé.
Conrado me dio la lección de política más importante de mi vida.
-¡Paula! ¡mi hijo estaba allí!
El blog de Paula Ruggeri. Contacto: paula.ruggeri743@gmail.com
viernes, 19 de mayo de 2017
viernes, 5 de mayo de 2017
La Ninfa
La Ninfa
Su pequeña fuente para ella es un lago. No
importa que el ruido de las avenidas cercanas perturben las ondas de las aguas:
ella está ahí, por voluntad de un escultor, como un último chiste de artista
lanzado a la gran ciudad, antes de que se convierta en eso, una gran ciudad. Ahí,
en ese Jardín Botánico que es una paradoja viva, verde, y piedra, un retiro
para paseantes, para lectores y para enamorados.
Los escultores y los paisajistas trabajaron en
común: el jardín esconde varios secretos y uno de ellos es que una pequeña
escultura es completada por la curva de una planta colocada artísticamente
detrás.
Cualquiera que haya plantado un árbol sabe que
es una forma de poesía ¿cómo no iba ser maravilloso el trabajo de escultores y
botánicos juntos?
De niña, paseaba mucho con mi madre por este
gran jardín. La tierra de los senderos es roja (tierra traída, según mi madre,
de la provincia de Misiones, dónde está el Iguazú y su catarata)
Ella sabe de paisajismo: así como Carlos Thays
diseñó el Botánico de Buenos Aires, su bisabuelo el belga Gislain Espagne
diseñó los parques de la ciudad de La Plata, capital de la Provincia de Buenos
Aires, y una usina cultural, científica y artística como hay pocas. Contratado
durante la época de su fundación, Gislain se ocupó de hacer traer bulbos y
semillas de todas partes del mundo, trasladadas en condiciones severamente
indicadas por él, distintas según cada bulbo, para hacer de los parques de La
Plata una reserva de plantas y árboles que representara cada rincón del
planeta.
Mi abuela me contó que a Gislain un señor le
encargó un parque para su esposa. Bajo la ventana de ella había un terreno
yermo. Gislain trabajó en silencio con ocho jardineros toda la noche. La señora
durmió normalmente.
Cuando despertó, abrió la ventana para ver un
hermoso parque…
Volviendo a ella, la ninfa del Jardín Botánico;
ella está ahí para recibirte. No importa cuán gris pongan los autos y colectivos
el color celeste del día. Te olvidas las palabras histeria, desamor, pulsión,
sentido, displacer. Olvidas a Flaubert, a Merimee , a Freud y a Eva Sunnz.
Mírala, se mueve. Da la vuelta alrededor de la
fuente, ella te mira, no te mira, te busca con un movimiento de la mano, te
habla de amor, te susurra, te dice que la mujer tuvo siempre un cuerpo fuerte,
y que su seducción y la debilidad no tienen nada que hacer juntas.
Ella está acá, con su gracia, con su
movimiento juguetón impreso en la piedra por un escultor para que nunca olvides
que el amor es sólo un juego.
jueves, 6 de abril de 2017
Sueños como espadas
¿Es en sueños que
suspiré en tu pecho
un gemido de placer
pleno
de no ser Dos sino
Tres y Uno,
como el dios y el
misterio?
O tiene el dios que
nos sueña
a vos y a mí en
abrazo y desvelo
caprichos peligrosos
y perfectos...
...nos da sueños como
finas espadas
y escudos con la
consistencia de un sueño
jueves, 9 de marzo de 2017
Poema para un aqueo
SOY TROYANA
Caerás una noche,
voluble y errante
Marinero en tierra,
yo no soy tu amante
Yo soy una Furia que
viene a visitarte
Yo tengo una espada a
la que nada puede
La que de ti pende.
Yo llevo una daga
Yo llevo una lanza de
punta envenenada
Yo llevo palabras que
son cuchilladas
Yo llevo el aliento
cuyo aroma desprende
El llanto del cielo
que un infierno promete
Yo llevo una espada
de nervios hirientes
Palabras que te
abren, te desnudan
Te despojan de tu
armadura
Yo te invito a entrar
en el terreno
Donde la lucha se
libra con mayor denuedo
¡qué podrán tus
manos, por fuertes que sean!
¡qué podrá en mi boca
tu viril inteligencia!
Tú eres hombre, tu
poder
Es fuerza vana
Yo, mujer, tengo
palabras
Yo soy troyana.
Ayer lloré en los
muros
De mi ciudad
derribada
Cadenas de esclava en
mis pies llagados
Sombría y muda me
ataste a tu carro
En tu tienda sollocé
desnuda
Para vencerme no
usaste armadura
Hoy yo te he vencido
Escribo los versos
que son tu castigo
Caerás una noche,
voluble y errante
Te matarán mis labios
como ayer me mataste
La estrella que te
lleva te traerá mañana
Y aunque huyas, tu
pecho llevará mi espada
Caerás en mis brazos,
serás prisionero
De la eterna rosa que
es tu eterno sueño
lunes, 27 de febrero de 2017
LA REVOLUCIÓN EMPIEZA EN CUALQUIER SITIO
Es un lugar pequeño. Muchos caminantes sin duda lo rehuyen. Es una casa de comidas con aspecto descuidado. Ese descuido melancólico que a veces rodea lo que amamos demasiado. No puedo explicar muy bien ese concepto, porque no es un concepto. A veces los lugares descuidados lo son porque sus dueños trabajan mucho. Y no hay tiempo para decoraciones vanas, para diseños. No hay tiempo para el espejismo. Hay tiempo de volar entre las cacerolas, preparando y lavando lo que los albañiles, los taxistas y las escritoras del barrio van a comer.
De entrada me gustó el nombre de la pizzería. Chaplin. No sólo se llama así, sino que el recuerdo del cómico triste ronda por todo el pequeño local. Como si la melancolía del noticiero y el diario sobre las mesas de fórmica, mirados por solitarios trabajadores, no bastara, un póster desteñido de la película “El pibe” y un muñeco muy viejo de Chaplin nos recuerdan que el nombre no fue puesto porque si.
A Chaplin le hubiera gustado. La mujer de mediana edad y aspecto juvenil lava la lechuga con energía detrás de un mostrador desde donde el comprador ve cómo se prepara la comida, en cacerolas abolladas y ennegrecidas, algunas sin manijas. Hay un póster de socio de Boca Juniors lleno de hollín del dueño, Beto, que siempre con ojos de estupor comenta las últimas noticias policiales, con un asombro resignado, a veces insoportable, de la crueldad de la vida.(Beto siempre ve la crueldad de la vida, hasta en días soleados como el de hoy, cuando yo escribo sobre él y no lo sabe ni lo sabrá tal vez nunca).
Hace mucho que quiero escribir sobre Chaplin y hoy me dieron la ocasión.
La revolución empieza en cualquier lado. Eso lo declaré al principio. Un chico muy serio envuelve y entrega los pedidos. Desde hace tres años, me habitué a un diario abierto sobre el mostrador, que leía el chico muy serio. Al reclamo de atención por parte de Beto, cuando por concentración en la lectura el chico no reaccionaba, siempre envolvía la comida con un gruñido que los lectores conocemos muy bien. Pero desde hace una semana veo un libro. Fui tres veces en la semana y el señalador marcaba cada vez una página más avanzada. Hoy mi joven amigo estaba a treinta páginas del final. Envolvió mi pedido con un gruñido. El libro se cerró, desequilibrado por la cantidad de páginas pasadas y el chico gruñó más fuerte.
“No logo”. Un edición muy gastada, de tapas negras, con el plastificado roto. “No logo” de Naomi Klein, a quien nunca leí.
Me fui pensando que la revolución empieza en cualquier lado. Cualquier sitio es un buen lugar. Recordé mientras caminaba al escritorio a escribir esto la casa de madera de mi tío, el socialista hijo de italianos, que trabajaba en una jamonería y que tenia una biblioteca que envidiarían muchos escritores (y debo añadir que unas lecturas que a muchos autores les hacen falta). Recordé esa villa contruída por italianos donde con lámparas de kerosén, después de la larga jornada en la jamonería o en la papelera cercana a la villa, leían a Rosa de Luxemburgo, a Bakunin, a Byron, a John Dickson Carr, a Alejandro Dumas. No necesitaban ser escritores o intelectuales. El conocimiento no es para los que lo ejercen como medio de vida: es para todos. Es una riqueza humana que de un modo infame pretenden convencernos de que es privativa de quienes pueden pagarse estudios universitarios y pertenecer a la casta de los que poseen los medios del conocimiento, que son hoy día una casta burguesa comparable a quienes poseen los medios de producción, los que Marx quería distribuir entre el pueblo. Hoy los medios de conocimiento son también un pasaporte social que se compra caro. Pero a diferencia de mis ex compañeros de militancia estudiantil, los que gritaban “universidad para los trabajadores”, yo no quiero eso. Yo misma no necesito a la Universidad. Yo pude leer a Spengler y a Descartes y a Leibniz, a Schopenhauer y a Spinoza en un cuarto donde compartía dos colchones con mis dos hijos pequeños. Que se crean otros que necesitan un mediador entre los libros y ellos. Mi amigo, el que envuelve los paquetes en Chaplin, sabe que no necesita más que su hambre de saber y sus preguntas para empezar la revolución.
jueves, 2 de febrero de 2017
La sirena que visitó a Andersen
LA SIRENA QUE VISITÓ
A ANDERSEN.
Era alto, desgarbado, sus largas piernas
zancudas hacían reír a los niños, pero eso nunca le molestó. Las costas de su
imaginación estaban sumamente pobladas, al contrario de lo que pasaba con esa
playa fría en la que paseaba, murmurando. Murmuraba versos mientras caminaba, y
el viento del mar golpeaba su cara, mientras pensaba en ninfas y tritones y en
la tristeza de una sirena.
Se la imaginó pequeña
y pálida, enamorada de un príncipe al que rescatara de un naufragio. No tardó
en agregarle ojos negros al príncipe y ojos azules a la sirena. No era tampoco
difícil construir el castillo de las sirenas en el fondo del mar, todo podía
hacerse con coral y ámbar y caracoles, el castillo tenía además jardín y Hans
plantó en él árboles azules y rojos, que daban frutos de oro y flores de
azufre. Desde los jardines del castillo, se veía al sol como una flor púrpura,
de su cáliz los rayos de luz fluían y se ondulaban en las aguas.
Así se veía el hogar que la sirena
despreciaría por el amor de un hombre, y así caminaba Hans cuando vio que no
estaba solo.
Las olas rompían contra un peñasco y
sobre el vio a la sirenita. Era pálida,
gotas de sol y de mar resbalaban por sus escamas, y estaba en actitud de
espera.
A Hans no lo sorprendió. Apenas notaba
la diferencia entre los mares de su ensueño y el mar real. Con naturalidad se
acercó a la sirena y le ofreció su pañuelo, porque lloraba y era claro por qué
lloraba.
-El tiene ojos
negros-afirmó, mientras la sirenita aceptaba el pañuelo.
-Claro que los tiene.
Negros como dos piedras.
-¿Y qué harás?
-Nada. Nada me lo
puede dar. Tengo que aceptarlo. No tengo alma ni piernas. Soy la única
desalmada que puede cantar. La maldita bruja quiere que le regale mi voz. Y a
cambio me dará dos piernas. Con mi voz llegué hasta él y llego a todas partes.
No puedo perderla.
Hans
meditó. Faltaba mucho para el final del cuento y la sirena sufría más de la
cuenta.Lo increíble del caso es que en lugar de estar resignada, como
correspondía a su amor desmesurado, estaba enojada. Eso era un cambio en los
planes que no esperaba hacer.
-Encima-dijo la
sirena ofuscada-pretende que cada paso que dé con esas piernas me duela como
una cuchillada y me salga sangre.
-Pero tu amor lo vale
¿O no?
-Las cuchilladas me
las darán a mí, no a él- dijo furiosa- Me quiere cortar la lengua para darme
unas piernas que no funcionaran siquiera bien. Además el príncipe se la pasa de
fiesta en fiesta con esclavas que cantan para él y bailan.
“Y
ella danzaba y danzaba, aunque cuando sus pies tocaban el suelo era como si
pisaran afilados cuchillos”.
Andersen
suspiró.
-¿Qué quieres, al
fin?
-¿No lo sabes tú?-
los ojos azules, rodeados de brillantes lágrimas, sonreían también un poco.-No
quiero sacrificarme para amar. No quiero dejar de ser quien soy para fundirme
en el sueño de un hombre, al que no puedo hacer feliz sin ser feliz yo misma.
-Pasaran muchos años hasta que eso sea entendido,
sirenita.“Ella reía y bailaba con la idea
de la muerte en el corazón”-se entristeció el poeta-
- ¿ Qué puedo hacer?-sollozó la sirena
-Nada vale más que tu
libertad-sentenció Andersen-No debes aceptar ningún amor que te la robe para
siempre ni que te cause dolor.
La sirena le arrojó el pañuelo y
se rió de él.
- Ya lo sabía yo. Eres tú el que no
lo sabe.
Le dio un beso en la boca, le
sonrió por última vez y volvió al mar.
lunes, 30 de enero de 2017
Si prendes una vela...
PRENDE UNA VELA EN EL LABORATORIO
Paula Ruggeri
La figura en harapos
y de rostro oculto por vendajes sanguinolentos, de piel sucia color musgo,
hacía contraste con el juego de té de plata servido pacíficamente en una mesa
de jardín. Todo era plácido: los naranjos, florecidos, los limoneros aromáticos
y la señora de pelo rubio vestida de lino ubicada cómodamente en una silla de
herraje antiguo, sobre un almohadón bordado. Había otra silla más, desocupada.
Y el monstruo la miraba de pie, con esfuerzo entre las vendas que tapaban sus
ojos.
—Me
devolvió la vista —dijo con garganta gutural.
—Siéntate,
Urso —dijo ella gentilmente. Tomó un sorbo de té.
El
monstruo titubeaba al hablar. Parecía que cada palabra le dolía, mucho. Su voz
emergía de una tumba, como todo su ser.
—Tengo
la garganta llena de tierra —lloró Urso.
—Puedes
llorar ya —dijo ella, amable—. Te di los
ojos, no sabia que también las lágrimas, aunque claro, las lágrimas son
tuyas...
—No
me gusta mi trabajo...
—Urso
—suspiro la dama—, tendrás que aprender a ser un caballero. No tolero otra
clase de hombres. ¿Por qué no te sientas?
—Quiero
ver bien. Quiero recordar mi nombre. Mi madre, mi padre. Qué vine a hacer al
mundo.
—Tú
tienes un corazón Urso —dijo ella sin abandonar del todo la simpatía—. Verás, no
necesito tu corazón. Yo te traje. Soy tu creadora, hoy, así que toma asiento,
toma un poco de aire con tu dios. ¿Ves que brisa fresca corre este atardecer? El
verano es terrible, pero esta tarde es, no sé, piu bella
—No
se qué dice, señora —gimió Urso—. No me gusta mi trabajo.
—Pues
tienes más trabajo. Siempre lo tendrás. Y, oye, mañana será tu nueva jornada de
trabajo. Y como paga te limpiaré la garganta y ya no tendrás tierra. Luego
podrás descansar en tu lecho, en el cementerio, si quieres. Y a cada trabajo
que realices, te limpiare un poco más, los oídos, las articulaciones....
—Mis
piernas —gimió Urso.
—Tus
piernas estarán bien, pero, oye, Urso: tu corazón no debe ser un problema
¿oyes? No esperaba semejante inconveniente. Llora si te place, pero haz lo que
te indico. O te quitaré el corazón. Sabes que puedo hacerlo y entonces ¿qué
quedara de ti? Ojos, orejas, perfectas piernas, maravillosas. Y ni lágrimas, ni
risas, ni preguntas. Solo un asesino, lo que yo necesito.
—No
soy un asesino —murmuró Urso, pero ella no lo oyó.
—Un
asesino, todo lo que me hace falta, tu corazón, bueno, es un entretenimiento...
Te hace interesante.... Cuando vuelvas a ser un hombre, bienvenido será el
corazón. Claro de luna, copa de vino, noche, y cantar....
—Corazón
—dijo Urso y se echó a llorar.
La
mujer hizo un gesto de fastidio. Tenia sesenta años, era corpulenta, elegante y
tenía un leve acento italiano.
—Llora
otra vez —murmuró con fastidio—. Dolce far niente, Urso —dijo en voz alta—. Vete
a tu lecho. Ya mismo
—Todas las noches
muero lentamente y todas las mañanas resucito dolorosamente... —repitió el
zombi.
—Bien.
Y mi dueña es…
—Mi
dueña es la signora Giovanna
—Exacto.
De ahora en más, cada mañana cuanto te levantes respiras esa oración. Es el
inicio de tu trabajo. Tú haces lo que yo, la signora, te indica y luego la
signora sana tu cuerpo muerto y le da vida. Lo más importante son tus manos:
¿las sientes fuertes?
—Muy
fuertes —dijo Urso.
—Bien.
Esta vez no es mucha la fuerza que requiero. Una anciana dormida.
Lloraba. Sus manos
buscaron a ciegas el cuello de la anciana. Giovanna las guió suavemente. Ella
tocaba al zombi pero se cuidó bien de tocar a su abuela dormida ni nada del
cuarto.
—La
comtessa. 98 años. Millonaria. Le haces un favor, Urso. vamos, aprieta.
—No
puedo, signora —lloró Urso.
—Vamos,
ya está muerta. No habla, le dan de comer por sonda, vamos Urso. tenemos solo
veinte minutos. La enfermera volverá. Urso, no te limpiaré tu garganta.
El
zombi llorando apretó el cuello débil de la anciana, los dedos flacos de ella
parecieron cobrar vida, clavaron las uñas en la sábana y en la carne insensible
de Urso. Luego lanzó un aullido ahogado por las manos que atenazaban su
garganta y quedó repentinamente quieta y a la vez floja, como una muñeca sin
vida.
Urso
lloraba. Su corazón angustiado veló a la anciana. Se echó contra la pared y
sollozó convulsivamente.
—Urso,
estás ensuciando la pared —dijo Giovanna—. Y también hay que limpiar las uñas
de la comtessa. Tiene restos de tu carne. Vete ya, baja con cuidado, yo lo hago
—Mi
garganta —lloró Urso.
—Mañana.
Ve a dormir.
—Mi
paga —lloró Urso.
—Deja
de llorar, quieres.... tengo que limpiar lo que hiciste mal. Mañana te pagaré.
—Mi
garganta —amenazó Urso.
Giovanna
lo miro calma. —Repite tu oración. Muero lentamente cada noche.
—Muero
lentamente cada noche —dijo el zombi
—Y
resucito dolorosamente cada mañana
—Y
resucito dolorosamente cada mañana.
—Mañana
tu creadora te devolverá la garganta limpia. Da gracias.
—Gracias.
—Y
ve a dormir
—Dormir....
—Urso se fue con pasos torpes.
—Va
a ensuciar toda la casa —dijo Giovanna, heredera de la comtessa muerta.
Pero no la única heredera.
—Urso, invité a una
persona a tomar el té.
—Yo
no puedo tomar té. Mi garganta está sucia —lloró Urso.
—Esta
tarde la limpiaré, como doble paga. Tienes que matarla. Ella charlará, reirá,
es muy vulgar, sabes, estaremos en el jardín. Cuando se pinte la noche, en el
cielo sin luna, pues hoy no habrá luna ya sabes... tú vienes sin que te vea y
sabes qué hacer. El cuello. Pero no es todo.
—Pero
no es todo.
—No.
Di conmigo. Muero dolorosamente cada noche...
—Muero
dolorosamente cada noche...
Había tazas de té a
medio vaciar, una jarra de plata con olor a menta, un ramo de flores luciéndose en la mesa de plata labrada, una señora rubia, vestida de lino, elegante, y de pie
un monstruo que se miraba las manos, asombrado.
Un cadáver en la
tierra del jardín.
En
una silla colgaba una cartera con monogramas que indicaban que su poseedora
muerta, al menos en carteras, no reparaba en gastos. El cadáver en el piso era
una mujer de cuarenta años o menos, vestida de seda estampada de leopardo, pelo
rubio corto y tacos dorados. Toda esa costosa ropa vestía un cadáver. Las
lágrimas de Urso pronto empezaron a correr.
—Urso
—dijo suave Giovanna—, creo que es tarde para presentarte a mi hermana.
—Su
hermana. Maté a su hermana. Maté otra vez. Limpie mi garganta —lloró Urso
—Ahora
no. Antes deberás cargarla y llevarla a un lugar seguro.
—Mi
paga —rugió Urso.
—Muero
dolorosamente cada noche —murmuró Giovanna, mirando hacia otro lado, como si
Urso no existiera.
—Muero
dolorosamente cada noche y resucito dolorosamente cada mañana. Mi creadora —dijo
Urso.
—Ahora
yo traeré el auto y tú la cargaras en el asiento trasero. Cuado caiga la noche,
Urso, iremos al cementerio. Pedro nos abrirá y por unas noches, sólo por un
tiempo, le prestarás a mi hermana tu cama. Te puedo asegurar que ella no se
ofendería, no, no. Eres guapo.
—Mi
paga —dijo Urso.
—No
me fastidies y haz lo que te digo.
—El sombrero te queda
bien y la venda mejor —dijo la signora con simpatía—. ¿Cómo está mi hermana?
Urso
miro el asiento trasero del vehículo, un Mercedes Benz de los años noventa,
espacioso, de color celeste.
—Su
hermana está quieta —dijo la voz gutural.
—Así
me gusta.
—Sólo
se le mueve el pelo un poco.
—Qué
raro. Es el viento, pero mejor no cerrar las ventanas, ¿no?
El cementerio de noche. Ciudad dormida, su puerta tenía doble candado.
Por las rejas se avistaba el inmenso jardín de flores y cruces torcidas, las
flores, ese torpe cariño sin esperanza, las cruces, ese ruego de madera sin
demasiada fe. Había una puerta casi escondida entre la reja. Una puerta
pequeña, la de Pedro, el cuidador. Giovanna dio dos palmadas y se bajó del
auto.
—Te
quedas con ella hasta que te llame
Se
cubrió los hombros con un chal tejido de hilo de seda. Llevaba una pequeña
cartera, de esas que llaman sobres, bajo el brazo. Su vestido bailaba un poco
en el vuelo aéreo de las faldas en la noche. Zapatos de taco, color rosa.
Parecía que estaba en la puerta de un restaurante, no de un cementerio. Una
señora delicada, no alguien que conducía un auto con un zombi y un cadáver.
Sonreía un poco. Sabía lo que quería y sabía quién era, y le causaba un poco de
gracia. La hija de una gran familia adinerada que no tenia nada era una navaja.
Con sus discriminaciones, su dejadez, su abandono, su incomprensión y, por
último, su reparto injusto del dinero, tan sólo porque ella no era lo que
querían que fuera, habían fabricado su alma, le habían dado forma, la habían
convertido en una sutil navaja florentina, un diseño de Cellini. La fortuna
pasaría a sus manos, porque la navaja se clavaría en cada corazón que hubiera
en el medio. Y, además, tenía un esclavo, el esclavo que la biología y la
brujería juntas le habían dado, como un pacto con los dos poderes de Dios, sus
dos caras.
—Enciende
una vela en un laboratorio —le murmuró una vez, como broma, un compañero de
clase.
Una
vela, incienso, un libro de hechicería, un cadáver en una camilla, una aguja
perforando el muerto corazón... y ella, la bióloga, la mujer que nunca amó a un
hombre, la descastada de la familia Cencigni, ella era una navaja, y también un
dios. Y ahora todo sería suyo.
Y
acá está en el cementerio, con su falda aérea y su chal, sonriendo para si.
Dios y la navaja mataron a una hermana ahora y la lista sigue. Mientras, hay
que dominar a Urso. La preocupa un poco.
Pero
ahora da otras dos palmadas para que Pedro la oiga. Pedro no se domina, sólo se
paga.
Un
hombre viejo salió de una casilla escondida.
—Don
Pedro —dijo Giovanna.
—Signora.
Sin
decir más palabras, la signora mostró un fajo de billetes.
—Una
mitad por abrirnos la puerta, otra mitad por cerrarla cuando salgamos. El doble
por no decir jamás nada.
—Señora.
Tanto tiempo con los muertos me hizo muy silencioso. Y el dinero es bueno. Si
hubiera más gente como usted....
—Yo
te daré más, tendré ocasión, Pedro. Entraré con el zombi y una nueva vecina.
—No hay problema —dijo Pedro y extendió la mano. Recibió un fajo de
billetes y empuñó las llaves. La pesada puerta de hierro se abrió chirriando.
La signora se estremeció
—¿No
puede hacer menos ruido? —susurró.
—No
señora, como los muertos no se despiertan, nadie aceita la puerta.
—Pues
pago por que la aceite.
—Ah.
Me privaría entonces de uno de los pocos sonidos que me acompañan aquí. No lo sé. Veremos cuánto es la paga —en
el viejo se notaba un dejo burlón. Pero Giovanna no le prestaba atención.
Se
volvió a Urso:
—Urso,
abre la puerta del coche y carga a la signorina que asesinaste.
No
hubo respuesta.
—¿Urso?—
repitió con voz nerviosa la signora.
—Usted
la asesinó. Yo tengo la garganta sucia —dijo Urso desde el auto con voz gutural
pero firme.
—Ah,
Urso. No, fuiste tú. Tú con tus grandes manos viriles. Créeme, a ella le gustó.
Le gustaban los hombres, cuanto más fuertes, mejor. Yo soy un poco más
delicada. Por eso debes ayudarme y llevar a mi hermana a tu lecho en la tumba.
Así que....
—Yo
no mato —dijo Urso—, yo no cargo. Yo quiero mi paga.
La
doctora en biología, segura de si habitualmente, un tanto inquieta miró a
Pedro, pero éste se dio media vuelta y se encerró en su casilla. Se oyó la
doble vuelta de llave.
No
se podía contar con él. Lo había dejado claro.
—Muero
dolorosamente cada noche —empezó a decir Giovanna, aunque su voz no era muy
segura— y resucito dolorosamente cada mañana. Mi creadora es la signora
Giovanna y a ella me debo.
—Muero
lentamente cada noche —dijo Urso. Bajó del auto. Abrió la puerta trasera y
Giovana respiró aliviada.
—¿La
cargo? —pregunto el zombi.
—Cárgala.
—Debe
limpiar mi garganta —dijo Urso con el cadáver en brazos.
—Oh,
si —dijo Giovanna. Había recuperado la seguridad—, pero mira, estás cargando en
tus brazos a una exquisita mujer. Disfrútalo. Y la acostarás en tu cama. Claro, tienes unas horas antes del
amanecer... Antes del DIA hay que cerrar la tumba y tu vendrás conmigo, aunque
yo no soy tan joven... ni mucho menos sexy. Sólo tu creadora, una signora.
Caminando
por los pasillos entre las tumbas, seguro, Urso llevó el cadáver seguido de la
señora a una tumba que se notaba había sido tocada recientemente.
—Pedro
trabaja tan mal —suspiró la signora—. Tu cruz está torcida, Urso. No importa,
ahora habrá que sacarla. Deja a mi hermana en el suelo.
Con
delicadeza, casi con ternura, Urso depósito el cadáver en el piso.
—Ahora
mira. Ahí está tu nombre. Roger Ousseley. ¿Francés o inglés? Curioso.
—Soy
Urso —dijo él, confundido—. Quiero recordar a mis padres.
—Todo
se andará, ahora abre la tumba para dejar a mi hermana ahí. ¿Te gusta ella?
—Bella
—dijo Urso llorando.
—Bella.
Tuya. Duerme con ella. Yo no mirare. Ámala si quieres.
—Bella
—dijo Urso llorando y acarició a la mujer muerta.
—Urso —dijo
delicadamente la doctora unas horas más tarde. La noche había transcurrido a
oscuras y mientras ella se envolvía en su chal y suspiraba, paciente, pero atenta,
Urso había yacido con el cadáver. —Se acerca el día —dijo—. Deja a mi hermana y
tapa la tumba.
—Asesina
—dijo Urso.
—¿Urso?
¿Qué dijiste?
—Asesina
—repitió Urso, incorporándose—. Ella, bella y muerta. Tú, asesina.
La
signora se envolvió más en el chal y recitó inquieta...
—Muero
lentamente cada noche...
—No.
Esta noche no. Me llamo Roger Ouselley. Nunca maté una mujer en mi vida. Jamás
violé a ninguna. Limpia mi garganta.
—Muero
lentamente cada noche y resucito dolorosamente cada mañana —dijo Giovanna—.
Urso, entierra a mi hermana ya mismo. No hagas bromas.
—Signora.
Mi creadora. —Pacientemente, el zombi con sus manos comenzó a cubrir el cadáver. El pozo era profundo.
Lloraba.
—Maldito
sea tu corazón —dijo Giovanna—. Urso, casi llega el DIA. Déjala y vámonos.
Pedro nos abrirá.
—Signora
—dijo Urso—. Es mi primera noche sin morir lentamente, y no he resucitado
dolorosamente esta mañana.
—Qué
cosas dices, Urso —dijo Giovanna,
nerviosa. —Muévete. Pon la cruz en la tumba.
—Limpia
mi garganta —rugió el zombi—. Me llamo Roger Ousseley y soy francés, pero crecí
en España. Tengo esposa e hijos. Nunca maté a nadie. Nunca violé a una mujer.
—Pues
lo hiciste. Mataste a mi abuela y a mi hermana y esta noche violaste a una
mujer muerta. Tres horas. Nunca había visto eso. Apasionante. Eres un hombre
espléndido, Roger. Ahora pon la cruz, despide a tu amada y vámonos.
—Tú
morirás sino limpias mi garganta.
—Urso...
—Lentamente, Giovana extrajo de su sobre una fina aguja—. Te daré algo:
limpiaré tu garganta.
—Si.
Ahora. Mi paga.
—Ven,
Urso, abre tu boca
El
zombi se acercó. Sus manos estaban tensas. Giovanna vio eso y se preparó. —Abre
tu boca.
Y
clavó la aguja en el corazón.
El zombi trastabilló.
—Bruja
maldita —dijo su voz ronca.
—Asesino
—dijo ella sonriendo—. Violador. Asesino cuando yo quiero y violador cuando yo quiero, el tiempo que
quiera. Mi esclavo.
“Prende
una vela en un laboratorio, siempre”, había dicho ese estudiante riendo.
Prende una vela...
Si
prendes la vela... Con la aguja en la mano, tal vez la vela te proteja.
—Bruja
—rugió el zombi—. Bruja... Nunca maté a nadie pero te mataré a ti.
Giovanna
lanzó un grito ahogado. Corrió. La aguja cayó sobre la tierra y el chal voló en
el viento del cementerio...
Caminó por las
calles. Dónde dormir. Quién es mi madre, quién es mi padre. Limpia mi garganta.
—Muero
lentamente cada noche —dijo llorando a un hombre apurado.
—No
hay dinero, viejo —le respondió sin detenerse.
—...Resucito
dolorosamente cada mañana.... — se paró en la plaza del pueblo tapándose los ojos vendados con una mano
manchada de sangre. La poca gente de esa mañana en la calle somnolienta lo
señalaba asustada.
—Mi
creadora —alcanzó a decir antes de caer sobre la piedra gris de la ciudad
recién despierta. En su cuello tenia las uñas de ella y en sus labios el rezo
del esclavo.
jueves, 19 de enero de 2017
Duérmete, Príncipe Iván
...Que mañana será otro día.....
Y a pesar de sus calamidades y desgracias, el Príncipe de los cuentos se dormía, después de unos suspiros, confiado en las palabras de la Princesita Rana.
No voy a mentirles: me dolió cuando mi hija me dijo que en la época de la que ahora vamos a hablar, ella se dormía diciéndose: Duérmete, príncipe Iván, que mañana será otro día....
Un cuento infantil puede calmar a un niño, pero también amainar una tormenta....hasta el día siguiente.
Año 2001, gobierno o desgobierno de Fernando de La Rúa. No tengo trabajo, o en realidad tengo mucho trabajo. El 9 de diciembre de ese año murió mi padre. Por lo demás, tenía un trabajo: mi trabajo era contar cuentos y eso es muy serio.
Iba a la escuela dónde estudiaban mis hijos, a contar cuentos en el aula de 6 to grado....ese grado tenía la suerte de ser conducido por la seño Adriana, una maestra de avanzada, así que me dejó leer un cuento de 1911, de Jacques Futrelle...."La celda número trece"
Algunos chicos no habían ni desayunado y yo lo sabía. No se calma el hambre con palabras y también lo sabía.
Pero darnos por vencidos es peor que todo eso.
Y lo sabía. Abro el libro, busco el cuento, cuento rarísimo de un autor fallecido en el Titanic, y leo:
"El Doctor Van Dusen- miro a mi audiencia- era conocido como la Máquina Pensante....Era Doctor en Filosofía, Frenología, Medicina, cirujano dental, miembro de la sociedad de ajedrez, en el que era campeón mundial....-miro otra vez a mi audiencia. Ya abrieron mucho los ojos.....
La Máquina Pensante- sigo un tiempo después, apuesta poder escapar de la cárcel más segura del país sólo con polvo dental, los zapatos lustrados y una moneda-
Miró a los niños....En absoluto silencio, apoyan las cabezas en los pupitres y prosigo, sobre todo porque la maestra corrió a atender a una niña desmayada por hambre en el aula de al lado....
¿Lo logra o no?-pregunto y empieza una animada discusión.
De tarea, la maestra los conmina a imaginar como el protagonista escapa, y claro, cada cuaderno tenía una solución imaginativa, pormenorizada, perfecta...Con o sin cena, la tarea la hicieron todos.
Esos tiempos son pasado, pero no para todos...
Por eso, Duérmete, Príncipe Iván, si lo necesitas, acá está la Princesita Rana....
Y a pesar de sus calamidades y desgracias, el Príncipe de los cuentos se dormía, después de unos suspiros, confiado en las palabras de la Princesita Rana.
No voy a mentirles: me dolió cuando mi hija me dijo que en la época de la que ahora vamos a hablar, ella se dormía diciéndose: Duérmete, príncipe Iván, que mañana será otro día....
Un cuento infantil puede calmar a un niño, pero también amainar una tormenta....hasta el día siguiente.
Año 2001, gobierno o desgobierno de Fernando de La Rúa. No tengo trabajo, o en realidad tengo mucho trabajo. El 9 de diciembre de ese año murió mi padre. Por lo demás, tenía un trabajo: mi trabajo era contar cuentos y eso es muy serio.
Iba a la escuela dónde estudiaban mis hijos, a contar cuentos en el aula de 6 to grado....ese grado tenía la suerte de ser conducido por la seño Adriana, una maestra de avanzada, así que me dejó leer un cuento de 1911, de Jacques Futrelle...."La celda número trece"
Algunos chicos no habían ni desayunado y yo lo sabía. No se calma el hambre con palabras y también lo sabía.
Pero darnos por vencidos es peor que todo eso.
Y lo sabía. Abro el libro, busco el cuento, cuento rarísimo de un autor fallecido en el Titanic, y leo:
"El Doctor Van Dusen- miro a mi audiencia- era conocido como la Máquina Pensante....Era Doctor en Filosofía, Frenología, Medicina, cirujano dental, miembro de la sociedad de ajedrez, en el que era campeón mundial....-miro otra vez a mi audiencia. Ya abrieron mucho los ojos.....
La Máquina Pensante- sigo un tiempo después, apuesta poder escapar de la cárcel más segura del país sólo con polvo dental, los zapatos lustrados y una moneda-
Miró a los niños....En absoluto silencio, apoyan las cabezas en los pupitres y prosigo, sobre todo porque la maestra corrió a atender a una niña desmayada por hambre en el aula de al lado....
¿Lo logra o no?-pregunto y empieza una animada discusión.
De tarea, la maestra los conmina a imaginar como el protagonista escapa, y claro, cada cuaderno tenía una solución imaginativa, pormenorizada, perfecta...Con o sin cena, la tarea la hicieron todos.
Esos tiempos son pasado, pero no para todos...
Por eso, Duérmete, Príncipe Iván, si lo necesitas, acá está la Princesita Rana....
jueves, 15 de diciembre de 2016
Un cuento de Navidad
Siempre me gustó leer en voz alta. Soy una narradora oral hecha de improvisación y paciencia. No me asustan las largas extensiones, a mis hijos les leí novelas enteras.
Ese invierno, muy crudo y difícil en el plano económico, (es difícil mantener un hogar siendo una mujer sola con menos de treinta años, dos hijos y un trabajo que visto desde hoy, era perfecto: sellaba los libros en la Biblioteca Nacional.)
Ese invierno, resolví que era hora de acercar a mis niños a Dickens, el gran poeta de la prosa, el que hacía alquimia y convertía la tristeza en alegría y la escasez en abundancia. Después de más de una hora en el trasporte público, me senté con Dani y Ger (ocho y seis años), y me comprometí a leer un canto por noche de Canción de Navidad.
Recuerdo sus ojos, fascinados, desde la primeras líneas, y cómo no tengo el libro cerca, corrijanme si no era así: "Marley estaba tan muerto como el clavo de una puerta, aunque en el ramo de la ferretería lo más muerto debe ser el clavo de un ataúd".
Pero recuerdan, su fantasma encadenado le anuncia a un amargado Scrooge la visita de tres espíritus fantasmales: los fantasmas de las Navidades Pasadas, Presentes y Futuras.
Tuve que leer ese canto dos veces.
A la mañana siguiente los dejé durmiendo, para ir a sellar libros y ganarnos el pan.
A mi regreso, siete de la tarde, los niños también cansados de librar sus batallas personales en la escuela (los hijos de madres solas no son muy bien mirados por las señoritas maestras), arranqué con el primer Fantasma.
Estaban fascinados. Comenzó un amor por Dickens y por esa historia que continúa hoy.
Lo más increíble pasó en el cuarto canto: El Fantasma de las Navidades futuras, aquel que muestra a Scrooge su propia tumba. Llegué a casa de trabajar y habían cortado la luz.
-Maravilloso-susurré, imbuida de un espíritu dickensiano. -Encendí una vela y a la luz amarilla y escasa, terminé de leer la historia. Sus rostros infantiles, sus grandes ojos verdes, la emoción en sus pequeñas manos, son una visión que jamás olvidé.
A la mañana siguiente, yéndome a trabajar, sorprendí un movimiento en la camita de Ger.
Estaba despierto, tan temprano, y con el libro entre las manos, leyendo.
-Quería saber que se siente si lo leo yo, Me dijo.
Y mis ojos se llenaron de lágrimas. Y están llenos de lágrimas ahora.
Ese invierno, muy crudo y difícil en el plano económico, (es difícil mantener un hogar siendo una mujer sola con menos de treinta años, dos hijos y un trabajo que visto desde hoy, era perfecto: sellaba los libros en la Biblioteca Nacional.)
Ese invierno, resolví que era hora de acercar a mis niños a Dickens, el gran poeta de la prosa, el que hacía alquimia y convertía la tristeza en alegría y la escasez en abundancia. Después de más de una hora en el trasporte público, me senté con Dani y Ger (ocho y seis años), y me comprometí a leer un canto por noche de Canción de Navidad.
Recuerdo sus ojos, fascinados, desde la primeras líneas, y cómo no tengo el libro cerca, corrijanme si no era así: "Marley estaba tan muerto como el clavo de una puerta, aunque en el ramo de la ferretería lo más muerto debe ser el clavo de un ataúd".
Pero recuerdan, su fantasma encadenado le anuncia a un amargado Scrooge la visita de tres espíritus fantasmales: los fantasmas de las Navidades Pasadas, Presentes y Futuras.
Tuve que leer ese canto dos veces.
A la mañana siguiente los dejé durmiendo, para ir a sellar libros y ganarnos el pan.
A mi regreso, siete de la tarde, los niños también cansados de librar sus batallas personales en la escuela (los hijos de madres solas no son muy bien mirados por las señoritas maestras), arranqué con el primer Fantasma.
Estaban fascinados. Comenzó un amor por Dickens y por esa historia que continúa hoy.
Lo más increíble pasó en el cuarto canto: El Fantasma de las Navidades futuras, aquel que muestra a Scrooge su propia tumba. Llegué a casa de trabajar y habían cortado la luz.
-Maravilloso-susurré, imbuida de un espíritu dickensiano. -Encendí una vela y a la luz amarilla y escasa, terminé de leer la historia. Sus rostros infantiles, sus grandes ojos verdes, la emoción en sus pequeñas manos, son una visión que jamás olvidé.
A la mañana siguiente, yéndome a trabajar, sorprendí un movimiento en la camita de Ger.
Estaba despierto, tan temprano, y con el libro entre las manos, leyendo.
-Quería saber que se siente si lo leo yo, Me dijo.
Y mis ojos se llenaron de lágrimas. Y están llenos de lágrimas ahora.
jueves, 1 de diciembre de 2016
El hombre de la Ferrari
Buenos Aires, eterna como el agua y el aire, desnuda en sus calles recuerdos para que sean relatos. Un día fuiste joven y los buscavida de toda clase se abalanzaron con la educación de los vampiros sobre vos. Es una ciudad y la ciudad la hacen sus habitantes, es una ciudad afecta a lo gótico.
Cuando la situación económica no es buena, provee ayuda al sufrimiento de los fumadores. Inventa máquinas baratas para armar cigarrillos, tabaco en paquete, cigarrillos sueltos, y cajas de cincuenta cigarrillos, muy baratas, con unos cigarros espantosos.
Esos últimos estaba fumando yo, veintidós añitos, bolso con libros que vendía por esa época, y vestida humildemente con un top (cortito de tan pobre), y calzas grises (las negras salían diez pesos más).
Esperaba a mi marido de entonces en la esquina de San José 05, mítico bar dónde se reunían editores, ilustradores, autores y aficionados a la ciencia ficción.
Fumando esperaba cuando asoma por la calle un auto lustroso y lustrado, rojo fuego, que atónita descubrí, era una Ferrari.
Se estaciona justo dónde estoy yo y baja un hombre, de unos 35 años, elegante, o sea, un marciano.
.-Quería preguntarte¿ dónde conseguís ese tabaco holandés?- dijo con voz educada.
Un marciano, evidentemente.
- No, le explico - no son holandeses, son reberretas. Los consigo en Constitución.
-¿Me convidás?- Lo aspiró cómo a un exquisito tabaco holandés, pero yo sabía que era teatro.
-Te invito a cenar- dijo impertérrito, a lo que me negué un par de veces.
Valoré que me comprendiera. Estaba esperando a mi marido.
Saludó, y subió a su Ferrari con el cigarro todavía humeante entre los dedos.
Cuando la situación económica no es buena, provee ayuda al sufrimiento de los fumadores. Inventa máquinas baratas para armar cigarrillos, tabaco en paquete, cigarrillos sueltos, y cajas de cincuenta cigarrillos, muy baratas, con unos cigarros espantosos.
Esos últimos estaba fumando yo, veintidós añitos, bolso con libros que vendía por esa época, y vestida humildemente con un top (cortito de tan pobre), y calzas grises (las negras salían diez pesos más).
Esperaba a mi marido de entonces en la esquina de San José 05, mítico bar dónde se reunían editores, ilustradores, autores y aficionados a la ciencia ficción.
Fumando esperaba cuando asoma por la calle un auto lustroso y lustrado, rojo fuego, que atónita descubrí, era una Ferrari.
Se estaciona justo dónde estoy yo y baja un hombre, de unos 35 años, elegante, o sea, un marciano.
.-Quería preguntarte¿ dónde conseguís ese tabaco holandés?- dijo con voz educada.
Un marciano, evidentemente.
- No, le explico - no son holandeses, son reberretas. Los consigo en Constitución.
-¿Me convidás?- Lo aspiró cómo a un exquisito tabaco holandés, pero yo sabía que era teatro.
-Te invito a cenar- dijo impertérrito, a lo que me negué un par de veces.
Valoré que me comprendiera. Estaba esperando a mi marido.
Saludó, y subió a su Ferrari con el cigarro todavía humeante entre los dedos.
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