miércoles, 25 de agosto de 2010

¿Estas buscando un millonario?

Recuerdo haber visto hace muchos años una película llamada “Cómo casar un millonario” o algo así. Trabajaban Lauren Bacall, Marilyn Monroe y Betty Grable. La vi cuando tenía quince años y una notable experiencia de la vida. Para decirlo con pocas palabras: la vida ya me hacía callos a tan tierna edad y sabía perfectamente donde estaba lleno, literalmente lleno, de millonarios generosos y tal vez casaderos.
Así que miré la película con una mezcla de suficiencia y compasión por las peripecias de las protagonistas, ignorantes de que lo único que tenían que hacer para atraer millonarios era sentarse a leer en el Jardín Botánico.
La primera vez tenía catorce años y trataba de leer una biografía de Schubert. Ningún lugar mejor que el Botánico: oasis rumoroso, umbrío, celestial y lleno de gatos en medio de la selva de cemento. Me senté en un banco y a los dos minutos se sentó un viejo. Nada en su aspecto denotaba al millonario, pero la excentricidad en el vestuario de esos raros seres es conocida y los más reconocidos expertos en la materia aseguran haber visto millonarios vestidos como mendigos en King Cross sólo para tener las fuertes sensaciones que les niega el insano tedio de estar llenos de plata.
Éste del que les hablo era un hombre de entre setenta y cinco y ochenta años, con sombrero y bastón. Rápidamente me saludó, me preguntó qué leía y, sin esperar respuesta, me contó que tenía una refinería de petróleo, un convenio con la Shell, una casa de diecisiete habitaciones y que necesitaba cariño.
"¡Pobre hombre!”, pensé y le dediqué una compasiva sonrisa. Luego traté de seguir leyendo.
Pero era inútil. Los millonarios son muy extraños, les encanta enumerar tristemente sus riquezas sin comprender que la compasión de los pobres es limitada. Siguió enumerando sus posesiones y su falta de cariño. Tal vez piensen que yo era ingenua, pero no: si todo eso lo hubiera acompañado con un gestito de idea, yo hubiera considerado que era un viejo cínico, pero no hubo ningún gestito de idea, sólo una mirada de Leopardi degollado que partía el corazón. Mientras hablaba de sus acciones en distintas compañías, mencionaba como quien lamenta hacerlo su falta de amor, su necesidad desesperada de una mujer desinteresada que quisiera vivir en una de sus diecisiete habitaciones, hasta que la piedad que sentía fue tan insoportable que me levanté y me fui a otro banco.
Pero es inútil: leer en el Botánico es imposible. El fino gusto de los millonarios los atrae irresistiblemente allí y son incapaces de callarse la bocota. Así como los gatos van a buscar la comida de las viejas del barrio y los mendigos piden monedas en el centro, el Botánico es el lugar donde los millonarios mendigan AMOR. A una no le queda más que establecer su escala de prioridades y elegir una tabla de valores para su escasa compasión: primero los mendigos, después los gatos y por último los millonarios. Y desde que dejé mi etapa borderline, a los dieciocho años, nunca más fui a leer al Botánico. Me busqué un bar de Puente Pacífico lo suficientemente ruinoso y sucio para garantizar que la nariz delicada de los millonarios no se asomaran por ahí.
Pero una nunca está a salvo de ellos. Mi último encuentro con un millonario fue en noviembre pasado y en un lugar sorprendente.
Barrio del Once.
Colectivo 26, repleto. Gente transpirada. Un viejo estaba sentado, me mira con expresión tan lasciva que pienso que está en coma. Se levanta y me da el asiento (¿no estaba en coma?).
Había varias viejas decrépitas colgadas de los caños, pero no, me lo da a mí. Ya conozco la situación: si le cedo el asiento que él me da, de puro langa, a una vieja, me va a matar. Así que me siento, pero le pregunté si iba a bajar.
Me dijo que se bajaba pero no se bajó, y al fin, veinte minutos después, me da una tarjeta y me dice: Te llamo.
Mi apreciación de que era un viejo langa estaba firmemente errada.
La tarjeta dice "Magoya Company" y tiene un nombre: Joseph Magoya, President y un número y un teléfono adónde él me va a llamar y no me va a encontrar.
Guardé la tarjeta. Medio colectivo 26 me miró con reprobación.
Pero no me importa. De ahora en más, no volveré a tirar la tarjeta de un millonario, puede que me contrate Forbes. Mi olfato para los millonarios es único. Siempre supe dónde encontrar millonarios, siempre. Me pregunto si Forbes sabrá cuántos millonarios poderosos toman el 26. Mientras, me dicen vanidosa. ¿Pero qué quieren que haga? Me echaron a perder, no es mi culpa.

martes, 10 de agosto de 2010

LA REVOLUCION COMIENZA EN CUALQUIER SITIO

Es un lugar pequeño. Muchos caminantes sin duda lo rehuyen. Es una casa de comidas con aspecto descuidado. Ese descuido melancólico que a veces rodea lo que amamos demasiado. No puedo explicar muy bien ese concepto, porque no es un concepto. A veces los lugares descuidados lo son porque sus dueños trabajan mucho. Y no hay tiempo para decoraciones vanas, para diseños. No hay tiempo para el espejismo. Hay tiempo de volar entre las cacerolas, preparando y lavando lo que los albañiles, los taxistas y las escritoras del barrio van a comer.
De entrada me gustó el nombre de la pizzería. Chaplin. No sólo se llama así, sino que el recuerdo del cómico triste ronda por todo el pequeño local. Como si la melancolía del noticiero y el diario sobre las mesas de fórmica, mirados por solitarios trabajadores, no bastara, un póster desteñido de la película El pibe y un muñeco muy viejo de Chaplin nos recuerdan que el nombre no fue puesto porque si.
A Chaplin le hubiera gustado. La mujer de mediana edad y aspecto juvenil lava la lechuga con energía detrás de un mostrador desde donde el comprador ve cómo se prepara la comida, en cacerolas abolladas y ennegrecidas, algunas sin manijas. Hay un póster de socio de Boca Juniors lleno de hollín del dueño, Beto, que siempre con ojos de estupor comenta las últimas noticias policiales, con un asombro resignado, a veces insoportable, de la crueldad de la vida.(Beto siempre ve la crueldad de la vida, hasta en días soleados como el de hoy, cuando yo escribo sobre él y no lo sabe ni lo sabrá tal vez nunca).
Hace mucho que quiero escribir sobre Chaplin y hoy me dieron la ocasión.

La revolución empieza en cualquier lado. Eso lo declaré al principio. Un chico muy serio envuelve y entrega los pedidos. Desde hace tres años, me habitué a un diario abierto sobre el mostrador, que leía el chico muy serio. Al reclamo de atención por parte de Beto, cuando por concentración en la lectura el chico no reaccionaba, siempre envolvía la comida con un gruñido que los lectores conocemos muy bien. Pero desde hace una semana veo un libro. Fui tres veces en la semana y el señalador marcaba cada vez una página más avanzada. Hoy mi joven amigo estaba a treinta páginas del final. Envolvió mi pedido con un gruñido. El libro se cerró, desequilibrado por la cantidad de páginas pasadas y el chico gruñó más fuerte.
No logo. Un edición muy gastada, de tapas negras, con el plastificado roto. No logo de Naomi Klein, a quien nunca lei.
Me fui pensando que la revolución empieza en cualquier lado. Cualquier sitio es un buen lugar. Recordé mientras caminaba al escritorio a escribir esto la casa de madera de mi tío, el socialista hijo de italianos, que trabajaba en una jamonería y que tenia una biblioteca que envidiarían muchos escritores (y debo añadir que unas lecturas que a muchos autores les hacen falta). Recordé esa villa miseria contruida por italianos donde con lámparas de kerosén, después de la larga jornada en la jamonería o en la papelera cercana a la villa, leían a Rosa de Luxemburgo, a Bakunin, a Byron, a John Dickson Carr, a Alejandro Dumas. No necesitaban ser escritores o intelectuales. El conocimiento no es para los que lo ejercen como medio de vida: es para todos. Es una riqueza humana que de un modo infame pretenden convencernos de que es privativa de quienes pueden pagarse estudios universitarios y pertenecer a la casta de los que poseen los medios del conocimiento, que son hoy día una casta burguesa comparable a quienes poseen los medios de producción, los que Marx quería distribuir entre el pueblo. Hoy los medios de conocimiento son también un pasaporte social que se compra caro. Pero a diferencia de mis ex compañeros de militancia estudiantil, los que gritaban “universidad para los trabajadores”, yo no quiero eso. Yo misma no necesito a la Universidad. Yo pude leer a Splenger y a Descartes y a Leibniz, a Schopenhauer y a Spinoza en un cuarto donde compartía dos colchones con mis dos hijos pequeños. Que se crean otros que necesitan un mediador entre los libros y ellos. Mi amigo, el que envuelve los paquetes en Chaplin, sabe que no necesita más que su hambre de saber y sus preguntas para empezar la revolución.

lunes, 26 de julio de 2010

El hechizo de la gata blanca

Se lo oía a la medianoche. A la hora señalada, su esbelta y fuerte figura se recortaba en la pared medianera. De nada servían los piedrazos de mi hermano o los gritos de mi padre. En su pelaje amarillo se reflejaba la luna.
El maullido era imperativo, nacido de las entrañas de la carne, un llamado que no se podía desoír.
Ella era pequeña y la llamábamos Duquesa. La trajimos a nuestra casa siendo diminuta, y recuerdo que su pelo blanco y suave le daba una apariencia frágil. Era nívea. Creció, pero poco. Siempre fue una gata pequeña. El nombre de Duquesita se lo puso mi abuela. Así debían ser las duquesas según ella, pálidas y frágiles.
Pero el llamado del gato amarillo, con el poder de la sangre ardiente, incólume en la medianera, altanero frente a los gritos, indiferente frente a las piedras, debía ser oído.
Duquesa se escapaba. Se iban juntos saltando techos.
Yo era una niña, pero no tanto. Algo comprendía del llamado lunar, algo intuía. El hechizo del gato bajo la luna.
Fueron cinco noches de luna. Cinco noches en que Duquesa, al oír el llamado, se escurría entre mis brazos y se fugaba con su amante por los techos.
A la sexta noche, Duquesa dormía en mis brazos. Parecía más desmayada que dormida. Mi hermano preparaba la artillería para el gato amarillo. Pero no vino.
La noche era oscura. No hubo llamado, ni pelaje amarillo reflejando la luna. Ya no volvería.
Pasaron meses y el vientre de Duquesa pesaba. Era más frágil que nunca, más débilmente principesca que nunca. Daba ternura su blanca debilidad. Cada tanto, sentía que preguntaba por él. Me asomaba a la medianoche al patio, preguntándome en qué tejados haría, cada noche, su invocación a la luna.
Llegó la tarde del alumbramiento. Yo estaba sola. Mi padre estaba de viaje, y mi abuela, enferma en un hospital, con mi madre a su lado. Yo sola estaba con Duquesa. Era mi responsabilidad.
La oí gemir. En la cama de mis padres, en la habitación a oscuras, la oi llorar. Vi como trataba de reanimar su primer cría muerta. Envolví al prematuro cachorro muerto en un pañuelo y acomodé la gata sollozante en una caja de almacén forrada de sábanas. La llevé caminando a la veterinaria. Caminaba lo más rápido que podía, agitándome y por una vez entendí esa frase común de las novelas viejas “preciosa carga”.
La espera en la sala de la veterinaria fue angustiosa. La dulce duquesa era muy pequeña para parir. Se le hizo una cesárea
A las dos horas la veterinaria me trajo en una caja a la madre anestesiada y a las tres crías.
-No puede dar de mamar por la anestesia-me dijo-pero la cría necesita leche. Vas a tener que atenderlas vos.
Contemplé el interior de la caja. Eran tres gatitas preciosas. De pelo amarillo, negro y blanco.
Todas las gatas de tres colores son hembras-explicó la doctora.
Recordé al amante nocturno, su largo pelo amarillo…

Esa noche la pasé en vela, mojando una y otra vez mi dedo en leche, intentando que las tres gatitas se salvaran, dándoles calor en mi falda. Porque el invierno era crudo, la casa muy abierta y la noche, eterna.
Con los primeros rayos de luz, entró, despacio, mi madre. Me dijo que mi abuela dormía y ella venia a descansar un rato. Miro a las gatitas.
Se recostó en el sillón y yo con ella. Pasó su brazo por mi espalda y recostó la cabeza. Yo me acurruqué en su hombro.
Dormimos.

martes, 13 de julio de 2010

PRESENTACION DE EL JARDIN DE LAS DELICIAS

Presentación de libro
en la
Biblioteca Nacional

“El jardín de las delicias” de Paula Ruggeri


El lunes 19 de julio a las 19hs., en la Sala Juan L. Ortiz de la Biblioteca Nacional (Agüero 2502 3º piso), se presentará el libro de Paula Ruggeri “El jardín de las delicias” editado por Ediciones Cuásar.
La presentación estará a cargo del actor y dramaturgo italiano Matteo Belli; el humorista y escritor Rudy y de la autora de la novela Paula Ruggeri.



Entrada Libre y Gratuita.

miércoles, 7 de julio de 2010

DIARIO DE VIAJE DE UNA DAMA INGLESA

Acaba de zarpar el barco rumbo a Dakar. No temo más que a los mosquitos, sin embargo, George no hace más que pasearse nerviosamente por la cubierta y llegó a preguntarle al capitán si no es posible que un tiburón salte sobre el navío; el capitán le ofreció un cigarrillo, se negó, le ofreció un lexotanil y lo tomó. No le sirvió de nada: ahora mismo le pregunta a un grumete si cayó alguna vez una piraña a la cubierta. El grumete le pregunta con sorna si desea piraña para el almuerzo, yo salgo en ayuda de mi marido diciendo en voz bien alta que prefiero tapir para el almuerzo, pero que me reserven las pirañas para la cena. Dicho esto tomo a George por el brazo y me lo llevo a estribor, donde la sola vista de una gaviota lo hace temblar, porque la semana pasada vio una película de Hitchcock y creyó que era un documental de la National Geographic.
Bajo a mi camarote y me tiro a descansar. Cuando consigo conciliar el sueño George dice que tiene miedo y se pasa a mi cama.........................................................................
Nos interrumpen golpeando la puerta del camarote y preguntando con voz potente qué son esos gritos: yo respondo que es George, que tiene miedo. El capitán murmura en voz baja que estamos los dos locos, pero su voz es tan clara que lo escuchamos. Seguimos gritando y revolcándonos un poco más, pero George me dice que está cansado, que le duele la cabeza y que no es un objeto. Yo digo que los hombres no sirven para nada y voy a conversar con el grumete, que intentó hacerme salir de mi error, pero lamentablemente nos interrumpe el capitán, que al parecer no sabe hacer otra cosa. Para comprobar si sabe o no hacer otra cosa, lo acompaño a su camarote. Estaba él en plena demostración de su utilidad y yo a punto de admitir mi error con humildad clamorosa, cuando abre la puerta el bendito de George. Tiene tanto miedo que con tal de salir del maldito barco no objeta que el capitán lo tire por la borda. Yo lo despido con el pañuelo en alto, pero en el fondo sé que es lo mejor para él. No me gustan las despedidas demasiado largas, así que vuelvo al camarote del capitán, pero entro por error en el de Lady Cardew Trench, esa vieja trucha estaba con el timonel. Yo digo que Dios le da pan a los que no tienen dientes y le escondo la dentadura postiza, luego me preocupo por el timón. Vuelvo a cubierta y me encuentro con el capitán. Le manifesté mi fuerte y enérgica queja como súbdita de la Corona Británica por el comportamiento indecoroso del timonel y el descuido general que se observa en el barco, donde la cubierta no tiene parquet y además no hay papel higiénico en los baños. Tras oírme con el entrecejo de marino fruncido, da órdenes al cocinero para que se ocupe del timón. Yo creo conveniente desmayarme un poco y, mientras exhalo suaves quejidos pidiendo mis sales, él me levanta con sus nervudos brazos y me lleva a la sentina, donde me ata con fuertes nudos marineros. Mis experiencias en la sentina las contaré en otro volumen y en japonés: temo la reacción del gobierno.

sábado, 12 de junio de 2010

NACERÁ UNA BRUJA

Un día nació una bruja y fue tan grande el temor de perecer aferrados a su talle ondulante como aquel otro temor antiguo a perder la vida por el canto de las sirenas. Pero las sirenas daban su vida en el canto y no pretendían más que se la devolvieran en su justo valor. Esta bruja, no una sirena,( que se hubiera cuidado de los humanos no llegaran hasta ella), tuvo que decir un último enigma y confiar al destino su solución, atados sus brazos y piernas a un tronco, con el que fue quemada.
Ella pronunció en un susurro: “Nacerá de mis cenizas una bruja que no os atreveréis a quemar”.
Vientos desatados llevaron sus cenizas.
En una tierra cercana nació una mujer. Temiéndola por su inteligencia, el padre la encerró en lo alto de una torre. Solo la lluvia entraba por la ventana tan alta. Y llegó el día en que un rey enemigo asaltó el castillo. El castillo ardía y la joven no pudo esperar mas auxilio que el de la amada tormenta. Pero con la tormenta llegó un caballero y la rescató. Pensó en tomarla de esclava. Pero tímidamente, la mujer, la hija de la bruja que había perecido en las llamas, le contó su historia.
“Amo la tormenta”, dijo ella y calló. Sintiéndose incapaz de toda cobardía, el caballero la sedujo. Tuvieron hijos e hijas. Las hijas heredaron el antiguo poder de las cenizas y tuvieron otras hijas. Una de esas hijas escribió la historia con el fin de que las hijas dispersas se sepan hermanas y de que los hombres recuerden su poder, que resulta de la unión del conocimiento y la poesía, de la inteligencia y el valor, del leer en la celeste armonía que existen más límites que los finitos.
Un día nacerá una bruja

domingo, 30 de mayo de 2010

Esto ocurria en Ciudad Gótica....

El Doctor Ferdinand Papirus se clavó los anteojos en la nariz para mirar mejor a su aplicada alumna de Historia, la señorita Pamela Johannesburgo. Pensó amargamente que le había contado la escabrosa historia de Barbazul sin lograr excitarla, verdad es que tampoco se había excitado con el amorío de Carlos II de Inglaterra y la opulenta Duquesa de Cleveland. Ni siquiera se había dado cuenta de que no había sido en la Edad Media. "Por cierto", se dijo amargado, "este punto del programa, el medioevo tardío de Ciudad Gótica, tampoco la va a excitar. Tal vez deba agarrarla de los pelos, romperle la camisa, mirarla los ojos y decirle...

"Miss Pamela, sólo el Marqués de Sade le daría a usted clase de historia, ya que contarle las cruzadas a usted es verdademente sádico".

Pero jamás lo haría. Tenía setenta años, era un doctor de Oxford y debía resignarse a...

—¿Profesor? —Miss Pamela lo miró fijo con dos grandes ojos interrogantes.

Se resignó completamente.

—En el Medioevo tardío, Ciudad Gótica era un caos. El robo y el pillaje eran moneda corrientes, bajo una tiranía despótica que hambreaba a la población. Los pobres comían lo que podían, que no era mucho, pero ellos sí lo eran... muchisimos. Las estudiantes rubias estaban famélicas y los profesores no se veían mucho mejor. El Rey Fernando I predicaba la austeridad a través de sus heraldos, que lograban pedir un gesto patriótico a la población antes de que se los comieran en las plazas. Este rey era austero: sólo hacía cuatro festines por semana, una vez al mes una orgía romana y cada tanto bebía perlas en vinagre; tenía, eso sí, dos hijos disipados, disolutos y por completo imbéciles, en cuyo criterio confiaba plenamente. Los señores feudales de Ciudad Gótica no lo destituían por imbécil sólo para que no asumieran sus dos hijos, más imbéciles que él. El rey Fernando, siguiendo el buen ejemplo de Calígula, que nombró senador a su caballo, nombró a un caballo de su establo ministro plenipotenciario. Decían que era un caballo brillante, le cepillaban el pelo cien veces por día, razón por la cual lo perdió muy pronto. Caballo decidió que el problema de Ciudad Gótica era la pobreza y resolvió eliminar a todos los pobres. Para esto tomó un paquete de medidas... —se interrumpió, indeciso y desconcertado, al ver a su alumna haciéndose sensuales masajes en el cuello. Se quitó los anteojos, se restregó los ojos y volvió a colocárselos. ¿Estaba soñando?
—Miss Pamela ¿le gusta esta historia?
—Oh, yes —suspiró ella, inequívoca—. El período de Ciudad Gótica a. B. (antes de Batman), me parece fascinante.
—¿Quiere cenar conmigo? —el anciano profesor la miró ardientemente con sus ojos miopes, agrandados por la lujuria. Era demasiado bueno para ser verdad.
—Tal vez si me sigue contando esa fascinante y excitante historia gótica, pero antes me pondré algo cómodo, si quieres, sírvete algo de beber.
Los gustos de las estudiantes de Historia inglesas son inexplicables.

jueves, 29 de abril de 2010

El martirio

En esta vida hice ya hace un tiempo una difícil elección: ser virgen o ser mártir. La antigua fórmula era ser ambas cosas a la vez, pero creo que, a esta altura del campeonato, eso ya no se nos puede pedir. Me resultó difícil la elección, porque no soy una mujer de una moral férrea, sino una persona con un agudo sentido de la moral, lo que constituye exactamente lo opuesto de una moral férrea. Mi agudo sentido de la moral se debatía entre la virginidad (el malo conocido) y el martirio (el malo por conocer). El martirio era un hombre moreno, alto, de pelo largo, anchas espaldas y una boca completamente lasciva. Además, estaba borracho y procuraba comportarse como un caballero. No lo conseguía y eso me conmovió. Siempre me gustaron los hombres nobles que acometen difíciles empresas, como portarse como un caballero, y fracasan estrepitosamente. Más cuando de martirizarme se trata (porque este ensayo sesudo se llama "El martirio" y de eso tengo que hablar). Bueno, hace muchos años escogí el martirio y he perseverado en mi elección, logrando con el tiempo convertirme en una mártir de primera clase.
Con ese primer Baco di mis primeros tímidos pasos en este noble oficio que es ser mártir, desde entonces por mi Via Crucis ha pasado de todo: rudos Vulcanos y Adonis del primer orden, del segundo y del tercero, aventureros intrépidos, tipos de esos que no matan una mosca y alguno que mató varias, siete exactamente, y de un golpe. Pero eso es secundario, irrelevante. El secreto de un buen martirio no está en el victimario sino en la víctima. Un largo, artístico y hermoso martirio no se puede obtener sin el talento y la sabiduría de la propia mártir. Acá de lo que se trata es simplemente de sumar puntaje, se los digo crudamente, y para eso hay que ganar experiencia, claro está, pero principalmente hay que aquilatar la experiencia. Si alguien sabe que quiere decir aquilatar, por favor, hágamelo saber. Pero, mientras, hablo de aprender de un martirio para aplicar en los siguientes, de tal manera que progresando en el aprendizaje en forma geométrica, tengamos algunos de esos martirios que, Dios mío, pisemos realmente el Reino de los Cielos.
No es mi intención poner mi experiencia al servicio de ustedes, porque el martirio es personal , intransferible, y además es un camino iniciático en el cual el único maestro es el martirio mismo, además no voy a transmitir mi experiencia porque no se me da la gana hacerlo. Pero puedo hacer como única concesión la metáfora del perfecto martirio.
Un martirio perfecto tiene su tempo, tiene movimientos, y es en definitiva una composición. Una sinfonía si se quiere. Ya saben:
—allegro
—adagio
No sigo por que acabo de emplear todo mi vocabulario musical. Un martirio es como una sinfonía, exactamente.
Otra metáfora o analogía.
“Quo vadis”. Sale la mártir a la arena del circo. Con craso horror ve que se le acerca un león de enorme tamaño. Se defiende, entonces, como mejor puede, es decir, se sacude en convulsiones y espasmos de horror hasta el fin del bello momento apoteósico. Eleva los ojos al cielo, las pupilas ceden al blanco, las manos crispadas se relajan, la mártir abre la boca y entona ¿qué? Un bello himno celestial, expresión de su júbilo.
Bueno, eso es lo que muestran las películas. Cuando el león se la come no se ve, porque eso ya es martirio explícito. Pero, hasta ahí, vemos claro que un martirio es idéntico a otro martirio y eso es natural y como Aristóteles bien lo ha demostrado, la analogía es el
comienzo de toda lógica y por tanto de todo conocimiento humano. Y el martirio, déjense de joder, también es conocimiento. Y es razonable entonces que al elegir entre virginidad y martirio, prefiera el conocimiento a la ignorancia ¿no? Es lógico. Como Aristóteles.

miércoles, 21 de abril de 2010

Un jardin de las delicias

Algo me dio el estreno de Matrix, cuando escribí el primer diálogo y, por eso, el dios Morfeo tiene un papel. Ni me acuerdo cuándo fue ese estreno. Llegué a mi casa, escribí un diálogo sin argumento, sin comienzo, sin escenario. Un capricho sin objeto, como suelen comenzar tantos relatos. Quién hablaba con Morfeo era Ulises.
Me gustó. Eran sólo dos páginas que guardé. Ulises esperó años. Esperó hasta una noche, tampoco recuerdo cuándo, muy tarde. Noche de insomnio. Esta vez la película era por cable y se llamaba Línea Mortal. Me gustan las películas que lo tienen todo para ser buenas y en un punto indefinible fracasan. Los protagonistas son un grupo de estudiantes de medicina que quieren saber qué pasa después de la muerte. El planteo es fantástico, único, de solución inimaginable para el espectador. Sólo que también fue inimaginable para los guionistas. Pero yo ya tenía personaje y problema: un viaje de Ulises a correr el velo tras la muerte. Tenía dos problemas, en suma: cómo encontrar una solución narrativa a la altura de ese planteo. Fue entonces cuando alguien inesperado acudió en mi auxilio.
Una niña de ocho años.
Si, fue esa niña. Tenía pelo largo y un moño blanco lo ataba. Estaba en un aula de la Iglesia San Agustín. Estaba estudiando catecismo. Escuchaba dudando. Como si la herejía no se eligiera, sino que se llevara en la mirada, tan imposible de elegir como el color de los ojos.
La niña mira y oye. Y oye muchas cosas raras para su lógica de niña. La catequista es joven y se llama Daniela y está acompañada por un joven seminarista. Hay un velo en la escena, el velo de los años transcurridos a través del cual la niña de ocho años me tiende una mano. Ahora mismo busco su mano, mientras tecleo estas líneas. La catequista habla del Infierno, ese lugar al que van los que pecan, los que no creen, los que mienten, los que no cumplen. Y una voz aguda y chillona, no la de mi amiga de ocho años, sino de otra niña, grita de una esquina del aula.
—Señorita ¿el infierno es de fuego?
—No —responde la catequista: el Infierno es no ver a Dios.
Niños y niñas se desilusionan y discuten. Parece que prefieren que el Infierno sea de fuego y los malos se tuesten allí. No se piensan malos, de ningún modo. Entonces mi pequeña aliada, la niña de pelo largo, levanta la mano y usa toda su voz para decir que no ve a Dios, que nadie lo ve, así que irse o no al Infierno es lo mismo y, por lo tanto, va a vivir como quiera.
Hace tres décadas y un año de esa tarde en que tuve que correr por los pasillos de San Agustín hacia la calle, perseguida por una nube de niños y niñas que me gritaban que me iba al Infierno. El resto es historia. Historia de cuentos y de poemas que hablaban del cielo y el infierno, de buscar en Dante, en Homero, en Virgilio. Historia de la construcción trabajosa de un infierno que me satisfaciera, de un infierno que incluyera, como debe ser, al paraiso. Esa voz que alcé en el aula de la iglesia se vuelve a alzar, treinta años más tarde, en un paraje infernal hecho palabra por palabra, donde hay sed y eros, sed y labios que besan, sed y vino que marea. Andando por el camino de la vida, escribí El jardín de las delicias, que ahora publica Ediciones Cuásar. Todos los ejemplares están dedicados a un hombre al que vi mirar las estrellas, ya que de esa mirada al cielo surge toda pregunta. Hay un ejemplar en mi biblioteca: está dedicado a Emily, una amiga en la escritura solitaria, que nació con ojos de hereje.
Un ejemplar dejaré en la Iglesia San Agustín, en el rincón más oscuro: en el confesionario.

domingo, 4 de abril de 2010

¿Donde está Bob Fosse?

¿DÓNDE ESTÁS, BOB FOSSE?

Ah, cuando yo era joven. Vivía en Siberia, era feliz, no tenía sífilis, no había conocido a Bob.
Fue aquí, en África. Podía elegir a cualquiera, pero tuvo que ser él.
Me abandonó. Y aquí, en el corazón de África, planeo mi siniestra venganza, con el latir de los tambores del siniestro brujo de la tribu, quien gusta de la buena música cuando se prepara esos estofados de antropólogo australiano como sólo él lo sabe hacer.
—Diablos —se dijo la escritora y arregló la cinta de la máquina de escribir—. Cómo conmover a la platea, ésa era la cosa. —Qué difícil. Qué dura es la vida del artista. Y cómo están los mosquitos. Me gasto el sueldo en espirales y repelentes que no sirven para nada. Y el calor no se aguanta más: la remera se me pega al cuerpo pero si me la saco me van a ver los vecinos porque mi cuñado no viene a ponerme la cortina.
Es una noche calenturienta en África Ecuatorial y pican los mosquitos. Aquí en África la vida es dura, pero además es corta. Maldición, cada aforismo que digo me recuerda a Bob. No siempre la vida fue tan dura, después de todo. En realidad. En fin, que en África no hay dinero para mosquiteros, el sueldo se te va solamente en la quinina, y apenas hay que conformarse con cortinas de bambú. Pero soy una mujer curtida y un mosquito de más o de menos no es nada para mí. Si sólo tuviera a mi Bob.

Suena el teléfono. La escritora arroja al suelo un sombrero inexistente y lo patea. Es su cuñado, para decirle que no puede poner la cortina hoy y que mañana Camila baila jazz en la escuela y si no sabe cómo se vestían las bailarinas de jazz. Cómo habrán notado, el lema de la literatura de este prodigio de escritora es que nada se pierde y todo se transforma.

Decía que era una noche calenturienta y pican los mosquitos. ¿Ya les hable de Bumba Catunga? Lloro solitaria pero no estoy sola. Conmigo está Bumba Catunga, el fiel sirviente negro, que ronca panza arriba. Si en un rato no lo despiertan los mosquitos, lo sacudiré para que tome su quinina. Hace tanto calor que lloro y no se nota porque las lágrimas se evaporan haciendo señales de humo que dicen “¿dónde estás, Bob Fosse?”, “Te cavaste la fosa, Bob Fosse”, “te arrancaré los ojos Bob", etc...
Bob etc... salió a comprar cigarrillos hace veinte años y aún no ha regresado. Ahora debe estar mucho más viejo, prefiero al negro, pero se duerme. Es lógico, de día lo hago trabajar. Pero no es como mi Bob Fosse. Él cocinaba, lavaba, planchaba. ¿Dónde estás, Bob Fosse?
Las hienas ríen como mi destino. ¿Estarán digiriendo a mi Bob, etc...? Era tan pesado que podrían digerirlo veinte años. Era indigesto.

Bah, esto es una porquería, se dijo la escritora. El problema es que el negro está dormido, por eso es aburrido. Si estuviera despierto sería más emocionante. Lo voy a despertar.

Tomé el látigo y le acaricié con él la espalda.
—Despierta, Bumba Catunga —que quiere decir “hombre con rulos”—. Necesito pasión ardiente. Si no me sirves, arrancaré el tótem del poblado otra vez y después te tocará lavarlo.
—No, por favor —en su voz temblaba la súplica—. Médico brujo hará mucho mal. Dice que ser arpía chiflada.
—Si, soy arpía y me gusta serlo y me gustó mucho ese totem la semana pasada, me gusta más que vos, pero no quiero problemas con la tribu y si no me satisfaces, te azotaré.
—Entonces azótame, me duele menos.
—Ah, mond dieu. Maldito seas, Bumba Catunga. No quiero lastimarte. Sólo bésame.
—Ama, es que si sólo te lavaras los dientes a la mañana...
—Imbécil, una aventurera como yo no se lava los dientes jamás. Bésame.
—Con la boca cerrada sí, ama.
—Maldita sea, quién dijo en la boca. ¿También querés que te haga un mapa?
—Dice médico brujo que francesa ser malvada.
—Ahí si me lavo, te lo juro.
—Eso dijo la semana pasada y no era verdad
—Me puse perfume.
—No insistas, amita, me duele la cabeza.
—Maldición, Bumba Catunga, empiezo a creer que eres un impotente, como dicen en el poblado. Dime que no es verdad.
—Es verdad. ¿Me venderás nuevamente?
—No, Bumba Catunga. Tu conversación me agrada y encuentro que ese totem me gusta mucho.
—¡No, ama! ¡El totem sagrado no! Médico brujo enojar. Quemar esta casa. Yo me voy.
Sale corriendo.
Me quedo sola. Las hienas ríen.
—¡Oh, Bob Fosse! —Mis ojos se llenan de lágrimas—. ¿Dónde estás, Bob Fosse?

—¡Bien! —se dijo la escritora satisfecha y en eso el viento le rompió dos ventanas y le arrojó las macetas al piso, sin que ella se percate en su ensueño de gloria—. El éxito... —suspiró—. Función a sala llena... —volvió a suspirar—. Con Cecilia Roth como la aventurera intrépida, y Ricardo Darín como Bumba Catunga. ¿O Denzel Washington estaría mejor?
Y llena de confianza en el futuro, distraídamente aplastó un mosquito
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