jueves, 8 de mayo de 2008

Soluciones mágicas para la depresión.

Como habrán notado padezco el síndrome del análisis. Muchas veces me dijeron: Paula, vos pensás demasiado. Desde hace unos días estoy deprimida. Leer a Dante a los doce años tal vez haya sido demasiado y desde entonces soy algo trágica. Mi anterior post, que tiene sólo dos días, es muy deprimente. Y pensé en ser del bando de los de la buena onda de una buena vez. Comer comida light. Manteca light, mayonesa light, chocolate light ¿y para cuándo los chorizos y el vacío y las empanadas de carne light?
Quiero decorar mi casa según el arte del feng shui. Poner cascadas para tropezarme y mojarme en todas las esquinas, la cama mirando al sur, sacar los espejos que tengo en el techo del dormitorio porque según la sabiduría oriental quedan feos (qué diantres, a mí me gustan). También tengo que cambiar mi apariencia personal. Tengo que vestirme de blanco, relajada. Túnicas de bambula y ojotas, aunque hace frío. Una bronquitis me ayudará a meditar y faltar al trabajo. El trabajo me hace mal. También puedo añadir una túnica azafrán.
Por último, puedo raparme la cabeza, agarrar una pandereta y bailar por plaza Flores, hare, krishna, hare.
Y así dejaré de pensar demasiado. De hecho, no pensaré absolutamente nada.
Aunque sí tengo un recurso cuando la realidad me abruma, que no es ninguna de esas tonterías. Tengo un disco de Jack Johnson. Es un músico maravilloso. Trasmite la auténtica buena onda: la que da la belleza y la serenidad de una vida que no se consigue con productos light y con decoración.
Es la paz de quienes saben contemplar el mar. Es la paz de quien sabe que la serenidad puede darse, pero no es permanente ni obligatoria y no tiene recetas, ni método, ni es superficial y no se consigue con un manual de decoración.
Y a veces, aunque ya no sé si Jack estaría de acuerdo o se lo cuestiona, sólo el análisis de la realidad que te rodea te permite alcanzar cierta serenidad. La de quien tiene un pensamiento, una mirada y no es cobarde.

martes, 6 de mayo de 2008

De crueles reales y provocadores de cartón pintado

Hoy me encuentro leyendo diarios y revistas y gracias a ellos descubro que los blogs recomendados por los grandes medios son aquellos en que una persona busca novia o novio y cuenta sus citas y peripecias con gran éxito de público. Bueno, supongo que los que están leyendo esto buscan otra cosa. Quiero decir que tal vez están hartos de esa especie que denomino provocadores de cartón pintado. Que hacen lo que hacen justamente porque no provocan a nadie ni a nada. Pero otros provocadores, ya no autores de blogs sino profesionales, tampoco lo hacen. Siguiendo esta línea de pensamiento, encuentro que algunas groserías, sino la inmensa mayoría de ellas, no desafían al poder sino que ayudan a definirlo. El poder y sus abusos son groseros y la mayor parte de las groserías son expresiones de esos abusos y esas violencias. O sea, son perfectamente coherentes con una sociedad donde ocurren distintos tipos de violencias y las estúpidas violencias verbales sólo las expresan, en claro acuerdo y aprobación de esa realidad. Por eso, los supuestos provocadores están en los grandes medios de comunicación y lo único que provocan es el horror, el horror, a quienes creímos que hacer humor ignorando a Moliére era imposible, o a quienes nos extrañamos de que a distinta hora y por el mismo canal, se aliente al violador y se denuncie la violación.
Entre horrores diversos y con matices, hay un cierto periodismo televisado que me espanta. Es aquel que se erige valientemente en juez y verdugo, abandonando toda anticuada pretensión de objetividad, para increpar, en un linchamiento proverbial, al funcionario al que le toque. Recordemos que el estado de derecho implica que todos somos inocentes hasta que se demuestre lo contrario. Meditemos acerca de cuán válidos son los métodos de prueba, obligados para su exhibición televisiva a ser superficiales, de los periodistas, hoy llamados noteros. El espectáculo de la justicia por mano propia fascina y lleva al aplauso a mucha gente, en una sociedad que tantas veces justificó el ajusticiamiento por fuera del estado de derecho. Pero cuando se trata de políticos... todo recurso es válido. Hasta el linchamiento.
Políticos: una expresión que el periodismo televisivo usa para descalificar. "La perversa política ensució los sanos Juegos Olímpicos", declamaba un idiota por uno de los canales más vistos del país. Cualquier vocero de la dictadura militar hubiera dicho los mismo durante el sano Mundial del 78. La profesión de político, igualada a la delicuencia por tantos sectores que hasta disfrazan su fascismo (tosco, embrionario, todavía informe) de reclamo justo.
Por cierto, estos periodistas o noteros, son valientes y corajudos e independientes a más no poder cuando se trata de funcionarios, políticos, representantes del Estado nacional. Se vuelven repentinamente silenciosos, serviles y acomodaticios cuando se trata de grandes intereses económicos. Toda su profesionalidad periodística se va al carajo cuando la empresa que les paga el sueldo se ve afectada en sus intereses. Entonces, los vemos incurrir en una mediocridad que pasma. La de un empleado que quiere seguir cobrando. Y el riesgo, la emoción y la aventura del periodismo son repentinamente olvidados.
Y la crueldad de estos empleados cuando se vuelcan al supuesto humor. Cuando exhiben en un programa humorístico, por ejemplo, a un hombre alcoholizado al que detiene la policía conduciendo. Su índice de alcoholemia es altísimo. El hombre devaría, discute, delira. La imagen es repetida hasta el hartazgo. Los conductores ríen y el público ríe. Detras de esto, hay una vida, tal vez varias, arruinadas para siempre. Tal vez haya un hijo, un nieto, martirizado en la escuela. Tal vez una esposa que no se atreve a ir a la oficina. Tal vez haya una familia, que ahora, mientras yo escribo estas líneas, llora y sufre. Pero es tan fácil vestir la crueldad de inteligencia y el sadismo más atávico y violento, de justicia y es tan fácil reir de la enfermedad y de la debilidad del otro.
Aunque no para todos. Eso es para los crueles reales y los provocadores de cartón pintado cuya provocación es solamente un eco de violencia, una complicidad con el que discrimina, una multiplicacion masiva de la agresión por un medio tecnológico, que aún no ha sido catalogada como crimen. Que sólo provoca tristeza en quienes comprenden su naturaleza. Dante, que si era un provocador, los hubiera incluido en su infierno.
Creo que una de las desgracias del nuevo siglo es tener que añadir un círculo al infierno de Dante. En el clásico, esta gente no cabe.

domingo, 13 de abril de 2008

Esto ocurría en Ciudad Gótica

El Doctor Ferdinand Papirus se clavó los anteojos en la nariz para mirar mejor a su aplicada alumna de Historia, la señorita Pamela Johannesburgo. Pensó amargamente que le había contado la escabrosa historia de Barbazul sin lograr excitarla, verdad es que tampoco se había excitado con el amorío de Carlos II de Inglaterra y la opulenta Duquesa de Cleveland. Ni siquiera se había dado cuenta de que no había sido en la Edad Media. "Por cierto", se dijo amargado, "este punto del programa, el medioevo tardío de Ciudad Gótica, tampoco la va a excitar. Tal vez deba agarrarla de los pelos, romperle la camisa, mirarla los ojos y decirle...

"Miss Pamela, sólo el Marqués de Sade le daría a usted clase de historia, ya que contarle las cruzadas a usted es verdademente sádico".

Pero jamás lo haría. Tenía setenta años, era un doctor de Oxford y debía resignarse a...

—¿Profesor? —Miss Pamela lo miró fijo con dos grandes ojos interrogantes.

Se resignó completamente.

—En el Medioevo tardío, Ciudad Gótica era un caos. El robo y el pillaje eran moneda corrientes, bajo una tiranía despótica que hambreaba a la población. Los pobres comían lo que podían, que no era mucho, pero ellos sí lo eran... muchisimos. Las estudiantes rubias estaban famélicas y los profesores no se veían mucho mejor. El Rey Fernando I predicaba la austeridad a través de sus heraldos, que lograban pedir un gesto patriótico a la población antes de que se los comieran en las plazas. Este rey era austero: sólo hacía cuatro festines por semana, una vez al mes una orgía romana y cada tanto bebía perlas en vinagre; tenía, eso sí, dos hijos disipados, disolutos y por completo imbéciles, en cuyo criterio confiaba plenamente. Los señores feudales de Ciudad Gótica no lo destituían por imbécil sólo para que no asumieran sus dos hijos, más imbéciles que él. El rey Fernando, siguiendo el buen ejemplo de Calígula, que nombró senador a su caballo, nombró a un caballo de su establo ministro plenipotenciario. Decían que era un caballo brillante, le cepillaban el pelo cien veces por día, razón por la cual lo perdió muy pronto. Caballo decidió que el problema de Ciudad Gótica era la pobreza y resolvió eliminar a todos los pobres. Para esto tomó un paquete de medidas... —se interrumpió, indeciso y desconcertado, al ver a su alumna haciéndose sensuales masajes en el cuello. Se quitó los anteojos, se restregó los ojos y volvió a colocárselos. ¿Estaba soñando?
—Miss Pamela ¿le gusta esta historia?
—Oh, yes —suspiró ella, inequívoca—. El período de Ciudad Gótica a. B. (antes de Batman), me parece fascinante.
—¿Quiere cenar conmigo? —el anciano profesor la miró ardientemente con sus ojos miopes, agrandados por la lujuria. Era demasiado bueno para ser verdad.
—Tal vez si me sigue contando esa fascinante y excitante historia gótica, pero antes me pondré algo cómodo, si quieres, sírvete algo de beber.
Los gustos de las estudiantes de Historia inglesas son inexplicables.

jueves, 3 de abril de 2008

Nunca olvidé a María Rosa

Me acuerdo de María Rosa y su hijo Leandro como si este último tuviera eternamente cuatro años y ella estuviera hoy enfrente de mí, como ayer, con sus explicaciones de sonrisas y lágrimas, su pelo corto, su rostro agraciado y triste. Conocí a María Rosa en el Consejo del Menor, mi primer trabajo, con mis diecinueve años y mi maternidad de pocos meses.
María Rosa estaba en la calle con el pequeño Leandro y con dos pechos llenos de leche que ninguna inyección podía retirar. Porque en un acto de abnegación terrible, en un sacrificio impensable, ella había entregado a su pequeño bebé. Para que el bebé no estuviera en la calle, como ya lo estaba Leandro, lo había dado en adopción.
El Departamento de Adopción estaba en el cuarto piso de un edificio gris y ruinoso de la calle Humberto Primo. Era común que no anduviera el ascensor y que embarazadas y mujeres con niños pequeños tuvieran que subir por la escalera. También era común que los solidarios empleados, al pasar junto al pasillo donde esperaban las madres, insultaran en voz bien alta a aquellas atorrantas que abandonaban a sus hijos. De los atorrantes de género masculino que abandonan a sus hijos, no sé por qué siempre se olvidan, curiosa y cómoda forma de amnesia. Comencé a trabajar en la institución en simulado estado de gravidez, pero cuando éste se hizo indisimulable, el cuarto piso, Adopciones, era fatal para mí. Cada vez que mi jefa me enviaba a ese piso (por escalera) los amables empleados me dirigían algún insulto o alguno de sus cínicos comentarios, creyendo que yo era una jovencita más que iba a dar en adopción. Gente respetable de traje gris. Seguramente vírgenes todos ellos.
De todas las formas de poder, no hay ninguna más ruin que la que ejercen algunos empleados administrativos. Quien está haciendo un trámite, ya sea el más molesto y banal como el más vital y crucial (dar un hijo en adopción, por ejemplo) no se atreve a enfrentarse al sádico impulso del empleado de manifestar su minúsculo poder maltratando, la mayor parte de las veces, con la mayor impunidad.
Pero hablábamos de María Rosa y de Leandro.
María Rosa llegaba a la oficina todos los miércoles. Saludaba con una sonrisa y se sentaba a esperar. A veces charlábamos y me contaba que todavía los médicos no lograban que dejara de producir leche materna. Ella añoraba a ese hijo entregado por amor, tan desesperadamente, que la leche no se iba. No se iba y ella venía a la oficina a hacer el pedido trágico, imposible, condenado al fracaso, de que le devolvieran al bebé.
Calibremos el caso. Vean ustedes cuántos matices, cuán profundo es el contenido trágico de esa situación que muchos hombres y muchas mujeres califican con un simple “que se joda” o el más compasivo “si no se supo cuidar que se joda”. Tres palabras u ocho sirven para lavarse las manos y para exculpar al otro partícipe del embarazo, al ilustre progenitor que protegido por la sociedad sigue valientemente su camino respetable.
Pero hablábamos del hijo de María Rosa. Ya había sido entregado a una familia. Una pareja con techo, con trabajo, con las posibilidades económicas que se le habían negado a la madre biológica. Con las huellas de Niobe en el rostro, lloraba por el hijo perdido, entregado por ella misma.
La asistente social que se ocupaba del caso, es decir, que hacía lo único que se podía hacer, que consistía en explicarle con calma que su reclamo era imposible, me dijo un día con fastidio: “Lo hubiera pensado antes”.
Y yo, que hacía poco había tenido a mi hija Daniela a la que orgullosamente le puse mi apellido, me indigné sin poder evitarlo. “Lo pensó —respondí en voz baja—. Lo pensó nueve meses: pensó incluso en este momento, en los dos pechos llenos de dolor”.
Es que la tragedia es autoconsciente. Cuando un héroe trágico da el primer paso, ya sabe cuál será el último.
Nunca me voy a olvidar de María Rosa y Leandro.
Como nunca me voy olvidar de quienes los trataron con crueldad.
Qué sabrán ellos.

martes, 1 de abril de 2008

El martirio

En esta vida hice ya hace un tiempo una difícil elección: ser virgen o ser mártir. La antigua fórmula era ser ambas cosas a la vez, pero creo que, a esta altura del campeonato, eso ya no se nos puede pedir. Me resultó difícil la elección, porque no soy una mujer de una moral férrea, sino una persona con un agudo sentido de la moral, lo que constituye exactamente lo opuesto de una moral férrea. Mi agudo sentido de la moral se debatía entre la virginidad (el malo conocido) y el martirio (el malo por conocer). El martirio era un hombre moreno, alto, de pelo largo, anchas espaldas y una boca completamente lasciva. Además, estaba borracho y procuraba comportarse como un caballero. No lo conseguía y eso me conmovió. Siempre me gustaron los hombres nobles que acometen difíciles empresas, como portarse como un caballero, y fracasan estrepitosamente. Más cuando de martirizarme se trata (porque este ensayo sesudo se llama "El martirio" y de eso tengo que hablar). Bueno, hace muchos años escogí el martirio y he perseverado en mi elección, logrando con el tiempo convertirme en una mártir de primera clase.
Con ese primer Baco di mis primeros tímidos pasos en este noble oficio que es ser mártir, desde entonces por mi Via Crucis ha pasado de todo: rudos Vulcanos y Adonis del primer orden, del segundo y del tercero, aventureros intrépidos, tipos de esos que no matan una mosca y alguno que mató varias, siete exactamente, y de un golpe. Pero eso es secundario, irrelevante. El secreto de un buen martirio no está en el victimario sino en la víctima. Un largo, artístico y hermoso martirio no se puede obtener sin el talento y la sabiduría de la propia mártir. Acá de lo que se trata es simplemente de sumar puntaje, se los digo crudamente, y para eso hay que ganar experiencia, claro está, pero principalmente hay que aquilatar la experiencia. Si alguien sabe que quiere decir aquilatar, por favor, hágamelo saber. Pero, mientras, hablo de aprender de un martirio para aplicar en los siguientes, de tal manera que progresando en el aprendizaje en forma geométrica, tengamos algunos de esos martirios que, Dios mío, pisemos realmente el Reino de los Cielos.
No es mi intención poner mi experiencia al servicio de ustedes, porque el martirio es personal , intransferible, y además es un camino iniciático en el cual el único maestro es el martirio mismo, además no voy a transmitir mi experiencia porque no se me da la gana hacerlo. Pero puedo hacer como única concesión la metáfora del perfecto martirio.
Un martirio perfecto tiene su tempo, tiene movimientos, y es en definitiva una composición. Una sinfonía si se quiere. Ya saben:
—allegro
—adagio
No sigo por que acabo de emplear todo mi vocabulario musical. Un martirio es como una sinfonía, exactamente.
Otra metáfora o analogía.
“Quo vadis”. Sale la mártir a la arena del circo. Con craso horror ve que se le acerca un león de enorme tamaño. Se defiende, entonces, como mejor puede, es decir, se sacude en convulsiones y espasmos de horror hasta el fin del bello momento apoteósico. Eleva los ojos al cielo, las pupilas ceden al blanco, las manos crispadas se relajan, la mártir abre la boca y entona ¿qué? Un bello himno celestial, expresión de su júbilo.
Bueno, eso es lo que muestran las películas. Cuando el león se la come no se ve, porque eso ya es martirio explícito. Pero, hasta ahí, vemos claro que un martirio es idéntico a otro martirio y eso es natural y como Aristóteles bien lo ha demostrado, la analogía es el
comienzo de toda lógica y por tanto de todo conocimiento humano. Y el martirio, déjense de joder, también es conocimiento. Y es razonable entonces que al elegir entre virginidad y martirio, prefiera el conocimiento a la ignorancia ¿no? Es lógico. Como Aristóteles.

sábado, 22 de marzo de 2008

El verdadero capitán Alatriste, sin censura

THE CAPTAIN ALATRISTE en el Teatro DRURY LANE

EL INGLÉS PIERDE LA HONRA
Pero nunca el paraguas
Aunque encuentra la horca

De WILLIAM SHAKESPEARE

TRAGEDIA EN CINCO ACTOS

PRIMER ACTO: Llueve sobre London
SEGUNDO ACTO: Llueve sobre London
TERCER ACTO: Cómo llueve en London
CUARTO ACTO: Qué manera de llover en London
QUINTO ACTO
New Gate. Cárcel de los condenados a muerte. Llueve del techo y las ratas infaltables del decorado están mojadas. Entre las tablas carcomidas de la celda infecta, se moja un servicio de té de plata. La infamia de la cárcel se demuestra en la caja de té en saquitos.
Entra Captain Alatriste, Square. Se dirige al público mientras se sacude el sombrero y cierra el paraguas.

Captain Alatriste: ¡Cómo llueve! ¿Eh?
Señora del público con sombrero amazónico: ¡Un gentleman como él en ese sitio! ¡Ah, infame, infame! Al autor de esta obra hay que enviarlo a New Gate... !
Captain Alatriste: Soy autor de mi propia biografía, milady. Este lugar infecto no es nada para quien ha cazado tigres en Bengala. Las ratas son más pequeñas. Y por cierto... ESTO ES NEW GATE (sensación)
Caballero del público: ¡Qué fatuidad! Admirable, Lady Olivia. El autor de esta obra es un genio
Yo: Gracias
Tramoyista del Teatro Drury Lane, London: ¡Un genio, vaya que sí! Ahí está. Mira, Bob. Míralo y dime si no tiene tetas.
Bob: (silba) Tiene dos. William Shakespeare, vaya. Si no lo veo, no lo creo.
Señora del sombrero amazónico: ¡Harry, es verdad! ¡William Shakespeare tiene, oh, shocking! Cuando le cuente a Lady Hamilton, que dice que todavía le crecen. Pero míralo a él... ¿cómo lo consiguen? Porque a esa edad no crecen, digo...
Yo: ¡BASTA! Dejen que David Garrick el Joven demuestre su talento. Estos ingleses no se callan ni en su propio entierro. Y de eso se trata la obra.
Señora del sombrero amazónico: Eso preguntaba, de qué se trata...
Captain Alatriste: (impaciente). Cállense, que sólo hago mi trabajo. Bien (saluda a Mr. Ganzúa, que toma su té sin limón ¡Shocking! Infame sitio, New Gate).
Mr. Ganzúa: (efusivo, o sea, se quita un guante) Oh, pardiez, Captain Alatriste... No debe preocuparse por mi estadía aquí, a expensas de Su Majestad. A propósito, un brindis, caballero por la Reina Victoria. Todo fue por la cuenta del lustrabotas, que era un buen pájaro de cuentas, me quiso cobrar la cuenta y yo le dije:
“—Bien, Mr. Forwad, haré la cuenta hasta diez y le retorceré el cuello, por cierto, lo lleva sucio. Si no puede pagar la lavandería, póngase un cuello negro.
“—Justamente, Mr. Ganzúa, debo diez libras a la lavandería y su cuenta es de diez libras”. ¿Se da cuenta, Captain? Un verdadero ganso.
Captain Alatriste: Natural, Mr. Ganzúa, natural. Pero si fuera un ganso, no le perdonaría que no me convide a cenar. Hablando de gansos ¿cómo está Lady Aliviosa?
Mr. Ganzúa: Un poco fría, Captain Alatriste. Colgada como los paraguas y más mojada. Oh, permítame el impermeable, Captain. Yes, la colgaron ayer.
Captain Alatriste: Mys condolencias. Oh, Lord Cagafuego. No lo veía desde el gran incendio de Londres de 1666. Oh, gratos recuerdos. Gran esfuerzo, por otra parte, incendiar Londres.
Lord Cagafuego: Ni lo diga, Captain. Con nuestra niebla, nuestra flema y nuestra lluvia, no se veía un carajo, se nos apagaba el fuego, y ni hablar de pisar esos escupitajos. Mire mis botas. Quedaron, fíjese, una miseria. ¿Se acuerda de mi paraguas, el que se prendió fuego? Todo por Su Majestad, the king Charles II. Las botas, el paraguas, el impermeable también se me arruinó. En fin, al menos esos...
Captain Alatriste: Apestados, Lord Cagafuego, dígalo. Sin pelos en la lengua. Se acabó la peste, gentlemans, y el rey Charles vale por dos ministros de salud argentinos. Un viva señores, a Su Majestad. ¿Y a quien van a ahorcar, a todo esto?
Mr. Ganzúa: A usted, captain, naturalmente. ¡Lo olvidó! Gentlemans, es la legítima flema británica.
Lord Cagafuego: Admirable, señores, admirable. Sólo se preocupa porque no se le moje el paraguas. Un verdadero inglés.
Captain Alatriste: Soy galés, señores.
Lord Cagafuego: ¿De Gales o de Galicia?
Yo: Ese chiste no es mío, aclaro.
Captain Alatriste: El Teatro Inglés se avergüenza de este villano, que deshonra su famoso humour con su boca infecta.
Tramoyista del Teatro Drury Lane, London: Ven, Bob, deja esa revista y no te pierdas esto.
Lord Cagafuego: Caballero, deshonra la de tu madre, que es una mujerzuela, y la de tu padre, que no pasa por las puertas y ara con los cuernos el lodazal de Hamilton’s Shame.
Captain Alatriste: Lamento profundamente que su esposa sea tan abierta al público, Lord Cagafuego y si se atreve a acercarse a mi paraguas reconocerá el perfume... de sus nalgas, si me permite Shakespeare decir tal cosa.
Yo: Basta, señores, el show debe continuar, pero antes los despediré. Están todos despedidos.
Mr. Ganzúa: Como delegado del gremio del teatro de Drury Lane, London, protesto ante este atropello y propongo un meeting después del té, que ya se me enfrió.
Lord Cagafuego: Por la afirmativa.
Captain Alatriste: Yo no voto, me iban a ahorcar y sólo me despiden, a mí me conviene.
Público: ¡Shocking!
Bob: ¿No me llamaste para ver esto, no? Prefiero las fotos de Lady Cagafuego, mírala, no lleva más que el sombrero.
Tramoyista del Teatro Drury Lane: Pues, prefiero a Shakespeare. Míralo, no lleva corpiño.
Bob: Vaya, es verdad.
Caballero del Público: ¡Cinco libras al Captain Alatriste!
Señora del sombrero amazónico: ¡Diez libras a Mr. Ganzúa!
Mr. Ganzúa: Lo siento, Alatriste, pero si te reviento puedo pagar la cuenta del lustrabotas y salir de aquí.
Captain Alatriste: No hay cuidado, somos caballeros.
Lord Cagafuego: Yo mejor me voy. Mi esposa me espera con la cena. No hay que hacer esperar a las mujeres. Te puedes llevar una sorpresa.
Yo: ¡Telón!
THE END

Yo: ¿Dónde estará ese simpático tramoyista? (Hace mutis por la izquierda)
Tramoyista del teatro Drury Lane (entrando por la derecha): Maldita sea, Bob, ese Shakespeare tiene un par, como dicen allí en España. ¿Dónde se metió? (Hace mutis por la izquierda)
Yo (saliendo de abajo del telón, en el medio): A esta obra le falta un desencuentro amoroso. ¿Qué es ese humo? Ah, eres tú Bob. ¿Qué haces allí abajo? Ya veo. Oye, Mistress Cagafuego está ampliamente disponible y no hace falta incendiar el Teatro, sabes. Qué vergüenza, súbdito de la Corona. Pareces un español en Flandes, sabes, por lo desesperado. Hablando de desesperado, dónde está ese alto, barbudo, completamente bestial tramoyista amigo tuyo.
Bob: Lo siento, William, le gustan las mujeres, sabes. Lo de él fue una sublimación del inconciente. Su padre se llamaba William.
Yo: Pero yo me llamo Paula, puedo demostrarlo
Tramoyista del teatro Drury Lane (cae desde lo alto del telón, a la izquierda): ¡WILLIAM!
Yo: My name’s Paula, puedo jurarlo.
Tramoyista, etc. : ¿En serio?
Yo: Toca, toca sin miedo, verás que no hay nada raro.
Tramoyista, etc. (profundamente asombrado): ¡Es verdad!
Yo: ¡LOVE ME!
Tramoyista, etc. : I’m sorry. Sabes, quisiera que fueras William (sale por la izquierda)
Bob: Lo siento, William. ¿Lady Cagafuego está en casa, dices? Voy a verla, adiós.
Yo: Bueno, he terminado mi obra. Dije que faltaba un desencuentro amoroso ¿no? Ya está, obra concluida. Sólo dos espectadores: el honor británico exige que me arroje al Támesis. Adiós, cruel world. To be or not to be, me da lo mismo.

Yo de nuevo: To be o no tubí. Esta obra desastrosa, pensándolo bien, me da una idea. Sí, y el agua debe estar helada en ese río roñoso. Bien, el Támesis tendrá que esperar ¡qué espere! (sale por la puerta)
POR LA PUERTA, TAMBIÉN...
Sale el público por Covent Garden Street...
Señora del sombrero amazónico: Este Shakespeare es inigualable ¡dos! Es increíble
Harry: ¿Qué quieres, que tenga tres?
Señora, etc..: No, pero ¡dos! Yo tengo dos que no hacen una. Y míralo, con esa barba. ¡Shocking!
Harry: Sus comienzos fueron humildes, sabes. Trabajaba en el circo del China Town, cuando todavía vivían chinos allí. Eso, querida, es shocking.

¡POR FIN!

miércoles, 12 de marzo de 2008

Matteo Belli: un juglar en la ciudad

Me gustaría hablarles de Matteo Belli, contarles que es un gran actor, dueño de una de las voces más bellas que he oido hablar en su lengua italiana y en la mía española. Contarles por ejemplo, que es un estudioso y divulgador de los monólogos juglarescos medievales y que, a través de los siglos, trae ese humor eterno e irreverente de los poetas libres y perseguidos(o perseguidos por ser libres) a nuestros días. Que vuelve a la vida la poesía que nunca murió, en los labios jóvenes de un nuevo trovador. Que capturó toda esa luz de la Edad Media llamada oscura para traerla a estos días también oscuros.
Pero en realidad quiero hablarle a él. Para él tengo esta carta que voy a compartir con ustedes.
A usted, señor Belli:
Muchos maestros quisieron aleccionarme, muchos escritores quisieron influenciarme, muchos profesores trataron de corregirme. Pero nadie cambió tanto mi manera de pensar y sentir el humor y la poesía como usted, señor Belli, una noche de verano, hace años, en la semioscuridad de la sala de la Asociación Dante Alighieri. Cuando su voz resucitaba, para los que estábamos ahí, a un juglar llamado Ruggeri como yo, que suplicaba defendiendo las razones de su poesía a un obispo que cruel lo amonestaba. Y entonces las penumbras dibujaban en su rostro, señor Belli, el otro rostro del obispo, juez cruel y su voz tronaba con tintes tenebrosos y esta poeta del siglo XXI, que como su colega del año 1200 se llama Ruggeri, temblaba en su asiento.
Volví a mi casa esa noche, era verano. Trataba de imitar el movimiento de su brazo, señor Belli, cuando escenificaba a un buscavidas que, en la plaza de Jerusalén, vendía una pluma del arcángel Gabriel, junto con un pedazo de las Tablas de Moisés que había caido en el patio de su cuñado, con el undécimo mandamiento maravilloso, aquel que dice que todos pueden hacer todo lo que quieran. Sí, fue en el año 2002 ó 2001, no me acuerdo el año, pero me acuerdo el monólogo, como si lo hubiera presenciado ayer. Y recuerdo el brazo grácil con la pluma inexistente, pero se veía ahí, en su mano, la pluma.
Pero no podía imitarlo. No soy actriz y nunca lo seré, soy escritora. Me educaron para ser una dama, con una lista de palabras y gestos prohibidos. También recuerdo al hidalgo que representó, aquel que decía ser "hijo de una rosa y una azucena". Recuerdo que preguntó si había en la sala algún hidalgo. Todos se rieron, pero yo no. Creo que mi abuelo era hijo de una rosa y una azucena, no sé si mi tía María no era hija de dos azucenas inclusive: eso era una fiesta.
Pero su humor me hizo un efecto liberador: debo tener algo de sangre villana, bastante en realidad. Cuando llegue a mi casa y al ver que no podía mover los brazos tan grácilmente como usted, escribí una pequeña pieza teatral, que será la siguiente entrada de este blog.
Y que le debo a usted, señor Belli, como muchos de los textos que he escrito desde entonces y que he publicado aquí.
Este domingo, voy a estar en el teatro Cervantes, donde representará Hora X. Infierno de Dante.
Y sé que va a volver a conmoverme.

domingo, 24 de febrero de 2008

Diario de viaje de una dama inglesa

Acaba de zarpar el barco rumbo a Dakar. No temo más que a los mosquitos, sin embargo, George no hace más que pasearse nerviosamente por la cubierta y llegó a preguntarle al capitán si no es posible que un tiburón salte sobre el navío; el capitán le ofreció un cigarrillo, se negó, le ofreció un lexotanil y lo tomó. No le sirvió de nada: ahora mismo le pregunta a un grumete si cayó alguna vez una piraña a la cubierta. El grumete le pregunta con sorna si desea piraña para el almuerzo, yo salgo en ayuda de mi marido diciendo en voz bien alta que prefiero tapir para el almuerzo, pero que me reserven las pirañas para la cena. Dicho esto tomo a George por el brazo y me lo llevo a estribor, donde la sola vista de una gaviota lo hace temblar, porque la semana pasada vio una película de Hitchcock y creyó que era un documental de la National Geographic.
Bajo a mi camarote y me tiro a descansar. Cuando consigo conciliar el sueño George dice que tiene miedo y se pasa a mi cama.........................................................................
Nos interrumpen golpeando la puerta del camarote y preguntando con voz potente qué son esos gritos: yo respondo que es George, que tiene miedo. El capitán murmura en voz baja que estamos los dos locos, pero su voz es tan clara que lo escuchamos. Seguimos gritando y revolcándonos un poco más, pero George me dice que está cansado, que le duele la cabeza y que no es un objeto. Yo digo que los hombres no sirven para nada y voy a conversar con el grumete, que intentó hacerme salir de mi error, pero lamentablemente nos interrumpe el capitán, que al parecer no sabe hacer otra cosa. Para comprobar si sabe o no hacer otra cosa, lo acompaño a su camarote. Estaba él en plena demostración de su utilidad y yo a punto de admitir mi error con humildad clamorosa, cuando abre la puerta el bendito de George. Tiene tanto miedo que con tal de salir del maldito barco no objeta que el capitán lo tire por la borda. Yo lo despido con el pañuelo en alto, pero en el fondo sé que es lo mejor para él. No me gustan las despedidas demasiado largas, así que vuelvo al camarote del capitán, pero entro por error en el de Lady Cardew Trench, esa vieja trucha estaba con el timonel. Yo digo que Dios le da pan a los que no tienen dientes y le escondo la dentadura postiza, luego me preocupo por el timón. Vuelvo a cubierta y me encuentro con el capitán. Le manifesté mi fuerte y enérgica queja como súbdita de la Corona Británica por el comportamiento indecoroso del timonel y el descuido general que se observa en el barco, donde la cubierta no tiene parquet y además no hay papel higiénico en los baños. Tras oírme con el entrecejo de marino fruncido, da órdenes al cocinero para que se ocupe del timón. Yo creo conveniente desmayarme un poco y, mientras exhalo suaves quejidos pidiendo mis sales, él me levanta con sus nervudos brazos y me lleva a la sentina, donde me ata con fuertes nudos marineros. Mis experiencias en la sentina las contaré en otro volumen y en japonés: temo la reacción del gobierno.

lunes, 11 de febrero de 2008

Escribiéndole al dentista

Era realmente una autora maldita cuando escribí esta carta. Casi no tenía publicaciones, todos mis esfuerzos eran vanos, me acosaban acreedores, proxenetas y la peste bubónica de nuestra era, agentes de modelos. Además, me acosaban abogados, gente a la que le pedí dinero (y sus abogados), el verdulero que me fiaba papas (le faltaban sólo dos materias para ser abogado); en fin, toda gente buena que había invertido en mi manutención con el perverso fin de hacerse rica y se había visto severamente defraudada.
Fumaba. Me pasaba la noche escribiendo. Una de esas noches sentí esa sensación indescriptible, ese viento susurrante y sutil, esa intuición infalible de estar escribiendo un clásico. Sí.
Era una noche helada de invierno, el zorzal cantaba de madrugada, en el picaporte de mi cuarto estaban las cuentas de los últimos seis meses que mi madre me dejaba para decorar y yo sabía que estaba escribiendo algo inmortal.
Estuvo inédito hasta esta noche. Es una letanía, es un juicio universal. Es un poema épico, una carta justiciera. Cuando estén en ese sillón odioso, recuérdenlo. Cuando estén con ese ser horrible que ahorra anestesia, piensen en que yo también estuve ahí y viví para contarlo. La aguja es horrible, el torno es odioso, la lámpara halógena atravesada en la laringe por la dentista que se da vuelta para contarle sus vacaciones a la asistente sería una imagen pornográfica si no se pareciera tanto a un secador de pelo viejo. No, horror. Impriman la carta que sigue y llevénsela al dentista.
Se sentirán vengados.

CARTA ABIERTA A UN DENTISTA

En principio hay que obligarlo a admitir que si todos nos laváramos los dientes usted no tendría trabajo. Sería un inútil más, viviendo de papá, pediría prestado para jugar al pool y llenaría el hogar materno de su horrible olor a cigarrillo y de botellas de cerveza. La jubilación de la abuela no alcanzaría para pagar sus horas de chat de madrugada mientras la vieja de al lado llama a los bomberos por el humo que sale de su ventana. Ese día que ahora emplea en torturar a sus semejantes amparado en la legalidad del ejercicio de la odontología, legalidad que la posteridad juzgará horrorizada indeclinablemente como ahora juzgamos a la Inquisición, transcurriría de muy distinta manera:
La primera hora de la mañana lo sorprendería a las tres de la tarde. Desayuno: cualquier cosa que no se mueva, dado que su anciana madre ha salido a limpiar el piso de la escritora que vive en el 5º D, esa que sí tuvo éxito en la vida, no como usted, atorrante. En consecuencia, cualquiera sea la cosa que desee desayunar, deberá calentarla usted mismo, si es que aún hay gas. Su anciana madre no entendería bien porque el teléfono hay que mantenerlo a costa del gas, pero es que no entiende que usted hizo una carrera del levantarse minas (o minos) en el chat para mayores de treinta. Tal vez podría usted bañarse después de desayunar, pero no le gusta el agua fría y jamás se bañaría porque va contra sus principios... en ese punto estamos de acuerdo, a mí tampoco me gusta demasiado el agua fría... y en realidad no me gusta demasiado bañarme cuando hace mucho frío... así que lo comprendo... no como usted que no entiende que a mí no me guste lavarme los dientes. Pero en algunas personas la comprensión sufre severas limitaciones.
Luego puede ya internarse en el chat, pero es altamente probable que tenga antes una severa discusión con su padre, que ya no le da a elegir entre trabajar y estudiar sino entre irse o irse, discusión que puede durar entre treinta y cincuenta y cinco minutos o bien entre treinta y treinta y dos horas, por lo pronto ya dura desde hace diez años y perdió su viejo. Su pobre viejo, que no sabe que todo el problema consiste en que toda la Humanidad dedica dos horas al día a la limpieza de sus dientes como es costumbre ancestral de la especie humana. Por eso, solo por eso, es usted un hombre o una mujer sin vocación y sin destino. Pero eso no lo sabe ni siquiera usted, ni tampoco yo en el mundo donde el hilo dental manda. Así que cuando por fin se fue el viejo, ya puede internarse en el chat.
Su nick es “Pistola”. Y se considera un pistola, claro, salvo que sea mujer, en ese caso su nick será Cenicienta y es que la mayor manía tortuosa que una dentista pueda tener no la salva de ser una cursi, prueba de ello las revistas que me pone en la sala de espera, con el vestido de Máxima a todo color, lástima que fuera blanco. Qué cursi. Ni que hablar de esos cuadros con flores y gatitos. Miau. ¿Y por qué usa ambo rosa, si no es una cursi? Nos desviamos del tema.
Ya está ahí, Pistola. Tiene una garra bárbara. Siete de la tarde, nueve de la noche, diez de la mañana. Se levantó tantas minas que no podrá ver a ninguna. Hora de dormir. Pero se le acabó la cerveza. Esa situación no puede durar mucho. La vieja sale cargando cinco botellas. El viejo está que trina. Si por lo menos fuera músico, pintor, escritor. Si se lo pudiera justificar por la bohemia. Pero no: usted es un boludo más del chat. De sus insomnios no saldrá nada que salve a la familia. No es como la escritora del 5 º D, los viejos de ella sí que están orgullosos, sus últimos tres años de insomnio son ese libro espectacular que la convirtió en el personaje del barrio y ahora su madre (sí, la suya) le limpia los pisos y le plancha los trajes. Usted es un/una inútil que no ve un traje de cerca desde la comunión. Su vestimenta oficial es una camiseta negra, un pantalón pijama a rayas y una ojota de un par y otra de otro. Si es dama, entonces es una camiseta negra, un pantalón pijama a rayas y dos pantuflas número 37, de distintas décadas. En cuanto a sus padres, piensan en el suicidio como un ahorro de dinero. Y como único modo de que usted pague algo, aunque sea sus lápidas.
¿Comprende? Si todos nos laváramos los dientes como usted predica, su destino sería ése. Un vago, un inútil y finalmente parricida sin tener con qué pagar el entierro de sus pobres viejos. Y no olvidarse de su abuela, que ahí quedó, con la jubilación mínima que no alcanza para cerveza.
Por suerte, existimos en el mundo buenos samaritanos reacios al hilo dental a los que nos debe que su vocación carnicera y sádica tenga aprobación del Ministerio de Salud, a los que nos debe la realización de su vida y que sus buenos y sacrificados padres estén como están, orgullosos de su hijo, que sí tuvo éxito en la vida, no como la escritora esa del 5º D, que ya parece una chimenea de fumar, y que nadie sabe qué hace que tiene la luz prendida hasta las cinco de la mañana. Y su pobre vieja va a laburar para pagar la luz mientras ella escribe estas boludeces. ¿Se da cuenta?

domingo, 3 de febrero de 2008

Cómo me suicidé: otra triste historia real

Todo empezó el día que decidí suicidarme. Así es como suelen comenzar los suicidios.
Conocí a muchos suicidas fracasados. Recuerdo especialmente a Susana, a la que apodé “la coleccionista de yesos”. La conocí en un hospital, cuando yo misma fracasé en mi primer intento de suicidio, que en realidad fue un fracaso porque no empecé como debería empezar todo suicida que quiera llegar a buen puerto. Es decir, yo no me propuse suicidarme sino entrar en la vida eterna y si era posible, también en el santoral, así que dejé de comer, como Santa Clara, solo que fui a dar con mi esqueleto al hospital, como Susanita. Susana empezó bien, se abrió las venas, pero la encontraron los parientes. Así llegó al hospital, donde le pusieron el primer yeso. Cuando le dieron el primer día de salida, fue y se tiró de un tercer piso, con lo cual se rompió una pierna y volvió con otro yeso. Susana jamás va a triunfar en la vida, eso está claro. “ Soy un fracaso”, decía entre sollozos. Y la verdad que sí.
Yo decidí empezar bien el día, decidiendo que fuera el último. Así que desayuné con vodka, mientras fumaba un caño y miraba por la ventana. Llueve, dije, un día perfecto para el pez banana. Decidí abrirme las venas como Petronio y empecé a meditar mis últimas palabras.
“ Qué gran artista pierde el mundo”, las deseché. Deseché también “Ay, Patria mía” y “ Con nosotros muere...”, teniendo en cuenta que era yo sola y que ningún Sienkiewicz iba a terminar la frase. Al fin opté por las de Cabral, “ muero contento, hemos batido al enemigo”, por considerar que es lo que mejor suena y teniendo en cuenta que el médico tal vez llegará a tiempo para escuchar mi última gran frase. Así también hago la felicidad de un hombre, ese era el sano propósito de mi suicidio, porque es sabido que el sueño inconfeso de los médicos es que nos muramos contentos.
Después miré todos los programas idiotas de la televisión, esos que no miraba nunca.
Después pensé que podía ponerme para suicidarme, y opté por disfrazarme de Pancho Villa, pero me faltaba el sombrero. Entonces me disfracé de Gatúbela, pero no me quedaba bien. Así que decidí suicidarme desnuda. Entonces pensé también en pasar bien el último día de mi vida y llamé a un par de vagos que paseaban por la vereda. Así llegó la noche y decidí aplazar mi suicidio hasta el día siguiente.
A la mañana eché a los dos vagos casi a patadas, se habían tomado todo el vodka, así que no desayuné.
Empecé a seleccionar la música que iba a poner para suicidarme, opté por My Way cantada por Elvis. Entonces se me ocurrió que podía escribir un cuento, incluso se me ocurrió un título: “ Cómo me suicidé”.