Por esos meses, yo hacía caminatas solitarias. Caminaba sola entre los árboles en flor, primavera veloz en mi vida, primavera que me daría una hija en el otoño. No era que estuviera sola, estaba con mi murmullo, mi murmullo ingobernable, saliendo del corazón para hablarle al alma, diciendo un simple: ¿Qué hacemos?
Todavía no había cumplido 19 años, faltaba poco. Las calles, las cortas veredas de mi barrio de Lugano, estaban cercadas por pequeños árboles de cerezo, que le daban a mi llanto silencioso su aroma..
No lo sentí, pero el universo de las hojas lustrosas, las flores de cerezo abiertas, dorándose al sol para dar su fruto, decían con un murmullo más lento, más ágil y gozozo que el mío: estás bien, y está bien el fruto de vientre... y los malos sueños, los murciélagos negros y sus risas soeces, se irán, tan lejos y tan abajo, que un día no los recordarás más...
Un día tendrás una niña y sostendrás en su pequeña mano un lápiz... con prudencia.. para que dibuje sin lastimarse... Creerás que así se divierte, pero es el comienzo de su viaje, igual que vos comenzaste a viajar con la voz de tu abuela recitando poemas, hace años que parecen siglos...
No oía. No oía al sol y sus rayos, ni a la brisa de prmavera, ni a la flor de cerezo...
Caian mis lágrimas pensando en dónde vivirìa, en quién le darìa trabajo a un madre de menos de veinte años, sin anillo en el dedo, sin más apellido para su hija que el propio....
Así que caminaba sin mirar nada, cuando oigo una voz que me llama.
—Perdoname —dice un hombre.
—Perdoname —repite.
Tiene el pelo canoso, una camisa blanca y un pantalón caqui. De golpe soy conciente de que tengo una blusa blanca sin llevar sujetador y una pollera verde ajustada. Todavía mi vientre se siente pequeño.
—No debería decirte esto porque soy un viejo para vos. Pero me parecès un hada.
Lo miré muda. Algo quería decirle, pero no salía.
—Perdoname —repitió y se empezó a alejar, girando la cabeza para hablarme.
—Sos un hada. Sos un hada de la noche...
Dijo esto y se fue. Caminado, todavía mirándome, dobló la esquina.
Y yo seguía de pie, mirando por dónde se había ido. Con las ganas más fuertes de mi vida de gritar.
QUEDATE. Quedate conmigo, por favor...
—Quedate conmigo —dijo un hilo de voz...
Y él ya había doblado la esquina.
El blog de Paula Ruggeri. Contacto: paula.ruggeri743@gmail.com
lunes, 16 de septiembre de 2013
miércoles, 28 de agosto de 2013
ROMANCE DEL PAJARO Y LA FLECHA
“ Seré una Curadora y amaré todo cuánto crece, todo lo que no es árido”
Éowyn
Un guerrero
cruza el desierto. Su mirada es sed. Su pecho es sed.
Es
el último entre ellos. Siempre hay un último soldado. Cualquier desierto lo
hallará perdido y nadie más que el desierto lo hallará. Lo buscarás, mujer, y
creerás que lo has hallado una noche, pero solo su brazo te abraza, su corazón
sigue en el desierto. En el desierto hay sólo voces. Hay voces de pájaros
muertos. Cantan sus hirientes trinos solo para el soldado del desierto. Hay
voces de espadas muertas, voces de niños muertos, voces de libros que ardieron
para siempre y silencio del viejo guerrero. El viejo guerrero puede ser más
joven que vos, y siempre será más viejo. Eso no lo podés remediar. Tampoco lo
entenderás nunca. Por eso el brazo que te abraza recuerda el desierto.
Entonces, no lo busques. Sólo podés esperarlo. Así hace la mujer.
La
mujer espera lejos. Ella quiere esperarlo. Hace veinte años que lo está esperando.
Veinte es igual a veinte. Nadie va a negar eso. Veinte años es igual a veinte
siglos. Pueden negarlo, no me importará. Ella aviva las llamas, cuando solo
queda una brasa, enciende el fuego nuevamente y se sienta a esperar otra vez.
Ese es el único fuego perenne. Cuando la biblioteca termina de arder, el fuego
muere. Pero el fuego que prende la mujer que espera, no se apaga nunca.
Hay
otra mujer que espera. Esa mujer está esperando más cerca. Tras el desierto,
hay la montaña, tras la montaña, hay el bosque, tras el bosque está la llanura
eterna, tras la llanura eterna, está la fina arena, la fina arena se pierde en
el mar. Tras el mar, está el hogar del
viejo guerrero y el fuego perenne. Eso es muy lejos. La otra mujer que espera
es una joven. Vive en el bosque. En el bosque hay árboles de flores rojas.
Cuentan que las flores rojas son de sangre de otra joven. Por amar a un
guerrero, dicen, la ataron al árbol y le prendieron fuego del que muere. La
joven ardió hasta el fin y ese fue el fin del fuego, y nacieron las flores
rojas. El guerrero era el último guerrero y se fue al desierto. También hay
árboles con troncos rojos. Altos árboles, de madera dura como la roca. Son los
guerreros que cayeron antes del desierto. Todos los guerreros caen antes del
desierto, menos uno. Ningún guerrero sabe nunca si él será el último guerrero.
Los guerreros se miran silenciosos antes de la batalla. A uno lo elegirá la
muerte, para que mantenga su recuerdo en el mundo de los vivos. Es eso, mujer.
La muerte llegó y lo eligió y no podés competir con ella. Vos parís vida, la
muerte mata. ¿Qué recordará el guerrero? La vida es paciente y temerosa,
trabaja y ara, besa y arroba, abraza y desvela, envuelve y danza, calla y
trabaja, llora y ríe y es una vieja en el hogar, una novia en el altar, una
amante poeta, una campesina en el campo de girasol. La muerte no es paciente ni
laboriosa y no permite el olvido. Y vos, hombre, la muerte no es como la mujer
que te abraza para que te olvides de todo, la muerte te elige y te da la memoria
para siempre. Quiere que te vean las campesinas en el campo de girasol, que
trabajan y ríen hasta que aparece tu figura, fuerte y cansada, tu espada negra,
tus jirones de sangre y tus cicatrices, entonces se callará la risa y la joven
ignorante de la muerte sabrá que la muerte existe.
Pero
el bosque es misterioso. Flores rojas, árboles altos.
En
el bosque hay una casa.
En
la casa está Nausícaa.
Nausícaa
está de pie en la tierra. Llega a su rostro el aroma de las flores y también el
lento silencio del viejo soldado. Está viejo porque cree que ya lo sabe todo.
Él no cree en misterios. Nausícaa tiene largo cabello negro ¿por qué? Nausícaa
canta ¿por qué? Nausícaa sabe que él llega y lo espera ¿por qué? Misterios que
nunca develará el viejo soldado, ni yo tampoco.
Llega
hasta él el murmullo interminable de la joven. Nausícaa, sin embargo, no abre
los labios ¿por qué?
El viejo guerrero camina bajo la sombra de los
árboles altos, las sombras de antiguos guerreros; el aroma de las flores rojas,
la sangre de una joven amante; sintiendo el aullido, el murmullo de Nausícaa
que se le antoja un curso de agua. Su boca es sed, su pecho es sed y sus altas
piernas son tan fuertes, más cansadas cuanto más fuertes. El arroyo, cree, lo
llama y descansará.
Pero el arroyo es una joven. Ella sonríe.
El soldado se
detiene, asombrado.
Nausícaa sonríe
más. El viejo instinto hace al soldado sonreír.
Nausícaa
lo interroga con los ojos.
Él
no dice nada.
Por
fin ella dice su diálogo
-Extranjero. No parecés vil ni
necio.
El viejo soldado la sigue a la casa, come,
bebe, ávido desgarra el vestido de Nausícaa y ella solo sonríe, para él siempre
sonreirá. Y al fin, cuando calmó su sed, él se durmió en su regazo.
Y la sonrisa de
Nausícaa se esfumó. Él ya no recuerda que debe decir. Ella sí.
“Te contaré una historia”
“Un naúfrago llegó a una playa y en ella una
joven jugaba...”
Nausícaa
se torna grave. Él está dormido. Está muy cansado. Y cree que lo sabe todo. Eso
le hace sentir compasión de él. Más de la que ya siente. El amor se pierde en
el recuerdo, junto con la compasión. Nausícaa piensa en sí misma.
“ Una vez hubo un naúfrago. Se
parecía a vos. Estaba cansado. Necesitaba un madero, algo a que aferrarse ...
...y halló una joven
...y luego partió”
“La joven siempre estaba ahí. Antes
de que él llegará. Y se quedó cuando él se fue. Y él jamás volvió.
“Sé muchas cosas, soldado. Soy
mucho más vieja que tú. Sabía que vendrías. Sabía que me desearías. Y sé que te
irás.”
“Solo podés dormir un tiempo”
“Crees que querés ese fuego. El
hogar. La mujer que siempre espera. Pero vos , soldado, sólo buscas la muerte.
El hogar. El fuego fatuo.”
“ Conté la historia del soldado y
la rosa. Canté el poema del cielo y del infierno. En mis manos está el paraíso,
pero vos no lo querés. Dolor y muerte. El desierto y el mar. Tu destino no es
el hogar, es el viaje. Nunca llegarás. Dormido, te aferrás a mí. Mañana te
irás. No sabés que cuando llegues al hogar, tu viaje habrá terminado, la paz
habrá llegado pero la vieja guerra no será olvidada. Volverá en tus viejas
heridas, una y otra vez. La vieja espada
enmohecerá y a tu alrededor caerán muros que nunca fueron fuertes y todo será
el recuerdo de la muerte...”
“Tu
espada es lenta y su hoja inflexible y dura. Pero nada es más dulce para mí. Y
aunque hiciera lo que siempre quise, atarte a mis piernas por el fin de los
tiempos, vos te vas por tus viejas heridas, tus cicatrices se hacen sangre y
deberé dejarte partir, al desierto donde la sangre deja de correr...”
“ Porque tu destino es el viaje y
no el hogar.”
El
viejo soldado se movió, inquieto y abrió los ojos.
Nausícaa sonrió.
“Hubo un soldado y hubo una rosa.
Ella estaba herida y él estaba
cansado”
“Se hallaron a orillas de un lago”
El sueño volvió.
Nausícaa
sonrío para sí.
“Sólo estoy aquí
para decirte que viviré más que vos. Que vivirá mi canto cuando tu espada lleve
siglos muerta, porque las palabras del frío mueren en el frío. Que por todo lo
que no me ames, me amarán otros. Que mi dolor pasará, mi vieja herida cerrará
y entonces yo partiré, en un bote de negras aguas, con una vela blanca, a los
jardines de Rivendel que nunca viste. Que alguien dormirá en mi regazo, y no se
irá nunca. Y cuando llegue mi ocaso, morirán las tristes historias y no te
recordaré. Que así viven odios y guerras y viejos soldados, así también vivo
yo. Y no cantaré el amor inmóvil, ya nunca más. Y Nausícaa morirá y en su lugar
habrá una mujer, en un hogar, y esa mujer seré yo... y llegará el frío y con el
frío un hombre y ese hombre serás vos. Y ahora dormí que llega la noche,
mientras yo velo, una noche más, un viejo soldado más.”
Llegó la noche, llegó la luna y llegó el
viento. El viento entró en la casa. Viento del Norte.
El
viejo soldado abrió los ojos. Vio el rostro de la joven. Su inocencia le hizo
sonreír. Una sombra cruzó su frente: el camino. El camino estaba ahí. No podía
descansar. No podía soñar.
Cerró
los ojos. Tenía que incorporarse. Tenía que deshacerse de ese abrazo. Tenía que
seguir. Sus labios recibieron una suave presión. El beso de la joven. Pero él
era viejo. Sonrió.
-Tengo que irme.
Ella pareció triste.
-Volveré.-mintió.
El guerrero más valiente siempre es un cobarde para decir adiós a una mujer.
-¿Adónde?-preguntó ella.
El acarició su
rostro. Al mar. Los ojos grandes, inocentes. La piel suave. Un dulce pájaro de
juventud. Había visto dulces pájaros atravesados por flechas.
Ella sonrío
entre sus lágrimas.
-Nunca te voy a olvidar.
-Recuérdame solo de vez en cuando.
Entonces se
deshizo del abrazo de la mujer, se incorporó. Tomó su vieja espada y su escaso
equipaje. Abrió la puerta. El viento del Norte los envolvió a ambos.
-Tengo frío-dijo ella.
Y
el soldado volvió al camino. Volvió por donde se había ido. El camino al
desierto, nuevamente. Nausícaa se acostó en el lecho, a soñar y a esperar el día.
El día de partir al mar. A los jardines de Rivendel.
Porque
su destino era el viaje y no el hogar.
En el hogar
quedaban rescoldos del viejo fuego. La mujer se levantó y los atizó.
El viento era
fuerte. Los ojos del soldado se nublaban. Fantasmas de Navidades pasadas.
Dulces pájaros caídos. Heridas tan profundas que no cicatrizaban. Hielo. Hielo
es lo único que puede aliviar el dolor. Lo rodeó la helada.
El fuego del
hogar se apagó. La mujer dormía, la cabeza entre los brazos. En el sueño lo vio
a él, joven, cuando embarcó. Ambos eran
jóvenes. Pensó, soñó, que la juventud era eso, embarcar. Oyó, soñó, que el mar
golpeaba la escollera. Vio, soñó, una nave que la esperaba y sus velas negras.
Despertó y siguió soñando. Soñando se colocó la capa, soñando tomó un arco y
flechas, soñando se dirigió a la orilla y vio en su sueño, la nave que la
esperaba. Suspiró, miró la vieja casa y embarcó.
Sola en el
temporal, la mujer conducía el barco. Sabía que de todas formas, siempre estaba
a la deriva. Sabía que yendo a la deriva, hallaría lo que buscaba.
Los
vientos la llevaron a una orilla de arenas tibias. Cayó allí. Caminó por la
playa. De lejos vio a una joven de cabellos negros. Sonrío un poco. Ella
también había sido joven. Lo seguía siendo, puesto que había embarcado. Sólo
que ya no esperaba nada.
-Esperarás así-pensó la mujer-hasta
que entiendas.
La joven la
saludó con la mano, agitando el brazo desde lejos, pero la mujer del Norte no
respondió. La joven lejana siguió mirando el
mar.
La mujer del Norte siguió su deriva y halló el
camino primero, por la llanura eterna, el viejo bosque
luego. Los altos árboles
rojos le dieron sombra. Cuando sentía hambre, tensaba el arco, disparaba la
flecha, entonces el pájaro caía atravesado. La mujer comía. Y seguía el camino.
La helada era
muy fuerte. Pero el viejo soldado también. Él era la helada.
Nunca sabré si
ella lo encontró. No sé que fue del viejo soldado. Lo vi partir y luego la vi
llegar a ella.
Solo sé que será
de mí. Tengo un bote de velas blancas. Cruzaré con él las aguas negras. Iré a
los jardines de Rivendel, esos que nunca viste. Mi guerra ya terminó.
Olvidé decir al
viejo soldado que la juventud es lo más viejo del mundo.
domingo, 18 de agosto de 2013
Un Gentleman De Espaldas
Me encargaron la delicada misòn de enhebrar una versiòn de los clàsicos y elegantes diàlogos victorianos, pero adecuados a los tiempos que corren.
Algo asì como una Reina Victoria polìticamente correcta, una Victoria SigloXXI, capaz de mantener su lìmpido entrecejo real sin fruncir ante las màs aguerridas ONG.
Bueno, esto es un borrador. Verè si lo puedo mejorar.
Lord Charold olía despreocupado una rosa, que su tía la Duquesa de York le enviara gratuitamente de su desarreglado jardín.
— Sabes, James.
—¿Señor?— inquirió respetuosamente James, mientras acomodaba los tiestos flojos del jardín de invierno donde su señor fumaba en pipa.
— Hace diez años que estás a mi servicio y no puedo darte la espalda. Me preocupa—.dijo con displicencia.
— Señor, creo que debería confiar en mí. Hace diez años que estoy a su servicio— redundó James acalambrándose en su pose respetuosa.
—James, creo que comprenderás. Yo sólo puedo confiar en esta— dijo Lord Charold, bajándose los pantalones confeccionados por el mejor sastre de Trafalgar Square y los calzoncillos largos tejidos por su tía, la Duquesa de York- Por más que lo intente, lo cierto es que no puedo darle la espalda.
—Si me permite, Lord Charold— repuso James— yo no me incomodaría por darle la espalda. Hay que disfrutar de la vida. Como dijera San Patrick “Ninguna fruta es prohibida si sabe bien”
— ¿Eso dijo San Patrick, James? Me admira.
—Creo que no lo dijo, señor, pero seguramente lo pensó.
—Es igual, es una bella frase. Como sea, no creo que haya nada igual a esta. Es una pena que no pueda darme la espalda— suspiró Lord Charold— Apostaría que tú no tienes nada que se le parezca.
—Señor— se irguió James—.Tal vez no sea mucho, pero seguramente algo se parece
—Disculpa, James. Aunque hace diez años que estás mi servicio, no te creo.
— Se lo juro, señor.
— ¿Por qué juras, James? No te creeré si no lo veo.
James se apresuró a bajarse los pantalones.
— Humm. Lo siento, James, no se parece. Hey, se ha volcado un tiesto a tu espalda.
— No veo ningún tiesto caído, señor.
— Mira bien.
— No hay ningún tiesto en el piso, señor --dijo James respetuosamente.
—Entonces arroja uno.
—¿Cuál , señor?
—Cualquiera.
James arrojó la maceta. Luego se inclinó a recoger los pedazos.
—James— dijo Lord Charold, emocionado—. Te aumento el sueldo diez libras.
—Oh, señor— exclamó el mayordomo.
—Diez libras y un chelín.
—¡Oh Señor!
—Dí “Ay, señor” y te aumentaré diez libras y cinco chelines.
—Ay señor
—Llámame John y cierra la puerta.
NOTA: BIEN!: la Reina de Inglaterra podría leer tranquilamente este relato moral en el jardín de invierno del Palacio de Buckingham. Y el arzobispo de Canterbury también.
Creo que es suficiente y en lo que concierne a mi tarea, hoy duermo tranquila.
Algo asì como una Reina Victoria polìticamente correcta, una Victoria SigloXXI, capaz de mantener su lìmpido entrecejo real sin fruncir ante las màs aguerridas ONG.
Bueno, esto es un borrador. Verè si lo puedo mejorar.
Lord Charold olía despreocupado una rosa, que su tía la Duquesa de York le enviara gratuitamente de su desarreglado jardín.
— Sabes, James.
—¿Señor?— inquirió respetuosamente James, mientras acomodaba los tiestos flojos del jardín de invierno donde su señor fumaba en pipa.
— Hace diez años que estás a mi servicio y no puedo darte la espalda. Me preocupa—.dijo con displicencia.
— Señor, creo que debería confiar en mí. Hace diez años que estoy a su servicio— redundó James acalambrándose en su pose respetuosa.
—James, creo que comprenderás. Yo sólo puedo confiar en esta— dijo Lord Charold, bajándose los pantalones confeccionados por el mejor sastre de Trafalgar Square y los calzoncillos largos tejidos por su tía, la Duquesa de York- Por más que lo intente, lo cierto es que no puedo darle la espalda.
—Si me permite, Lord Charold— repuso James— yo no me incomodaría por darle la espalda. Hay que disfrutar de la vida. Como dijera San Patrick “Ninguna fruta es prohibida si sabe bien”
— ¿Eso dijo San Patrick, James? Me admira.
—Creo que no lo dijo, señor, pero seguramente lo pensó.
—Es igual, es una bella frase. Como sea, no creo que haya nada igual a esta. Es una pena que no pueda darme la espalda— suspiró Lord Charold— Apostaría que tú no tienes nada que se le parezca.
—Señor— se irguió James—.Tal vez no sea mucho, pero seguramente algo se parece
—Disculpa, James. Aunque hace diez años que estás mi servicio, no te creo.
— Se lo juro, señor.
— ¿Por qué juras, James? No te creeré si no lo veo.
James se apresuró a bajarse los pantalones.
— Humm. Lo siento, James, no se parece. Hey, se ha volcado un tiesto a tu espalda.
— No veo ningún tiesto caído, señor.
— Mira bien.
— No hay ningún tiesto en el piso, señor --dijo James respetuosamente.
—Entonces arroja uno.
—¿Cuál , señor?
—Cualquiera.
James arrojó la maceta. Luego se inclinó a recoger los pedazos.
—James— dijo Lord Charold, emocionado—. Te aumento el sueldo diez libras.
—Oh, señor— exclamó el mayordomo.
—Diez libras y un chelín.
—¡Oh Señor!
—Dí “Ay, señor” y te aumentaré diez libras y cinco chelines.
—Ay señor
—Llámame John y cierra la puerta.
NOTA: BIEN!: la Reina de Inglaterra podría leer tranquilamente este relato moral en el jardín de invierno del Palacio de Buckingham. Y el arzobispo de Canterbury también.
Creo que es suficiente y en lo que concierne a mi tarea, hoy duermo tranquila.
sábado, 20 de julio de 2013
SOY TROYANA
Caerás una noche,
voluble y errante
Marinero en tierra,
yo no soy tu amante
Yo soy una Furia que
viene a visitarte
Yo tengo una espada a
la que nada puede
La que de ti pende.
Yo llevo una daga
Yo llevo una lanza de
punta envenenada
Yo llevo palabras que
son cuchilladas
Yo llevo el aliento
cuyo aroma desprende
El llanto del cielo
que un infierno promete
Yo llevo una espada
de nervios hirientes
Palabras que te
abren, te desnudan
Te despojan de tu
armadura
Yo te invito a entrar
en el terreno
Donde la lucha se
libra con mayor denuedo
¡qué podrán tus
manos, por fuertes que sean!
¡qué podrá en mi boca
tu viril inteligencia!
Tú eres hombre, tu
poder
Es fuerza vana
Yo, mujer, tengo
palabras
Yo soy troyana.
Ayer lloré en los
muros
De mi ciudad
derribada
Cadenas de esclava en
mis pies llagados
Sombría y muda me
ataste a tu carro
En tu tienda sollocé
desnuda
Para vencerme no
usaste armadura
Hoy yo te he vencido
Escribo los versos
que son tu castigo
Caerás una noche,
voluble y errante
Te matarán mis labios
como ayer me mataste
La estrella que te
lleva te traerá mañana
Y aunque huyas, tu
pecho llevará mi espada
Caerás en mis brazos,
serás prisionero
De la eterna rosa que
es tu eterno sueño
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