domingo, 20 de enero de 2013

NUNCA CANTES EN TIERRA



 Se debatía en la red, envuelta en algas, con la incomprensión de un animal atrapado. Los hombres hacían poco caso de sus quejidos, el bote los acercaba más al muelle. Amarraron, descendieron con una carga que para ellos no era preciosa.
Todavía atrapada en la red, fue arrojada en el interior de una camioneta.

La transacción se realizó sin discusiones, los pescadores recibieron su paga y el hombre de traje contempló a su nueva adquisición, satisfecho. Mientras, el monstruo de las aguas emitía un sonido semejante a un llanto. Fue bañada y perfumada. Fue peinada y estúpidamente maquillada. La criatura parecía una grotesca muñeca.
Esa noche, un hombre entre todos iba a sucumbir al hechizo. Un hombre que no sabía ver a una sirena.

Había hombres sentados en butacas, pero ellos no importan. Había camareras desvestidas sirviendo bebidas, pero ellas tampoco importan.
Entre todos había un hombre gris. Parecía un viejo boxeador, la nariz achatada y la espalda ancha. Tenía el aspecto de un hombre acabado, pero que aún no lo sabe. Estaba solo en una esquina, esperando.
Las luces se apagaron y la atmósfera era tenue y oscura. Se apagó la música y se oyeron murmullos. El hombre gris vio que el barman le hacía una seña con la cabeza, hacia el escenario. Así que volvió la vista y en ese momento se quedaron a oscuras. Fueron unos segundos, sin dar tiempo a las quejas. La luz volvió y en el escenario estaba ella.
Primero vio una forma difusa, velada de verde. Alguien retiró los velos y se escuchó un suspiro unánime. O tal vez, fue la sensación de un suspiro. Nadie hablaba. No había música. El silencio era casi absoluto, salvo esa sensación de suspiro en el aire.
Era pelirroja y estaba atada a un caño que había en el centro de la plataforma, donde las bailarinas solían contorsionarse, pero ésta no bailaba. Las manos estaban atadas, unas manos de dedos blancos, agitados. Habían tenido el tacto de colocar una luz blanca, tenue que giraba sobre ella, y no las habituales luces rojas. Los brazos eran también blancos y bien torneados. La cabellera era larguísima, ondulada, de un rojo fuego. Su rostro se presentía, no se veía, semioculto por el largo cabello. De la cintura para arriba nada la cubría, tenía pechos pálidos y bien formados. La cintura era pequeña... y de ella partía una cola de sirena. Verde azulada, cubierta de escamas hasta las dos aletas al final, atadas al caño. Las aletas parecían reales. Era un truco magnífico. Hubo un aplauso, uno solo, espontáneo.
Entonces empezó el canto.
Cuando ella empezó a cantar, se oyeron algunos silbidos burlones. Pero fue sólo un momento. Pronto solo se escuchó su voz.
Mientras ondulaba su cuerpo, en lo que parecía ser un intento de liberarse, se oía su voz extática, dulce, hiriente, en un trance casi hipnótico.
El hombre gris la miraba absorto.

         Muy absorto.

         La pelirroja se ondulaba de abajo a arriba y de arriba abajo, como si no tuviera huesos. Se ondulaban los brazos, el torso y la cola de sirena.


         Por fin calló, se quedó quieta y bajó la cabeza, exhausta.

         Entonces los hombres exhalaron otro suspiro, apenas audible.

         La luz se apagó completamente unos segundos y cuando volvió ella no estaba ahí.

         Entonces el hombre gris se levantó.

         Hizo la seña precisa a la persona indicada...



Y la sirena , con sus largos cabelllos, fue depositada dentro del auto del hombre gris.


—Quiero ir al río—dijo ella.

—¿Al río dijiste? ¿De dónde sos?
—Quiero ir al río.
—Bueno. Vamos al río.
Estacionó lo más alejado del muelle que pudo. Cuando se apagó el motor, se alisó el pelo, sonrió y se arrojó sobre la presa.
Jadeaba él y ella en silencio.
Las lágrimas corrían por el rostro de la sirena.
—Llevame al río.
“Llevame al río.”
El no respondía. Miraba, reconcentrado, hacia delante.
Al fin bajó del auto, dio la vuelta resoplando, abrió la otra puerta y la cargó. La cargó, y  murmuró algo ininteligible.
Caminó hacia el río.
Los pechos de ella, fríos, se apretaban contra su pecho. La sirena por fin sonreía, pero él no la miraba. Sólo caminaba hacia delante.
Cuando estuvieron cerca de la orilla, la depositó en el suelo.
Ella lo miró, con una mezcla de agradecimiento y estupor, y habló nuevamente.
—En el agua —imploró. El acento era eso, agua. Ella era blanda, como el agua. Eso decía su mirada, súplica del agua. Eso decía su piel y su escurridiza cintura. Eso decía, pero él no escuchaba o sí. Llevó la mano al bolsillo.
Algo brilló entonces, algo metálico que irrumpió en la paz de la noche, junto al río. La hoja de la navaja describió un zigzag veloz y cimbreante y se hundió de arriba abajo en la cola verdeazulada, de abajo arriba, volvió rápida a su dueño y se cerró rápida en el puño.
Se oyó un gemido terrible.
La dulce, herida voz de la sirena.
Se alejó, subió al auto, arrojó el sobretodo viejo por la ventana y se fue.
Ella se llevó las manos a la herida y a la vida que se le iba a borbotones. Sus ojos se abrieron a la mayor desmesura, la pregunta que nunca tendrá respuesta; los ojos y la pregunta de la muerte. La cabellera roja se erizó, los ojos dejaron de preguntar y se volvieron vidriosos, el cuerpo se sacudió en un espasmo y en un instante brevísimo esa criatura de extraña y peligrosa belleza fue otro despojo horrible de la muerte.
La sirena es peligrosa para sí misma.
 

jueves, 8 de noviembre de 2012

Dale un corazón de seda

En un hogar pobre de campesinos nació una pequeña niña y no diremos dónde porque no importa mucho. Los padres eran tan pobres que no tenían nada para darle. La miraban tomados de la mano, con lágrimas en los ojos.
Vendrían las hadas que dan dones a todas las niñas desde que el mundo es mundo. Pero como la niña era muy pobre, pequeña y fea, eso era un simple trámite, por lo cual los padres suspiraron aliviados. Vendrían sólo las hadas buenas, tal vez viniera una sola, apurada, mirando el reloj. El hada maléfica sólo se dignaba ir a grandes palacios, a mansiones de estrellas de cine, maldecía a las hijas de los reyes. Asi que sabían que su hija, al menos, no tendría ningún don maldito. Sólo esperaban que las apuradas hadas, como asistentes sociales del destino, le dieran aunque fuera un don a su hija que le permitiera sobrevivir.
Ella dormía en la cuna. Cada tanto un leve suspiro inquietaba a la madre. Instintivamente, quería darle leche de su cuerpo, pero estaban esperando la visita de las hadas.
Tocaron la puerta. El hombre abrió.
Eran dos mujeres con trajes de ejecutivas arrugados y largo pelo rubio. Sus ojos eran muy verdes y brillaban por igual. Llevaban sendas carpetas. Se detuvieron en el umbral para hacer cada una una cruz con sus lapiceras en las recién abiertas planillas
—¿Cómo se llama la niña? -preguntaron a coro
—No tiene nombre aún.
—¿Y en qué están pensando? Póngale un nombre. Me lo exige la planilla—dijo un hada.
—Ada —dijo la madre.
—Ana —exclamó el padre.
—Ada Ana —repitieron a coro las hadas mientras escribían los dos nombres—. Bien, vamos a verla.
—¿Cuáles son sus ingresos? —preguntó una. Las dos hadas eran indistingibles.
—Soy jornalero, asi que gano un poco de dinero.
—¿Pero puede mandarla a la escuela pública?
—Creo que si.
—"Creo" me suena mal. Va a mandarla a la escuela —dijo una de las hadas— Bien, su única oportunidad es el estudio.
Se acercó a la cuna, sacó una varita mágica de su carpeta y dijo:
—Ada Ana, tendrás una gran memoria. Memorizarás todas las letras y sonidos. Nada que leas u oigas se te borrara de la mente.
—Y ahora yo —dijo la otra.
—Ada Ana. Entenderás el lenguaje de la música y sabrás de melodías.
—Bueno —repuso mirando al padre—. Uno de los dones es para disfrutar. Sino para qué vivimos y nos alimentamos. No todo en la vida es trabajo.
Y entonces se abrió la puerta. Lentamente, chirriando sobre los goznes. Todos se sobresaltaron al ver a una gran señora, de larga cabellera azabache, con brillantes ojos negros, alta, con un traje rojo y la varita de oro en la mano. No llevaba ninguna carpeta.
—El hada maléfica... —murmuró la madre. Instintivamente quiso cubrir a su hija.
—Cálmese —dijo un hada rubia—. A veces ocurre, pero muy raras veces. Está de licencia casi todo el año ¿verdad?
El Hada Maléfica se acercó a la cuna de la niña.
—Vengo cuando es preciso. Esta niña será hermosa. Tú le diste memoria y tú le diste gusto por la música. ¿Qué puedo darle yo? Creo que ya lo sé. De hecho, lo sé porque no vine por azar. Sé lo que necesita.
Se acercó a la cuna con su varita de oro, tocó con ella la frente de la niña y dijo:
—Ada Ana: te doy un corazón de seda que se rasgue sólo con un beso, sólo con la promesa de un beso, sólo con el sueño de un beso.
-Será poeta —dijo el Hada Maléfica a las otras dos hadas.
Luego habló a los padres con sus labios de sangre.
—Lo malo es sólo un poco malo, ¿saben? Hada significa fata, destino en una antigua lengua. Yo sólo cumplo órdenes. Será poeta —repitió el Hada Maléfica.
Desaparecieron las tres hadas y la casa quedó a oscuras. Y Ada Ana lloró suavemente.

martes, 23 de octubre de 2012

¿Dónde estás, Bob Fosse?



¿DÓNDE ESTÁS, BOB FOSSE?

Ah, cuando yo era joven. Vivía en Siberia, era feliz, no tenía sífilis, no había conocido a Bob.
  Fue aquí, en África. Podía elegir a cualquiera, pero tuvo que ser él.
  Me abandonó. Y aquí, en el corazón de África, planeo mi siniestra venganza, con el latir de los tambores del siniestro brujo de la tribu, quien gusta de la buena música cuando se prepara esos estofados de antropólogo australiano como solo él lo sabe hacer.

—Diablos, se dijo la escritora y arregló la cinta de la máquina de escribir—Cómo conmover a la platea, esa era la cosa-Qué difícil. Qué dura es la vida del artista. Y cómo están los mosquitos. Me gasto el sueldo en espirales y repelentes que no sirven para nada. Y el calor no se aguanta más: la remera se me pega al cuerpo pero si me la saco me van a ver los vecinos porque mi cuñado no viene a ponerme la cortina.
  

 Es una noche calenturienta en África Ecuatorial y pican los mosquitos. Aquí en África la vida es dura, pero además es corta. Maldición, cada aforismo que digo me recuerda a Bob. No siempre la vida fue tan dura, después de todo. En realidad. En fin, que en África no hay dinero para mosquiteros, el sueldo se te va solamente en la quinina, y apenas hay que conformarse con cortinas de bambú. Pero soy una mujer curtida y un mosquito de más o de menos no es nada para mí. Si solo tuviera a mi Bob.

Suena el teléfono. La escritora arroja al suelo un sombrero inexistente y lo patea. Es su cuñado, para decirle que no puede poner la cortina hoy y que mañana Camila baila jazz en  la escuela y si no sabe como se vestían las bailarinas de jazz. Cómo habrán notado, el lema de la literatura de este prodigio de escritora es que nada se pierde y todo se transforma.

 Decía que era una noche calenturienta y pican los mosquitos. ¿ Ya les hable de Bumba Catunga? Lloro solitaria pero no estoy sola. Conmigo está  Bumba Catunga, el fiel sirviente negro, que ronca panza arriba. Si en un rato no lo despiertan los mosquitos, lo sacudiré para que tome su quinina. Hace tanto calor que lloro y no se nota porque las lágrimas se evaporan haciendo señales de humo que dicen “¿dónde estás, Bob Fosse?” “Te cavaste la fosa, Bob Fosse”, “te arrancaré los ojos Bob etc...”
  Bob Etc... salió a comprar cigarrillos hace veinte años y aún no ha regresado. Ahora debe estar mucho más viejo, prefiero al negro, pero se duerme. Es lógico, de día lo hago trabajar. Pero no es como mi Bob Fosse. Él cocinaba, lavaba, planchaba. ¿Dónde estás, Bob Fosse?
 Las hienas ríen como mi destino. ¿Estarán digiriendo a mi Bob  Etc.? Era tan pesado que podrían digerirlo veinte años. Era indigesto.

 “ Bah, esto es una porquería —se dijo la escritora—. El problema es que el negro está dormido, por eso es aburrido. Si estuviera despierto sería más emocionante. Lo voy a despertar.”

  Tomé el látigo y le acaricié con él la espalda.
    Despierta, Bumba Catungaque quiere decir “hombre con rulos” Necesito pasión ardiente. Si no me sirves, arrancaré el tótem del poblado otra vez y después te tocará lavarlo.
    No, por favoen su voz temblaba la súplicaMédico brujo hará mucho mal. Dice que ser arpía chiflada.
    Si, soy arpía y me gusta serlo y me gustó mucho ese tótem la semana pasada, me gusta más que vos, pero no quiero problemas con la tribu y si no me satisfaces, te azotaré.
    Entonces azótame, me duele menos.
    Ah, mond dieu. Maldito seas Bumba Catunga. No quiero lastimarte. Solo bésame.
    Ama, es que si solo te lavaras los dientes a la mañana...
    Imbécil, una aventurera como yo no se lava los dientes jamás. Bésame.
    Con la boca cerrada sí, ama.
    Maldita sea, quién dijo en la boca. ¿También querés que te haga un mapa?
    Dice médico brujo que francesa ser malvada.
    Ahí si me lavo, te lo juro.
    Eso dijo la semana pasada y no era verdad
    Me puse perfume.
    No insistas, amita, me duele la cabeza.
    Maldición, Bumba Catunga, empiezo a creer que eres un impotente, como dicen en el poblado. Dime que no es verdad.
    Es verdad. ¿Me venderás nuevamente?
    No, Bumba Catunga. Tu conversación me agrada y encuentro que ese tótem me gusta mucho.
    ¡No, ama! ¡El tótem sagrado no! Médico brujo enojar. Quemar esta casa. Yo me voy.
   (Sale corriendo)
  Me quedo sola. Las hienas ríen.
¡ Oh, Bob Fosse! — Mis ojos se llenan de lágrimas— ¿Dónde estás, Bob Fosse?

     ¡Bien! —se dijo la escritora satisfecha y en eso el viento le rompió dos ventanas y le arrojó las macetas al piso, sin que ella se percate en su ensueño de gloria. “El éxito”...suspiró. “Función a sala llena”...volvió a suspirar. “Con Cecilia Roth como la aventurera intrépida, y Ricardo Darín como Bumba Catunga. ¿O Denzel Washington estaría mejor?”
      Y llena de confianza en el futuro, distraídamente aplastó un mosquito.

martes, 11 de septiembre de 2012

Un estudio psico-histórico del llamado langa.

El langa no es una especie animal pero casi. La etimología de la palabra lunfarda se obtiene invirtiendo el orden de las sílabas, de lo que resulta la palabra castellana Galán.
Alguna vez escribí un bestiario, y tuve que investigar los orígenes de bestias como el unicornio, el hipogrifo o la Medusa. Esto me confiere cierta autoridad para abocarme al estudio fisonómico-arquetípico -biológico de este homo reconocido por todas las mujeres, al que llamamos un tanto peyorativamente, langa.
En su origen el término langa se acuñó porque a esta clase de galán argentino el exito de su seducción no le interesa, por eso nunca lo obtiene. El langa es un homo que le da más importancia a su corte de pelo, primordialmente. La mujer que atrapada en las redes de la poco conveniente cortesía se ve obligada a ser oyente de la pantomina del langa y su ejercicio teatral de la seducción, es para el langa, como el vidrio del subte o el espejo ocasional donde se pasa el peine extraído del bolsillo del vaquero, hacia un lado y hacia el otro, con artística atención.
El langa de hoy ostenta un peinado leonino, inflado y un poco largo, idéntico al de los actores de telenovelas de los años setenta. El pelo es de vital importancia en un langa: si  no percibimos una dedicación inusual al pelo, tal vez ese homo no sea un langa y usted debe plantearse que está intentando seducirla de verdad.
Si la edad del langa está entre los 45 y 55 años, el pelo es ese estilo García Satur (conocido actor de famosa telenovela setentista): esto está emparentado con el origen mismo del langa.De la masa primigenia de un homo infantil que contempló a su madre babear por esa competencia masculina que de tres a cuatro de la tarde se agigantaba en el televisor en blanco y negro opacando al mismímo progenitor de la criatura a los ojos de MAMÄ, se llegó al patológico langa adulto. Si el psiconálisis estudió la histeria femenina, evidentemente se olvidó de nuestro objeto científico, el langa.Lo cual nos permite un estudio mucho más moderno del mismo.Retomaremos este tema.
MODELO DE SITUACIÖN: EL LANGA Y YO.
Nombre : Rubén, Raúl o Ricardo. También Orlando, Gastón, o Raúl Gastón , Rubén Orlando y todas las combinaciones aritméticas posibles con estos nombres.El langa es prácticamnete una proyección de sus progenitores hecha realidad. En la primer ecografía dónde se puede ver que es varoncito, el obstetra no dice: es un Varón. Dice: Felictaciones, señora: va a tener un langa.
Durante el embarazo, la madre setentista escuchaba a Nino Bravo, ahora escucha a Arjona. Vamos a ampliar estas definiciones, de suma importancia en el estudio de esta especie.Nuestras madres se pasan la vida advirtiéndonos sobre el Peligro Langa. Los consideran peligrosos, verdaderos Condes Dráculas para nuestra femineidad inocente. Esto es parte del desconocimiento social de la verdadera naturaleza del Langa.El Langa no quiere relaciones con nosotras: para eso está su legítima esposa. Para el Langa, somos el espejo donde se mira el jopo mientras practica las distintas variantes del Verso Novelero con voz de barítono.
En cierta ocasión, mientras escuchaba a un Langa en el hall de un Teatro , una amiga desesperada levantó un cartel escrito con un marcador que decía.NO LE CREAS NADA.! Gracias, querida amiga, el Langa no encierra peligro alguno para mi honradez. Este cumplía las condiciones estudiadas: Pelo largo y leonino, Campera de cuero, cartera de cuerina bajo el brazo y se llamaba Rubén. Su soliliquio pseudoseductor en voz grave de locutor era interrumpido cada diez minutos: su hijito de diez años le reclamaba una hamburguesa. El langa abandonaba en dos segundos su postura novelera para decir fastidiado y con voz agria. Andá allá con tu madre.
Y ahí estaba la madre del niño, esposa del Langa, a tres metros, rezongando: Andá con tu padre.
Finalmente, el Langa se va resoplando con el niño y le compra una hamburguesa. Yo tomo nota de todo y tomo un par de fotos del individuo, para ilustrar mi estudio sobre el particular, que pronto verán, si están suscritos, en la prestigiosa revista Nature

domingo, 8 de julio de 2012

La mano en el hombro

Pasó hoy. Tarde fría en Buenos Aires y el corazón, también sintiendo frío. Un bar ruidoso y un hombre enfrente. El hombre es el hombre más importante de mi vida. Y ahi estaba yo, hablandole del Fantasma De Los Inviernos Pasados, aquel que nunca falta a su cita, ni aún en esos días de julio soleados donde sólo yo, veo pasar a Mi Ave Roc personal tapándome el cielo.
"Tenías frío cuando nació tu hija", me dice el Fantasma. Es el comienzo de un tenso diálogo que mantenemos cada día de fuerte helada.
 "Y no te olvides de ese hombre maduro que cuando te conoció se divertía apodándote Lolita."
"¿El que hoy está en el geriátrico, decís?", pregunto a mi vez pero la defensa es muy flaca.
El Fantasma es imperturbable. "Te decía Lolita y  después con tu hija en el vientre se burló de vos diciendo que no tenías coraje para ser madre soltera..."
Sí, digo, ese hombre luego desapareció limpiamente, tanto que me olvidé de él y tuve que pasar años oyendo chistes groseros cuando yo decía que había tenido sola a mi hija. Y en tantos años me hice de mil respuestas y en ellas abundaba el Espíritu Santo. Y hoy mi hija es una joven adulta y sana, y sólo el brillo feliz de sus enormes ojos verdes tiene el poder de convertir al Fantasma de los Inviernos Pasados en una voluta de humo que se deshace en el aire...
A Bécquer le gustaría. Mis dos hijos tienen enormes ojos verdes. "Pero no te olvides", me reclama el Fantasma, "que hubo noches que no comieron". No es cierto, digo, cuando no había otra cosa cenaban pan... ellos se acuerdan que yo caminaba en la noche treinta cuadras hasta la Escuela de Bellas Artes donde estudiaban con pan en mi bolsillo y volvían a casa comiendo pan mientras yo cargaba las esculturas en arcilla todavía húmedas. Una noche un colectivo se detuvo y el chofer nos esperó diez minutos mientras tratábamos de llegar hasta él cargados con un gran cráneo de arcilla mojada... Algún chofer de esa línea (la 47) no nos cobraba nunca el boleto...Y de eso tampoco me olvido, le digo al Fantasma.
Lloro un poco más y el hombre que me mira con enormes ojos verdes (a Becquer ese detalle le encantaría) me dice que mire mi vida hoy, mi familia hoy. Justo cuando El Fantasma De los Inviernos Pasados va a retrucar con alguna otra cosa, viene el camarero.
Es joven. Trato de engañarlo sonriendo mientras le pido un té con una porción de torta de manzanas... Después de todo, mi madre me enseñó que las emociones no se muestran.
Me lo enseñó muy mal. Lo saben todos los que me conocen.
Ahora el Fantasma se siente a sus anchas. Se sentó en la mesa y está a punto de hacer un pedido él también.
Entonces llega el camarero, que por la edad parece un hijo mío, y sirve torta, té, gaseosa (el Fantasma está estudiando la carta)... Y el camarero, de un modo que me parece magia, me pone la mano en el hombro. Ese chico hizo eso, me tomó del hombro y con la mano del camarero en el hombro y el discurrir sereno de mi esposo, El Fantasma vio claramente que estaba fuera de lugar. Notó, cual si hubiera sido educado por mi madre (tal vez lo fue), que no tenía invitación ni estaba vestido para la oportunidad.
Entonces dejó la carta sobre la mesa, se levantó abruptamente, se subió las solapas del sobretodo (es un frío Invierno) y se deshizo en volutas de humo hasta desaparecer.

domingo, 1 de julio de 2012

La Sorbona y yo



Como buena escritora maldita, que no piensa en su éxito sino en el de sus futuros nietos, hace años que junto basura. Es decir, guardo todos mis manuscritos. Cuando era joven los guardaba para esos seres brillantes de la Sorbona que iban a comprender y analizar cada borroneado de mis textos. Ya un poco mayorcita, conocí algunos tipos y tipas de la Sorbona y me volví práctica: los guardaba para esos atorrantes y vagos de la Sorbona que viven de becas y subsidios. De todas formas, a mí como a Napoleón, me interesa el aspecto, para unos pasado de moda, de la gloria.
La gloria póstuma es redituable de dos maneras. Una es la burguesa, y consiste en que los nietos se enriquecen vendiendo nuestra basura y en los suplementos un montón de gente cobra por discutir la inmoralidad de publicar lo que nosotros en vida decidimos dejar inédito( ja, ja, ja) O sea, el aspecto burgués es el de alimentar a muchos vagos, además de nuestros nietos. El otro aspecto no es burgués, es sacramente egipcio. En nuestra época no podemos aspirar a pirámides, pero nuestras sombras lastimosas estarán más satisfechas de una tumba en la Chacarita llena de latas de cerveza, paquetes de cigarrillos y pintadas en aerosol, más quejas de los parientes de nuestros vecinos por todos los que nos visitan en nuestra última morada, que de mirar nuestras tumbas para encontrar tres margaritas resecas de nuestros parientes y nada más.
En fin, de todas formas mi temperamento es más burgués que egipcio, y aunque me agrade la idea de latas de cerveza en mi tumba, me agrada más pensar en mis nietos con la calculadora en la mano vendiendo en Sotherbys las boludeces que guardo ahora en los cajones.
Como las cosas hay que hacerlas bien (y sugiero a todos los autores malditos que sigan mi ejemplo) cuando tengo un rato libre busco los poemas (horrendas imitaciones de Byron que escribía en 1995) y escribo frases de genio torturado en los márgenes (siempre cuido tachar una o dos palabras). Piense que mucha gente de letras se dedica a los estudios genéticos y tachar es necesario para ayudar a su trabajo. Un poeta que no tacha y no hace muchas versiones no colabora con los cupos de becas, algo así como que cierra puestos de trabajo de licenciados en Letras¿me explico?. Bueno, escribo una frase genial, un sábado a la tarde sin mucho que hacer, y tacho un poco.
Por ejemplo:
"Estoy poseída, poseída, poseída. Un demonio me persigue día y noche. Mi madre dice que es el portero que viene a cobrar las expensas, pero para mí es una musa que me empuja a escribir más y más, cada vez que toca el timbre escribo con tanta fuerza que el lápiz se rompe"(aquí una mancha negra que atestigua que rompí otro lápiz) "Escribo y escribo(anoto en el margen):las expensas aumentarán igual. Chopin y George Sand nunca las pagaban, tampoco Lautremont"
Guardo cuidadosamente, por supuesto, el lápiz que rompí en ocasión de escribir esto.
Bueno, ya lo saben. Hagan la fortuna de su descendencia, los estudios genéticos están en su apogeo y los genetistas de letras son cada vez más. Y la expensas van a seguir aumentando.Escriban cada papel que se les ponga en frente, tachen, hagan dibujitos, etc... Una puede ser maldita ahora porque no se imagina a Lautremont pagando las expensas ni a Chopin en la panadería.
Pero no hay que dejar a los nietos sin nada.¿O NO?

lunes, 28 de mayo de 2012

La visita del Unicornio

Anoche volvió. Por quinta o sexta vez consecutiva. la pregunta oscura. Anoche volvió y trajo consigo rostros que quiero olvidar..
Los Censores.
Un censor puede esconderse en cualquier lado. Un censor puede ser una maestra de escuela que tacha en rojo, una bibliotecaria que da vuelta un viejo fichero para que nadie pueda hurgar en sus rincones, un editor que escudado en oscuras razones comerciales, tan oscuras como inexistentes, te rechaza un libro y te dice que no servís para escribir...Hace años que no lo veo, recuerdo su nombre y no su cara...Si alguien que lee este blog piensa cómo él, puede decirlo..claro que lo mucho escrito demostrará que escribo, ergo...escribo. La editorial que habían dejado en manos de ese censor se fundió en poco tiempo. ¿quien puede estar tan loco de dejarle al censor, al sacerdote de las hogueras y al señor Tijeras un emprendimiento editorial?
El censor también puede ser un best seller academizado "deja de escribir mariconadas con referencias literarias". Por supuesto, serán referencias que él no entiende.Por que ese es el censor: aquel que por no poder disfrutar de algo, no quiere que lo disfrute nadie..El censor de libros es un lector herido en el corazón de la comprensión: difusamente entiende que en ese libro, en ese poema, hay un corazón  que él apenas puede ver, un fuego cuyo calor presiente pero no puede sentir, el censor no está toalmente mutilado para la comprensión.
Está mutilado para el disfrute de la comprensión.El Eros.
 Así que tiene algo de ese cazador de aves que no puede disfrutar de la magia de su vuelo pero si puede percibir que el ave vuela: entonces dispara para verla caer.
Pero hablaba de la visita del Unicornio.
Cada madrugada que me encuentra depierta, cada noche que me pregunto para qué escribir, cada hora de insominio en que los fanstasmas de los censores aparecen mientras lucho por escribir un nuevo libro, aparece él, el Unicornio...
Tiene un solo cuerno de plata y se materializa aéreo sobre esta mesa. Es pequeño y grácil y no necesita hablar. Silenciomente se posa sobre mi mesa, ésta dónde escribo ahora, y con su cabeza elegante y grácil revuelve un poco entre las hojas escritas.
Y me mira.
Su mirada es cálida en la noche fría y en unos pocos segundos siento ese primer incendio que senti la primer vez que escribí un poema.
A todos nos puede visitar el Unicornio. A una escritora, a un zapatero como mi amigo Elvio, a una maestra de inglés como mi amiga Esther, a un actor como mi amigo Matteo...El unicornio nos recuerda que nunca debemos permitir que la noche o el día nos mutilen nuestro deseo de amar lo que hacemos.
 La mejor poesia es la que se vive. No tengan dudas de que si viven poeticamente aparecerán duros censores...
 Pero amando escribimos la vida con caracteres imborrables y cada línea nueva es una batalla librada a nuestro favor...con la silenciosa presencia del Unicornio...

jueves, 26 de abril de 2012

EL TREN DE LA MEDIANOCHE

Medianoche en la Estación Constitución. Mes de mayo y mucho frío, pero no recuerdo el año. La década del noventa en Argentina, para mí y para muchos, fue un largo Invierno. Esa noche llevo un bolso con pocas cosas.Esa noche, espero dormir en el tren.
Poco a poco van llegando caras conocidas. Los reconozco: son militantes sindicales. Como yo misma. Ante el invierno, unos se resignan y otros luchan por encender el fuego. Los Otros, según la prensa y el gobierno de entonces, siempre los Otros, los que merecen los gases, los golpes, la prisión a veces. Para tranquilizar los ánimos de quienes miran para otro lado, se los ayudaba a mirar al costado más fácilmente hablando de Nosotros, como unos Otros molestos.
En esa época yo fumaba y estaba sin cigarrilos, como la mayoria de los militantes que iban llegando a la estación. No teníamos dinero, pero ahí estábamos. A punto de abordar un tren a Mar del Plata. En mi bolso llevaba un poco de abrigo y una galletitas dulces. Y un libro.
Ya éramos muchos en esa medianoche de Constitución. Cuando subí al tren casi no habia asientos, pero logré ocupar uno. Mientras, veía como otros ocupaban los portaequipajes como camas y otros se sentaban en el piso del tren y se quejaban del frío. Aunque el destino estaba a cuatro horas, el tren se detendría en medio de la Pampa, a las cuatro de la madrugada, durante unas largas dos horas, para que llegáramos de día, ya que no teníamos alojamiento durante esa noche. Los restantes dos días, nos alojarían en los hoteles de los gremios y comeríamos un sandwich aplastado por toda vianda.Para la organización gremial, eso había representado un enorme esfuerzo. Nosotros, los Otros, éramos miles. Nos dirigíamos a la ciudad costera desde todos los rincones del país. Nos jugábamos los puestos de trabajo y tal vez la vida, pero la ecuación era simple: nos jugábamos por lo nuestro.
En el bolso tenía un tomo de Rocambole. Encuadernado en rojo, de 500 páginas, lo había empezado a leer antes del Congreso Sindical y ni el gremio ni el neoliberalismo me iban a impedir terminarlo. Tal vez se confunden, y es lógico, pensando que hablo de política en este post. En realidad, este post es sobre un libro y una amistad.
Yo me senté en ese asiento, abrí el libro y me olvidé de todo durante dos horas. La luz era amarillenta y débil pero no me importaba. Estaba con Rocambole y su enemiga Bacaratt. Cada tanto, desde cumbres lejanas casi inaudibles, escuchaba un "¿pero cómo puede leer así?", algo un poco mejor que el habitual "¡no te pagan por leer!" de mi jefa bibliotecaria, que oía todos los días de semana habituales.
No lo sabía, pero a dos asientos de distancia, estaba sentado un escritor. Casi no lo conocía, salvo de oírlo hablar en asambleas y alguna charla casual.
A las dos horas levanto la vista del libro y veo una chica de pie. Hace mucho frío, me da verguenza que esté de pie, y le pregunto si se quiere sentar un rato.
.Sí-suspira. Le dejo mi asiento.
El rato duró hasta el día siguiente. La dama empezó a dormir y mis intentos de recuperar mi asiento fueron tan vanos que me quedé de pie, en el tren helado. Pasaron las tres, las cuatro de la madrugada. Mis pies y mis manos eran una piedra.El tren estaba detenido en medio de la nada. En la noche cerrada, se veían un par de arboles de ramas artísticamente retorcidas.Sombras negras de árboles en la noche negra.
Entonces un compañero, el escritor que dormía a un par de asientos, abrió un ojo y me vio. Enseguida se levantó y me hizo sentar. No quise sacar el libro y no quise dormirme, una hora después, sin aceptar protestas, le devolví el asiento.
Lo demás es historia: ese año, en el mes de mayo y en ese congreso, siete mil delegados de toda la Argentina de Norte a Sur votamos una huelga nacional, algunos artistas nos acompañaron, como Mercedes Sosa, que fue el título del recuadrito que sacó un diario sobre el congreso.
Pero al poco tiempo mi nuevo amigo escritor me hacía preguntas sobre Rocambole y yo a él preguntas sobre otros libros y desde entonces, cada tanto, nos sentamos en un bar y hablamos de libros, colecciones, bibliotecas, librerías...la patria compartida.

sábado, 14 de abril de 2012

Un famoso poema de Zorrilla en su primer borrador


La triste Inés

Como de Flandes no volvía
Diego, que a Flandes partió
Inés en llanto rompió
Porque nadie la entretenía
Todas las tardes iba
después de traspuesto el sol,
a la despensa de la esquina,
y entre trago y trago pedía
la vuelta del español,
y el español no volvía.
(De Flandes jamás volvería,
la bella Inés no sabía
que Diego en verdad estaba
en un burdel de Sevilla.)
Pocas noches pasaron
Antes de que la bella Inés
con llorosa languidez,
a Dios rezando pidiera
la vuelta de un español cualquiera.
Frente al pobre almacenero
Dejaba ella oír sus ruegos
que éste resignado oía
pues no era español sino griego.
Volvió pues Diego de Sevilla
y halló a la pobre niña entretenida
con unos quinientos españoles
que de la guerra volvían.
(Ante tan mayúsculo interés
por su lánguida prometida
Diego juzgó muy bien
que sin Flandes nada perdía.)
Y esta historia sólo la llora
un pobre almacenero griego
viendo la bodega vacía
que su casto amor recibió por premio.

martes, 3 de abril de 2012

ANA Y EL HIPOGRIFO



Había una campesina llamada Ana y su historia pobló la fábula.
Quería algo difícil: quería trepar la montaña más alta de los Pirineos, quería ver su tierra desde las alturas y quería hacerlo antes de cumplir los veinte años. Aunque le dijeron que las niñas no juraban, ella había jurado hacerlo muy niña aún. Mientras le quedaba tiempo, el sueño fue sólo sueño. Pero llegó la primavera de los diecinueve años. La última antes de cumplir los veinte. Era la única joven del pueblo a la que nadie había podido casar y esa situación no iba a durar mucho más. Ya habían acordado su matrimonio y el año entrante la hallaría casada. Era preciso encontrar el medio de subir a la montaña pronto. El sueño tenía que dejar de serlo.
La más alta de las montañas era una cumbre escarpada y sobre ella se suspendía una tormenta. Hacía años, una bruja predijo que la tormenta no se iría hasta que una joven que no conociera el amor llegara hasta ella y tocará las nubes con sus dedos. No pudo decirlo muchas veces antes de que la quemaran en la plaza del pueblo, pero con decirlo una vez fue suficiente. La pequeña Ana juró acabar con la tormenta.
Una noche sintió una voz que la llamaba. Salió de la granja. La voz era de mujer y parecía venir de unos árboles cercanos. Corrió hasta ellos. No sabía explicarse por qué acudía a ese llamado, parecía sobrenatural. Le resultaba irresistible. Al llegar a los árboles no vio a mujer alguna. Solo había una zorra.
La zorra la miraba. Era raro que estuviera allí. Y que no hubiera caído en las muchas trampas que siempre había cerca de los corrales. Pero esta zorra la miraba a ella. Se volvió, caminó unos pasos y volvió a mirarla.
Ana dio unos pasos también. Qué impulso la llevaba, no sabía pero el llamado del animal era irresistible. La zorra la volvió mirar con sus ojos inteligentes y dio unos pasos más lejos.
Ana caminó tres pasos más, sin dejar de considerar el peligro. Las brujas solían usar zorras para comunicarse. El trato con brujas era el medio mas seguro de morir joven. Pero sintió nuevamente el llamado, y comprendió que no era pronunciado por ninguna voz humana y que una fuerza misteriosa y potente la impelía a caminar detrás de la zorra y lo hizo, y luego a correr, y lo hizo y al fin se halló en el camino a las cumbres.
Corrió hasta que las piernas no dieron más. Cayó a la tierra, casi desvanecida. Se permitió descansar, pero no mucho. Pronto estaban corriendo otra vez.
Estaban en un bosque oscuro y Ana se alegro de haber llevado yesca. Ahora caminaban. A la zorra parecía no agradarle la pequeña luz que usaba para guiarse en la espesura. Los ruidos del bosque, el ulular de los búhos, los árboles que parecían inclinarse y murmurar a su paso, todo ello asustaba a la joven que no quería separase de su yesca, lo único que le daba un poco de seguridad sin saber adonde iba ni por qué. Así reflexionaba cuando la zorra se detuvo. Alzó las orejas. Tenía el pelo erizado y miró a Ana con alarma.”Quieta”decía su mirada. “Quieta y silencio”. Ana obedeció. Pronto se oyeron voces. Salteadores, pensó. No tengo nada que puedan robarme. Como si hubiera leído sus pensamientos, la zorra la miró profundamente y volvió a erizar el pelo. Ana comprendió. Sí, tenía algo que podían robarle. El sudor del miedo la invadió. Los hombres se acercaban. Ana no comprendía sus palabras. Se preguntó si serían gitanos, de los que se contaban tantas cosas extrañas y a los que se perseguía y se temía tanto. Como a las brujas. En ese momento, dio un traspié y quebró un diminuta rama. La zorra la miró espantada y echó a correr. Pero Ana quedó paralizada. Pronto los hombres asomaron entre los árboles. No eran gitanos. Eran extranjeros, pero no parecían gitanos. Uno era alto, con una larga barba rubia. El otro era bajo y grueso. Vestían ricas ropas y su presencia a esas horas de la noche en un bosque oscuro era tan difícil de explicar como la de ella misma. Uno murmuró algo a su compañero y éste se fue. Quedaron a solas, Ana y el hombre rubio. Ana retrocedió. El hombre se adelantó.
-La tormenta- pensaba Ana. La montaña. No debía conocer a ningún hombre.
Como si entendiera al menos su miedo, el hombre sonrió y mostró su puño, adornado por un cuchillo.
Ana gritó. Y antes de que terminara de gritar, una pesada rama cayó sobre el hombre y acabó con él.
Y entonces se escuchó el rezongo de una vieja. Parecía que el bosque era centro de reunión, esa noche. Sin salir de su asombro, vio como se materializaba una anciana bruja que saltó sobre el hombre muerto y protestó enojada.
-¡Vas a subir la cumbre o eso también lo tengo que hacer yo por ti!
Detrás apareció la zorra, y parecía que una risa aviesa bailaba en sus ojos inteligentes. Parecía la mirada de otra bruja.
-Vamos, niña, que no tenemos toda la noche. Todavía hay mucho por hacer.


En un claro la vieja encendió un fuego y de entre sus ropas extrajo una hoja amarilla, de su zapato sacó una larga aguja, con la aguja se pinchó el dedo y escribió unas líneas incomprensibles. De adentro de su sombrero de bruja sacó una hogaza de pan, sobre la hogaza cayeron gotas de su sangre.
-Come niña, tiene buen sabor.
Ana lo miró con aprensión.
-Estuvo a punto de ser tu sangre la que corriera. Tal vez no te hubiera disgustado tanto ¿eh? Las jóvenes son todas iguales. No rechaces el bocado porque yo te quité el otro. ¿Qué, te enojas? No me importa. Te ayudé y te voy a seguir ayudando. Esta hoja, se la darás al primer ciervo que encuentres, montarás en él y él te llevará. Puedes dormir cuando llegues a la cumbre y detengas la tormenta, ahora, ve, corre, el ciervo te espera.
Y Ana, a quien la vieja desagradaba bastante, corrió.
Ya había luz y era suerte, porque se estaba quedando sin yesca. El bosque era grande pero en la mañana, menos amenazador. Y en un claro, encontró al ciervo. El ciervo estaba en actitud de espera . Puso la hoja a sus pies.
El ciervo la leyó y con toda naturalidad le preguntó.
-¿Conoces al hipogrifo?
-No.
-Te llevaré hasta él. Cuando lo encontremos le darás la misma hoja, solo que con tres gotas de sangre de tu seno blanco que tendrás que lastimar, es la moneda en que se paga al hipogrifo. La sangre de una virgen, es la única moneda que acepta.
-Por eso tenía que ser casta.
-Por eso.
Ana montó sobre el ciervo, que la llevó hasta el fin del bosque subiendo la montaña. El ascenso era difícil, pero el ciervo era ágil, los manchones de verde iban cediendo a la piedra a medida que subía. Por fin, al límite de sus fuerzas, el ciervo se detuvo frente a una gruta. El viento era terrible y los oídos de Ana zumbaban. Sentía un mareo muy fuerte. La rodeaba la bruma.
.-Aquí te dejo-dijo el ciervo.
-¿Qué tengo que hacer?-gritó Ana.
Pero el ciervo bajaba de nuevo y no le respondió.
Tenía la hoja amarilla. La dejo ir. Giró y se perdió hacia arriba en un remolino. El frío le congelaba los huesos. Abrazada a la piedra, soportaba la fuerza del viento creyendo que se iba a volar.
Entonces se ennegreció la montaña, el viento se hizo más terrible y Ana ni siquiera pudo gritar cuando inmensas alas grises la sobrevolaron y el hipogrifo descendió a muy escasas rocas de distancia. Su cuerpo era de un caballo, pero tenía garras, como las águilas, sólo que de gran tamaño, su cabeza era la de un águila y su mirada era terrible. Ana descubrió sus pechos, pero no tenía con que herirse, temblando de frío, buscó con lo ojos casi cegados por el viento alguna piedra filosa, pero el Hipogrifo tendió su garra y con ella hirió levemente a la doncella. Fueron tres gotas exactas de sangre roja las que vertió y recogió la garra. Luego el animal pareció mirar más benignamente a la joven, inclinó el largo cuello cubierto de crines y de plumas, y Ana, con el pecho aún descubierto, montó en él, sujetó las crines, se abrazó al cuello del hipogrifo y se halló envuelta en viento, elevándose. Hacia abajo, una inmensa mancha verde que desaparecía, hacia arriba, la cumbre y la tormenta, que ya veía arreciar, negra y tétrica. Las alas grises batían el aire de la montaña y la joven cumplía su sueño en vuelo. Largo fue el ascenso y una vez el hipogrifo descendió en el pico exacto de una roca, allí, en equilibrio sobre sus garras, se mantuvo un largo e imponente momento: la montaña llegaba a su fin y gruesas gotas caían del aire, pronto llegarían a la tormenta. El sueño se volvía pesadilla cuánto mas cerca estaba de alcanzarlo. Parecía preguntarse el Hipogrifo si la joven resistiría, pero ella se estrechó mas fuerte a su cuello y lo alentó a seguir. Entonces extendió sus alas. Dominaba los vientos con ellas, y un graznido potente y desafiante, como un grito de guerra atronó las estelas negras de viento. Ana gritó, escondiendo las cabeza entre las plumas grises, entonces de un envión se vio impelida nuevamente a las alturas.
La tormenta arreciaba, agua y granizo, el cielo se veía negro, rayos y truenos daban un concierto ensordecedor, el hipogrifo seguía ascendiendo.
Nuevamente se detuvo. Esta vez, el animal inclinó el largo cuello y la depositó en la cumbre helada. Ya nada la protegía. El hipogrifo emprendió vuelo en círculos alrededor de la cumbre, instándola a actuar. Sólo una cosa tenía que hacer, levantar las manos y tocar la nube, el negro espeso que se cernía sobre ella cubriéndola de blanco mortal. Casi no podía respirar, el corazón estallaba en el pecho, cada segundo que pasaba la muerte la cercaba más y más. Pero con un supremo esfuerzo se puso de pie y entonces el viento voló su capa, su piel sufría el castigo de la tempestad, pero su mano tocó la nube...Y la tormenta desapareció. Se hizo jirones en el aire frío de la montaña y el cielo celeste iluminó a Ana y a su valiente hipogrifo. Que la llevó muy lejos, donde nadie fuera a hacerle pagar su hazaña con la hoguera y donde conoció el amor hasta que anciana, volvió a la montaña para descansar.