Alejandro Dumas es mi infancia, el sol en la cara, las
fantásticas lecturas en el jardín de una casa de Villa Urquiza, en la ciudad de
Buenos Aires, mi ciudad. Descubrí Los tres mosqueteros a los nueve años en una
edición barata de Sopena, que aún conservo, pero que no me pertenecía: era de
mi hermano Andrés, unos años mayor que yo y dueño de una no tan pequeña
biblioteca de clásicos.
Esa
niña que fui era una lectora adicta y fantasiosa, soñaba con Artagnan, Athos,
Porthos y Aramis, con la esgrima y las aventuras, las intrigas de Constanza
Bonacieux y ese carácter táctico y violento de la vengativa Milady.
“Vos sois joven y los vuestros
recuerdos aún tienen tiempo trocarse en dulces” Dice Athos a Artagnan. Esas
últimas páginas sentí una tristeza desoladora y algo así como un vacío. Soñaba
con que ese libro prosiguiera eternamente.
Por ese motivo, abrí
el libro por la primera página, dispuesta a vivir la aventura una y otra vez.
Lo sigo
haciendo. La construcción narrativa más fabulosa dota de vida a los mosqueteros
cada vez que abro las viejas tapas. Artagnan siempre será la mejor cabeza de
los cuatro, Athos siempre se hundirá en profundas cavilaciones y Porthos
siempre será el hermoso Porthos. Aramis, por su parte, recibirá misivas de
Tours, por siempre. La maquinaria hecha de vida, sentido del humor y sangre
vuelve a funcionar, cada vez que abro esas tapas.
En mi
vida personal, en mi forma de vivir la amistad, en mi vida afectiva, los
mosqueteros gravitaron siempre. Cuando a los dieciocho años quedé embarazada,
repentinamente sola con mi decisión de ser madre, no podía dejar de pensar,
quizás absurdamente, que Artagnan llegó a París a la misma edad. Y eso me daba
valor. Y cuando escucho palabras imbéciles, aún hoy, sobre mi maternidad, algo
así como una espada imaginaria aparece en mi mano y una sonrisa irónica en mis
labios.
Tal vez tenga que perseguir al
misterioso hombre de Meung hasta el fin de mis días, no lo sé.
Mientras,
escribo estas líneas entre muchas otras. Y mientras, también escojo un tomo de Mis
memorias, de Alejandro Dumas. Luis Pestarini me llamó un día desde Madrid y
me preguntó si las tenía. Unos días después en Buenos Aires me entregó cuatro
tomos rojos encuadernados en cuero. Sin duda el mejor obsequio que recibí
jamás.
Unos días después de recibir los tomos de
manos de Luis, conozco en la librería Yenny del Patio Bullrich a Arturo Pérez
Reverte, autor del Club Dumas entre otras obras. Tuvimos una charla sobre los
mosqueteros y luego el escribió sobre esa charla un breve cuento llamado La
novia de D’ Artagnan.
Ojalá existiera Ruritania es una
frase de ese cuento y por supuesto es mía. Cuando leí El prisionero de Zenda,
de Anthony Hope, en la querida colección Robin Hood, enloquecí con ese país de
ficción que creí real. El castillo de Zenda, y todo ese maravilloso viaje de
fantasía me conquistaron.
Todavía hoy suspiro, ojalá
existiera Ruritania.
Siguiendo con Dumas, lo que más
me fascinó de la lectura de sus Memorias fueron sus recuerdos de sus
amigos actores y en particular actrices. Sabiendo que no quedaban registros de
la actividad teatral, en cuanto a las interpretaciones, Dumas dedicó buena
parte de esos cuatro tomos a recordar con profundo cariño a actrices como María
Dorval. Dorval fue fundamental en sus primeros éxitos, cuando fue la primera
actriz en aceptar el papel de Adela en la tragedia Anthony. (También cuenta
Dumas que tomó su inspiración del gitano de Ivanhoe, de Walter Scott,
para el personaje de Anthony).
Queridos amigos españoles me
regalaron ediciones de los mosqueteros, algunas bellísimas.
Un 14 de julio me hice tatuar en
el brazo izquierdo una Fleur de Lys. La marca de Milady de Winter.
Por
fin, hoy, en una preciosa caja de madera, tengo guardado ese viejo ejemplar de
Sopena, el histórico, como lo llamó Andrés antes de regalármelo. Cuando veo es pequeño
libro de tapas verdes, siento algo, parecido a la felicidad.
Y sé que mis amigos, los mejores, están entre esas tapas.