viernes, 27 de febrero de 2015

SEDA ROJA




¿Se lleva la blusa entonces?
Si contestó Elsa. Qué hermosa era. Pero qué cara. Nerviosa miró a los costados, pero sólo se vio a sí misma, haciendo algo que no debía. Múltiples espejos devolvían su mirada de culpa y sentía que hacía ecos el temblor de su voz.
¿Quiere ver un foulard? Intencionada, Camila, la vendedora,  desplegó un divino rectángulo de seda verde sobre el mostrador—. Y con un brazalete en animal print.  Es soñado suspiró Camila
Ay sollozó en silencio Elsa—. Ustedes me van a matar. Es todo precioso
¿Se lo lleva, no? ¿Paga con tarjeta? Hay tres cuotas con Visa y con el Citi seis sin interés.
Pago con Visa.
Diligente, mientras una empleada envolvía, Camila pasó la tarjeta por el posnet.
No se va arrepentir le dijo sonriendo.
Claro que no exclamó Teresa.Pero te pido un favor… No puedo cargar tantas bolsas.
¿Se lo ponemos en la cartera? —dijo Camila, comprensiva. Está todo envuelto en papel de seda, si tiene sitio en la cartera…
Le dejó Elsa manipular su cartera con un raro sentimiento de impotencia, porque lo pidió ella misma.
Así dijo Camila satisfecha—. Todo acomodado, sin arrugar. Qué maxibolso divino. Es de la temporada pasada. Entran nuevos, pero más cerca de la Navidad explicó—. No nos dedicamos a las carteras, pero un modelo siempre hay.
Pero Elsa escuchaba el silencio del posnet y empezó a sentir angustia.
Va a venir un bolso en pitón dijo Camila—. ¿Le gusta el pitón? Es un print elegante.
“Por fin”, retuvo el aire Elsa. El posnet escupió papel , la birome saltó sobre el mostrador y, con aire ya indiferente, la vendedora dijo:
Le pido una firma, un número de documento y un teléfono.


A veces decía “Fondos insuficientes”. A veces decía “Secuestrar tarjeta”. Esta vez salió bien.
Sí. Salió bien, pero tenía miedo y unas incontenibles ganas de llorar.
Caminó aferrando la cartera como si su muerte fuera en ella. Cruzó esquinas, llegó a una avenida y paró un taxi con manos temblorosas.
Déjeme en esta esquina pidió, como si rogara por su muerte y contó los billetes que saltaban rebeldes del monedero. El taxista, un hombre joven, la miraba sin decir palabra. Contó los billetes arrugados y en montón.
Suerte le dijo mientras bajaba.
Caminó cinco cuadras, cruzó esquinas y calles, y llevaba la muerte en la cartera. Cuando iba a poner la llave en la cerradura la puerta se abrió de golpe. Un hombre grande de tamaño y de edad, fuerte, con un cigarrillo en la comisura le arrancó el bolso.
Oscar, yo… lloró Elsa tratando de rescatarlo.
Rompí las tarjetas, pero pediste reposición ¿no?
Elsa sólo lloró.
_¡No podemos vivir, Elsa! ¡No podemos! No te casaste con un hombre rico.
Ella lloró muy queda.
La voz ronca desnudó insultos dirigidos a la nada.
¿Cómo pagó los arreglos del auto, Elsa? Explicámelo. ¿Cómo pagamos las expensas? ¿Cómo comemos? Puta madre sollozó Oscar.


Ustedes me va a matar dijo Elsa con el corazón preso de angustia. La criminal esta vez era una blusa de seda roja.
Pero si es divina murmuró la vendedora indiferente. ¿Se la guardo en la cartera?


El mismo ritual, el taxi la dejó a cinco cuadras, y las caminó con la muerte en la cartera.
Cuando entró en su departamento la sorprendió el silencio de la voz ronca. No veía a Oscar por ningún lado.
Habrá salido.
Rauda, sacó la blusa de la cartera, envuelta en papel de seda, y la metió en el aparador. Allí entre bijouterie, telas de todo tipo y zapatos número 35 que nunca fueron usados, guardó esa muerte que llevaba oculta.


Todo era blanco menos la camisa leñadora de Oscar. Las paredes, el ambo del médico, la luz blanca para ver las placas.
El estudio vaciló el médico.
Oscar estaba sentado enfrente del hombre de blanco, con unas placas negras  entre ellos y unos Marlboro asomando de la camisa.
Dígalo.
Tiene unas tumoraciones.
Cáncer dijo Oscar, con su voz más ronca que nunca. Rió. Rió muy fuerte, con muchas ganas—. Doctor, permítame —sacó un Marlboro frente a la mirada impotente y desconcertada del médico.
Fúmelo. Para que no me olvide. Lo peor no es morir, lo peor es ser olvidable.
Y se fue sin querer oír más, con una carcajada.


Elsa llamó al entrar.
Elsa se acercó con prudencia.
¿Qué te compraste hoy? preguntó Oscar sonriendo y tirando una gran bolsa blanca por el aire.
¿Qué es eso? dijo Elsa, sintiendo la verdadera muerte.
Las fotos de unos tumores. Quiero verte linda. ¿Por qué no te ponés lo que te compraste? prendió un cigarrillo.
No fumes,  mi amor lloró Elsa.
Bah —dijo él y abrió el aparador. ¿Creíste que no lo había visto?
Sacó la blusa envuelta en papel. La desenvolvió.
-Hermosa. Ponete esto.
El hombre de setenta años con el cáncer en la garganta, con la voz más suave que podía murmuraba.
Hermosa. Hermosa mujer mía
Elsa se sentía sollozar sin poder hacerlo. Dejó que colgara de su cuello los collares, que con suavidad perforara con dos perlas sus orejas, que preguntara por inocencia sobre la tela de las blusas dobladas, esas blusas de seda salvaje que se apresuró a esconder y nunca usó.
¿Esta blusa roja? ¿Qué tal? dijo el hombre ronco sonriendo.
Elsa lloró.
No enronqueció él—. Mírame. Eres hermosa. Te amo.
Elsa lloró.
El desabotonó su vulgar blusa estampada….
Se sintió llorando desnuda. Y él puso sobre sus hombros la hermosa blusa de seda roja.
Oscar susurró.
Elsa dijo Oscar ronco y girándola despacio, muy suave y despacio, la besó hasta la garganta.

domingo, 15 de febrero de 2015

LAS GRULLAS DE EMIKO





Creo que las novelas de aventuras marcaron mi destino…Soñar con Malasia…(playas aburridas, diría Steve), imaginarme en tormentosas cubiertas, advirtiendo a la fragilidad humana que no me rendiría fácil, porque él, el Corsario Negro, me miraba a mí, rubia por un rato, y llamándome temporalmente, Honorata de WanGuld…
Todo claro, hasta cerrar las páginas del libro y abrir otro…Sí, mi afición a las aventuras entre dos tapas, produjo otra, irredimible y para siempre: mi sentimiento de amistad, amor, lealtad, a todos los aventureros y las aventureras.
Así conocí a Steve, y compartimos inolvidables hazañas culinarias en un par de calentadores eléctricos, y tardes mirando y debatiendo cine. Steve Seal, un ciclista joven, que había ahorrado con su trabajo de electricista en una fábrica de Melbourne durante 9 años para cumplir su sueño de recorrer el mundo en bicicleta, me recriminaba suavemente, al verme lagrimear con las películas: No es verdadero, decía con su fuerte acento australiano…Son sólo películas…Ficción
Reconozco que me hacía sonreír.La más fantasiosa de las películas parecía más real que ellos, Steve y Emiko, esa pareja de ciclistas que desde Alaska a mi casa, parecían tomarse todo con la misma filosofía
—Es cierto que el mundo es asombroso—decía Steve.
—Pero también es cierto que la gente se parece en todos lados—decía Emiko.
En Alaska comieron oso, y en otros lugares, iguana.
—La iguana parece chicken—me dijo Steve.
¿Y acá, en Buenos Aires? Bueno, les gusto la polenta, harina de maíz, hervida en agua. Y también el almidón de maíz. No son platos gourmet, pero son la energía que necesita un deportista. Y cargaron varios paquetes de harina de maíz en sus alforjas. Es además, el maíz, comida económica…
—Los argentinos tiene suerte—dijo Steve—. En Australia no hay opciones. Los pobres comen comida para perros.
Emiko se engripó. Acostada en la colchoneta de mi cuarto, intentaba repararse física y mentalmente de la pedaleada por la Patagonia(sí, sí recuerdo bien su larga travesía a fuerza de pedaleo, fueron bajando hacia el sur del continente por Chile y subiendo a Buenos Aires por la costa atlántica, haciendo desvíos cuando algún lugar interesante atraía su curiosidad). La velocidad no les interesaba, ni hacer marcas ni records, se perdían con gusto si perderse valía la pena: así es que el trayecto desde Alaska, había insumido seis años. Pero sí, me contó Emiko, le gustaba fantasear con el Guiness, era la primera mujer en emprender una vuelta al mundo en bici hasta la fecha.
Steve necesitaba hacer trámites de embajada, buscar repuestos, preparar el aspecto práctico de su sueño: de un puerto de Brasil, el plan era subirse a una barco a África y pagar el pasaje trabajando.
Yo me ocupé de ayudar a Emiko con su cansancio. Cocinaba arroz, le llevaba té, y charlábamos mucho.El arroz pasó a tener un pequeño y dulce valor: un plato de esos granos hervidos valía una hermosa sonrisa de Emiko: “como mi mamá”, me decía. “Ella me hace arroz de niña.” Se quejaba de su español, pero se hacía entender perfectamente.(Hablando de La Sonrisa de Emiko, creo que a alguien debería pintar un cuadro que se llame así.)
Emiko me repetía, riendo, que la cuidaba como su mamá en su infancia.A mí me gustaba y a ella también.
El improvisado cuarto de huéspedes estaba lleno de libros. Como escritora, no me gusta que me fotografíen frente a bibliotecas. Como madre, tengo montones de fotos con mis hijos en brazos frente a ellas. Yo volvía de un fracaso matrimonial con cien cajas de libros. No había ni un metro cuadrado para las bolsas de dormir de Steve y Emi, pero todos mis llamados para conseguir otros anfitriones fracasaron.
—Bueno—dije, y trabajé con esas cajas hasta lograr un dormitorio aceptable. Había mucho polvo por los libros, pero se los veía contentos. Ni qué decir la ayuda que representó su presencia para mi terremoto emocional, cocinar con Steve, charlar con Emi…
En Japón, me explicó Emiko, no contratan mujeres como periodistas de deportes. “Entonces pensé en dar la vuelta al mundo en bicicleta, así me contratan”, dijo con una simpleza tan maravillosa como su armoniosa complejidad. Claro, entonces la contratarían y así fue. Todas nosotras resolvemos nuestros problemas así,¿verdad? A eso me refiero con armoniosa complejidad. Cuando alguien es bellamente complejo, se ve simple. Se ve amistoso, como Emiko. En su corazón y en su mente está la piedra filosofal, la alquimia que torna y define los sucesos, los malos, los buenos, sonriendo.
Porque yo preparaba arroz para una mujer que había cruzado el Estrecho de Bering, y que había dormido noches y noches con su pareja en medio de selvas calientes y bosques helados, oyendo pisadas de animales, sintiendo presencias, me contaron ambos, fantasmales.
Pero en mi hogar, por las noches, se oía otra noche, tal vez, dolorosa. Era la casa de mis padres, esos que criaron cuatro hijos en los trágicos ‘70 argentinos. Una noche mi padre lloró. Y otra noche gritó.La guerra nicaragüense era un fantasma, como el periodismo en la noche siniestra de los ’70. Lloraba dormido, gritaba…
Esa noche, Steve tomó mi cabeza, gacha sobre la mesa de la sala, y suavemente me masajeó el cabello. Me dio un beso en el pelo, y volvió a su cuarto. Era de madrugada.
Ah, mi  padre…Tenía el consuelo del tango, pero no funcionaba siempre.
Disculpen que diga que el héroe sano es como el Unicornio: tal vez existe. Mi padre no era un unicornio.A la mañana siguiente, Emiko se levantó y nos pidió unas revistas. Con gran habilidad hizo varias figuras de pájaros, las unió con un cordón, y con una vieja llave de bronce, las colgó de una ventana.
—Para que se cure tu papá—me dijo con su sonrisa.
Ellos se fueron.
Cargaron sus alforjas, repartieron risas y abrazos.
Steve dijo: —Nunca digo adiós. Digo: hasta Luego.
Así fue.
Las grullas volaron con la brisa de la ventana durante años, hasta que un día sus alas decidieron salir por la ventana abierta, y usar un viento fuerte, fuerte, viento sureño, que volaba, con sus grullas, a Australia.
Anataga Hoshii Des,  Emiko.

jueves, 5 de febrero de 2015

Miss Pamela, su profesor de historia y los riesgos del revisar el pasado


El Doctor Ferdinand Papirus se clavó los anteojos en la nariz para mirar mejor a su aplicada alumna de Historia, la señorita Pamela Johannesburgo. Pensó amargamente que le había contado la escabrosa historia de Barbazul sin lograr excitarla, verdad es que tampoco se había excitado con el amorío de Carlos II de Inglaterra y la opulenta Duquesa de Cleveland. Ni siquiera se había dado cuenta de que no había sido en la Edad Media. "Por cierto", se dijo amargado, "este punto del programa, el medioevo tardío de Ciudad Gótica, tampoco la va a excitar. Tal vez deba agarrarla de los pelos, romperle la camisa, mirarla los ojos y decirle...

"Miss Pamela, sólo el Marqués de Sade le daría a usted clase de historia, ya que contarle las cruzadas a usted es verdademente sádico".

Pero jamás lo haría. Tenía setenta años, era un doctor de Oxford y debía resignarse a...

—¿Profesor? —Miss Pamela lo miró fijo con dos grandes ojos interrogantes.

Se resignó completamente.

—En el Medioevo tardío, Ciudad Gótica era un caos. El robo y el pillaje eran moneda corrientes, bajo una tiranía despótica que hambreaba a la población. Los pobres comían lo que podían, que no era mucho, pero ellos sí lo eran... muchisimos. Las estudiantes rubias estaban famélicas y los profesores no se veían mucho mejor. El Rey Fernando I predicaba la austeridad a través de sus heraldos, que lograban pedir un gesto patriótico a la población antes de que se los comieran en las plazas. Este rey era austero: sólo hacía cuatro festines por semana, una vez al mes una orgía romana y cada tanto bebía perlas en vinagre; tenía, eso sí, dos hijos disipados, disolutos y por completo imbéciles, en cuyo criterio confiaba plenamente. Los señores feudales de Ciudad Gótica no lo destituían por imbécil sólo para que no asumieran sus dos hijos, más imbéciles que él. El rey Fernando, siguiendo el buen ejemplo de Calígula, que nombró senador a su caballo, nombró a un caballo de su establo ministro plenipotenciario. Decían que era un caballo brillante, le cepillaban el pelo cien veces por día, razón por la cual lo perdió muy pronto. Caballo decidió que el problema de Ciudad Gótica era la pobreza y resolvió eliminar a todos los pobres. Para esto tomó un paquete de medidas... —se interrumpió, indeciso y desconcertado, al ver a su alumna haciéndose sensuales masajes en el cuello. Se quitó los anteojos, se restregó los ojos y volvió a colocárselos. ¿Estaba soñando?
—Miss Pamela ¿le gusta esta historia?
—Oh, yes —suspiró ella, inequívoca—. El período de Ciudad Gótica a. B. (antes de Batman), me parece fascinante.
—¿Quiere cenar conmigo? —el anciano profesor la miró ardientemente con sus ojos miopes, agrandados por la lujuria. Era demasiado bueno para ser verdad.
—Tal vez si me sigue contando esa fascinante y excitante historia gótica, pero antes me pondré algo cómodo, si quieres, sírvete algo de beber.
Los gustos de las estudiantes de Historia inglesas son inexplicables.

Tardes y mañanas. Horas y horas… Luego de desparramar su pecho abundante sobre el exhausto pero feliz profesor Papirus, Pamela suspiraba y jadeaba un poco.
—Cuéntame algo más de esa fascinante Ciudad Gótica a. de B.
Y apenas el profesor balbuceaba algún nuevo detalle histórico del Caballo ministro y del Rey Fernando... Pamela comenzaba suavemente a jadear de nuevo.
Un día, el profesor Papirus, que era el hombre más feliz de Oxford, decidió investigar un poco más sobre ese período de Ciudad Gótica, sobre el que, a decir verdad, no sabía tanto. Y fue a la biblioteca.
No había mucha información. El rey Fernando, con la población hambreada, había nombrado ministro a su caballo. Hasta el advenimiento de Batman, eso era todo. Hasta que leyó, en una gruesa enciclopedia, una anotación en lápiz “Cavallo metió a todo el pueblo en un corralito bancario”
Eso excitó su viejo instinto de historiador. Algo olía raro. La historia no podía ser tan simple. Llamó a su viejo colega el profesor Girlon, de Cambridge. Le respondió levemente furioso.
—Mira —le dijo—. La historia de Ciudad Gótica necesita una buena patada revisionista y no hablo del revisionismo que revisa los saldos de las librerías de viajes de Notting Hill. No había ningún caballo, salvo los de la policía montada que reprimían a los manifestantes. En Ciudad Gótica fue un simple hombre ministro de economía, llamado Domingo Cavallo el que realizó una incautación en gran escala de los ahorros y el dinero del pueblo que llamaron corralito. También redujo salarios, pagó jubilaciones de miseria, hizo despidos masivos y hundió a Ciudad Gótica en la ruina.
—¿No era un caballo?
—No —se impacientó Girlon—. Mira, mejor lee… —y a continuación le dio una bibliografía completa que Papirus anotó en su libreta.
Dos días después, con la vista cansada, se presentó en el aula. El aula no era la vieja aula, a esas alturas del siglo XXV, nadie estudiaba historia, así que ahora el profesor tenía una cama plegable, un televisor de plasma, aire acondicionado, un espejo en el techo y Miss Pamela estaba sentada en un silloncito rojo. Lo único que quedaba de la vieja aula era el pizarrón y la costumbre de Pamela de traer un cuaderno para disimular.
Papirus olió excitación. Comenzó la clase con voz ronca.
—Como sabes, preciosa Pamela, hay una corriente historiográfica llamada revisionismo, bueno, la conoces. Suele decir que lo escrito es mentira y escribir una mentira mejor. Pues según el revisionismo, y esto te va encantar, sabemos más de Ciudad Gótica antes de Batman…
—Soy toda oídos —dijo Pamela con un leve jadeo. Se desabrochó un botón.
—El caballo, en primer término…
—Ah —dijo Pamela y se desabrochó dos botones.
—No era un caballo —dijo feliz Papirus— sino un hombre, un ministro de economía, llamado Domingo Cavallo, que hizo tan horrendos ajustes económicos en los salarios… Pamela ¿qué le pasa? —dijo Papirus desconcertado.
Pamela se estaba abrochando la blusa y colocándose los anteojos. Se levantó y tomó su cuaderno. Miro fríamente al profesor a los ojos.
—No era un caballo —dijo, helada como el hielo.
—No… pero sabes, eso lo dicen los revisionistas.
—No me importa —dijo ella—. No era un caballo. Adiós. Ya no hay hombres —dijo amargada y dejó el aula.
Papirus se dejó caer en su silla de profesor. No entendía nada. ¡Qué importaba Ciudad Gótica antes de Batman! ¿Debería haberle hablado de Batman? ¿Traer un álbum de fotos de equitación?
Definitivamente, ya no entendía a las mujeres.
Se sentía viejo. Anotó mentalmente cada insulto que le iba a decir al doctor Gilmor. Por los problemas académicos que le había causado su revisionismo, por supuesto.

martes, 30 de diciembre de 2014

Uno, dos, tres milagros

Pensando qué escribir esta tarde que viaja rápido a la noche, con esos segundos de color turquesa oscuro que desde mi escritorio (una pequeña mesa inglesa que adoro), no veo pero presiento, oyendo a George Harrison cantando a su Dulce Señor por la eternidad, pienso qué escribir acá, esta víspera de despedidas y festejos.....
Y encontré entre mis 200 post, creo que son más, éste por el que tengo predilección. Sin pasión por la vida, los libros y la familia, no hubieran sucedido estos Milagros Inesperados....

 MILAGROS INESPERADOS

Otra caja. La abro con dificultad. Otro libro para sellar.
Otros, en rigor. Eran unos 70. Pasa Guillermo burlándose. "la Cátedra de Sellado Uno Y Dos" "Borges", me decían también.
Era cierto, yo tenía 24 años, unos jeans de calce justísimo, tops ajustados y muy largo el pelo y solía hablar de Blaise Pascal, o de Cicerón. Mi incorrección recibía el castigo apropiado, no se preocupen. "No te pagan por leer", gritaba la jefa, Beatriz.
Un sello en la portada, otro cada cien hojas, y uno en la última página.
La última página de ese libro tenía una inscripción de puño y letra.
Jorge Luis Borges, Adrogué, 1941. Y una serie de citas....
No importa el largo periplo de esos libros.  Fue una mano amiga salida directamente de una caja, fue un guiño,  un apretón de manos.....un milagro inesperado....
Procesos Técnicos de Libros tenía luz eléctrica y ni una ventana.
Ahora nos vamos  de ahí.
Al Sol y al Verde.
Nadie más para jugar al futbol con mis hijos pequeños que yo misma. Les enseñaba lo poco que sabía y esos fines de semana de padres solos enseñándo a patear la pelota a los retoños, la compartían con esta mamá que hacía lo propio.Un lunes los niños no tuvieron clase y yo dije:Perfecto, todo el parque para nosotros....Y con su ropita de deporte y nuestro pequeño arco de goma inflable, nos fuimos a jugar al futbol al parque cercano....
Era raro...unos hombres, más de una docena, de físicos perfectos, corrían alrededor del parque en orden militar.
Un auto negro estaba estacionado dentro del parque.
No nos dejamos inmutar. Inflé el arco y comenzó el tiro al blanco.Dani metió varios goles, Ger estaba orgulloso de su buena zurda. Tenían menos de ocho años. "Vamos" los arengaba yo....gritando, jugando al DT...Así lo hacíamos siempre, nuestro arco infable era el más importante del mundo.
Y entonces el auto negro dio la vuelta y se estacionó a pocos metros de nosotros....Yo me asusté, alzé a los niños de a uno, levantamos campamento y quisimos irnos...pero no, no terminamos de irnos cuando seis de los hombres vestidos de futbolistas corrieron a nosotros como un relámpago, y formaron fila mientras pasábamos sonriéndonos, brazos en la cintura....casi riendo.....
Pasamos delante de ellos avergonzados....tenían el rostro curtido por el sol, y ropa de fútbol de verdad...y cómo sonreían....
Pocos días después, un lunes pasé en taxi y el taxista me dijo, señalándolos: ¿Los ve? Son el plantel de San Lorenzo, que a veces entrena acá.
No sé sus nombres y supongo que tal vez están retirados....
Pero no los olvidé, con sus sonrisas, nunca...
Ahora el cielo se vuelve nocturno. Muy nocturno. Dani tiene catorce años y estuvo en la escuela desde las doce del mediodía. Casi no comió nada y carga con una escultura en arcilla húmeda, que por turnos llevamos en brazos...Yo llevo un pan en el bolsillo,es para que lo coma  ya sentada, por fin, en el colectivo, rumbo al hogar....
Pero son Siete las calles que hay que cruzar para llegar a la parada. Y el colectivo 47 pasa cada 45 minutos...y hay hambre y frío y un cráneo de barro chorreante, que hace de mi hija un pequeño Hamlet que cuestiona, cuándo llegaremos, cuándo comeré....Me da un poco de verguenza decir que nuestros medios eran más bien escasos, que yo había cruzado treinta calles caminando con el pan en el bolsillo, y que nos encanta Dickens.
Estamos a una cuadra y vemos al 47. Para. Estará levantando gente, pienso.
-No llegamos ni corriendo y con el cráneo no puedo correr-dice Dani.
Pero el colectivo rojo y negro no se mueve. Seguimos caminado y no se mueve. Y unos diez minutos después, estamos arriba y sentadas al fondo, mirando la nuca de ese hombre misterioso, que es chofer de colectivos, y un ser único que nos salvó esa noche....


sábado, 20 de diciembre de 2014

Salomé y Juan

Rojos son tus labios.....suspira Salomé
Roja tu lengua, rojas las rosas del jardín....
Roja la seda en la que quiero dormir, mi corazón es rojo como el corazón rojo de los muertos....como la roja sangre del guerrero....
Rojo es el amor de mi corazón....
Tengo una boca roja secreta-susurra Salomé....la tienes abriendo una puerta con tu férrea dureza....

Y Juan , él, que bautizó la Vida,  huyendo de la muerte, la besó.....

jueves, 11 de diciembre de 2014

OLGA DORMIDA




Olga está dormida. Cuatro AM.
Un párpado empieza a abrir.
No hay un rayo de luz. Se oye la respiración pausada de Nico y los primeros movimientos del bebe. Su mama de 16 años, duerme profundamente. Su hija. Su nieto. Y Nico el chiquito. Esa es su familia. Y por ellos abre los dos ojos seis días a la semana, a las 4 AM.
El despertador irrumpe la noche.
Entonces Olga, que está dormida, se despierta.
Tiene los dedos agarrrotados de frío. Duerme con una sola frazada, los chicos, con dos, el nieto, bien abrigado con sus enteritos de friza y sus pañales sequitos.
Olga se despierta, se envuelve en ese saco de lana que está a los pies de la cama y sacude a su hija por los hombros.
-Vamos.Las madres no son vagas-le dice.
-Mamá-se queja la chica y sonríe al bebe.
Olga va a la cama de Nico, su hijo de ocho años y le pone su propia frazada sobre las otras.
Camina hacia la cocina, chica, despintada y calienta agua para un par de mates. Un par. No más.
Mate y lima de uñas. Sus uñas deben estar perfectas. Sobre la mesa hay unos veinte esmaltes de colores.
Elige uno azul noche. Está de moda.
Son esmaltes baratos, pero como dijo su profesora en el curso que hizo para trabajar en esta profesión: “No importa si no es lindo, importa que se vea lindo”.
Con ese arte que sólo una manicura tiene se lima y pinta las uñas.
Se pone una blusa y un pantalón gastado. No le alcanza para comprarse ropa. Pero en la peluquería le dan una chaqueta blanca y con logo…..Y el pantalón…bueno, nunca le dijeron nada.
Mira las pequeñas camas una vez más antes de cerrar la puerta.

Empuja. Empuja-Empuja más. La espalda del hombre se curva y Olga pisa el suelo del vagón. Otro empujón, esta vez sobre la espalda de ella. Casi lo agradece. Por fin está dentro de ese vagón atestado dónde la gente, como una masa informe que respira al unísono, apretujada hasta límites del nazismo, va a trabajar.
Se tambalea y no hay donde caerse. No un centímetro de piso libre. Pasan las estaciones y la gente pega patadas al tren, por no poder subir.
Olga cierra los ojos y dormita un rato.
Pronto toca el colectivo. Y como va a Recoleta, dónde no trabaja tanta gente, a veces se sienta.  El colectivo ruge, la bocina suena, el chofer grita….Olga está sentada.
Respira aliviada

Entra apresurada, murmurando saludos: llegó a horario. Abre una puerta, hay varios guardapolvos colgados, entre ellos está el suyo, que lavó la semana pasada. Mira con ojo crítico: está para un lavado. Busca uno de los tantos que hay sin nombre bordado, y estruja el suyo hasta hacerlo un bollo y esconderlo. A la noche se lo llevará.
Diez de la mañana
-Quiero dorado-dijo la mujer. Era rubia, era alta, era vieja y era arrogante- Con un semicírculo negro en la base de la uña.
-Se usa mucho-repuso Olga.
-Ah, no, yo quiero ser original-dijo la rubia.
-Dorado y negro es muy original-repuso Olga- Si quiere poner esta mano aquí.
-¿Redondas o cuadradas?
-Redondas no se usan, cuadradas.

Dos de la tarde.
-¿Quiere elegir un esmalte? Ofreció y abrió el estante de su mesita donde guardaba colores por docenas.
-¿De qué marca son?
-Hay de distintas marcas. Todas son buenas. ¿Qué color?
-Un rojo sangre. Bien sangre. ¿Tenés?
Olga sonrió. Tenía cinco frascos, era el color más solicitado.

Nueve de la noche. El dolor de cabeza la estaba destrozando. Dejó el guardapolvo, tomó el bollo de tela para lavar, ese que tenía su nombre bordado, y lo metió en la cartera.
Pasó por caja.
-Te estoy liquidando-dijo el dueño. Le pagaba el 30% de que lo había trabajado en el día.
-Olga-dijo al pagarle-Una cliente se quejó. Dice que tenés un temblor en las manos y le hiciste mal el trabajo. Por favor atendé eso porque a una manicura no le pueden temblar las manos.
Se sintió muda….
-¿Escuchaste?-dijo el dueño.



Olga está dormida. Sabe su sueño que el despertador va a sonar. 9, 8, 7….
Olga sueña que está en el tren y no puede bajar. Sus piernas no se mueven.
6, 5, 4….
Mis piernas….grita.
Sus piernas están rígidas. No se mueven.
Ay, mis piernas-gime.
Mamá-dice Nico desperezándose. Tiene ocho años-¿Qué te pasa?
-Se oye un llanto ahogado-Dormí nene,  mamá está bien.
-Despertaste al bebe-reprocha Lucía ¿Qué te pasa?
Nada- ya se me está pasando-Pero su corazón sabe que algo no anda bien y se colma de angustia.
Pasa un rato hasta que por fin puede mover las piernas……
Empujar en el tren, respirar el aire respirado por decenas de personas, sentir que se ahoga y bajarse del tren semi ahogada. El colectivo no le guardó asiento. El tren y el colectivo son para ella cosas animadas, con voluntad.

Entra. Saluda. Va a buscar el guardapolvo.

-Un esmalte de Chanel-sonríe Olga.
-Ah, sí. Todo lo que elijo en esmaltes, en Chanel. Tienen colores únicos. Me doy el gusto-sonrió la mujer, de unos cincuenta años muy elegantes y pelo rubio tan, pero tan planchado….
-¿Cuadradas?
-Ay, no mi amor. Siempre las llevé redondas y no voy a cambiar ahora.
-Es más elegante. Por favor, ponga esta mano acá.
Tomó el esmalte rojo bordó….y su mano empezó a moverse sola incontrolable, el temblor en las dos manos, pero una tenía el Chanel…ahora roto en el piso.

-Te estoy liquidando un resto del mes-dijo el dueño- Agarrá tu plata, tus cosas, y te vas.-
El fajo de billetes era muy pequeño.
-Hacete ver. Cuidá la salud.
Olga caminó hasta la salida y no quiso saludar a nadie.

Olga está dormida. Sueña que no puede correr el colectivo. Son las cuatro de la madrugada. A las seis dan cincuenta números en el Hospital.
Es como respirar en el tren pero respirando además el llanto de los niños y las quejas de los enfermos….
-¿Cuánta espera? Es un chiste?-dijo la enfermera, gorda  y de piernas gruesas y siguió su camino pegando codazos.
-Preparate madre, le dijo una voz de mujer detrás de ella- De acá salís al mediodía con suerte.
Miró la hora en su celular. Las ocho
Llantos de niños. Quejas. Gemidos. Charlas insípidas.
Las horas pasaban caminando.

-Nombre, edad, dónde vive.
El médico garabateó algo en una planilla.
-Siéntese y cuénteme.
Olga contó. Rauda, casi feroz, sus síntomas.
-Perdí mi trabajo.
-¿De qué trabajaba?
-Soy manicura- Dijo Soy. En tiempo presente.
-Mal empleo para una enferma de Parkinson. Garabateó unos rectángulos de papel y selló y selló  y selló.
-Se hace estos exámenes y vuelve cuánto antes.

4 am- Olga está dormida. Tiene una mano caída de la cama y un ojo semiabierto.
Tiene miedo. Sus piernas. Ay-llora. Y sigue durmiendo.

-Bueno-Dijo el médico al fin- sacó una caja de un armario y varios blisters y  muestras de medicamentos. Anotó como siempre, apurado- Va a tomar esto según estas indicaciones. Vamos a tratar de aliviar esa rigidez. Y vuelva en dos meses.
-¿Voy a volver a trabajar?
-Vaya al Servicio Social. Subsuelo.
-Y escribió otra orden.
Olga caminó por el hospital con el manojo de papeles en las manos.
-Guarde eso madre que lo va a perder- rezongó una enfermera.

6 am- Olga duerme. Duerme más. Hoy no suena el despertador.
Hoy no hay tren ni colectivo, ni médico, ni nada.
Siente un llanto suave. Es su nieto.
Lucía ya se está moviendo.
Olga se levanta,  se pone el batón y susurra a su hija: seguí durmiendo, yo me ocupo.
Alzo al nieto. Se sentó con él y lo acunó.
Los primeros rayos de sol entraban por las rendijas….
Olga miraba a los ojos del bebé de seis meses…
El bebe la miraba a ella.
Pensó ¿cómo nunca me di cuenta de lo hermoso que es mi nieto?
Y la luz rosada del amanecer iluminó su sonrisa….