jueves, 26 de enero de 2012

RUBIA DE ALMA

Como Huckleberry Finn decìa que su amigo el negro Jim era “blanco de alma”, yo creí, alentada por la humanidad desde muy chica, que a pesar de ser morena e inteligente, atributos de intelectual en los castings hollywoodenses, yo era rubia y tonta de alma. Es así. Sé que no soy rubia, pero merezco ser rubia. Sé que las rubias no son tontas, pero, ahora, partiendo de que soy rubia; nos merecemos ser tontas. Nos merecemos la piedad de una visión tonta de la vida. Pensaría menos pensamientos sin reconocimiento y mal pagos. Nos merecemos que nos crean, también las rubias, que de verdad estudiamos geopolítica y por eso publicamos nuestro análisis de la batalla de la Vuelta de Obligado, y que de verdad somos poetas líricas pero como no nos dan, no me dan ese reconocimiento, aquí estoy, ejerciendo a veces de humorista. Nunca me esforcé en aprender técnicas para ser humorista, aprendí a serlo atendiendo el teléfono. Para atender a Pérez-Reverte o al Doctor Troncoso Rodríguez hay que entender de absurdos. Uno me conocía, el otro no. Pero los dos me confirmaron lo que ya sabía: accidentalmente era morena e inteligente. pero idealmente, en mi esencia platónica, era rubia y era tonta.
Hablemos sólo de Troncoso Rodríguez.
Pasé todo el verano del 2005 despertando cada mañana de mis pocas horas de sueño atendiendo adormilada el teléfono, escuchando temerosa una voz estridente que gritaba ¿DOÑA PAUUULA RUUUUGERI? Habla el doctor Troncoso desde Londres.
Londres. El Doctor Troncoso presidía la SOCIEDAD PLANETARIA DE AMIGOS DEL ESCRITOR CLÁSICO y se comunicó conmigo por el trabajo que yo había realizado, en la Biblioteca Nacional, con la colección perdida del reconocido y fallecido autor Jorge Luis Lugones. No quiero más problemas, así que casi todos los nombres de la narración son ficticios y lo que relato también. En principio, se realizó en Londres en el 2004 una subasta de libros y objetos de Jorge Luis, de los cuales, se decía, unos pertenecían a la Biblioteca Nacional. Mi primer llamado del doctor Troncoso lo recibí para pedirme que fuera perito en el proceso judicial iniciado al librero que vendía uno de los libros.
Me confundió mucho. En la Biblioteca Nacional no habían querido ingresar los libros anotados por Jorge Luis porque la investigación la había hecho yo y yo era rubia y tonta. ¿Este hombre pensaba sin verme que era morena e inteligente?
Bueno, era genial. Viajaba a Londres, en el viaje un brebaje de la azafata me volvía inteligente, periciaba el libro rodeada de expertos y con lupa (me imaginaba las miradas lujuriosas de los expertos cuando me inclinaba sobre el libro, otro fruto de mi mente rubia y tonta) y justo, justo esa semana, ¡tocaba Paul en Londres! Pero me tuve que negar. Yo no conocía el ejemplar en cuestión y hubiera sido irresponsable mi actuación en el caso. Punto…pero no final. El doctor Troncoso se aficionó a llamarme.
—La Sociedad compró una casa, antigua, al lado del monasterio donde vivieron Chopin y George Sand…
—Una casa donde vivió Antonio Machado…
—Y donde se alojó Jorge Luis de joven…
—En un lugar llamado Valdemosa…
Cada mañana de ese verano me habló de la casa. Ya me había hablado de la subasta durante la primavera y me había enviado el catálogo de Bloomsbury por correo. Ahora me mandó un ramo de rosas amarillas con una cinta roja. Troncoso era español.
—Y queremos hacer una biblioteca, mucha gente importante está poniendo dinero…
Ya estábamos casi a fin de enero.
—Y yo quisiera que usted venga a vivir a Valdemosa con sus hijos y forme la biblioteca. ¿Me escucha bien Doña Pauuula?
Si. Lo había escuchado, yo estaba sin trabajo, por rubia y tonta… De golpe todo me parecía increíble y cruel. ¿Y mis afectos? ¿Y mi pareja?
Me mandó fotos de la casa y de Valdemosa a mi e-mail.
Y ya no mandaba rosas. Raudo, me mandó una tarjeta de crédito a mi nombre.
Empecé a despertarme. Busqué información sobre Valdemosa.
¿Qué tiene que ver el estudio de Jorge Luis Lugones con supongamos, el tráfico de personas? No lo sé, ni lo quise averiguar. Mientras, decidí que todo eso estaba algo podrido y mandé a Troncoso a conseguirse cocaína de mejor calidad.
Hace poco, en mayo pasado, me fracturé una pierna. Le dije a mi marido que pusiera en venta el catálogo de Bloomsbury dedicado por Troncoso en Mercado Libre y un libro repetido de Reverte con una dedicatoria apurada, “a la novia de Artagnan”. No mezclo a los dos personajes. Uno es un canalla (Troncoso) y otro un escritor que admiré en demasía y del que me distancié. Sigo guardando sus libros dedicados a Paula. Pero pensé que la venta, ya que no podía trabajar por el accidente sufrido, me podía servir.
Puse en venta las dos cosas. Con el catálogo me compré una bata lila (le especifiquè claramente a mi marido que la quería lila, que combina mejor con mi alma rubia) y el dvd original de Legalmente Rubia. Con el libro de Reverte mi marido me compró una buclera (¿qué hace una rubia sin bucles?) y el dvd original de Legalmente Rubia 2.
Mientras, la Biblioteca Nacional expuso la colección Borges iniciada por mí. Pero además de rubia y tonta, tenía la pierna en una bota Walker y sólo me movía por la casa, con muletas, con una bata lila y bucles imaginariamente rubios…

jueves, 5 de enero de 2012

MI PEQUEÑA ALDEA GALA

Camino desde la gran avenida, que en realidad es una avenida de barrio, con comercios atendidos por sus dueños, muchas veces amables, otras quejosos, humanos que no necesitan que los humanicen. Prefiero que se quejen del calor, de los impuestos, del gato de la vecina o que me elogien el azul de la remera, el color de ojos, la cartera vieja, a que me digan como el vendedor trajeado dela inmensa empresa de medicina que visité ayer: Un hijo te cuesta ..y con la calculadora me dice...y luego otro hijo te cuesta...y vos decís que con estas personas quién quiere androides. Como decía, comercios de barrio, y yo caminé esta mañana las cinco cuadras que me separan del gran shoping pueblerino con el ambicioso objeto de hacerme con una cortina para la ducha. Todo son gracias y felíz año y camino contestando saludos. Tomo la calle soleada que me devolverá a mi casa. Veo la rotisería de siempre y aunque es difícil que me anime a comprarles con el olor a aceite quemado que se siente a lo lejos, igual me gusta mirarla. Es la casa de comidas fantasma. Comida hay, sino no habría olor a aceite. Pero en las mesas de fórmica, con manteles de papel y sillas de caño laqueado gastadas, nunca , nunca en cinco años vi a nadie comiendo. Pero ellos siempre, siempre cocinan,y pienso en esos comensales que tal vez espían desde la esquina, esperando que yo me aleje, para entrar. En la otra esquina en diagonal, veo que la zapateria del Mago del Calzado está cerrada. Durante un tiempo, el Mago del Calzado, un señor paraguayo muy culto, y yo, hicimos un canje benficioso para los dos: él me arreglaba zapatos, yo le pagaba con libros. Entre otros le pagué los tacos de unas botas con El crimen de la guerra de Juan Bautista Alberdi, el manifiesto del prócer argentino contra la criminal guerra del Paraguay en que intervino como invasor la Argentina además de Brasil. Una guerra de la que aún la tradición oral de las madres paraguayas cuenta historias terribles. Pero a mí se me terminaron los zapatos por arreglar y los libros que a Elvio podían interesarle y hace tiempo que no lo veo.

En esa esquina hay una avenida rápida y peligrosa, que autos y colectivos cruzan a gran velocidad y el humor del semáforo es cambiante.
Entonces me encuentro con mi primera ancianita

Es tan baja que casi no sobrepasa mi cintura. Es flaquita, parece muy anciana y muy viva. Me dice que se anima a cruzar cuando lo haga yo y me limito a darle el brazo. Mientras cruzamos me cuenta que fue a buscar chocolate, pero por el calor no había, que se quedó sin chocolate y que es hija de vascos-Por eso soy terca-concluye y concluye el peligroso paso por la temida avenida inquietante para mi, para ella un monstruo como un río con cocodrilos. "Muchas gracias..."y me alejo porque camino más rápido.

Entonces veo a la persona más deliciosa del barrio.

Tiene casi noventa años, alta y flaca. La primera vez que la vi tenía una bata acolchada verde. Era otoño y la calle estaba cubierta de hojas de árbol marrones. Señora, me llamó desde detrás de una reja. Estaba descalza y trepada a la ultima rendija de la reja, tenia el cabello largo y blanco suelto y lo sacudía el viento.-Señora-me gritó con voz en la que temblaba la indignación. "¿cuando va venir el intendente a sacar las hojas?" No me acuerdo que le dije. Gracias, recuerdo, me dijo compungida. "Las hojas ensucian todo".


Hoy estaba con un largo camisón blanco bordado tal vez hace décadas, con los pies descalzos doblados sobre la reja, las manos abrazando los barrotes y el pelo largo y blanco de siempre.
Señorita, gritó alborozada- qué lindo sombrerito.
Gracias, le dije. Llevo un sombrero de rafia porque el sol de Buenos Aires se ensaña con quienes pisan sus baldosas. "Es hermoss...", la oigo gritar a lo lejos...
Dos cuadras. Paso sin sobresaltos por el instituto de música,donde oigo tronar una bateria, por un taller mecánico, por una vidriería donde un hombre me pregunta ociosamente si tengo calor y por fin llegó a mi lugar favorito.
La esquina de casa.


En la pizzería Chaplin, Beto, que dejó la amargura con que lo retraté hace tiempo por un buen ánimo creciente desde que vende helado con la pizza, me sirve un vaso de agua fría. La cocinera está sentada en la calle tomando mate.
Y ahora entro en mi casa.Abro la bolsa de la cortina de baño. Es chica. No me sirve ¿pero me tiene que importar?
Fue otra mañana apacible en mi pueblecito galo particular.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Caso curioso, sí.

Curioso, mi querido Watson, pero no lo suficiente, hubiera dicho Sherlock y me hubiera despedido con una sonata de violín. Curioso, diría asímismo Hércules Poirot, pero evidente Hastings, y tal vez me habría despedido galantemente, con una rosa de su jardín. En cambio, el padre Brown hubiera dicho "equívoco" y Henry Merrivale hubiera hablado de la maldita malignidad de las cosas. Y con un gruñido, me hubiera también despedido. Así que agoté mi reserva de autores clásicos y detectives favoritos y voy al asunto.
Gertrudis era de ésas. De ésas que uno llama Gertrudis porque es mejor no convocarlas acá. En ese lugar, edificio, desde ese patio y ese aula que frecuentamos de chicos de lunes a viernes, intentó imponerme su amistad. No sé cómo decirlo, Gertrudis creía que burlándose de mis lecturas podíamos tener una amistad. Y de mi ropa, y comentando mi pelo y hablando de todas esas cosas de las que hablan las Gertrudis. Debo decir que logró bastante. A fuerza de imposición y de abuso de la cortesía, tan peligrosa a veces, que me enseñaron en mi familia, pasaba largas horas en casa. Horas en las que obtenía datos. Y se los proporcionaba a la otra Gertrudis, su madre.
Así supo que éramos, mis hermanos y yo, nietos de italianos. Y ahi viene lo curioso.
Se terminaba la escuela secundaria y aún seguía viendo a Gertrudis. Un día se despidió de mi. Toda elegante, con insólitos zapatos de taco, me dijo que venía a despedirse porque viajaba ¡a Italia! A estudiar, allá, física nuclear con una beca. Y claro ¡adónde sino a la ciudad de mi abuelo! Así que Gertrudis, vestida de modelo y sin una maleta, se tomaba frente a mis ojos un taxi a Ezeiza para ir a Milano.
Volvió a los tres meses. Dijo que ella, porque era mi amiga, habia pedido el legajo de mi familia en Milano. Y que había tratado de conseguir la partida de nacimiento de mi abuelo, pero, ah, valía cien dólares. Entonces intervino la madre. Pueden tener propiedades aún en Milán. Averiguarlo cuesta cien dólares más.
Mis padres les dijeron que no sin decirme a mí por qué. Todo lo que preguntaba yo a Gertrudis me respondía con evasivas. ¿El idioma italiano? Muy difícil, ella se manejaba en inglés. Presumia que algo de italiano entendíamos. En fin, Gertrudis hija y madre nos querían estafar. Cuando nos mudamos no les dimos la dirección. Ni ciao, ni ci vediamo. Addio, como a los muertos.
Pero pasan los años. Y la memoria no se pierde pero se archiva. Y existen las redes sociales Y Gertudis me contactó.
Casi no teníamos de qué hablar. Todo lo que decia era despreciativo y, en particular, hacia las ex compañeras que habían hecho una carrera interesante, a las que viven en Europa, a las que eran periodistas... y a mí. Tal vez por salvar la charla, le pregunté como habia sido su juvenil experiencia italiana...
Un silencio. Larguísimo silencio. Estaría tratando de recordar qué corno tenía ella que ver con Italia. Durante su silencio, yo recordé. Todo.
Sé que los viejos compañeros se reunieron y los que hablaron con Gertrudis me borraron de su lista.
No me importa. Poirot me lo dijo bien. Madame, cuidado con esa demoseille. Gertrudis y Paulette son nombres que no se llevan bien.
Por supuesto, tenemos los documentos familiares, enviados por el municipio de Milano, desde hace veinte años, y no nos costaron más que la estampilla de la carta escrita en italiano por uno de mis hermanos.
Curioso. Me encantaría escribir una novela con Gertrudis como protagonista. Pero no sé por qué, creo que me faltarían hechos con que hacer un argumento.

lunes, 5 de diciembre de 2011

¿DONDE ESTÁN?

La pregunta es para Reverte, desde hace años y luego de que me dijera amablemente que me dejara de escribir mariconadas con referencias literarias y más gentilmente, si cabe, "escribe lo que te salga del chichi". Je ne comprende pas. En mi castellano argentino, eso no se entiende. Ahórrenme las traducciones, aunque algunas cosas muy bonitas me escribió el simpático Montero Glez también. Pero me fui del asunto. ¿Dónde están las casi cien cartas que le escribí a Pérez Reverte y que nunca devolvió? Ésas donde le escribía a veces también mi hija, donde le hablaba del pintor Gerardo, que falleció hace unos años y que si es inteligente, el señor Reverte conserva una magnífica obra de él. La historia de Gerardo Néstor Estevez es triste: fue mi pareja de los veinte años y con él aprendí a posar. Falleció joven, pero una persona allegada a él se apropió de su obra. En poder del hijo que tuve con él sólo hay tres dibujos. Así que espero que Reverte conserve esa rara obra; por lo demás, yo sí conservo el hermoso dibujo que Roberto Fontanarrosa le obsequió y que él no valoró suficientemente para llevárselo, así que quedó en mis manos. Dedicado a Arturo en tinta china, sé que el Negro genial estaría contento de saber que lo tengo yo.
¿Dónde están las cartas que el caballero español no devuelve? No sé. Pero tengo una.
La publiqué varias veces. La publiqué incluso en una revista de letras reconocida. Fue una carta que explotó en mis manos en una cocina repleta de platos por lavar, entre gritos de mis hijos pequeños, luego de hablar cinco minutos con este ubicado señor que me contaba sus éxitos y sus giras. Por alguna razón inexplicable, necesitaba exhibirlos frente a una joven madre sola que vivía en un monoblock de Lugano. Bastante movilizada, esa noche le escribí una carta que al día siguiente fotocopié antes de enviar. Y que luego corregí hasta convertirla en un cuento un poco teatral de lo que verdaderamente es un escritor. Un escritor: alguien que desea genuinamente escribir y lo hace en cualquier circunstancia. Un escritor: uno que no piensa que el mérito es vender libros sino escribirlos. Así que no sé dónde están las cartas que de joven envié a Reverte, las que hablaban de Ulises y del troyano Héctor, entre otras cosas, pero sé dónde hay una y la publico acá. Es mi autoretrato, en parte, también era una forma de responder a la invasión en mi hogar de esa exhibición de poder masculino coherente con la década infame de los noventa: dinero, foto en el diario, entrevistas en la tele, reloj costoso... pero el lujo para Reverte era hablar de gente como Melville. Ése es un autor que sí hubiera deseado conocer. Es probable que no tuviera reloj.

LA CARTA:

¿DÓNDE ESTÁS, BOB FOSSE?

Ah, cuando yo era joven. Vivía en Siberia, era feliz, no tenía sífilis, no había conocido a Bob.
Fue aquí, en África. Podía elegir a cualquiera, pero tuvo que ser él.
Me abandonó. Y aquí, en el corazón de África, planeo mi siniestra venganza, con el latir de los tambores del siniestro brujo de la tribu, quien gusta de la buena música cuando se prepara esos estofados de antropólogo australiano como sólo él lo sabe hacer.
—Diablos —se dijo la escritora y arregló la cinta de la máquina de escribir—. Cómo conmover a la platea, ésa era la cosa. —Qué difícil. Qué dura es la vida del artista. Y cómo están los mosquitos. Me gasto el sueldo en espirales y repelentes que no sirven para nada. Y el calor no se aguanta más: la remera se me pega al cuerpo pero si me la saco me van a ver los vecinos porque mi cuñado no viene a ponerme la cortina.
Es una noche calenturienta en África Ecuatorial y pican los mosquitos. Aquí en África la vida es dura, pero además es corta. Maldición, cada aforismo que digo me recuerda a Bob. No siempre la vida fue tan dura, después de todo. En realidad. En fin, que en África no hay dinero para mosquiteros, el sueldo se te va solamente en la quinina, y apenas hay que conformarse con cortinas de bambú. Pero soy una mujer curtida y un mosquito de más o de menos no es nada para mí. Si sólo tuviera a mi Bob.

Suena el teléfono. La escritora arroja al suelo un sombrero inexistente y lo patea. Es su cuñado, para decirle que no puede poner la cortina hoy y que mañana Camila baila jazz en la escuela y si no sabe cómo se vestían las bailarinas de jazz. Cómo habrán notado, el lema de la literatura de este prodigio de escritora es que nada se pierde y todo se transforma.

Decía que era una noche calenturienta y pican los mosquitos. ¿Ya les hable de Bumba Catunga? Lloro solitaria pero no estoy sola. Conmigo está Bumba Catunga, el fiel sirviente negro, que ronca panza arriba. Si en un rato no lo despiertan los mosquitos, lo sacudiré para que tome su quinina. Hace tanto calor que lloro y no se nota porque las lágrimas se evaporan haciendo señales de humo que dicen “¿dónde estás, Bob Fosse?”, “Te cavaste la fosa, Bob Fosse”, “te arrancaré los ojos Bob", etc...
Bob etc... salió a comprar cigarrillos hace veinte años y aún no ha regresado. Ahora debe estar mucho más viejo, prefiero al negro, pero se duerme. Es lógico, de día lo hago trabajar. Pero no es como mi Bob Fosse. Él cocinaba, lavaba, planchaba. ¿Dónde estás, Bob Fosse?
Las hienas ríen como mi destino. ¿Estarán digiriendo a mi Bob, etc...? Era tan pesado que podrían digerirlo veinte años. Era indigesto.

Bah, esto es una porquería, se dijo la escritora. El problema es que el negro está dormido, por eso es aburrido. Si estuviera despierto sería más emocionante. Lo voy a despertar.

Tomé el látigo y le acaricié con él la espalda.
—Despierta, Bumba Catunga —que quiere decir “hombre con rulos”—. Necesito pasión ardiente. Si no me sirves, arrancaré el tótem del poblado otra vez y después te tocará lavarlo.
—No, por favor —en su voz temblaba la súplica—. Médico brujo hará mucho mal. Dice que ser arpía chiflada.
—Si, soy arpía y me gusta serlo y me gustó mucho ese totem la semana pasada, me gusta más que vos, pero no quiero problemas con la tribu y si no me satisfaces, te azotaré.
—Entonces azótame, me duele menos.
—Ah, mond dieu. Maldito seas, Bumba Catunga. No quiero lastimarte. Sólo bésame.
—Ama, es que si sólo te lavaras los dientes a la mañana...
—Imbécil, una aventurera como yo no se lava los dientes jamás. Bésame.
—Con la boca cerrada sí, ama.
—Maldita sea, quién dijo en la boca. ¿También querés que te haga un mapa?
—Dice médico brujo que francesa ser malvada.
—Ahí si me lavo, te lo juro.
—Eso dijo la semana pasada y no era verdad
—Me puse perfume.
—No insistas, amita, me duele la cabeza.
—Maldición, Bumba Catunga, empiezo a creer que eres un impotente, como dicen en el poblado. Dime que no es verdad.
—Es verdad. ¿Me venderás nuevamente?
—No, Bumba Catunga. Tu conversación me agrada y encuentro que ese totem me gusta mucho.
—¡No, ama! ¡El totem sagrado no! Médico brujo enojar. Quemar esta casa. Yo me voy.
Sale corriendo.
Me quedo sola. Las hienas ríen.
—¡Oh, Bob Fosse! —Mis ojos se llenan de lágrimas—. ¿Dónde estás, Bob Fosse?

—¡Bien! —se dijo la escritora satisfecha y en eso el viento le rompió dos ventanas y le arrojó las macetas al piso, sin que ella se percate en su ensueño de gloria—. El éxito... —suspiró—. Función a sala llena... —volvió a suspirar—. Con Cecilia Roth como la aventurera intrépida, y Ricardo Darín como Bumba Catunga. ¿O Denzel Washington estaría mejor?
Y llena de confianza en el futuro, distraídamente aplastó un mosquito
.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Mis 19 años

Diecinueve años. Buena edad para empezar a trabajar. Sólo que yo estaba embarazada de cinco meses. Por motivos inextricables, tal vez debido a mi estructura ósea más bien grande, la panza de embarazada no se veía. Ventajas y desventajas, nadie me daba el asiento en ningún lado, pero podía conseguir un trabajo. Y lo hice. Tuve mi primer entrevista en el Consejo del Menor, que estaba en Humberto Primo y San Juan, con la discreta panza de cinco meses. La jefa me explicó en pocas palabras. "Esto es una beca. Trabajás siete horas, no tenés vacaciones ni días por enfermedad. No tenés ningún derecho". "Tengo todos mis derechos", le contesté, con la impavidez de mis 19 años, "pero no los reconocen".
Curiosamente, la respuesta le gustó. Y quedé contratada.
Tengo recuerdos terribles y otros divertidos. Me acuerdo que me escondía en mi box cuando alguna mujer declaraba "me atendió un chica embarazada" y la asistente social, digna representante de la clase media alta que no era como esas mujeres que tenían seis o siete hijos, respondía "Se equivocó de piso. Acá no hay ninguna embarazada".
Mientras, el ascensor no andaba nunca y yo subía y bajaba escaleras con legajos.
Mientras mi trabajo fue hacer legajos, mis primeros horrores a lo Conrad fueron leyendo la letra apurada de las asistentes sociales. Recuerdo una historia: "la mujer dice que vivían con el marido y seis menores del trabajo de cartonero de él, pero el caballo se empacó en las vias del tren, el hombre trataba de hacerlo caminar cuando el tren los arrolló y mató al marido y al caballo que era su única propiedad. Se solicita subsidio".
Intenté imitar la redacción de una asistente social sin éxito. Escriben muy mal, apuradas, trabajando, y sus informes, cuanto peor escritos, eran más terribles que la mejor prosa de Dickens. Era la burocracia, que escondía la sangre en un nombre con número debajo en una carpeta de cartón, y cuando la carpeta de cartón se extraviaba, una familia quedaba sin hotel, sin comida, sin medicamentos. Me convertí en una máquina de buscar legajos (19 años) y hasta me llamaban de otros departamentos para que los buscara, mi fama de encontrar los legajos se extendió por los siete pisos, pero era sencillamente que los encontraba... buscándolos. Aprendí una regla muy sencilla de la investigación de documentos que después apliqué en mi trabajo en archivos de todo tipo: "si la carpeta de Rodriguez Juan se perdió, no la busqués en la R. Buscala en la S". Porque si se perdió, es porque no está en dónde debe estar, sino en otro lado. Por supuesto, también yo perdí legajos. Y me escondía muerta de vergüenza, cuando una mujer, cuyo nombre todavía recuerdo, venía a preguntar por su trámite estraviado por mí. 19 años y siete meses de embarazo.
Se habían dado cuenta. La primer medida fue no dejarme subir escaleras. La segunda... qué hacer con los derechos.... El delegado gremial dijo generosamente que trabajara hasta el día del parto y volviera diez días después; ahora pienso que tendría a alguien para darle mi beca y pensó que yo no volvería. Trabajé hasta el día del parto, pero a los diez días todavía no podía caminar. Durante veinte dias me fingieron la firma en la planilla, entonces una de las jefas vino a mi casa y me dijo que si no volvía no me podían conservar el puesto. Y volví. Consejo del Menor y la Familia. Donde trabajamos parturientas menores de edad (entonces eras mayor a los 21) y enfermos.
Empecé a hacer una inquieta revuelta interior al ritmo de los llantos y las gracias de mi hija. Cuando escuchaba llorar un bebé en el pasillo de la oficina perdía leche de mis pechos. Cuando veía a esas madres con mamaderas llenas de... té, se me partia el corazón. Empecé a robar la leche maternizada del departamento de Salud. Era un departamento poco saludable que estaba en el quinto piso, donde tenían algunas cajas de leche para bebés, encanutadas como el tesoro del Tío Rico. Recuerdo cómo, con una mujer que limpiaba, empezamos a repartirla al estilo Robin Hood en versión poco épica.
Tengo muchos recuerdos. Algunos se los voy a ahorrar. La mayoria, en realidad. La leche maternizada la venía a buscar una nena flaquita de ojos grandes que me recordaban Africa. Vivía en una pensión que su madre no pagaba, con dos mellizos recién nacidos y otros dos hermanos. Se negaban a atenderla siendo durísimos con ella. "Que venga tu madre". Y, a escondidas, yo le daba las bolsas de leche maternizada. No sólo era para los recién nacidos, la madre también comía eso.
Un dia la mujer vino. Tenía la estatura de una niña y ojos agrandados por el asombro de la tragedia cotidiana. Él, el padre de los niños, estaría en el mismo lugar donde estaría el padre de mi hija. Tal vez por eso, la idea de ser dura con ella me parecía cruel y estúpida.
Fueron crueles y estúpidas. Esas mujeres, que habían estudiado una carrera, que tenían un salario y una casa y a veces un marido, eran muchas veces crueles y estúpidas. Y yo cruel con ellas. Las odiaba. Ahora soy un poco mayor y entiendo un poco la teoría del espejo. Para ellas, eso era un trabajo. A veces, es cierto, lloraban a escondidas. Nadie es tan cruel. Pero esas mujeres desamparadas no eran un espejo para ellas. No se veían en ellas.
Yo sí.
Yo hacia poco tiempo habia parido una hija en la Maternidad Sardá después de haber hecho parte del trabajo de parto en un colectivo acompañada por mi madre.
Por eso tal vez, al año de trabajar y a los seis meses de nacida mi hija, harta de llorar tragedias por decenas todas las noches, cansada de perder leche escuchando llantos infantiles, harta de la crueldad estúpida y del mal banal, me busqué una buena asamblea sindical,le canté las cuarenta y una al delegado, que me indicó amablemente que me iban a reventar a cadenazos y me gané un maravilloso despido al día siguiente.
Empezaba otra historia. Pero ésa no se me olvidó. Y Matasiete, vos, viejo animal del gremio, te estoy buscando. Acordate. Tengo una cadena de imborrables recuerdos.

viernes, 7 de octubre de 2011

La tormenta pasa

La tormenta pasa. A veces crees que no pasará nunca. A veces, un solo segundo, pensarás que te matara. Puede ser cuando balearon tu calle y acostaste a tus hijos en el piso y vos encima de ellos, porque estás en el primer piso, las recortadas disparan plomo hacia arriba y esos ventanales que tanto amaste ahora son el enemigo...¿importa cuándo? ¿hay que vivir en un lugar muy raro o exótico para que ocurra? No...la tormenta pasa por todos los sitios.Por los que ocupan un rincón en el diario, tan chico que parece una noticia sobre un zoológico lejano, hasta los que ocupan toda la pantalla de los canales de tu país, y ni hace falta, ni podés verlas, porque para eso hay que cruzar...el salón con ventanal dónde está el televisor y llueven las balas. Y pasó.Esa tormenta que creía que me mataría. Y que mató a otros. Por eso una vez escribí que la ficción está, tiene que estar, para recordar entre los vivos la memoria de los que se fueron.
Pasan las tormentas. Nací en primavera, en 1970, bajo el signo del Escorpión. Es el signo de todos. Todos tenemos nuestro veneno, en la dulzura, o el otro, el letal. Hay quienes matan con un beso, decía Wilde. Y por él pasó la tormenta, la tormenta de un beso.
Pasa la tormenta. Ahora tenés 23 años y tus hijos son niños, muy niños. La amiga dejó de serlo y te echó del departamento que ya no podías pagar, con la ayuda de diez hombres y en diez minutos. Tu trabajo de promotora y modelo se esfuma, la amiga que dejó de serlo se quedó con tu ropa y tu agenda y tus manuscritos. Estás bajo la lluvia de mayo, en la vereda de Julián Alvárez al 900, y mientras tus pertenencias se mojan, tu cabeza no piensa en la tormenta, sino en dónde pasar la noche. Y viene una señora con un termo de café con leche y otra con medias para tus chicos y otra que te dice Cuando Dios te cierra un puerta, te abre una ventana, y por un segundo tu cabeza escapa a la tormenta y se ríe de esos mlitantes teóricos y fervorosos amigos tuyos que prefieren discutir a Lenin durante horas y piensan que la simple caridad o la más digna solidaridad son "métodos del sistema para mantenerse". Tal vez la señora del termo fuera leninista. No lo sé. No es imposible. Tal vez fuera católica, es más, del Opus Dei. Para mi, siempre será la señora del termo y quisiera para ella la corona del Reina de Inglaterra, el tejado del Taj Mahal y un arco iris sin lluvia cada atardecer.
Esa tormenta también pasó. La amiga que ya no era amiga se borró de mi mente.No la reconocería. Tengo más presente a la señora del termo.Si no fuera así, la tormenta hubiera quedado en el pecho para siempre...
Ahora es de noche y estoy durmiendo. Viajo hacia atrás, todavía más. El piso es enorme, en Recoleta. Era mi barrio de infancia y entonces no valía nada. Habia una juguetería a la que ya no podía ir porque la policía habia montado una ratonera y habían matado al hijo adolescente del juguetero. Era el año 1976. La tormenta estaba pasando y yo tenia cinco años. Tenia un camisón celeste y me despertaron rasguidos y ruidos extraños. Me levanté. Caminé por el enorme pasillo. Un piso en Recoleta, dirán. No sé qué hora de la noche era. Vi a mi madre con una amiga suya rompiendo cosas. Discos. Hacían un ruido seco, metálico, casi un disparo y ya habia oído disparos. Libros. Tardaban más en romper los libros. Los fragmentos iban a bolsas y las bolsas al incinerador del edificio. Cuando me vieron me enviaron a dormir.
Libros. Pasaron dos años y no vivía en un piso en Recoleta. Eramos cuidadores de un techo sin herederos en Villa Urquiza. Un techo para un matrimonio sin ingresos con cuatro hijos. Si pasó la tormenta por ahí no me di cuenta. Leía Los tres mosqueteros en esa casa soleada y me reía de como Artagnan lleva a sus tres amigos y a los cuatro lacayos a tomar chocolate a lo de un cura gascón que lo invitó a merendar...los mosqueteros, mis amigos, no tenían comida ¡y eran los héroes! Y mientras pasaba páginas, absorta, mi madre me sacudía los hombros y me daba una taza de harina mezclada con agua. Mi almuerzo.
Hoy hay tormenta en Buenos Aires.Llueve mucho.Todo está húmedo, pero ya casi no siento la fractura de mi pierna. La tormenta pasa siempre.Creo que puedo decir que se puede vivir confiando en que pase, como dice Edmundo Dantés al final del Conde de Montecristo, "ESPERAR Y CONFIAR". Aunque creas , por un segundo, que te puede matar.Lo único errado es creer, estés donde estés, que por tu casa, tu pueblo, tu país, no va a pasar la tormenta.

lunes, 26 de septiembre de 2011

dale un corazón de seda

En un hogar pobre de campesinos nació una pequeña niña y no diremos dónde porque no importa mucho. Los padres eran tan pobres que no tenían nada para darle. La miraban tomados de la mano, con lágrimas en los ojos.
Vendrían las hadas que dan dones a todas las niñas desde que el mundo es mundo. Pero como la niña era muy pobre, pequeña y fea, eso era un simple trámite, por lo cual los padres suspiraron aliviados. Vendrían sólo las hadas buenas, tal vez viniera una sola, apurada, mirando el reloj. El hada maléfica sólo se dignaba ir a grandes palacios, a mansiones de estrellas de cine, maldecía a las hijas de los reyes. Asi que sabían que su hija, al menos, no tendría ningún don maldito. Sólo esperaban que las apuradas hadas, como asistentes sociales del destino, le dieran aunque fuera un don a su hija que le permitiera sobrevivir.
Ella dormía en la cuna. Cada tanto un leve suspiro inquietaba a la madre. Instintivamente, quería darle leche de su cuerpo, pero estaban esperando la visita de las hadas.
Tocaron la puerta. El hombre abrió.
Eran dos mujeres con trajes de ejecutivas arrugados y largo pelo rubio. Sus ojos eran muy verdes y brillaban por igual. Llevaban sendas carpetas. Se detuvieron en el umbral para hacer cada una una cruz con sus lapiceras en las recién abiertas planillas
—¿Cómo se llama la niña? -preguntaron a coro
—No tiene nombre aún.
—¿Y en qué están pensando? Póngale un nombre. Me lo exige la planilla—dijo un hada.
—Ada —dijo la madre.
—Ana —exclamó el padre.
—Ada Ana —repitieron a coro las hadas mientras escribían los dos nombres—. Bien, vamos a verla.
—¿Cuáles son sus ingresos? —preguntó una. Las dos hadas eran indistingibles.
—Soy jornalero, asi que gano un poco de dinero.
—¿Pero puede mandarla a la escuela pública?
—Creo que si.
—"Creo" me suena mal. Va a mandarla a la escuela —dijo una de las hadas— Bien, su única oportunidad es el estudio.
Se acercó a la cuna, sacó una varita mágica de su carpeta y dijo:
—Ada Ana, tendrás una gran memoria. Memorizarás todas las letras y sonidos. Nada que leas u oigas se te borrara de la mente.
—Y ahora yo —dijo la otra.
—Ada Ana. Entenderás el lenguaje de la música y sabrás de melodías.
—Bueno —repuso mirando al padre—. Uno de los dones es para disfrutar. Sino para qué vivimos y nos alimentamos. No todo en la vida es trabajo.
Y entonces se abrió la puerta. Lentamente, chirriando sobre los goznes. Todos se sobresaltaron al ver a una gran señora, de larga cabellera azabache, con brillantes ojos negros, alta, con un traje rojo y la varita de oro en la mano. No llevaba ninguna carpeta.
—El hada maléfica... —murmuró la madre. Instintivamente quiso cubrir a su hija.
—Cálmese —dijo un hada rubia—. A veces ocurre, pero muy raras veces. Está de licencia casi todo el año ¿verdad?
El Hada Maléfica se acercó a la cuna de la niña.
—Vengo cuando es preciso. Esta niña será hermosa. Tú le diste memoria y tú le diste gusto por la música. ¿Qué puedo darle yo? Creo que ya lo sé. De hecho, lo sé porque no vine por azar. Sé lo que necesita.
Se acercó a la cuna con su varita de oro, tocó con ella la frente de la niña y dijo:
—Ada Ana: te doy un corazón de seda que se rasgue sólo con un beso, sólo con la promesa de un beso, sólo con el sueño de un beso.
-Será poeta —dijo el Hada Maléfica a las otras dos hadas.
Luego habló a los padres con sus labios de sangre.
—Lo malo es sólo un poco malo, ¿saben? Hada significa fata, destino en una antigua lengua. Yo sólo cumplo órdenes. Será poeta —repitió el Hada Maléfica.
Desaparecieron las tres hadas y la casa quedó a oscuras. Y Ada Ana lloró suavemente.

lunes, 29 de agosto de 2011

EL ARTE DE HACERSE DESPEDIR

Decía Jonathan Swift una famosa frase que es la siguiente: se reconoce a un genio cuando los necios se conjuran contra él. Personalmente la noción de genio es demasiado alemana y en sí misma muy ególatra para mi gusto, los genios alemanes suelen describir las características físicas del genio, por ejemplo, Schopenhauer "el genio es petiso, pelado y gordo" dice el tipo, o sea es como él u Otto Weininger, más generoso, sólo reconoce en él mismo los atributos más elementales diciendo"nunca una mujer puede ser un genio", por lo cual se decanta que cualquier hombre puede serlo, no le importa si es petiso, tiene frente amplia y el viento sacude su cabellera leonina, que sí son condiciones indispensables si ustedes quieren ser Beethoven o Schopenhauer. Y saber alemán. Pero si quiere ser Weininger, con ser hombre basta.
Bueno, estas son necedades. La cuestión es acá dar mis modestas lecciones para todo aquel que quiera hacerse despedir de su trabajo rápidamente. Así que volvamos a la frase de Swift.
Reconocemos a un genio porque los necios se conjuran contra él, dice el tipo.
La vida está llena de casos donde un grupo de necios se conjura contra otro necio, que no por eso se cree un genio. Ustedes y yo nos reconocemos en ese último grupo. Somos necios y nos molestan otros necios como nosotros.
Ser un necio es relativo. Ahora, justamente ser un genio es un absoluto. ¿entienden? Tienen que empezar a comportarse como absolutos y no como relativos. Y decir frases como las dos últimas que dije yo, que no se entienden un carajo. ¿Qué es ser un absoluto? Pregúntenle a otro, hace dos frases que soy un genio y no me sé explicar.Todas sus acciones tienen que así, singulares, claras y contundentes. Si usted quiere ser despedido rápidamente, sea un genio.
Crease o no, artistas en hacernos despedir somos todos. Yo misma soy una experta. Mis primeros despidos no tenia conciencia de mi potencial artístico. Me iba llorando, cabizbaja, con el treinta por ciento del último sueldo apretado en el bolsillo, diciendo ¿por qué a mi? Claro, los contratos basura lograron muchos despedidos sin aporte de su propia genialidad. Bueno: los contratos basuras son ahora normales. En algunos sitios, despedir gente está de moda. Yo simplemente trato de que no sean otro ladrillo en la pared. Hay que hacerlo todo, como dice Twain, con estilo. Así, si lo o la van a despedir: sea una artista.
Hay técnicas y pequeños consejos con los que logrará ser un genio y que lo despidan, todo junto. Y para esto, apelaremos a Platón.Si, sé que se cita más a Foucault, pero es más fácil Platón. A Platón lo visualizo como uno más de nosotros, despedido, en una ronda de mate y biscochos Don Satur. A Foucault lo veo más como becario del Conicet, tomando capuccino en el Café del Lector. No se por qué. Busquemos a Platon, que es amigo.
Acá deberá hacer una pequeña inversión. Cómprese "El Banquete" o bien el "Critón", que queda menos festivo y más suicida. Cómprelo usado, así parece que lo leyó muchas veces.
Llévelo al trabajo. Síentese, no importa si es repositor o trabaja en una estación de servicio. Siéntese en el escalón del surtidor de nafta a leer. Lo amarán. Se hará popular, creáme.
Lo querrán incinerar.
Supongamos que trabaja en una biblioteca. ¿qué más natural que sentarse a leer? No crea. Yo tuve una jefa bibliotecaria que me recordaba cinco o seis veces por hora que no me pagaban por leer.
"¿Ah, si?" Contestaba yo un poco distraida pero educadamente. Y pasaba otra página.
Pero bueno. Siéntese, le decía y abra el libro. Lea toda la tarde. No se olvide de fichar al irse.
Si es cajera de supermercado la despedirán en el acto.Dígale a su jefe que busca un hombre y que se aparte de su tubo fluorecente. Sabe que usted no se parece a Diógenes y su jefe no se parece en nada al gran Alejandro. Aclárele que busca otro hombre, no a él. Una vez hecha la salvedad, será despedida. Para el glorioso momento, apréndase las siguientes frases: "Usted no piensa, luego no existe".O "El estómago tiene razones que la razón no comprende" Y pida un sandwich. Su bella ironía será recordada durante años en toda la línea de cajas.
Bien, pero si no es cajera de supermercado o empleado de estación de servicio, el proceso puede ser más largo. Apoye su Platón en el escritorio y comienze a filosofar. A cada pregunta responda según el conocido método de la mayéutica.
Ejemplo:
Jefe-"No te pagan por leer"
Usted- "¿Lo cree así?"
Jefe: "¿sos estúpido o te hacés?
Usted: "¿Es bruto o se hace?"
Jefe:" Voy a comunicar esto al señor Director"
Usted- "¿Puedo ir al baño?"
Ve lo simple que es. Usted, un pacífico filósofo socrático. Él, un bruto animal. Su superioridad moral está demostrada, sobre su jefe y sobre la Polis. Así que no tome cicuta porque no hay, y además todos lo queremos, pero váyase tranquilo y feliz a su casa.
Si es que fue despedido después de esto.Porque si no lo despiden, conserve ese trabajo.
Es un trabajo maravilloso.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Madrugada con una sirena y un unicornio

Hay madrugadas como ésta, frías con pensamientos cálidos. Dos de la madrugada. Mi hijo tararea en voz muy baja una melodía en el silencio nocturno, posiblemente una nueva composición.Calienta el agua para el té de los dos. Suelo dormir a esta hora.Hace exactamente diez años, juré que nunca más un poema me iba a levantar de la cama. Y lo cumplí. Hasta hoy.
El músico de 18 años con quien comparto casa me rememora mis viejos insomnios creativos.La noche no está estrellada. Veo las nubes por la ventana.Y el pensamiento bullicioso que me hacía dar vueltas en la cama me despertó.Así que compartiré el agua hirviendo para el té con mi hijo Ger. Es respetuoso, calló la guitarra hace horas.Pero su última melodía quedó flotando.
Tenia un pensamiento confuso, porque a veces me desanimo. ¿Para qué escribir?-me pregunté.Pregunta que a la cuarta vez que me plantée, me sacó de la cama, me colocó un cardigan de lana grueso, me trajo a esta mesa, me hizo prender la luz, abrir un cuaderno, encender la netbook y responder la pregunta escribiendo.No quiero despertar al hombre que amo a estas horas con una pregunta como esa.
Preguntarme, por qué escribo es casi tan ocioso, pero necesario, como preguntarle a la sirena porque prefiere la profundidad del mar a la luz del sol.La sirena aparece en este blog con cierta recurrencia. Mi favorita, la de Andersen, se ríe de la pregunta."el sol es agradable,- dice mientras coquetea con la masa de cabellos que apenas oculta su pecho perfecto-; pero la gente que vive bajo él, es gente commplicada. Peligrosa" Lo dice y se zambulle de nuevo.
También escribí tanto sobre los unicornios que creo conocerlos muy bien.¿por qué huyen y huyen en los bosques, sin respiro, sin alivio, cuando sería más fácil decir: bien, vengan ustedes todos los cazadores, corten el cuerno y llevénselo, háganlo polvo para sus boticas o cuélguenlo en la pared, pero dejénme en paz?Y vivir sin huir...pero mutilado. El precio, el costo , el pragmatismo del que tanto me hablaron de joven cuando decia "voy a ser escritora?". "¡Escritora, pero, mi amor, tenés que ser pragmática", decía la profesora, y bien, pragmático sería el unicornio si se dejara mutilar el cuerno. Y no, no lo hace, no entrega su precioso cuerno, porque él es...su corazón y nadie entrega su corazón.
Y ahora que el té se enfrió y otra vez tengo sueño y un hombre cálido me espera en el otro cuarto, en su sueño profundo, sin saber que ahora pienso en él y en las madrugadas de mi juventud de poeta donde no me importaba despertarlo a las cinco de la mañana para leerle un verso,.... y ahora, repito, tal vez alguien crea que escribiendo esto estoy entregando mi corazón, pero sé, se me revela esta noche, que escribo ficciones para esconderlo, para esconderlo bien.
Bajo el sol hay gente complicada, en el bosque hay cazadores...

miércoles, 3 de agosto de 2011

Los ojos tras los anteojos oscuros

Subió en el shopping Alto Palermo y era previsible. El colectivo estaba abarrotado, yo por milagro ocupaba uno de los pocos asientos y esta mujer de bronceado furioso e hieráticos anteojos negros, cargada de bolsas de ropa de marcas caras y de quejas, pronto me empezó a fastidiar.
Las quejas iban dirigidas a su hija, pero las escuchábamos todos.Vagamente, se entendió que sólo ella se ocupaba de la casa, que los varones no hacían nada
por la limpieza, que nadie cocinaba si ella no se ocupaba.La voz era fuerte, vibrante, exaltada. Su tono no se contradecía con las bolsas de ropas caras, ni con los anteojos ni con el bronceado furioso.El contenido del discurso quejoso, se contradecía un poco.La hija la escuchaba con sumisión no exenta de soplidos y quejidos simulados. Cada tanto un suave¿que querés que haga? escapaba de sus labios.Era pálida y regordeta, se vestía con una simple remera y pantalón de gimnasia, contrastando con la exagerada flacura de su progenitora, de brazos fibrosos coronados por manos huesudas y arrugadas. Por que, aclaro, esto fue un verano y no recuerdo qué verano, pero las recuerdo a ellas.
No miento si digo que todos en el colectivo estábamos molestos. Esa mujer que se quejaba así parecía salida de un episodio de Sex and the City..El trabajador normal que toma ese colectivo a las siete de la tarde para volver a su casa, su pensión, su rancho en la villa ( el colectivo en cuestión pasaba por barrios de casas, pensiones y villas) no mira con buenos ojos a esas criaturas marcianas que con ropa cara y carteras enormes invade sorpresivamente el espacio común proletario y laburante. Así que los murmullos se hacían oir, pero la mujer seguía en su letanía, en su queja.
Y entonces sucedió. Fue un milagro. Quiero decir que no se sacó los anteojos de sol, pero vi sus ojos.
No sé qué desdichas, cuánto cansancio, qué oscuridades hogareñas taparían el bronceado furioso, los anteojos de sol, la ropa carísima.Pero cuando la hija, una adolescente de catorce años, saludó antes de bajarse sola, escuché a la mujer decir:
-Por favor, llamame cuando llegues...
-No te olvides....
Y repitió: Llamame cuando llegues.
Dijo esto con la misma voz suplicante, temerosa y dulce ( ese pedido, ese ruego en el que los padres nos ponemos a merced de nuestros hijos), dijo esto con la misma voz que empleamos todas, pero todas, las madres del mundo.