Mis días llegaban rápidos a su fin y yo lo sabía. Me esperaba la más amarga de las noches, la que no tiene retorno ni electricidad. Sabía que iba a extrañar el cine de trasnoche, pero no tenía remedio. Mi obligación era suicidarme. Había llegado mi hora.
Yo, Penélope Saturnina López, por fin podía decir mi nombre completo, ése que pondrían en mi triste lápida, que mi afiebrada, pasional y trastornada poesía haría célebre. ‘Saturnina’ sería como decir ‘Alfonsina’, ese nombre de esperpento acabaría teñido de gloria póstuma.
Lo cierto es que yo, poeta maldita, tenía el deber, llegada mi edad, de suicidarme. Era imprescindible que pereciera, joven y trágica. Además, me había abandonado un hombre. No añadas, infame lector, que me abandonaron todos, eso no es cierto. Sólo me abandonaron los que me interesaron. Todos los demás seguían a mi alrededor, cuál faunos impotentes frente a esa formidable Diana que era yo en mi fracasada y trágica juventud. La magnitud de mi fracaso era tal que ni siquiera pude darme muerte. ¿Para qué? La busqué, no la hallé, pero lo que hallé fue más horroroso que ella misma. Mi deber ya no fue el mismo desde entonces, desde entonces mi deber era enseñar el horror.
Mi profesor de taller de poesia me había explicado que si no había nacido en Francia, era inútil intentar ser una poeta del Parnaso francés. Tardé un poco en convencerme. Creí primero que con un diccionario y un ligero acento y una boina haría el cambio estético profundo que necesitaba para que algún día estuviera, ya no triste, ya no ajada, sino encerrada entre dos tapas de cartón, mal encuadernada, en un meláncólica edición en la estantería de un joven de letras, justo entre Verlaine y Rimbaud.
Mala idea, meterse entre esos dos, pero bueno. No haber nacido en París no me daba oportunidad de cometer ese error cuando encarnara entre dos tapas...
Ah, París. Qué daría yo por París. Mi diario íntimo y mis poemas inéditos que, con el tiempo, cuando esté muerta y no lo pueda disfrutar, valdrán una fortuna.
Pero hablábamos de la tragedia horrorosa de mi juventud. La que, con su piedra de toque, hizo de mí un ser más allá del bien y del mal, y tan indiferente a Adán como a la Serpiente.
Tristemente me dirigí al puerto para dar fin a mi triste vida, pero mi interior, a pesar de mi apariencia lastimosa, de mis lágrimas de cocodrilo, se sacudía de gozo. Estaba colocando el punto final a mi obra maestra: yo misma. Veía mi futuro glorioso. “Arrancada en la flor de la juventud en su innata melancolía”... “Tronchada su gentil naturaleza de sílfide por la bestialidad de la bestia humana”... “Ella no comprendía el mundo y pereció para poder seguir sin comprenderlo y sin pasar por idiota”.
Me dirigí al puerto una noche de mayo. El viento ululaba una canción de tristeza infinita. Desesperada, asomaba la cabeza en todas las tabernas, buscando un hombre lo suficientemente sobrio para ser divertido. Así caminaba, pateando latas. Mi pecho subía y bajaba bajo la blusa, suspiraba ligeramente, largaba un ay lastimero cada cinco metros, en fin, cumplía con todos las reglas del estilo para suicidarse excepto que llevaba un impermeable. Mi excelente "Manual de estilo para suicidas" no daba muchas instrucciones en cuanto a vestimenta: sólo indicaba un delicado pijama de seda para suicidarse en la cama, como José Asunción Silva, o una malla enteriza, estilo competición, para hundirse en el mar. Yo llevaba un trench de gabardina con su típico lazo. Llovía y total ya iba a mojarme bien cuando me arrojara al río.....
Camino, pues, cuidando suspirar cada cinco metros, un dos, tres, cuatro, cinco: suspiro; ...un, dos, tres....
Tan concentrada estaba, que casi no veo a los dos malandras que se plantan delante de mí. Me detuve y les dije con dulce sonrisa, como quien está más allá de todo, en el último trance.
—Ya es tarde. Demasiado tarde —y quise avanzar sin verlos a mi inmortal destino pero, grosero, uno de ellos, con un parche en el ojo, plantó su sucia manaza en mi hombro.
—¿No tiene ni aún cinco minutos para escuchar nuestra oferta? —dijo con vozarrón beodo—. Si usted quiere suicidarse, nosotros le ofrecemos una alternativa mejor. ¿No desea vengarse del mundo que la desprecia? ¿Por qué morir sin llevarse unos cuantos por delante?
—¿Y cuál es esa alternativa? —inquirí, más interesada, pero no sin antes quitar su sucia mano de mi impermeable, en la que dejó una desagradable y grasosa mancha.
—La piratería. Venga, vamos a una taberna. Vos -dijo su compañero-, pasanos a buscar en dos horas. Vamos a ver cuanto ron aguanta la dama.
Y tomándome del brazo, me llevó hacia la taberna. Mientras me hablaba, yo casi no lo escuchaba, una perspectiva encantadora nacía ante mis ojos. Byron, el Corsario, Morgan, Bernis y yo, con el torso desnudo, tiznada de pólvora, un aro en la nariz, cañoneando buques ingleses y violando prisioneros antes de pasarlos por la quilla, mientras el mundo me cree muerta.
En la taberna bebimos ron, firmé su camisa con mi sangre, luego más ron, más, más y más, y no recuerdo nada salvo que me desperté en la cubierta de un barco. Me habían tirado dos baldazos de agua fría y yo recordé que el oficio de pirata, además de romántico, tiene sus aspectos desagradables.
Me rodeaba un círculo de pobres diablos desastrados, tan desnutridos que pensé que me iban a comer, y el del parche en el ojo, que me había hablado por primera vez, me tiró una desagradable patada en las costillas, con lo cual dije un ‘ay’ lastimero y me encontré con la triste realidad de que no estaba en el barco del Capitán Blood, que sí sabía cómo tratar a una dama.
—Sos la primera imbécil que cae en dos meses. Tu labor como pirata es meter en esas latas que vez ahí —señaló pilas y pilas de latas de ese atún ‘El Pirata’ que venden en los super chinos a cinco pesos—, todo el atún que pescan estos idiotas. Mejor suicidarse, ¿no? —y lanzó una risotada vulgar y soez—. Ahora arriba y a laburar. Ustedes a sus puestos, manga de giles. Vos, Gordo, asegurate que encontremos un cardumen esta vez o te cuelgo del palo mayor.
No tengo que explicarles nada, ¿verdad? Claro y rotundo horror. Una esclavitud peor que ser repositora de Jumbo. ¡Yo meter atún en latas! Jamás, me dije. Me levanté, digna y gravemente, y dije con firmeza.
—Colgadme. No trabajaré junto a esta infame y sudorosa canaille. No pondré atún en ninguna de esas latas. Antes me lo comeré.
—Con que esas tenemos, ¿eh? —gritó el tuerto—. ¡Átenla al palo mayor! ¡El látigo de nueve colas! ¡El potro!
—¡Motín! —grité—. ¡Motín! —Y dando el ejemplo, me precipité al tonel más cercano y empecé a comer atún a cuatro manos.
La tripulación hambrienta sólo necesitaba un líder para amotinarse. Se abalanzaron sobre los toneles a comer, mientras el Gordo arrojaba al capitán por la borda. Guiada por él, bajamos a su camarote y confiscamos el ron y sus revistas porno.
—Sea nuestra capitana —me dijo el Gordo con lágrimas en los ojos—. La obedeceremos hasta la muerte.
Qué decir. La fiebre del emocionante momento me encegueció. Me vi al frente de esa infame canaille, conduciéndolos a heroicas empresas, haciendo de ellos el terror de los atunes, convirtiéndolos, en fin, en hombres de provecho. Ya podía sentir su sudorosa gratitud en noches estrelladas en éxtasis a repetición, ordenando las maniobras en los intervalos. Ya veía, en fin, hileras y más hileras de atún ‘El Pirata’ desapareciendo de las góndolas de los supermercados. Ya me veía comprando por fin mi departamento en Montparnasse, donde sería una artista enigmática, exótica, deliciosa, créanme.
Pero un verso magnífico interrumpió ese mediocre ensueño. Un verso increíble, inmortal. Y volviendo a la realidad, negué tristemente con la cabeza.
—No puedo —le respondí—. Esta horrorosa historia me hizo comprender la trascendencia de la vida. Ahora me dedicaré a la literatura. Sólo obedeceme en una cosa.
—Lo que usted quiera. Usted nos rescató de la esclavitud.
Entonces le saqué la revista que tenía entre las manos y le dije arrobadora:
—Hazme feliz.
Bajé del barco entre los vítores de la tripulación al día siguiente. Retorné a mi hogar y, marcada por el horror, escribí versos inmortales y trágicos.
El blog de Paula Ruggeri. Contacto: paula.ruggeri743@gmail.com
martes, 28 de septiembre de 2010
miércoles, 8 de septiembre de 2010
El hombre que volvió de la guerra
Recuerdo cómo me atormentaba la infantil conciencia cuando jugaba con la cinta de la máquina de escribir de mi padre, una Remington negra, capaz de disparar certeros análisis políticos, anecdóticas notas de color, columnas científicas o simplemente poemas apresurados y pasionales. Mis dedos manchados de tinta roja y negra lavaban su culpa siendo frotados con piedra pómez por mi abuela, intentando que el dueño de la Remington, mi padre, no se diera cuenta de quién le había tocado la máquina de escribir.
Me atraía, igual que los libros de su biblioteca. Si mis lecturas empezaron con Salgari y Dumas, siguieron con libros titulados "Alrededor del 68", la colección íntegra de una revista de geopolítica llamada Estrategia y títulos tales como "Problemas raciales en el Asia soviética musulmana" o "El pacto Roca-Runciman". La biblioteca de literatura se unía a la del periodista político y poeta insomne, asi que tambien me llamaban los poemas de Silva, de Claudio de Alas, de Byron.
Pero esas lecturas llegaron después, cuando el hombre ya habia vuelto de la guerra y hablaba, simplemente hablaba.
Recuerdo el día que mi madre me pidió que avisara a la maestra que yo faltaría al dia siguiente a la escuela, ya que mi padre se iba a Panamá. Era el año 1979. Mi padre, el temible usuario de la máquina de escribir, era un hombre muy alto que a veces, cuando aparecía en los actos escolares se lo distinguia por su cabeza, cuello y hombros asomando entre los padres. Era el padre más alto, también el más ausente. Viajaba mucho, pero este viaje a Panamá fue distinto.
Lo despedimos en Ezeiza. Era tan común que viajara que nunca lo despedíamos, ese viaje sin duda era especial. Mi padre iba a una guerra. No en Panamá, en Nicaragua. Apenas captaba yo el sentido de la palabra guerra.
Pasaron días, muchos días. Mi madre pedía que escribiéramos cartas. Que fueran alegres, porque la guerra era triste. Me recuerdo tachando y corrigiendo cada chiste, siguiendo insistentemente la regla de los humoristas que me gustaba leer, de hacer un chiste por párrafo. Lo considero, aún hoy, mi primer ejercicio real de escritora. Escribir una carta alegre cuando todo era triste. Una profesional.
Pasaron dos meses. Sólo un tiempo en Nicaragua y el fluir de cables de telex se cortó. Recuerdo a un hombre que solía visitarnos, un periodista de la agencia para la que mi padre trabajaba. Venia a dar ánimos con nada.
Nada.
Recuerdo noches durmiendo en el dormitorio de mi madre, sintiendo que, de algún modo, era yo quien la consolaba de las pesadillas. Recuerdo mi pregunta inútil de cada mañana cuando veía al portero. ¿Alguna carta? ¿algo?
Dos meses. Un día, los telex volvieron. Traían crónicas de batallas, de combates, de bombardeos. Tenemos aún el último, el cable en el que dice que le quitaron todo, la cámara, el anotador, la máquina de escribir, pero conserva la cabeza sobre los hombros, memoriza y por eso transmite. Ese cable contiene el diálogo en el que discute su retorno, dice que todavía aguanta, le dicen que vuelva.
Muchas veces mi madre me dijo. "Tu padre fue el único periodista del mundo que estuvo en estas dos batallas" y yo siempre, también ahora, olvido el nombre de las batallas.
Lo que no puedo olvidar fue el día en que lo fuimos a buscar a Ezeiza.
Yo, feliz, el día anterior dije, como tres meses antes, que faltaba a la escuela para ir a buscar a mi padre al aeropuerto. Venía de Panamá.
El vuelo llegó y la gente que arribaba lo hacía sin mi padre. No lo veíamos por ningún lado. Siendo tan alto, era difícil confundirlo. Mi madre dijo, preocupada, que tal vez no venía en ese vuelo.
Pero yo llevaba un rato mirando a un hombre. Lo miraba con conmiseración.
Tenía la mirada perdida, le faltaba pelo y su cara estaba roja e hinchada. Miraba sin ver. Era muy alto, pero lo disfrazaba un poco encorvándose. Miraba sin ver.
—Mamá —le tiré la manga—. Ahí está papá.
—¿Qué? No —dijo ella, y seguía mirando para otro lado.
—Ahí está —grité y corrí.
El hombre me vio. Abrió los brazos. Sonrió. No tenia dientes, pero era mi padre.
Me atraía, igual que los libros de su biblioteca. Si mis lecturas empezaron con Salgari y Dumas, siguieron con libros titulados "Alrededor del 68", la colección íntegra de una revista de geopolítica llamada Estrategia y títulos tales como "Problemas raciales en el Asia soviética musulmana" o "El pacto Roca-Runciman". La biblioteca de literatura se unía a la del periodista político y poeta insomne, asi que tambien me llamaban los poemas de Silva, de Claudio de Alas, de Byron.
Pero esas lecturas llegaron después, cuando el hombre ya habia vuelto de la guerra y hablaba, simplemente hablaba.
Recuerdo el día que mi madre me pidió que avisara a la maestra que yo faltaría al dia siguiente a la escuela, ya que mi padre se iba a Panamá. Era el año 1979. Mi padre, el temible usuario de la máquina de escribir, era un hombre muy alto que a veces, cuando aparecía en los actos escolares se lo distinguia por su cabeza, cuello y hombros asomando entre los padres. Era el padre más alto, también el más ausente. Viajaba mucho, pero este viaje a Panamá fue distinto.
Lo despedimos en Ezeiza. Era tan común que viajara que nunca lo despedíamos, ese viaje sin duda era especial. Mi padre iba a una guerra. No en Panamá, en Nicaragua. Apenas captaba yo el sentido de la palabra guerra.
Pasaron días, muchos días. Mi madre pedía que escribiéramos cartas. Que fueran alegres, porque la guerra era triste. Me recuerdo tachando y corrigiendo cada chiste, siguiendo insistentemente la regla de los humoristas que me gustaba leer, de hacer un chiste por párrafo. Lo considero, aún hoy, mi primer ejercicio real de escritora. Escribir una carta alegre cuando todo era triste. Una profesional.
Pasaron dos meses. Sólo un tiempo en Nicaragua y el fluir de cables de telex se cortó. Recuerdo a un hombre que solía visitarnos, un periodista de la agencia para la que mi padre trabajaba. Venia a dar ánimos con nada.
Nada.
Recuerdo noches durmiendo en el dormitorio de mi madre, sintiendo que, de algún modo, era yo quien la consolaba de las pesadillas. Recuerdo mi pregunta inútil de cada mañana cuando veía al portero. ¿Alguna carta? ¿algo?
Dos meses. Un día, los telex volvieron. Traían crónicas de batallas, de combates, de bombardeos. Tenemos aún el último, el cable en el que dice que le quitaron todo, la cámara, el anotador, la máquina de escribir, pero conserva la cabeza sobre los hombros, memoriza y por eso transmite. Ese cable contiene el diálogo en el que discute su retorno, dice que todavía aguanta, le dicen que vuelva.
Muchas veces mi madre me dijo. "Tu padre fue el único periodista del mundo que estuvo en estas dos batallas" y yo siempre, también ahora, olvido el nombre de las batallas.
Lo que no puedo olvidar fue el día en que lo fuimos a buscar a Ezeiza.
Yo, feliz, el día anterior dije, como tres meses antes, que faltaba a la escuela para ir a buscar a mi padre al aeropuerto. Venía de Panamá.
El vuelo llegó y la gente que arribaba lo hacía sin mi padre. No lo veíamos por ningún lado. Siendo tan alto, era difícil confundirlo. Mi madre dijo, preocupada, que tal vez no venía en ese vuelo.
Pero yo llevaba un rato mirando a un hombre. Lo miraba con conmiseración.
Tenía la mirada perdida, le faltaba pelo y su cara estaba roja e hinchada. Miraba sin ver. Era muy alto, pero lo disfrazaba un poco encorvándose. Miraba sin ver.
—Mamá —le tiré la manga—. Ahí está papá.
—¿Qué? No —dijo ella, y seguía mirando para otro lado.
—Ahí está —grité y corrí.
El hombre me vio. Abrió los brazos. Sonrió. No tenia dientes, pero era mi padre.
miércoles, 25 de agosto de 2010
¿Estas buscando un millonario?
Recuerdo haber visto hace muchos años una película llamada “Cómo casar un millonario” o algo así. Trabajaban Lauren Bacall, Marilyn Monroe y Betty Grable. La vi cuando tenía quince años y una notable experiencia de la vida. Para decirlo con pocas palabras: la vida ya me hacía callos a tan tierna edad y sabía perfectamente donde estaba lleno, literalmente lleno, de millonarios generosos y tal vez casaderos.
Así que miré la película con una mezcla de suficiencia y compasión por las peripecias de las protagonistas, ignorantes de que lo único que tenían que hacer para atraer millonarios era sentarse a leer en el Jardín Botánico.
La primera vez tenía catorce años y trataba de leer una biografía de Schubert. Ningún lugar mejor que el Botánico: oasis rumoroso, umbrío, celestial y lleno de gatos en medio de la selva de cemento. Me senté en un banco y a los dos minutos se sentó un viejo. Nada en su aspecto denotaba al millonario, pero la excentricidad en el vestuario de esos raros seres es conocida y los más reconocidos expertos en la materia aseguran haber visto millonarios vestidos como mendigos en King Cross sólo para tener las fuertes sensaciones que les niega el insano tedio de estar llenos de plata.
Éste del que les hablo era un hombre de entre setenta y cinco y ochenta años, con sombrero y bastón. Rápidamente me saludó, me preguntó qué leía y, sin esperar respuesta, me contó que tenía una refinería de petróleo, un convenio con la Shell, una casa de diecisiete habitaciones y que necesitaba cariño.
"¡Pobre hombre!”, pensé y le dediqué una compasiva sonrisa. Luego traté de seguir leyendo.
Pero era inútil. Los millonarios son muy extraños, les encanta enumerar tristemente sus riquezas sin comprender que la compasión de los pobres es limitada. Siguió enumerando sus posesiones y su falta de cariño. Tal vez piensen que yo era ingenua, pero no: si todo eso lo hubiera acompañado con un gestito de idea, yo hubiera considerado que era un viejo cínico, pero no hubo ningún gestito de idea, sólo una mirada de Leopardi degollado que partía el corazón. Mientras hablaba de sus acciones en distintas compañías, mencionaba como quien lamenta hacerlo su falta de amor, su necesidad desesperada de una mujer desinteresada que quisiera vivir en una de sus diecisiete habitaciones, hasta que la piedad que sentía fue tan insoportable que me levanté y me fui a otro banco.
Pero es inútil: leer en el Botánico es imposible. El fino gusto de los millonarios los atrae irresistiblemente allí y son incapaces de callarse la bocota. Así como los gatos van a buscar la comida de las viejas del barrio y los mendigos piden monedas en el centro, el Botánico es el lugar donde los millonarios mendigan AMOR. A una no le queda más que establecer su escala de prioridades y elegir una tabla de valores para su escasa compasión: primero los mendigos, después los gatos y por último los millonarios. Y desde que dejé mi etapa borderline, a los dieciocho años, nunca más fui a leer al Botánico. Me busqué un bar de Puente Pacífico lo suficientemente ruinoso y sucio para garantizar que la nariz delicada de los millonarios no se asomaran por ahí.
Pero una nunca está a salvo de ellos. Mi último encuentro con un millonario fue en noviembre pasado y en un lugar sorprendente.
Barrio del Once.
Colectivo 26, repleto. Gente transpirada. Un viejo estaba sentado, me mira con expresión tan lasciva que pienso que está en coma. Se levanta y me da el asiento (¿no estaba en coma?).
Había varias viejas decrépitas colgadas de los caños, pero no, me lo da a mí. Ya conozco la situación: si le cedo el asiento que él me da, de puro langa, a una vieja, me va a matar. Así que me siento, pero le pregunté si iba a bajar.
Me dijo que se bajaba pero no se bajó, y al fin, veinte minutos después, me da una tarjeta y me dice: Te llamo.
Mi apreciación de que era un viejo langa estaba firmemente errada.
La tarjeta dice "Magoya Company" y tiene un nombre: Joseph Magoya, President y un número y un teléfono adónde él me va a llamar y no me va a encontrar.
Guardé la tarjeta. Medio colectivo 26 me miró con reprobación.
Pero no me importa. De ahora en más, no volveré a tirar la tarjeta de un millonario, puede que me contrate Forbes. Mi olfato para los millonarios es único. Siempre supe dónde encontrar millonarios, siempre. Me pregunto si Forbes sabrá cuántos millonarios poderosos toman el 26. Mientras, me dicen vanidosa. ¿Pero qué quieren que haga? Me echaron a perder, no es mi culpa.
Así que miré la película con una mezcla de suficiencia y compasión por las peripecias de las protagonistas, ignorantes de que lo único que tenían que hacer para atraer millonarios era sentarse a leer en el Jardín Botánico.
La primera vez tenía catorce años y trataba de leer una biografía de Schubert. Ningún lugar mejor que el Botánico: oasis rumoroso, umbrío, celestial y lleno de gatos en medio de la selva de cemento. Me senté en un banco y a los dos minutos se sentó un viejo. Nada en su aspecto denotaba al millonario, pero la excentricidad en el vestuario de esos raros seres es conocida y los más reconocidos expertos en la materia aseguran haber visto millonarios vestidos como mendigos en King Cross sólo para tener las fuertes sensaciones que les niega el insano tedio de estar llenos de plata.
Éste del que les hablo era un hombre de entre setenta y cinco y ochenta años, con sombrero y bastón. Rápidamente me saludó, me preguntó qué leía y, sin esperar respuesta, me contó que tenía una refinería de petróleo, un convenio con la Shell, una casa de diecisiete habitaciones y que necesitaba cariño.
"¡Pobre hombre!”, pensé y le dediqué una compasiva sonrisa. Luego traté de seguir leyendo.
Pero era inútil. Los millonarios son muy extraños, les encanta enumerar tristemente sus riquezas sin comprender que la compasión de los pobres es limitada. Siguió enumerando sus posesiones y su falta de cariño. Tal vez piensen que yo era ingenua, pero no: si todo eso lo hubiera acompañado con un gestito de idea, yo hubiera considerado que era un viejo cínico, pero no hubo ningún gestito de idea, sólo una mirada de Leopardi degollado que partía el corazón. Mientras hablaba de sus acciones en distintas compañías, mencionaba como quien lamenta hacerlo su falta de amor, su necesidad desesperada de una mujer desinteresada que quisiera vivir en una de sus diecisiete habitaciones, hasta que la piedad que sentía fue tan insoportable que me levanté y me fui a otro banco.
Pero es inútil: leer en el Botánico es imposible. El fino gusto de los millonarios los atrae irresistiblemente allí y son incapaces de callarse la bocota. Así como los gatos van a buscar la comida de las viejas del barrio y los mendigos piden monedas en el centro, el Botánico es el lugar donde los millonarios mendigan AMOR. A una no le queda más que establecer su escala de prioridades y elegir una tabla de valores para su escasa compasión: primero los mendigos, después los gatos y por último los millonarios. Y desde que dejé mi etapa borderline, a los dieciocho años, nunca más fui a leer al Botánico. Me busqué un bar de Puente Pacífico lo suficientemente ruinoso y sucio para garantizar que la nariz delicada de los millonarios no se asomaran por ahí.
Pero una nunca está a salvo de ellos. Mi último encuentro con un millonario fue en noviembre pasado y en un lugar sorprendente.
Barrio del Once.
Colectivo 26, repleto. Gente transpirada. Un viejo estaba sentado, me mira con expresión tan lasciva que pienso que está en coma. Se levanta y me da el asiento (¿no estaba en coma?).
Había varias viejas decrépitas colgadas de los caños, pero no, me lo da a mí. Ya conozco la situación: si le cedo el asiento que él me da, de puro langa, a una vieja, me va a matar. Así que me siento, pero le pregunté si iba a bajar.
Me dijo que se bajaba pero no se bajó, y al fin, veinte minutos después, me da una tarjeta y me dice: Te llamo.
Mi apreciación de que era un viejo langa estaba firmemente errada.
La tarjeta dice "Magoya Company" y tiene un nombre: Joseph Magoya, President y un número y un teléfono adónde él me va a llamar y no me va a encontrar.
Guardé la tarjeta. Medio colectivo 26 me miró con reprobación.
Pero no me importa. De ahora en más, no volveré a tirar la tarjeta de un millonario, puede que me contrate Forbes. Mi olfato para los millonarios es único. Siempre supe dónde encontrar millonarios, siempre. Me pregunto si Forbes sabrá cuántos millonarios poderosos toman el 26. Mientras, me dicen vanidosa. ¿Pero qué quieren que haga? Me echaron a perder, no es mi culpa.
martes, 10 de agosto de 2010
LA REVOLUCION COMIENZA EN CUALQUIER SITIO
Es un lugar pequeño. Muchos caminantes sin duda lo rehuyen. Es una casa de comidas con aspecto descuidado. Ese descuido melancólico que a veces rodea lo que amamos demasiado. No puedo explicar muy bien ese concepto, porque no es un concepto. A veces los lugares descuidados lo son porque sus dueños trabajan mucho. Y no hay tiempo para decoraciones vanas, para diseños. No hay tiempo para el espejismo. Hay tiempo de volar entre las cacerolas, preparando y lavando lo que los albañiles, los taxistas y las escritoras del barrio van a comer.
De entrada me gustó el nombre de la pizzería. Chaplin. No sólo se llama así, sino que el recuerdo del cómico triste ronda por todo el pequeño local. Como si la melancolía del noticiero y el diario sobre las mesas de fórmica, mirados por solitarios trabajadores, no bastara, un póster desteñido de la película El pibe y un muñeco muy viejo de Chaplin nos recuerdan que el nombre no fue puesto porque si.
A Chaplin le hubiera gustado. La mujer de mediana edad y aspecto juvenil lava la lechuga con energía detrás de un mostrador desde donde el comprador ve cómo se prepara la comida, en cacerolas abolladas y ennegrecidas, algunas sin manijas. Hay un póster de socio de Boca Juniors lleno de hollín del dueño, Beto, que siempre con ojos de estupor comenta las últimas noticias policiales, con un asombro resignado, a veces insoportable, de la crueldad de la vida.(Beto siempre ve la crueldad de la vida, hasta en días soleados como el de hoy, cuando yo escribo sobre él y no lo sabe ni lo sabrá tal vez nunca).
Hace mucho que quiero escribir sobre Chaplin y hoy me dieron la ocasión.
La revolución empieza en cualquier lado. Eso lo declaré al principio. Un chico muy serio envuelve y entrega los pedidos. Desde hace tres años, me habitué a un diario abierto sobre el mostrador, que leía el chico muy serio. Al reclamo de atención por parte de Beto, cuando por concentración en la lectura el chico no reaccionaba, siempre envolvía la comida con un gruñido que los lectores conocemos muy bien. Pero desde hace una semana veo un libro. Fui tres veces en la semana y el señalador marcaba cada vez una página más avanzada. Hoy mi joven amigo estaba a treinta páginas del final. Envolvió mi pedido con un gruñido. El libro se cerró, desequilibrado por la cantidad de páginas pasadas y el chico gruñó más fuerte.
No logo. Un edición muy gastada, de tapas negras, con el plastificado roto. No logo de Naomi Klein, a quien nunca lei.
Me fui pensando que la revolución empieza en cualquier lado. Cualquier sitio es un buen lugar. Recordé mientras caminaba al escritorio a escribir esto la casa de madera de mi tío, el socialista hijo de italianos, que trabajaba en una jamonería y que tenia una biblioteca que envidiarían muchos escritores (y debo añadir que unas lecturas que a muchos autores les hacen falta). Recordé esa villa miseria contruida por italianos donde con lámparas de kerosén, después de la larga jornada en la jamonería o en la papelera cercana a la villa, leían a Rosa de Luxemburgo, a Bakunin, a Byron, a John Dickson Carr, a Alejandro Dumas. No necesitaban ser escritores o intelectuales. El conocimiento no es para los que lo ejercen como medio de vida: es para todos. Es una riqueza humana que de un modo infame pretenden convencernos de que es privativa de quienes pueden pagarse estudios universitarios y pertenecer a la casta de los que poseen los medios del conocimiento, que son hoy día una casta burguesa comparable a quienes poseen los medios de producción, los que Marx quería distribuir entre el pueblo. Hoy los medios de conocimiento son también un pasaporte social que se compra caro. Pero a diferencia de mis ex compañeros de militancia estudiantil, los que gritaban “universidad para los trabajadores”, yo no quiero eso. Yo misma no necesito a la Universidad. Yo pude leer a Splenger y a Descartes y a Leibniz, a Schopenhauer y a Spinoza en un cuarto donde compartía dos colchones con mis dos hijos pequeños. Que se crean otros que necesitan un mediador entre los libros y ellos. Mi amigo, el que envuelve los paquetes en Chaplin, sabe que no necesita más que su hambre de saber y sus preguntas para empezar la revolución.
De entrada me gustó el nombre de la pizzería. Chaplin. No sólo se llama así, sino que el recuerdo del cómico triste ronda por todo el pequeño local. Como si la melancolía del noticiero y el diario sobre las mesas de fórmica, mirados por solitarios trabajadores, no bastara, un póster desteñido de la película El pibe y un muñeco muy viejo de Chaplin nos recuerdan que el nombre no fue puesto porque si.
A Chaplin le hubiera gustado. La mujer de mediana edad y aspecto juvenil lava la lechuga con energía detrás de un mostrador desde donde el comprador ve cómo se prepara la comida, en cacerolas abolladas y ennegrecidas, algunas sin manijas. Hay un póster de socio de Boca Juniors lleno de hollín del dueño, Beto, que siempre con ojos de estupor comenta las últimas noticias policiales, con un asombro resignado, a veces insoportable, de la crueldad de la vida.(Beto siempre ve la crueldad de la vida, hasta en días soleados como el de hoy, cuando yo escribo sobre él y no lo sabe ni lo sabrá tal vez nunca).
Hace mucho que quiero escribir sobre Chaplin y hoy me dieron la ocasión.
La revolución empieza en cualquier lado. Eso lo declaré al principio. Un chico muy serio envuelve y entrega los pedidos. Desde hace tres años, me habitué a un diario abierto sobre el mostrador, que leía el chico muy serio. Al reclamo de atención por parte de Beto, cuando por concentración en la lectura el chico no reaccionaba, siempre envolvía la comida con un gruñido que los lectores conocemos muy bien. Pero desde hace una semana veo un libro. Fui tres veces en la semana y el señalador marcaba cada vez una página más avanzada. Hoy mi joven amigo estaba a treinta páginas del final. Envolvió mi pedido con un gruñido. El libro se cerró, desequilibrado por la cantidad de páginas pasadas y el chico gruñó más fuerte.
No logo. Un edición muy gastada, de tapas negras, con el plastificado roto. No logo de Naomi Klein, a quien nunca lei.
Me fui pensando que la revolución empieza en cualquier lado. Cualquier sitio es un buen lugar. Recordé mientras caminaba al escritorio a escribir esto la casa de madera de mi tío, el socialista hijo de italianos, que trabajaba en una jamonería y que tenia una biblioteca que envidiarían muchos escritores (y debo añadir que unas lecturas que a muchos autores les hacen falta). Recordé esa villa miseria contruida por italianos donde con lámparas de kerosén, después de la larga jornada en la jamonería o en la papelera cercana a la villa, leían a Rosa de Luxemburgo, a Bakunin, a Byron, a John Dickson Carr, a Alejandro Dumas. No necesitaban ser escritores o intelectuales. El conocimiento no es para los que lo ejercen como medio de vida: es para todos. Es una riqueza humana que de un modo infame pretenden convencernos de que es privativa de quienes pueden pagarse estudios universitarios y pertenecer a la casta de los que poseen los medios del conocimiento, que son hoy día una casta burguesa comparable a quienes poseen los medios de producción, los que Marx quería distribuir entre el pueblo. Hoy los medios de conocimiento son también un pasaporte social que se compra caro. Pero a diferencia de mis ex compañeros de militancia estudiantil, los que gritaban “universidad para los trabajadores”, yo no quiero eso. Yo misma no necesito a la Universidad. Yo pude leer a Splenger y a Descartes y a Leibniz, a Schopenhauer y a Spinoza en un cuarto donde compartía dos colchones con mis dos hijos pequeños. Que se crean otros que necesitan un mediador entre los libros y ellos. Mi amigo, el que envuelve los paquetes en Chaplin, sabe que no necesita más que su hambre de saber y sus preguntas para empezar la revolución.
lunes, 26 de julio de 2010
El hechizo de la gata blanca
Se lo oía a la medianoche. A la hora señalada, su esbelta y fuerte figura se recortaba en la pared medianera. De nada servían los piedrazos de mi hermano o los gritos de mi padre. En su pelaje amarillo se reflejaba la luna.
El maullido era imperativo, nacido de las entrañas de la carne, un llamado que no se podía desoír.
Ella era pequeña y la llamábamos Duquesa. La trajimos a nuestra casa siendo diminuta, y recuerdo que su pelo blanco y suave le daba una apariencia frágil. Era nívea. Creció, pero poco. Siempre fue una gata pequeña. El nombre de Duquesita se lo puso mi abuela. Así debían ser las duquesas según ella, pálidas y frágiles.
Pero el llamado del gato amarillo, con el poder de la sangre ardiente, incólume en la medianera, altanero frente a los gritos, indiferente frente a las piedras, debía ser oído.
Duquesa se escapaba. Se iban juntos saltando techos.
Yo era una niña, pero no tanto. Algo comprendía del llamado lunar, algo intuía. El hechizo del gato bajo la luna.
Fueron cinco noches de luna. Cinco noches en que Duquesa, al oír el llamado, se escurría entre mis brazos y se fugaba con su amante por los techos.
A la sexta noche, Duquesa dormía en mis brazos. Parecía más desmayada que dormida. Mi hermano preparaba la artillería para el gato amarillo. Pero no vino.
La noche era oscura. No hubo llamado, ni pelaje amarillo reflejando la luna. Ya no volvería.
Pasaron meses y el vientre de Duquesa pesaba. Era más frágil que nunca, más débilmente principesca que nunca. Daba ternura su blanca debilidad. Cada tanto, sentía que preguntaba por él. Me asomaba a la medianoche al patio, preguntándome en qué tejados haría, cada noche, su invocación a la luna.
Llegó la tarde del alumbramiento. Yo estaba sola. Mi padre estaba de viaje, y mi abuela, enferma en un hospital, con mi madre a su lado. Yo sola estaba con Duquesa. Era mi responsabilidad.
La oí gemir. En la cama de mis padres, en la habitación a oscuras, la oi llorar. Vi como trataba de reanimar su primer cría muerta. Envolví al prematuro cachorro muerto en un pañuelo y acomodé la gata sollozante en una caja de almacén forrada de sábanas. La llevé caminando a la veterinaria. Caminaba lo más rápido que podía, agitándome y por una vez entendí esa frase común de las novelas viejas “preciosa carga”.
La espera en la sala de la veterinaria fue angustiosa. La dulce duquesa era muy pequeña para parir. Se le hizo una cesárea
A las dos horas la veterinaria me trajo en una caja a la madre anestesiada y a las tres crías.
-No puede dar de mamar por la anestesia-me dijo-pero la cría necesita leche. Vas a tener que atenderlas vos.
Contemplé el interior de la caja. Eran tres gatitas preciosas. De pelo amarillo, negro y blanco.
Todas las gatas de tres colores son hembras-explicó la doctora.
Recordé al amante nocturno, su largo pelo amarillo…
Esa noche la pasé en vela, mojando una y otra vez mi dedo en leche, intentando que las tres gatitas se salvaran, dándoles calor en mi falda. Porque el invierno era crudo, la casa muy abierta y la noche, eterna.
Con los primeros rayos de luz, entró, despacio, mi madre. Me dijo que mi abuela dormía y ella venia a descansar un rato. Miro a las gatitas.
Se recostó en el sillón y yo con ella. Pasó su brazo por mi espalda y recostó la cabeza. Yo me acurruqué en su hombro.
Dormimos.
El maullido era imperativo, nacido de las entrañas de la carne, un llamado que no se podía desoír.
Ella era pequeña y la llamábamos Duquesa. La trajimos a nuestra casa siendo diminuta, y recuerdo que su pelo blanco y suave le daba una apariencia frágil. Era nívea. Creció, pero poco. Siempre fue una gata pequeña. El nombre de Duquesita se lo puso mi abuela. Así debían ser las duquesas según ella, pálidas y frágiles.
Pero el llamado del gato amarillo, con el poder de la sangre ardiente, incólume en la medianera, altanero frente a los gritos, indiferente frente a las piedras, debía ser oído.
Duquesa se escapaba. Se iban juntos saltando techos.
Yo era una niña, pero no tanto. Algo comprendía del llamado lunar, algo intuía. El hechizo del gato bajo la luna.
Fueron cinco noches de luna. Cinco noches en que Duquesa, al oír el llamado, se escurría entre mis brazos y se fugaba con su amante por los techos.
A la sexta noche, Duquesa dormía en mis brazos. Parecía más desmayada que dormida. Mi hermano preparaba la artillería para el gato amarillo. Pero no vino.
La noche era oscura. No hubo llamado, ni pelaje amarillo reflejando la luna. Ya no volvería.
Pasaron meses y el vientre de Duquesa pesaba. Era más frágil que nunca, más débilmente principesca que nunca. Daba ternura su blanca debilidad. Cada tanto, sentía que preguntaba por él. Me asomaba a la medianoche al patio, preguntándome en qué tejados haría, cada noche, su invocación a la luna.
Llegó la tarde del alumbramiento. Yo estaba sola. Mi padre estaba de viaje, y mi abuela, enferma en un hospital, con mi madre a su lado. Yo sola estaba con Duquesa. Era mi responsabilidad.
La oí gemir. En la cama de mis padres, en la habitación a oscuras, la oi llorar. Vi como trataba de reanimar su primer cría muerta. Envolví al prematuro cachorro muerto en un pañuelo y acomodé la gata sollozante en una caja de almacén forrada de sábanas. La llevé caminando a la veterinaria. Caminaba lo más rápido que podía, agitándome y por una vez entendí esa frase común de las novelas viejas “preciosa carga”.
La espera en la sala de la veterinaria fue angustiosa. La dulce duquesa era muy pequeña para parir. Se le hizo una cesárea
A las dos horas la veterinaria me trajo en una caja a la madre anestesiada y a las tres crías.
-No puede dar de mamar por la anestesia-me dijo-pero la cría necesita leche. Vas a tener que atenderlas vos.
Contemplé el interior de la caja. Eran tres gatitas preciosas. De pelo amarillo, negro y blanco.
Todas las gatas de tres colores son hembras-explicó la doctora.
Recordé al amante nocturno, su largo pelo amarillo…
Esa noche la pasé en vela, mojando una y otra vez mi dedo en leche, intentando que las tres gatitas se salvaran, dándoles calor en mi falda. Porque el invierno era crudo, la casa muy abierta y la noche, eterna.
Con los primeros rayos de luz, entró, despacio, mi madre. Me dijo que mi abuela dormía y ella venia a descansar un rato. Miro a las gatitas.
Se recostó en el sillón y yo con ella. Pasó su brazo por mi espalda y recostó la cabeza. Yo me acurruqué en su hombro.
Dormimos.
martes, 13 de julio de 2010
PRESENTACION DE EL JARDIN DE LAS DELICIAS
Presentación de libro
en la
Biblioteca Nacional
“El jardín de las delicias” de Paula Ruggeri
El lunes 19 de julio a las 19hs., en la Sala Juan L. Ortiz de la Biblioteca Nacional (Agüero 2502 3º piso), se presentará el libro de Paula Ruggeri “El jardín de las delicias” editado por Ediciones Cuásar.
La presentación estará a cargo del actor y dramaturgo italiano Matteo Belli; el humorista y escritor Rudy y de la autora de la novela Paula Ruggeri.
Entrada Libre y Gratuita.
en la
Biblioteca Nacional
“El jardín de las delicias” de Paula Ruggeri
El lunes 19 de julio a las 19hs., en la Sala Juan L. Ortiz de la Biblioteca Nacional (Agüero 2502 3º piso), se presentará el libro de Paula Ruggeri “El jardín de las delicias” editado por Ediciones Cuásar.
La presentación estará a cargo del actor y dramaturgo italiano Matteo Belli; el humorista y escritor Rudy y de la autora de la novela Paula Ruggeri.
Entrada Libre y Gratuita.
miércoles, 7 de julio de 2010
DIARIO DE VIAJE DE UNA DAMA INGLESA
Acaba de zarpar el barco rumbo a Dakar. No temo más que a los mosquitos, sin embargo, George no hace más que pasearse nerviosamente por la cubierta y llegó a preguntarle al capitán si no es posible que un tiburón salte sobre el navío; el capitán le ofreció un cigarrillo, se negó, le ofreció un lexotanil y lo tomó. No le sirvió de nada: ahora mismo le pregunta a un grumete si cayó alguna vez una piraña a la cubierta. El grumete le pregunta con sorna si desea piraña para el almuerzo, yo salgo en ayuda de mi marido diciendo en voz bien alta que prefiero tapir para el almuerzo, pero que me reserven las pirañas para la cena. Dicho esto tomo a George por el brazo y me lo llevo a estribor, donde la sola vista de una gaviota lo hace temblar, porque la semana pasada vio una película de Hitchcock y creyó que era un documental de la National Geographic.
Bajo a mi camarote y me tiro a descansar. Cuando consigo conciliar el sueño George dice que tiene miedo y se pasa a mi cama.........................................................................
Nos interrumpen golpeando la puerta del camarote y preguntando con voz potente qué son esos gritos: yo respondo que es George, que tiene miedo. El capitán murmura en voz baja que estamos los dos locos, pero su voz es tan clara que lo escuchamos. Seguimos gritando y revolcándonos un poco más, pero George me dice que está cansado, que le duele la cabeza y que no es un objeto. Yo digo que los hombres no sirven para nada y voy a conversar con el grumete, que intentó hacerme salir de mi error, pero lamentablemente nos interrumpe el capitán, que al parecer no sabe hacer otra cosa. Para comprobar si sabe o no hacer otra cosa, lo acompaño a su camarote. Estaba él en plena demostración de su utilidad y yo a punto de admitir mi error con humildad clamorosa, cuando abre la puerta el bendito de George. Tiene tanto miedo que con tal de salir del maldito barco no objeta que el capitán lo tire por la borda. Yo lo despido con el pañuelo en alto, pero en el fondo sé que es lo mejor para él. No me gustan las despedidas demasiado largas, así que vuelvo al camarote del capitán, pero entro por error en el de Lady Cardew Trench, esa vieja trucha estaba con el timonel. Yo digo que Dios le da pan a los que no tienen dientes y le escondo la dentadura postiza, luego me preocupo por el timón. Vuelvo a cubierta y me encuentro con el capitán. Le manifesté mi fuerte y enérgica queja como súbdita de la Corona Británica por el comportamiento indecoroso del timonel y el descuido general que se observa en el barco, donde la cubierta no tiene parquet y además no hay papel higiénico en los baños. Tras oírme con el entrecejo de marino fruncido, da órdenes al cocinero para que se ocupe del timón. Yo creo conveniente desmayarme un poco y, mientras exhalo suaves quejidos pidiendo mis sales, él me levanta con sus nervudos brazos y me lleva a la sentina, donde me ata con fuertes nudos marineros. Mis experiencias en la sentina las contaré en otro volumen y en japonés: temo la reacción del gobierno.
Bajo a mi camarote y me tiro a descansar. Cuando consigo conciliar el sueño George dice que tiene miedo y se pasa a mi cama.........................................................................
Nos interrumpen golpeando la puerta del camarote y preguntando con voz potente qué son esos gritos: yo respondo que es George, que tiene miedo. El capitán murmura en voz baja que estamos los dos locos, pero su voz es tan clara que lo escuchamos. Seguimos gritando y revolcándonos un poco más, pero George me dice que está cansado, que le duele la cabeza y que no es un objeto. Yo digo que los hombres no sirven para nada y voy a conversar con el grumete, que intentó hacerme salir de mi error, pero lamentablemente nos interrumpe el capitán, que al parecer no sabe hacer otra cosa. Para comprobar si sabe o no hacer otra cosa, lo acompaño a su camarote. Estaba él en plena demostración de su utilidad y yo a punto de admitir mi error con humildad clamorosa, cuando abre la puerta el bendito de George. Tiene tanto miedo que con tal de salir del maldito barco no objeta que el capitán lo tire por la borda. Yo lo despido con el pañuelo en alto, pero en el fondo sé que es lo mejor para él. No me gustan las despedidas demasiado largas, así que vuelvo al camarote del capitán, pero entro por error en el de Lady Cardew Trench, esa vieja trucha estaba con el timonel. Yo digo que Dios le da pan a los que no tienen dientes y le escondo la dentadura postiza, luego me preocupo por el timón. Vuelvo a cubierta y me encuentro con el capitán. Le manifesté mi fuerte y enérgica queja como súbdita de la Corona Británica por el comportamiento indecoroso del timonel y el descuido general que se observa en el barco, donde la cubierta no tiene parquet y además no hay papel higiénico en los baños. Tras oírme con el entrecejo de marino fruncido, da órdenes al cocinero para que se ocupe del timón. Yo creo conveniente desmayarme un poco y, mientras exhalo suaves quejidos pidiendo mis sales, él me levanta con sus nervudos brazos y me lleva a la sentina, donde me ata con fuertes nudos marineros. Mis experiencias en la sentina las contaré en otro volumen y en japonés: temo la reacción del gobierno.
sábado, 12 de junio de 2010
NACERÁ UNA BRUJA
Un día nació una bruja y fue tan grande el temor de perecer aferrados a su talle ondulante como aquel otro temor antiguo a perder la vida por el canto de las sirenas. Pero las sirenas daban su vida en el canto y no pretendían más que se la devolvieran en su justo valor. Esta bruja, no una sirena,( que se hubiera cuidado de los humanos no llegaran hasta ella), tuvo que decir un último enigma y confiar al destino su solución, atados sus brazos y piernas a un tronco, con el que fue quemada.
Ella pronunció en un susurro: “Nacerá de mis cenizas una bruja que no os atreveréis a quemar”.
Vientos desatados llevaron sus cenizas.
En una tierra cercana nació una mujer. Temiéndola por su inteligencia, el padre la encerró en lo alto de una torre. Solo la lluvia entraba por la ventana tan alta. Y llegó el día en que un rey enemigo asaltó el castillo. El castillo ardía y la joven no pudo esperar mas auxilio que el de la amada tormenta. Pero con la tormenta llegó un caballero y la rescató. Pensó en tomarla de esclava. Pero tímidamente, la mujer, la hija de la bruja que había perecido en las llamas, le contó su historia.
“Amo la tormenta”, dijo ella y calló. Sintiéndose incapaz de toda cobardía, el caballero la sedujo. Tuvieron hijos e hijas. Las hijas heredaron el antiguo poder de las cenizas y tuvieron otras hijas. Una de esas hijas escribió la historia con el fin de que las hijas dispersas se sepan hermanas y de que los hombres recuerden su poder, que resulta de la unión del conocimiento y la poesía, de la inteligencia y el valor, del leer en la celeste armonía que existen más límites que los finitos.
Un día nacerá una bruja
Ella pronunció en un susurro: “Nacerá de mis cenizas una bruja que no os atreveréis a quemar”.
Vientos desatados llevaron sus cenizas.
En una tierra cercana nació una mujer. Temiéndola por su inteligencia, el padre la encerró en lo alto de una torre. Solo la lluvia entraba por la ventana tan alta. Y llegó el día en que un rey enemigo asaltó el castillo. El castillo ardía y la joven no pudo esperar mas auxilio que el de la amada tormenta. Pero con la tormenta llegó un caballero y la rescató. Pensó en tomarla de esclava. Pero tímidamente, la mujer, la hija de la bruja que había perecido en las llamas, le contó su historia.
“Amo la tormenta”, dijo ella y calló. Sintiéndose incapaz de toda cobardía, el caballero la sedujo. Tuvieron hijos e hijas. Las hijas heredaron el antiguo poder de las cenizas y tuvieron otras hijas. Una de esas hijas escribió la historia con el fin de que las hijas dispersas se sepan hermanas y de que los hombres recuerden su poder, que resulta de la unión del conocimiento y la poesía, de la inteligencia y el valor, del leer en la celeste armonía que existen más límites que los finitos.
Un día nacerá una bruja
domingo, 30 de mayo de 2010
Esto ocurria en Ciudad Gótica....
El Doctor Ferdinand Papirus se clavó los anteojos en la nariz para mirar mejor a su aplicada alumna de Historia, la señorita Pamela Johannesburgo. Pensó amargamente que le había contado la escabrosa historia de Barbazul sin lograr excitarla, verdad es que tampoco se había excitado con el amorío de Carlos II de Inglaterra y la opulenta Duquesa de Cleveland. Ni siquiera se había dado cuenta de que no había sido en la Edad Media. "Por cierto", se dijo amargado, "este punto del programa, el medioevo tardío de Ciudad Gótica, tampoco la va a excitar. Tal vez deba agarrarla de los pelos, romperle la camisa, mirarla los ojos y decirle...
"Miss Pamela, sólo el Marqués de Sade le daría a usted clase de historia, ya que contarle las cruzadas a usted es verdademente sádico".
Pero jamás lo haría. Tenía setenta años, era un doctor de Oxford y debía resignarse a...
—¿Profesor? —Miss Pamela lo miró fijo con dos grandes ojos interrogantes.
Se resignó completamente.
—En el Medioevo tardío, Ciudad Gótica era un caos. El robo y el pillaje eran moneda corrientes, bajo una tiranía despótica que hambreaba a la población. Los pobres comían lo que podían, que no era mucho, pero ellos sí lo eran... muchisimos. Las estudiantes rubias estaban famélicas y los profesores no se veían mucho mejor. El Rey Fernando I predicaba la austeridad a través de sus heraldos, que lograban pedir un gesto patriótico a la población antes de que se los comieran en las plazas. Este rey era austero: sólo hacía cuatro festines por semana, una vez al mes una orgía romana y cada tanto bebía perlas en vinagre; tenía, eso sí, dos hijos disipados, disolutos y por completo imbéciles, en cuyo criterio confiaba plenamente. Los señores feudales de Ciudad Gótica no lo destituían por imbécil sólo para que no asumieran sus dos hijos, más imbéciles que él. El rey Fernando, siguiendo el buen ejemplo de Calígula, que nombró senador a su caballo, nombró a un caballo de su establo ministro plenipotenciario. Decían que era un caballo brillante, le cepillaban el pelo cien veces por día, razón por la cual lo perdió muy pronto. Caballo decidió que el problema de Ciudad Gótica era la pobreza y resolvió eliminar a todos los pobres. Para esto tomó un paquete de medidas... —se interrumpió, indeciso y desconcertado, al ver a su alumna haciéndose sensuales masajes en el cuello. Se quitó los anteojos, se restregó los ojos y volvió a colocárselos. ¿Estaba soñando?
—Miss Pamela ¿le gusta esta historia?
—Oh, yes —suspiró ella, inequívoca—. El período de Ciudad Gótica a. B. (antes de Batman), me parece fascinante.
—¿Quiere cenar conmigo? —el anciano profesor la miró ardientemente con sus ojos miopes, agrandados por la lujuria. Era demasiado bueno para ser verdad.
—Tal vez si me sigue contando esa fascinante y excitante historia gótica, pero antes me pondré algo cómodo, si quieres, sírvete algo de beber.
Los gustos de las estudiantes de Historia inglesas son inexplicables.
"Miss Pamela, sólo el Marqués de Sade le daría a usted clase de historia, ya que contarle las cruzadas a usted es verdademente sádico".
Pero jamás lo haría. Tenía setenta años, era un doctor de Oxford y debía resignarse a...
—¿Profesor? —Miss Pamela lo miró fijo con dos grandes ojos interrogantes.
Se resignó completamente.
—En el Medioevo tardío, Ciudad Gótica era un caos. El robo y el pillaje eran moneda corrientes, bajo una tiranía despótica que hambreaba a la población. Los pobres comían lo que podían, que no era mucho, pero ellos sí lo eran... muchisimos. Las estudiantes rubias estaban famélicas y los profesores no se veían mucho mejor. El Rey Fernando I predicaba la austeridad a través de sus heraldos, que lograban pedir un gesto patriótico a la población antes de que se los comieran en las plazas. Este rey era austero: sólo hacía cuatro festines por semana, una vez al mes una orgía romana y cada tanto bebía perlas en vinagre; tenía, eso sí, dos hijos disipados, disolutos y por completo imbéciles, en cuyo criterio confiaba plenamente. Los señores feudales de Ciudad Gótica no lo destituían por imbécil sólo para que no asumieran sus dos hijos, más imbéciles que él. El rey Fernando, siguiendo el buen ejemplo de Calígula, que nombró senador a su caballo, nombró a un caballo de su establo ministro plenipotenciario. Decían que era un caballo brillante, le cepillaban el pelo cien veces por día, razón por la cual lo perdió muy pronto. Caballo decidió que el problema de Ciudad Gótica era la pobreza y resolvió eliminar a todos los pobres. Para esto tomó un paquete de medidas... —se interrumpió, indeciso y desconcertado, al ver a su alumna haciéndose sensuales masajes en el cuello. Se quitó los anteojos, se restregó los ojos y volvió a colocárselos. ¿Estaba soñando?
—Miss Pamela ¿le gusta esta historia?
—Oh, yes —suspiró ella, inequívoca—. El período de Ciudad Gótica a. B. (antes de Batman), me parece fascinante.
—¿Quiere cenar conmigo? —el anciano profesor la miró ardientemente con sus ojos miopes, agrandados por la lujuria. Era demasiado bueno para ser verdad.
—Tal vez si me sigue contando esa fascinante y excitante historia gótica, pero antes me pondré algo cómodo, si quieres, sírvete algo de beber.
Los gustos de las estudiantes de Historia inglesas son inexplicables.
jueves, 29 de abril de 2010
El martirio
En esta vida hice ya hace un tiempo una difícil elección: ser virgen o ser mártir. La antigua fórmula era ser ambas cosas a la vez, pero creo que, a esta altura del campeonato, eso ya no se nos puede pedir. Me resultó difícil la elección, porque no soy una mujer de una moral férrea, sino una persona con un agudo sentido de la moral, lo que constituye exactamente lo opuesto de una moral férrea. Mi agudo sentido de la moral se debatía entre la virginidad (el malo conocido) y el martirio (el malo por conocer). El martirio era un hombre moreno, alto, de pelo largo, anchas espaldas y una boca completamente lasciva. Además, estaba borracho y procuraba comportarse como un caballero. No lo conseguía y eso me conmovió. Siempre me gustaron los hombres nobles que acometen difíciles empresas, como portarse como un caballero, y fracasan estrepitosamente. Más cuando de martirizarme se trata (porque este ensayo sesudo se llama "El martirio" y de eso tengo que hablar). Bueno, hace muchos años escogí el martirio y he perseverado en mi elección, logrando con el tiempo convertirme en una mártir de primera clase.
Con ese primer Baco di mis primeros tímidos pasos en este noble oficio que es ser mártir, desde entonces por mi Via Crucis ha pasado de todo: rudos Vulcanos y Adonis del primer orden, del segundo y del tercero, aventureros intrépidos, tipos de esos que no matan una mosca y alguno que mató varias, siete exactamente, y de un golpe. Pero eso es secundario, irrelevante. El secreto de un buen martirio no está en el victimario sino en la víctima. Un largo, artístico y hermoso martirio no se puede obtener sin el talento y la sabiduría de la propia mártir. Acá de lo que se trata es simplemente de sumar puntaje, se los digo crudamente, y para eso hay que ganar experiencia, claro está, pero principalmente hay que aquilatar la experiencia. Si alguien sabe que quiere decir aquilatar, por favor, hágamelo saber. Pero, mientras, hablo de aprender de un martirio para aplicar en los siguientes, de tal manera que progresando en el aprendizaje en forma geométrica, tengamos algunos de esos martirios que, Dios mío, pisemos realmente el Reino de los Cielos.
No es mi intención poner mi experiencia al servicio de ustedes, porque el martirio es personal , intransferible, y además es un camino iniciático en el cual el único maestro es el martirio mismo, además no voy a transmitir mi experiencia porque no se me da la gana hacerlo. Pero puedo hacer como única concesión la metáfora del perfecto martirio.
Un martirio perfecto tiene su tempo, tiene movimientos, y es en definitiva una composición. Una sinfonía si se quiere. Ya saben:
—allegro
—adagio
No sigo por que acabo de emplear todo mi vocabulario musical. Un martirio es como una sinfonía, exactamente.
Otra metáfora o analogía.
“Quo vadis”. Sale la mártir a la arena del circo. Con craso horror ve que se le acerca un león de enorme tamaño. Se defiende, entonces, como mejor puede, es decir, se sacude en convulsiones y espasmos de horror hasta el fin del bello momento apoteósico. Eleva los ojos al cielo, las pupilas ceden al blanco, las manos crispadas se relajan, la mártir abre la boca y entona ¿qué? Un bello himno celestial, expresión de su júbilo.
Bueno, eso es lo que muestran las películas. Cuando el león se la come no se ve, porque eso ya es martirio explícito. Pero, hasta ahí, vemos claro que un martirio es idéntico a otro martirio y eso es natural y como Aristóteles bien lo ha demostrado, la analogía es el
comienzo de toda lógica y por tanto de todo conocimiento humano. Y el martirio, déjense de joder, también es conocimiento. Y es razonable entonces que al elegir entre virginidad y martirio, prefiera el conocimiento a la ignorancia ¿no? Es lógico. Como Aristóteles.
Con ese primer Baco di mis primeros tímidos pasos en este noble oficio que es ser mártir, desde entonces por mi Via Crucis ha pasado de todo: rudos Vulcanos y Adonis del primer orden, del segundo y del tercero, aventureros intrépidos, tipos de esos que no matan una mosca y alguno que mató varias, siete exactamente, y de un golpe. Pero eso es secundario, irrelevante. El secreto de un buen martirio no está en el victimario sino en la víctima. Un largo, artístico y hermoso martirio no se puede obtener sin el talento y la sabiduría de la propia mártir. Acá de lo que se trata es simplemente de sumar puntaje, se los digo crudamente, y para eso hay que ganar experiencia, claro está, pero principalmente hay que aquilatar la experiencia. Si alguien sabe que quiere decir aquilatar, por favor, hágamelo saber. Pero, mientras, hablo de aprender de un martirio para aplicar en los siguientes, de tal manera que progresando en el aprendizaje en forma geométrica, tengamos algunos de esos martirios que, Dios mío, pisemos realmente el Reino de los Cielos.
No es mi intención poner mi experiencia al servicio de ustedes, porque el martirio es personal , intransferible, y además es un camino iniciático en el cual el único maestro es el martirio mismo, además no voy a transmitir mi experiencia porque no se me da la gana hacerlo. Pero puedo hacer como única concesión la metáfora del perfecto martirio.
Un martirio perfecto tiene su tempo, tiene movimientos, y es en definitiva una composición. Una sinfonía si se quiere. Ya saben:
—allegro
—adagio
No sigo por que acabo de emplear todo mi vocabulario musical. Un martirio es como una sinfonía, exactamente.
Otra metáfora o analogía.
“Quo vadis”. Sale la mártir a la arena del circo. Con craso horror ve que se le acerca un león de enorme tamaño. Se defiende, entonces, como mejor puede, es decir, se sacude en convulsiones y espasmos de horror hasta el fin del bello momento apoteósico. Eleva los ojos al cielo, las pupilas ceden al blanco, las manos crispadas se relajan, la mártir abre la boca y entona ¿qué? Un bello himno celestial, expresión de su júbilo.
Bueno, eso es lo que muestran las películas. Cuando el león se la come no se ve, porque eso ya es martirio explícito. Pero, hasta ahí, vemos claro que un martirio es idéntico a otro martirio y eso es natural y como Aristóteles bien lo ha demostrado, la analogía es el
comienzo de toda lógica y por tanto de todo conocimiento humano. Y el martirio, déjense de joder, también es conocimiento. Y es razonable entonces que al elegir entre virginidad y martirio, prefiera el conocimiento a la ignorancia ¿no? Es lógico. Como Aristóteles.
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